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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 05-05-2018

Masculinidad hegemnica & Cultura machista
Todos somos parte de "la manada"

Octavio Salazar
El diario

Todos nosotros, varones que desde que nacemos somos educados para el privilegio, formamos parte de ese orden que nos ofrece tantos dividendos.
Es por tanto responsabilidad nuestra desvincularnos de la manada, iniciar un proceso de reconstruccin personal y convertirnos en agentes para la igualdad.


Desde el pasado jueves ya se ha dicho prcticamente todo con relacin al injustificable y vergonzante fallo del caso de la manada. Hemos compartido en las calles y en las redes sociales el estupor y la indignacin. Se hicieron anlisis de urgencia, pero tambin, posteriormente, lecturas mucho ms reposadas sobre lo que inicialmente nos pareci una barbaridad y, despus, ledos los ms de trescientos folios, se confirm como una autntica provocacin que ha suscitado malestar incluso entre quienes en otras ocasiones no se han posicionado precisamente a favor de las vindicaciones feministas.

Se han hecho muchos y certeros diagnsticos, y tambin propuestas como las que, no s si en un alarde de oportunismo, se haca desde el Gobierno para revisar la tipificacin de los delitos contra la libertad sexual. No ser yo quien ponga en duda dicha necesidad, pero no creo que la redaccin de la norma sea el meollo de un asunto en el que, en definitiva, se nos ha vuelto a demostrar con toda su crudeza que la cultura machista est bien presente y recorre transversalmente todos los mbitos de nuestra convivencia, incluidos aquellos que supone que existen para garantizar nuestros derechos fundamentales.

A lo que habra que sumar, por supuesto, que no creo que el recurso al Derecho Penal sea la mejor herramienta en una sociedad democrtica avanzada. Ms bien las polticas sancionadoras son la expresin ms rotunda del fracaso de unas reglas del juego que deberan basarse en la exquisita garanta de la dignidad de todas y de todos, adems de que suelen ser el recurso ms obvio para quienes no tienen ms programa poltico que jugar de manera populista con las emociones de la ciudadana.

Pienso que seguiremos equivocando el diagnstico y, por lo tanto, errando las propuestas transformadoras si no ponemos el foco justamente en un modelo de construccin de lo masculino que se proyecta en todo nuestro orden de convivencia y que, por supuesto, tiene una de sus ms terribles expresiones en cmo desde la virilidad hegemnica se conciben a las mujeres, a sus cuerpos y, por supuesto, a su sexualidad. Estos mandatos de gnero, que por ejemplo ha estudiado tan bien la antroploga Rita Segato, se traducen en una serie de poderes que los hombres entendemos como derechos naturales que traducimos en prcticas, con frecuencia violentas, que van desde lo ms privado hasta los niveles ms institucionales de la vida pblica.

Ser un hombre de verdad ha significado durante siglos, y me temo que todava hoy lo contina siendo para muchos de mis iguales, ejercer dominio, devaluar a las mujeres y a lo femenino e interpretar nuestros deseos como derechos que alimentan nuestro lugar privilegiado.

La suma de estos factores confluye con frecuencia en una sexualidad entendida como una pulsin irrefrenable, en la que el dominio de la ms dbil y vulnerable nos erotiza al mximo, de forma que en muchos casos se proyecta en el cuerpo de la otra toda el ansia de poder que parece dar sentido a nuestra existencia. Todo ello, adems, vivido con frecuencia en ceremonias colectivas mediante las cuales se refuerza nuestra identidad precaria.

De esta manera, las fratras viriles acaban otorgndonos el certificado supremo de virilidad. Es justamente ese concepto de lo masculino, que tiene una de sus ms extremas expresiones en lo que la teora feminista viene denominando desde hace aos cultura de la violacin, el que en la actualidad se prorroga en la pornografa que habitualmente consumen nuestros jvenes, en las redes sociales que generan espacios de inseguridad para ellas y de complicidad dominante para nosotros y, en general, en una cultura que contina insistiendo en que ellas estn permanentemente a nuestra disposicin.

Y en todos los sentidos: para cuidarnos, para amarnos, para darnos placer, para hacernos padres, para sostener nuestra vida privada. As se culmina la definicin social de las mujeres como seres para otros y cuya credibilidad queda siempre en entredicho frente la omnipotente del varn que dicta las reglas. Obediencia, sumisin y silencio frente a poder, autoridad y palabra. El crculo perfecto del patriarcado.

Es justamente ese corazn de las violencias que ejercemos los hombres y que sufren las mujeres el que deberamos dinamitar, como sugiere Virginie Despentes, si efectivamente queremos poner las bases para que la convivencia democrtica garantice que mujeres y hombres actuemos como seres autnomos y equivalentes.

Ello pasa urgentemente por la revisin de una virilidad que se traduce en poder, tambin desde el punto de vista sexual, y que es alimentada por una cultura del ocio y del placer en la que de nuevo ellas son las perdedoras, as como por la superacin de un orden cultural que contina alimentando energmenos como los de la Manada y jueces que a estas alturas no se han enterado de que administrar justicia sin perspectiva de gnero es equivalente a adoptar un fallo injusto. Y no nos engaemos: todos nosotros, varones que desde que nacemos somos educados para el privilegio, formamos parte de ese orden que nos ofrece tantos dividendos.

Es por tanto responsabilidad singularmente nuestra desvincularnos de la manada, iniciar un proceso de reconstruccin personal y convertirnos en agentes para la igualdad. Una tarea que debera empezar por tomar conciencia de que nuestro silencio nos hace cmplices y de que, si no queremos que nos confundan con acosadores, violadores o puteros, deberamos dar un paso al frente para dejar bien claro que estamos luchando contra el macho machista que llevamos dentro.

O, lo que es lo mismo, por la efectividad de una democracia en la que ellas dejen de sentir miedo, tanto en lo privado como en lo pblico, y disfruten de las mismas oportunidades que durante siglos entendimos exclusivas de nosotros.

Esa es, y no tanto la reforma puntual del Cdigo Penal, la transformacin pendiente en sociedades como la nuestra. La revolucin emancipadora que hace tres siglos lleva reclamando el feminismo.




Fuente: https://www.eldiario.es/tribunaabierta/parte-manada_6_765783422.html



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