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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 11-04-2018

Un desencuentro con la vida

Jos Giron Sierra
IPC


Una mirada desapasionada al actual proceso electoral en Colombia, conducira a pensar que no estbamos preparados para la paz y tampoco para admitir la posibilidad de un gobierno de transicin, necesario para superar un conflicto armado que, por dcadas, sumi al pas en una larga noche de muerte y destruccin.

La realidad fue que el proceso de paz no logr apasionar a los colombianos y, paradjicamente: aviv las desconfianzas acumuladas y sobre todo, moviliz los sentimientos ms primarios en donde el odio y el afn vengativo domin el pensamiento y la accin de muchos.

No fueron los millones de vctimas, que sufrieron por dcadas el rigor de la guerra, quienes votaron NO en el Plebiscito por la Paz el 2 de octubre de 2016 llamado a reconfirmar popularmente el acuerdo firmado entre el Gobierno colombiano y las FARC, sino una mayora de los pobladores urbanos que se tragaron entero el discurso de la inexistencia de un conflicto armado en Colombia, resultado de desigualdades e inequidades histricas. Aceptaron entonces, sin ningn anlisis, que la sociedad y el Estado eran vctimas de insurrectos y de terroristas, lase FARC-EP, quienes seran los nicos responsable de todas nuestras desdichas. No se percataron de que dicho proceso significaba la oportunidad de romper con la lgica perversa de la guerra, permitiendo transitar el complejo camino para imaginar y construir una sociedad ajena al odio y dispuesta a encontrar en la solidaridad una de sus mejores virtudes.

En consecuencia resulta lgico que hoy no quieren saber nada de aquellos candidatos y candidatas que se filaron a favor de dicho proceso.

Tantos relatos desgarradores de una guerra que indujo a actos propios de los ms bajos instintos, no movilizaron las conciencias a parar tanto dolor. Se dio cabida, ms bien, a la idea de que era preciso continuar esta guerra a cualquier precio, inclusive hasta justificar lo injustificable, tal como la barbarie paramilitar y la estrategia del asesinato selectivo de los lderes sociales.

Desde sectores de la lite la ira hacia los insurrectos no ha parado, as stos se dispusieran a dar por terminada una guerra que nunca haban iniciado, pues mantenerla como fuera y hacer que vastos sectores sociales se apropiaran de su conveniencia, les permitira asegurar la proteccin de sus intereses y por lo tanto el poder. Es preciso reconocer que la versin ms reciente de esta elite, casada ideopolticamente con el ms radical conservadurismo, ha sido exitosa en estos propsitos.

Por esto, el proceso de paz como negociacin poltica, no lo ser en sentido estricto y tal como estn las cosas terminar siendo slo una desmovilizacin un poco ms decente que las anteriores. La lite representante de este pensamiento ultraconservador, avanza en lograr el propsito de eludir las causas estructurales del conflicto armado contempladas en el pacto de La Habana y que al final fue firmada en el teatro Coln. Lo concreto hasta el momento es que dichos cambios van camino a ser engavetados, esto es, tanto la reforma poltica como la reforma estructural del campo no prosperarn en un congreso que, de acuerdo con los resultados electorales recientes y las alianzas que se anuncian, consolidarn el poder de dicha lite. Y en cuanto a la justicia, la idea originaria de buscar una mayor verdad al involucrar a todos los actores del conflicto, y no slo a la insurgencia, fue decapitada al sacar de manera, por dems sospechosa, a empresarios y militares como posibles llamados a cuentas por la justicia especial para la paz.

La indiferencia del ms del 50% de la poblacin hacia los temas pblicos y la afinidad de por lo menos otro 25% con la visin de sociedad de los sectores ultraconservadores, son los componentes centrales de una cultura poltica hecha a la medida de los beneficiarios histricos del poder que se resiste, de manera violenta, a ser modificada y que se sacude cada vez que se avizora la ms mnima posibilidad de remover las creencias y valores que la sustentan. La dura realidad nos muestra que, por accin o por omisin, buena parte de la sociedad camina del lado de sus opresores y han hecho suyas sus banderas.

En esto radica la imposibilidad de que prospere un proyecto poltico que se proponga cambiar las lgicas del poder imperantes en Colombia. Del general Uribe Uribe y Gaitn para ac no son pocos los que han cado vctimas de las balas de esa resistencia violenta antes aludida. Cualquier idea de cambio de inmediato es satanizada y quienes la encarnan entran a hacer parte de los hijos del mal. Nos asiste, entonces, una democracia restringida fundada en el odio, por eso a un candidato como Gustavo Petro que, no obstante filar en la izquierda, le propone al pas un programa de gobierno de centro, se le estigmatiza y se le presenta como el habitculo de la maldad.

Nuestra gran tragedia ha sido haber tenido solo la guerra como fuente de nuestros aprendizajes y, por tanto, saber muy poco acerca de construir con otros, ajenos a una legalidad que, observada por todos, fuera el regulador civilista de nuestras relaciones. Aprendimos que hecha la ley hecha la trampa, y que si se aplica es para los de ruana. Por ello el pueblo raso entiende el poder y la poltica como sinnimos de trampa y corrupcin, y el Estado como un aparato ajeno a sus intereses que opera ms como una maquinaria para la violencia. As se explica esa gran brecha entre Estado y sociedad que no se cierra, sino que ms bien se ampla.

No sera por lo tanto una exageracin afirmar que estamos ms preparados para la guerra que para la paz, ms proclives al autoritarismo que a la democracia, ms propensos a actuar de manera egosta que solidaria, en fin, ms dispuestos al odio que al amor.

En esto radica, entonces, el gran desencuentro al que se alude. La vida le ha dado a la sociedad colombiana la gran oportunidad de dejar atrs las lgicas de su devenir violento y de saldar tantas deudas sociales pendientes, pero esta sociedad se resiste a darse dicha oportunidad. Estamos dejando escapar de nuestras manos, una vez ms, la oportunidad feliz de romper la lgica del odio impuesto por la guerra. Desde que se vot en contra del proceso de paz hace ms de un ao, se ratific que no hay marcha adelante, que hay que dejar las cosas como estaban y darle cabida nuevamente a un proyecto poltico al que se le justifica el uso de la motosierra en pobladores indefensos, el desplazamiento de miles de campesinos a quienes se les desposey de sus tierras violentamente y que an hoy sostiene el equvoco de que para resolver la pobreza y las inequidades es preciso rodear de garantas y privilegios a la riqueza.

La pulsin de muerte, lo tantico, encontr su nicho en la sociedad colombiana para no abandonarlo, este parece ser nuestro karma.


Jos Giron Sierra Socio del IPC e investigador en residencia del Observatorio de Derechos Humanos y Paz.

Fuente original: http://www.ipc.org.co/agenciadeprensa/index.php/2018/04/06/un-desencuentro-con-la-vida/



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