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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 11-12-2005

No slo matan... adems, odian

Koldo
Rebelin


Hace aproximadamente un ao, algunos expertos militares del Pentgono de cuyo ingenio dan fe sus hbiles deducciones, anunciaban al mundo su ltimo gran descubrimiento: los iraques matan con odio.

Semejante inferencia lleg precipitada por la aparicin de algunos cuerpos de mercenarios contratados por el ejrcito estadounidense, colgando de los puentes de Faluya. A raz de ello fue que el Sptimo de Caballera arras esa ciudad con fsforo blanco para que hoy, todava, no se sepan los muertos.

Das atrs, por si no bastara con el fino intelecto demostrado por los expertos, tambin G.Walker.B se refera durante un discurso frente a indecisos reservistas, a ese odio visceral, orgnico, que exhiben los insurgentes en Iraq. Odio que, naturalmente, se expresa no slo hacia la propia soldadesca invasora, tambin hacia un modelo de vida, hacia ciertas concepciones de la libertad y la democracia que a los brbaros les estn negadas, precisamente, por brbaros.

Y yo casi estoy por confirmar sus deducciones. Y es que slo el odio puede motivar el salvaje procedimiento con que matan y mueren los suicidas transformados en bombas.

En dos aos de guerra, los iraques se han mostrado incapaces de matar con frialdad, con esa higinica profesionalidad aprendida en los cuarteles y en las academias militares. Esas tcnicas que, si los iraques hubieran pasado por la Escuela de las Amricas, por ejemplo, hoy los convertiran en avezados e intrpidos comandos en lugar de groseros matarifes. Los iraques ni siquiera establecen las debidas y oportunas distancias en el cuerpo a cuerpo que impida que la sangre salpique los uniformes que tampoco visten, las botas que tampoco calzan, el casco que tampoco tienen, matando a lo bestia, como si estuvieran en la prehistoria y no conocieran las ventajas del fsforo blanco, del uranio empobrecido, de las bombas de fragmentacin con las que ni siquiera tiene que morir el improvisado bombardero dado que se lanzan desde los aviones.

Muy al contrario, las imgenes nos los muestran enturbantados, sucios, provistos de chancletas, en pattica demostracin de no saber estar a la altura de una guerra que se respete, de una contienda del siglo XXI.

Adems, son frecuentes los casos en que aparecen insurgentes degollando enemigos y apelando a armas tan primitivas como cuchillos de cocina o piedras...Por Dios, que ordinariez! que una cosa es que Billy You tenga que morir tan lejos de su adorada Montana y otra que, encima, deba hacerlo en un maloliente suburbio de Bagdad, ensartado por un destornillador. Los iraques carecen de clase, no tienen estilo ni maneras.

Hasta es posible que al momento de blandir la rstica navaja ni siquiera pronuncien frases tan ingeniosas como: Hasta la vista baby o Pdrete en el infierno, y acaso slo alcancen a emitir desagradables gritos propios de los extraos lenguarajes que farfullan.

Habr quien diga que, si bien los iraques han mostrado, en franca algaraba, los restos de invasores, a veces, sin cabeza, tambin los marines han sido retratados no pocas veces, posando en Filipinas sobre montaas de crneos enemigos, exhibiendo cabezas de combatientes nicaraguenses o jugando al poker entre cadveres vietnamitas, para no mencionar los souvenirs que se llevaban de los presos que interrogaban pero, incluso, entoces, revelaban su clase, su carisma, su saber estar, muy lejos de las burdas maneras iraques que han mostrado sin tapujos su alegra, dando saltos cual indios de las praderas, como autnticos salvajes incivilizados, que no saben mearse con el talento requerido en la boca de un preso, ni violar a una sospechosa con la genuina gracia americana.

Casi estoy por creer que a pueblos como el iraqu debieran retirarle la licencia de guerra,

incluso el permiso de caza, al menos mientras no aprendan a matar como Dios manda, con elegancia, con el debido protocolo, con ese donaire con que matan los soldados del Imperio y que slo a los grandes virtuosos del oficio les es dado alcanzar. Al igual que los buenos vinos, matar requiere aos de experiencia y envejecimiento en tan sublime arte, y slo los ejrcitos que han acreditado a lo largo de la historia su exterminadora calidad pueden disfrutar de la justa fama.

Los insurgentes iraques, con esa zafia manera de proceder, afean las guerras, les restan ese imprescindible brillo, esos mgicos destellos que tan bien se ven por televisin.

Resulta inadmisible que en tan globalizada y moderna era, haya quienes, como los palestinos o los iraques o los afganos, recurran al uso de la piedra. Ni siquiera los vascos, no obstante su ancestral pasin por sta, han dado tan penosas muestras de subdesarrollo.

Y parece necesario, de cara a contribuir al espectculo y para que la guerra recupere la calidad perdida entre tanto cotidiano suicida y retome su glamour que la ONU, adems de prohibir las armas de destruccin masiva, vete las armas de exhibicin penosa.

([email protected])



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