Portada :: Opinin
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 06-04-2018

Movimientos sociales y representacin poltica, una historia de desamor

Albert Recio Andreu
Mientras tanto


I

La actualidad poltica, ms all del cansino tema de el procs, viene marcada por la superposicin de dos procesos contradictorios. Por una parte un renacido auge de las grandes movilizaciones, como demuestran la jornada feminista del 8 de marzo y las manifestaciones de los jubilados. Por otra, la avalancha de encuestas que apuntan al potencial crecimiento electoral de Ciudadanos (que obtuvo su primer xito en las elecciones catalanas). Mientras que las primeras apuntan a un renacimiento de demandas sociales que cuestionan la poltica y el modelo econmico-social dominante, los segundas apuntan al avance de una formacin poltica conservadora, liberal en lo econmico y enemiga de las demandas fundamentales de los dos movimientos citados. En el caso de la movilizacin feminista, Ciudadanos estuvo claramente en contra, y aunque en el tema de las pensiones ha sido ms cauto, solo hay que analizar sus posicionamientos econmicos para entender que es tan partidario de recortar el sistema de pensiones como de la mayor parte de las propuestas neoliberales.

De hecho, las encuestas vienen mostrando en Espaa lo mismo que est ocurriendo en gran parte de Europa: la hegemona poltica de la derecha, ms o menos extrema, y la marginacin poltica de la izquierda. No es solo que la gente se haya desencantado del social-liberalismo practicado por la socialdemocracia, sino que tampoco sus crticos por la izquierda han corrido mejor suerte (aunque el 16% de votos que se le presupone a Unidos Podemos an sigue siendo mucho mejor de lo que hay en otros lares, quiz un reflejo del mayor grado de movilizacin de nuestra sociedad). Una situacin tan deprimente es el producto de factores diversos, algunos estructurales y otros ms coyunturales. Tratar de entenderlos es la nica forma de encontrar antdotos, cuando menos de encontrar lneas de accin en las que seguir trabajando.

II

La cuestin posiblemente ms esencial es el elevado grado de individualizacin que han alcanzado las relaciones sociales. Con ello no quiero decir que estemos en una mera sociedad de individuos. La posicin social de cada individuo est fuertemente condicionada por elementos estructurales que estn en la base de muchas de las desigualdades sociales presentes. Lo que quiero subrayar es, por el contrario, que estas estructuras operan de tal forma que los individuos tienen dificultades para generar nexos y sistemas de relaciones sociales que les permitan reconocer su propia situacin de clase y construir estructuras slidas alternativas. Quiz esto ha sido siempre difcil en cualquier sociedad, pero es evidente que en algn momento de la historia pasada se produjeron construcciones sociales, como los sindicatos y los partidos de masas, que permitieron una socializacin y una praxis social mucho ms colectivas.

La individualizacin actual no puede explicarse solo en clave economicista. No es un mero reflejo de la destruccin generada por los nuevos modelos de organizacin del trabajo, aunque estos desempean ciertamente un papel muy relevante. Asistimos desde hace aos a un intento sistemtico por parte del capital de individualizar al mximo las relaciones laborales, de impedir la accin colectiva, de manipular subjetividades. Es un proceso que se desarrolla por mecanismos diversos, no solo por el crecimiento de las formas atpicas de contratacin y por la ofensiva para dinamitar la negociacin colectiva. Est tambin en las diversas formas de evaluacin individual; en la creacin de carreras profesionales competitivas; en las prcticas de flexibilidad horaria; en las polticas de deslocalizacin, y en los amedrentadores discursos acerca del fin del trabajo y en el humillante tratamiento del empleo no cualificado.

Sus efectos son diversos. Para m, el ms importante es que deja a muchas personas sin asideros mentales y sociales para pensar sus vidas. Algo que opera, adems, de forma diferente en diferentes segmentos de la poblacin. All donde prolifera el empleo manual, se encuentra la expresin ms brutal de estos mtodos: empleos temporales, a tiempo parcial, horarios flexibles, interposicin de intermediarios, desempleo recurrente, estigma social, etc. En otros casos el proceso es ms sutil pero igualmente palpable: evaluacin continua, carreras profesionales interminables, presin sobre las pautas de vida extralaborales. No es solo que cada individuo vive la presin de forma distinta, sino que la variedad de circunstancias vitales le impide a menudo reconocer que hay elementos comunes en situaciones diferentes. En estos das de lucha feminista, por ejemplo, hemos odo muchas ms quejas por el techo de cristal que por el suelo pegajoso al que estn condenadas muchas ms mujeres, aunque ambos fenmenos formen parte de un mismo modelo de gestin social patriarcal-capitalista.

Pero la individualizacin no es solo el producto de los cambios en el mundo del trabajo, sino tambin de transformaciones generadas en la vida cotidiana, voluntaria o involuntariamente, por el capitalismo. En la dcada de 1960, se poda percibir ya el impacto que sobre las relaciones sociales tuvo el binomio coche-televisin al propiciar formas de vida que cambiaron las estructuras urbanas, los mecanismos de socializacin e informacin. Y hoy estamos viendo una nueva versin del mismo proceso con la nueva oleada de tecnologas de la informacin, que estn generando verdaderas patologas de adictos a las redes o propiciando formas de distribucin que atentan contra el paisaje urbano (la distribucin online tiene efectos no solo sobre el empleo, sino tambin sobre el comercio de proximidad, sobre las condiciones de trabajo y posiblemente sobre el medio ambiente). Hoy es fcil ser avasallados por una gran cantidad de informacin, pero es difcil contar con buenos mecanismos de filtraje, con procesos deliberativos bien desarrollados, con una socializacin basada en una slida empata (tan poco roce genera poco cario). La cultura del consumidor compulsivo, de la respuesta poco reflexiva habitual en las redes sociales, acaba por contaminar gran parte de los comportamientos individuales.

La educacin es el otro gran campo de transformacin social, al que casi siempre le hemos dado un valor positivo, indudable, sin entender sus efectos indeseados. Por un lado, el xito o fracaso educativo, en parte reflejo de la situacin social de partida y del modelo educativo de cada pas, promueve tanto una visin ms individualista de la sociedad (del propio mrito), una menor capacidad de resistencia frente a las polticas de individualizacin, como un reforzamiento de los prejuicios frente a los que no consiguen superar con xito los filtros selectivos. Se generan demasiados egos maleducados entre los que tienen xito y demasiada poca conciencia social. Se produce demasiada presin social que incapacita a los que fracasan, y que en muchos casos partan de circunstancias que daban al fracaso un elevado nivel de probabilidad.

Y una sociedad de individuos escasamente socializados, en el sentido de formar parte de estructuras sociales que favorecen la reflexin y la interaccin, es fcilmente presa de manipulaciones diversas, fcilmente voluble y al mismo tiempo suspicaz. Lo expresaban bien algunas personas entrevistadas durante las ltimas manifestaciones: Nadie nos representa, nadie nos apoya, desconocedoras de las propuestas de cada partido, desconocedoras de las organizaciones que en cada caso haban propiciado la movilizacin.

III

Una movilizacin no es una alternativa. Como recordaba hace unos das Leo Panitch en un sugerente artculo (El partido de la revolucin, Sin Permiso, 6-3-2018), las revueltas han sido constantes a lo largo de la historia; lo novedoso fue que estas revueltas, casi siempre derrotadas, dieran lugar a organizaciones estables de masas a finales del siglo XIX. Una movilizacin se produce cuando hay un estado de nimo favorable, y este puede construirse de muchas formas. Cuando se aplicaron los recortes en Catalunya, hubo movilizaciones en zonas ajenas al rea Metropolitana, especialmente en algunos pueblos que experimentaron el traumtico cierre de parte de su centro de asistencia primaria. Pero la indignacin y la movilizacin desaparecieron cuando las propuestas independentistas, bien arraigadas en la base de estas poblaciones, desviaron las energas hacia una cuestin completamente diferente. De la misma forma que no puede pasarse por alto el papel jugado por diversos medios de comunicacin en los das previos al 8-M (lo que en nada desmerece su xito) o el impacto del asesinato masivo de Parkland en la generacin del imponente movimiento juvenil norteamericano a favor de la regulacin de armas.

Las movilizaciones a menudo son reactivas. Requieren de un escenario adecuado pero difcil de sostener en el tiempo. Lo explic hace aos Albert O. Hirschman en su inestimable Salida, voz y lealtad. Y lo son porque quiebran la vida cotidiana, hecha de rutinas y obligaciones. La transformacin de las movilizaciones en un movimiento depende en gran medida de la capacidad de integrar en la vida cotidiana de la gente actividades de participacin social. Cualquiera que haya participado activamente en cualquier organizacin, no solo poltica, puede reconocer este hecho. Y esta transformacin solo es posible si se generan canales y mecanismos de organizacin social que facilitan este trnsito. Mi experiencia vital es que en todas las organizaciones hay un reducido grupo de entusiastas que cargan con el peso del trabajo, pero su capacidad de penetracin social depende de que estn rodeados de un continuo social receptivo y capaz de activarse ante retos concretos.

En la construccin de los ltimos proyectos alternativos todo esto ha quedado bastante ignorado. La fascinacin, por un lado, por las movilizaciones puntuales, como las del 15-M, y, por otro, la confianza en el recurso a las redes sociales han propiciado propuestas organizativas que solo pueden funcionar en un elevado clima de movilizacin, que a menudo no promueven la reflexin ordenada ni favorecen esta socializacin bsica en el trabajo conjunto. Quiz lo peor sea que a menudo se han ignorado y despreciado los espacios organizados preexistentes y que demasiadas veces se ha entablado una relacin de rivalidad cuando lo ms sensato era tender puentes, compartir experiencias y construir proyectos. Muestra de ello es el desprecio mostrado por una parte del movimiento feminista y algn dirigente de Podemos hacia la convocatoria de huelga de dos horas que hicieron UGT y CCOO el 8-M; una propuesta bastante sensata a tenor de las posibilidades reales de huelga (aunque, al menos en Catalunya, los sindicatos s llamaron a la huelga de 24 horas en el sector de la limpieza, que lucha por su convenio), que propici asambleas de mujeres en muchos centros de trabajo y ayud a que el da 8 de marzo de 2018 se pudiera hablar de huelga feminista. En lugar de entender que con esto se ganaban aliados y se llegaba a sectores diferentes (los sindicatos, al menos CCOO, convocaron asambleas de delegados en que hombres y mujeres fueron instruidos en la importancia de las movilizaciones feministas) algunos y algunas optaron por la confrontacin. Convertir la movilizacin en movimiento requiere construir a partir de mimbres diversos, es decir, requiere empata, paciencia, tolerancia y ganas de sumar.

IV

La izquierda tampoco tiene un programa creble, o uno que la gente vea como practicable y conducente a cambiar las cosas de inmediato. Lo que est ocurriendo con los ayuntamientos del cambio es sintomtico. Ganaron elecciones aupados en una formidable oleada de entusiasmo. Ganaron, como ha ocurrido con algunas revoluciones, de forma ms fcil de lo previsto, cuando al principio casi nadie lo crea posible. Pero, al igual que en muchos casos de cambio revolucionario, lo difcil viene despus. Lo fcil es aprovechar una coyuntura; lo difcil, llevar a cabo transformaciones de calado, perceptibles como avances para mucha gente.

En el caso de los ayuntamientos, ello se ve agravado porque se trata de entidades que tienen un poder poltico pequeo en comparacin con los gobiernos autonmicos, el Estado central y las instituciones supranacionales; agravado porque las fuerzas del capital en la fase de globalizacin neoliberal azotan inmisericordemente el espacio urbano; agravado porque hay que hacer frente a un omnipresente mensaje hostil por parte de la mayor parte de los medios; agravado por la insuficiente fuerza de cuadros expertos, que conduce muchas veces a confiar en gentes ms dispuestas a entorpecer los cambios que a reforzarlos.

No es que se hayan hecho las cosas mal. Es que, por bien que se hagan y fallos los hay, la capacidad de generar esta percepcin de cambio es reducida. Y para mucha gente al final es difcil percibir el cambio. S lo suele ser para la gente ms implicada, la ms experta, pero, tambin entre esta, a menudo las dificultades de una gestin alternativa en un contexto hostil se viven como una traicin, una falta de voluntad, etc. Creo que los ayuntamientos del cambio, al menos el de Barcelona, han hecho muchas cosas bien, incomparablemente mejor que sus antecesores directos. Pero sin duda no han sido capaces de revertir las grandes tendencias que asolan la ciudad en forma de problemas de vivienda, desigualdades y dotaciones insuficientes de muchos servicios pblicos. Y han estado sometidos a un bombardeo inmisericorde no solo por parte de sus tradicionales enemigos de clase, sino tambin por los partidos amigos , ms atentos a la lucha electoral (aunque, a mi juicio, s que fue un error incalificable la ruptura del pacto con el PSC, que lo nico que hizo fue sumar un enemigo ms y acentuar la imagen de aislamiento). Pero el resultado relevante, en trminos subjetivos, es que una parte del electorado posiblemente haya perdido el entusiasmo y se haya reforzado el prejuicio de que no hay alternativa. O, lo que es peor, impresionados por el movimiento independentista, se echen en brazos de Ciudadanos, que no explica nada de lo que piensa hacer pero es eficaz en su mensaje emocional.

Si del plano local pasamos al general, la cosa es an peor. La izquierda est en todo el mundo pendiente de ganar credibilidad. Es cierto que cualquier proyecto transformador incluye un componente utpico, aunque siempre hay que diferenciar lo que es utopa en el sentido de un proyecto imposible y lo que es utpico porque se trata de propuestas que no pueden prosperar por la correlacin de fuerzas preexistente. Lo primero es desechable; lo segundo exige la elaboracin de una estrategia que, cuando menos, permita avanzar en esta direccin. Demasiadas veces, los programas de izquierdas son meras relaciones de propuestas bienintencionadas carentes de estrategia. Son incapaces de diferenciar lo que es posible llevar a trmino por mero voluntarismo, lo que requiere levantar resistencias y lo que simplemente necesita de mayor elaboracin. Y esto exige construir un modelo organizativo, crear una verdadera red alternativa capaz de ofrecer una respuesta que ahora solo se intuye. Exige tambin una comprensin de qu cosas funcionaron y qu otras no en los experimentos sociales pasados.

V

Que exista un contraste entre las movilizaciones sociales y el auge de la derecha no tiene por qu ser inevitable. Es un enorme desafo poltico-cultural que requiere de mucho trabajo y reflexin, para lo cual trato de sugerir un conjunto de cuestiones que hay que considerar a la vez:

La de cmo funcionan las estructuras que organizan la vida de la gente e influyen en las percepciones que se tienen de las cosas. Hacer frente a la manipulacin exige un amplio trabajo de organizacin social, de innovacin social, de conocimiento del comportamiento humano. Exige movilizar a lo mejor del conocimiento cientfico para hacer frente a las tendencias cada vez ms totalitarias del capitalismo global.

Exige revisar la experiencia organizativa de los ltimos tiempos, sus carencias, sus excesivas tendencias al canibalismo, su falta de realismo. Construir un movimiento alternativo solo ser posible si se es capaz de encajar muchas piezas sueltas, de encontrar espacios donde la gente se sienta bien tratada y parte de un proyecto comn.

Tener una lista de propuestas no es tener una alternativa. Hace falta elaborar una verdadera estrategia, un mapa que permita avanzar hacia transformaciones profundas. Y exige tambin saber explicar y comunicar dnde estn los problemas que impiden el cambio, por qu son tan modestos los avances. Presiento que esto ltimo es una cuestin urgente para los ayuntamientos del cambio.

Post scriptum: seguimos hundindonos en el pantano cataln

Este mes no pensaba escribir sobre Catalunya y opt por meterme en un berenjenal ms general. Pero, justo cuando estoy acabando estas lneas, volvemos a entrar en un perodo de enormes convulsiones y el cuerpo pide marcha.

Hace tiempo que yo y muchas personas de mi entorno vivimos en la desazn de estar metidos en una dialctica perversa que solo nos lleva al desastre. Coincido con los que explican la inoperancia, la insensatez y la inconsistencia de los lderes independentistas. La gestin posterior a las elecciones ha sido otra muestra de irresponsabilidad frente a sus propias bases, frente al pas. De seguir jugando a un juego que saben perdido exigiendo a su gente una fe ciega (aunque, hasta donde conozco, es tambin posible que una parte importante de la gente que se crey la viabilidad y deseabilidad del proceso independentista siga tan convencida de ello que empuja a sus lderes a que les siga contando el mismo cuento). Un juego que les est permitiendo al Gobierno de Rajoy y a su posible recambio no solo aplicar el 155 sino seguir hinchando su discurso autoritario, intolerante. Ins Arrimadas, por ejemplo, puede hacer creble su vaco discurso poltico y aparecer como una gran lideresa gracias a las inconsistentes jugadas de sus adversarios. (Y con ello pasar de tapadillo el reaccionario proyecto social de su partido, que posiblemente votarn una parte de sus principales vctimas.) La aplicacin del 155, por ejemplo, lo que est implicando es un bloqueo, en muchos casos por mera dinmica burocrtica, del funcionamiento cotidiano del Gobierno cataln.

Pero si los polticos cercanos a m son impresentables, en el otro bloque predominan simplemente los perfectos herederos de la criminal derecha espaola. Solo las formas son algo menos brutales. Resulta bochornoso que se convierta en un golpe de Estado y una insurreccin armada una simple, jocosa y en ciertos aspectos inexperta movilizacin, como la que se produjo el 1 de octubre. O la curiosa proclamacin de independencia, en la que el Gobierno en pleno se fue de fin de semana y algunos directamente salieron corriendo. Vale la pena revisar las imgenes del pleno del Parlament del 27 de octubre para advertir que aquello, si algo era, era un funeral (un Junqueras totalmente callado, con la mirada baja, posiblemente pensando que se haba metido en un buen lo por no frenar a tiempo). Y resulta irritante el auto del juez Llarena, con su mezcla de argumentos jurdicos y polticos, que abochornan tanto como la sucesin de recurrentes sentencias que atentan contra la libertad de expresin.

Los dos bandos siguen optando por la guerra. Unos a lo tonto, los otros con un arsenal enorme. Y, como en todas las guerras, las vctimas somos la mayora. Al menos en Catalunya, donde las ltimas iniciativas blicas vuelven a romper los pocos hilos de construccin alternativa que podan inferirse de las declaraciones de algn poltico de ERC, del PSC y de los Comunes. La brutalidad de la intervencin judicial vuelve a poner a los Comunes en una posicin incmoda frente a una parte de sus bases sociales. Y, una vez ms, el posible impacto emocional que sobre alguno de sus lderes provoca el encarcelamiento de la cpula independentista les puede llevar a un excesivo seguidismo respecto a estas formaciones.

Para no ahogarnos definitivamente necesitamos muchas energas. Un discurso claro, que explique lo inaceptable de los dos planteamientos, que proponga tejer una propuesta inclusiva en Catalunya. Pero necesitamos tambin un movimiento que en el resto de Espaa no solo combata abiertamente la deriva autoritaria y el espaolismo de pandereta, sino tambin que sea propositivo respecto a una nueva articulacin de un Estado plurinacional.


Fuente: http://www.mientrastanto.org/boletin-167/notas/movimientos-sociales-y-representacion-politica-una-historia-de-desamor



Envía esta noticia
Compartir esta noticia: delicious  digg  meneame twitter