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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 05-05-2018

Riesgosa tendencia a mezclar guerra con democracia
La metfora blica

Eugenio Ral Zaffaroni
Rebelin

Derecho penal de ataque, enemigo, paria, brbaro: en este polmico ensayo, el autor argumenta que la apelacin al imaginario blico va a contramano de la construccin de una democracia plural en el marco del Estado de Derecho.


1. La metfora blica. Desde que Richard Nixon comenz a declararles la guerraa los entes ms inverosmiles, se expanden las metforas blicas en el discurso poltico y meditico: todo debe resolverse con una guerra.

Hasta el presidente de la Corte Suprema argentina afirm que nuestros sistemas procesales fueron pensados como defensa, para defenderse de los abusos del Estado, pero aadi que, como las sociedades fueron cambiando, se necesita ahora un sistema pensado como ataque (1). Y agreg que no puede haber ataque si se usa la defensa.

El presidente de la Corte no es penalista y quiz no entendi bien que su derecho penal de ataque y defensa es una metfora blica, porque slo se ataca a un enemigo, concepto que hace pocos aos dio lugar a un intenssimo debate internacional (2).

2. Quin es el enemigo? El magistrado confunde al supuesto enemigo, aunque tiene razn en cuanto a que los mayores daos no provienen hoy de los Estados, sino del poder financiero con caractersticas mafiosas, que destruye a los pases, los endeuda, corrompe, quiebra, defrauda a las poblaciones, las empobrece y subdesarrolla.

Esta corrupcin sistmica preocupa al penalismo, pero es ocultada por la vocinglera de los monopolios mediticos incorporados al poder financiero corruptor, segn los cuales la nica corrupcin es la del Estado y los polticos populistas que lo agrandan. Se impone por ende achicar al Estado, que siempre es malo, mientras lo no-Estado siempre es bueno. En sntesis: el Estado es corrupto y el poder financiero es impoluto. De este modo no slo se proclama la impunidad de los corruptores sistmicos que desbaratan Estados, sino que incluso se fabrica la falsa imagen de su virginidad moral.

Cabe sealar que hay serias propuestas para criminalizar la corrupcin sistmica. Wolfgang Naucke ensaya una aproximacin al delito econmico-poltico que abarcara macroestafas como la burbuja de la crisis de 2008, idea que se remonta a la condena a empresarios cmplices de la Shoah en Nuremberg y que incluye los juicios contra funcionarios de Islandia responsables de la crisis financiera de 2008 (3).

3. El derecho penal de ataque. Pero lo ms grave es que en ese discurso se propugna directamente un derecho penal de ataque. Quien no conoce mucho de la materia puede confundirse, pero quienes conocindola repasamos la historia verificamos que cada vez que se us esa metfora para eliminar a un enemigo peligroso en realidad se termin eliminando a quienes el poder de turno consideraba molestos.

En efecto: en cada poca genocida el poder punitivo desat su ataque contra algn enemigo prometiendo salvarnos de los peligros ms dispares: las brujas, los herejes, la degeneracin, la sfilis, el comunismo internacional, el capitalismo explotador, la droga, el alcohol, la corrupcin, la criminalidad organizada e incluso el propio totalitarismo.

Lo cierto es que nunca nos salv de nada: algunos de esos peligros no eran tales (ya no quemamos mujeres, pero slo porque dejamos de temer a las brujas); otros peligros se resolvieron por otras vas (la penicilina cur la sfilis, el comunismo internacional implosion), y otros (el alcoholismo, la droga, etc.) no fueron resueltos. Por desgracia, la corrupcin se volvi sistmica y manipula al poder punitivo.

Nadie se atrevera hoy a sostener que la Inquisicin liber al mundo de Satn, Hitler de la conspiracin juda mundial, Mussolini del comunismo, Stalin del capitalismo explotador, nuestras dictaduras de seguridad nacional del oriente del trapo rojo o los racistas de la degeneracin. Sin embargo, todos ellos argumentaron el derecho penal de ataque, y realmente atacaron y mataron sin piedad.

En este milenario camino quedaron millones de cadveres. En el siglo pasado para no ir ms lejos al menos uno de cada cien habitantes del planeta fue asesinado por los Estados (fuera de toda guerra real), una cifra superior a la totalidad de los homicidios de iniciativa privada, legitimando estas masacres bajo el manto racionalizante de alguna metfora blica. Puede afirmarse que se trata de la mayor, ms masiva, letal y prolongada estafa a la humanidad entera.

4. Un derecho penal de defensa? Dado que no existe un derecho penal de ataque, tampoco es admisible otro de defensa, pues no es defensa la preservacin de la vida y la dignidad de las personas, sino que es el presupuesto mismo de todo Estado democrtico y de derecho.

Si se quiere abusar y usar esa palabra tambin metafricamente, lo que en verdad se defendera sera al Estado democrtico mismo, pues ste desaparece cuando se lesiona la dignidad y la vida de las personas, aunque la hegemona gobernante sea resultado de un acto electoral.

5. Los derechos humanos y la metfora blica. Es ampliamente sabido que, si bien el principio mayoritario es la base de la democracia, no debe ser entendido en sentido absoluto, puesto que tal entendimiento, en su lmite extremo, dara lugar a una democracia totalitaria, toda vez que no garantizara la posibilidad de alternancia en el poder, como suceda en la vieja constitucin sovitica. As lo entiende todo el constitucionalismo de los Estados democrticos, conforme a la regla de que la mayora no puede negar los derechos de la minora, puesto que, de hacerlo, negara el de la propia mayora a cambiar de opinin (4).

Las consecuencias de la metfora blica generaron tal pnico que, hace setenta aos, los jefes de nuestras manadas humanas concluyeron que el nico derecho penal respetuoso de la dignidad del ser humano es el que habilita a penar al culpable y, al mismo tiempo, inhabilita para penar al inocente (o al culpable ms all de lo que indica la gravedad de su ilcito). Esta fue la verdadera razn de la positivizacin internacional de los derechos humanos a partir de 1948.

6. La metfora blica deslegitima al Estado. Como la metfora blica le hace perder al Estado todo lmite tico y jurdico, como su resultado es que los propios agentes estatales cometen delitos, lo degradan a la condicin de un Estado delincuente, privndolo de su legitimidad tica: si tanto el Estado como su enemigo son delincuentes, la nica razn para respetar al Estado es el miedo, porque moralmente nada nos obliga a acatar el poder de un delincuente.

No debemos cargar las tintas en el discurso de un magistrado un poco distrado; mucho ms grave resulta el hecho de que la metfora blica empape las reiteradas manifestaciones de la ministra de Seguridad y del Presidente, porque en sus manos est la conduccin de las fuerzas de seguridad.

7. Cmo acta la metfora blica en algunos policas? Los policas son trabajadores como los de cualquier otra categora profesional, slo que, a diferencia de lo que ocurre en Europa y de lo que sucede en Argentina con otros trabajadores, carecen de derechos laborales (sindicalizacin, paritarias, etc.). Estn sometidos a un rgimen disciplinario arbitrario y autoritario con el argumento de la necesidad de una estructura militarizada, cuando se trata en realidad de un servicio de naturaleza civil y de primera necesidad, puesto que ningn Estado puede prescindir de l: hay Estados sin Fuerzas Armadas, pero no hay Estados sin polica.

En todas las categoras profesionales (jueces, abogados, docentes, ingenieros, mdicos, sacerdotes, economistas, etc.) existen ciertas personas con problemas de salud mental; la polica no es una excepcin. El problema es que, dada la dificultad para fortalecer la conciencia profesional debido a la prohibicin de sindicalizacin, las consignas blicas generan un efecto concreto en aquellos pocos casos de policas con salud mental precaria. Esto se traduce en errores de conducta que a menudo resultan letales. La metfora blica de la conduccin poltica termina cobrando vctimas fatales.

8. Cmo se explica el xito de la metfora? Pese a su simplismo e irracionalidad, la metfora blica cunde con facilidad, lo que no se explica por el oportunismo de un Presidente y su ministra ni tampoco por la manipulacin de los medios de comunicacin, que crean realidad pero no son omnipotentes, dado que no inventan los prejuicios sino que los recogen, profundizan y explotan (siguiendo la tradicional tctica vlkisch de su maestro Gbbels).

La respuesta a esta pregunta se halla en nuestra historia y en la construccin meditica de la guerra a la corrupcin limitada al mbito estatal, siempre dirigida contra los gobiernos populistas que ampliaron la base de ciudadana real: Yrigoyen en 1930, Pern en 1955, las inslitas versiones de la cuenta suiza de Evita... Esta tctica no tendra xito sin una parte de la sociedad dispuesta a creerla, porque el estafador nunca crea a su vctima, sino que la detecta. Tampoco la vctima es siempre inocente: quien compra una mquina de falsificar dlares es porque pretende cometer un delito.

9. La credulidad de sectores medios. Aqu tambin hay una vctima crdula, aunque tampoco inocente del todo: un sector de la llamada clase media que, como sabemos, es heterognea y ni siquiera corresponde a una realidad de niveles de riqueza. Por consiguiente, no todo lo que se llama clase media asume la misma actitud crdula: hay una parte que duda y otra, menor pero crtica y ms informada, que la rechaza.

Pero lo cierto es que un buen sector de la clase media est predispuesto a creer que se llevaron todo, mientras no cae en la cuenta de que se endeuda al pas en forma descomunal, por obra de una corrupcin sistmica de volumen astronmico. Qu es lo que impide que parte de la clase media perciba la realidad? Qu la lleva a creer en cualquier invencin de supuesta corrupcin escandalosa de los gobiernos populistas, aunque carezca de toda prueba y viso de realidad?

Ese sector est formado por personas que, aunque en algunos casos con ingresos muy modestos, sienten la imperiosa necesidad de considerarse superiores. Pero como envidian a los que concentran la riqueza de la que carecen, deben atribuir la culpa de sus frustraciones a alguien, que no puede ser al que ambivalentemente tratan de imitar, no en riqueza, pues no la tienen, sino en gustos, opiniones y refinamiento.

10. La construccin del paria vago, inmoral y delincuente. Tal vez esto suceda en alguna medida en toda sociedad. La explicacin puede rastrearse muy lejos, como por ejemplo en la descripcin de la sociedad de castas hind de Max Weber (5), quien explica que la existencia de la casta de parias cumple la funcin de permitir a todas las otras, incluso a las ms humildes, considerarse superiores.

Pareciera que en alguna medida toda sociedad crea o ilusiona subhumanos para diferenciarse, considerarse superior, rechazarlos y odiarlos como responsables de todas sus frustraciones y, de ese modo, evitar canalizar ese odio hacia las clases hegemnicas.

Por cierto, hay diferentes formas de crear a los parias. Hay sociedades en que la creacin se facilita por las secuelas racistas de la esclavitud (6). En las sociedades europeas la cuestin es ms complicada, pues importan parias y tambin agudizan las diferencias en la misma clase media (7).

En nuestra sociedad, la construccin de parias viene de lejos y fue sociolgicamente caracterizada a mediados del siglo pasado por Jauretche como el medio pelo del gorilismo revanchista visceral: todo el que intenta ayudar a los parias a salir de su situacin lesiona el sentimiento de superioridad de sectores medios orgullosos de su pretendida virtud moral, producto de la idea de que merecen todo lo que tienen y mucho ms por haberlo conseguido slo por sus mritos individuales (meritocracia).

Los medios monoplicos captan fcilmente el discurso caricaturesco de estos sectores de la clase media y lo explotan al mximo: Cmo puede ser que estos miserables quieran vivir como uno? Estos populistas corruptos pretenden quitarnos lo que hemos ganado con nuestro esfuerzo individual (meritocrtico) y nuestra moral superior, para drselo a esos vagos, impdicos, grasas y delincuentes? No ven que abusan de los derechos que les dan? No ven que hacen asado con el parquet? Venga quin sea, militares, financistas corruptos, extranjeros, pero echen a estos populistas corruptos, demagogos y sucios! Mtanlos en la crcel!

11. Civilizacin y barbarie. Civilizacin y barbarie es la opcin creada por toda la intelectualidad ms o menos oligrquica, desde Sarmiento (que afirmaba que nuestra poblacin era mezcla de una raza medieval con otra paleoltica, lo que la haca inidnea para la democracia, y aconsejaba no ahorrar sangre de gaucho), pasando por los que legitimaron el genocidio patagnico, hasta alcanzar la decadencia de las vulgaridades televisivas del presente.

La intelectualidad antipopular elev estas patraas a la categora de un paradigma (del que no se libr nuestra propia izquierda tradicional), como pretendida clave de comprensin de todos nuestros problemas nacionales: la culpa de todo la tienen los brbaros y los populistas corruptos, que son votados por esos ignorantes, brutos, inmorales, concupiscentes y delincuentes.

Por cierto que los civilizados y los brbaros cambiaron su fisonoma a lo largo de nuestra historia, pero la dicotoma se mantiene hasta el presente, como legado de las luchas fratricidas del siglo XIX y del neocolonialismo, valido de las oligarquas proconsulares que el populismo combati.

12. La metfora blica y el poder punitivo. Hoy la metfora blica, hija de la dicotoma de civilizacin y barbarie, se traslada al poder punitivo en dos sentidos: por un lado, en el discurso de los responsables de la conduccin de las policas para legitimar la muerte de jvenes de los barrios precarios, banalizndolas, aun las de nios y por la espalda; por otro lado, la misma metfora se esgrime contra el enemigo populista que pretendi dar una mano a los parias.

Cuando desde la cpula del Estado se quiere legitimar su poder punitivo apelando a la metfora blica, se procesa y encarcela a las cabezas de la oposicin, se las somete a la picota televisiva, se excluye a periodistas y artistas crticos, se intenta manipular la composicin de tribunales, se desoyen los mandatos jurisdiccionales internacionales y nacionales, se mantiene presa a una diputada por discriminacin mltiple, se desatan campaas de estigmatizacin ante cualquier crtica, se permanece indiferente ante denuncias de corrupcin sistmica, pero, sobre todo, se lesiona masivamente el derecho al desarrollo acumulando a la velocidad de la luz un monto de deuda sin precedentes en toda la historia, y un gobierno cuyo mandato termina en poco ms de un ao compromete el presupuesto por dcadas, ese Estado, aunque el origen electoral de sus gobernantes sea indiscutible, por cierto que va a contramano de la democracia plural, enmarcada en un Estado de Derecho y conforme al modelo de sociedad abierta.

Notas:

1. Infobae, 14-4-18.

2. Se trata del famoso derecho penal del enemigo (Feindstrafrecht) que llen estantes de libros. Nos ocupamos de eso en El enemigo en el Derecho Penal, Universidad Santo Toms, Bogot, 2006; EDIAR, Buenos Aires, 2006; Dykisson, Madrid, 2007; Ediciones Coyoacn, Mxico D.F., 2007.

3. Wolfgang Naucke, El concepto de delito econmico-poltico. Una aproximacin, trad. y estudio preliminar de Eugenio Sarrabayrouse, Madrid, 2015.

4. Por ejemplo, Peter Hberle, Europische Verfassungslehre, Nomos, Baden-Baden, 2006, p. 299; del mismo autor, El Estado Constitucional, Buenos Aires, p. 258; Livio Paladin, Diritto Costituzionale, Padova, 2006, p. 263; Enrico Spagna Musso, Diritto Costituzionale, Padova, 1992, p. 151.

5. Max Weber, Gesammelte Aufstze zur Religionssoziologie, tomo II, Tbingen, 1986, p. 1, Hinduismus und Buddhismus.

6. Sobre Brasil, por ejemplo, Jesse Souza, A elite do atraso, Ro de Janeiro, 2017.

7. Sobre el caso francs es interesante el ensayo de Franois Dubet, Por qu preferimos la desigualdad? (Aunque digamos lo contrario), Siglo XXI, Buenos Aires, 2016.

Eugenio Ral Zaffaroni. Profesor emrito de la Universidad de Buenos Aires, juez de la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Su ltimo libro es Derecho penal humano, Hammurabi, Buenos Aires, 2017.

Fuente: http://www.eldiplo.org/227-crisis-democratica-en-america-latina/la-metafora-belica

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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