Portada :: Mundo
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 05-05-2018

De la latencia nuclear a la inmediatez del terror

Ricardo Orozco
Rebelin


El pasado jueves 26 de abril, la comunidad internacional asisti como espectadora al encuentro que celebraron los mandatarios en turno de los Gobiernos de la Repblica Popular Democrtica de Corea y la Repblica de Corea; un evento que, tras sesenta y cinco aos de armisticio, en varios sentidos y para amplios sectores de la poblacin global, se espera que sea la piedra de toque sobre la cual se logre, finalmente, pacificar y estabilizar a la pennsula, en particular; y a la regin, en general; por medio de la reduccin bilateral de despliegues militares y, sobre todo, de la desnuclearizacin del Norte.

Por supuesto, y no muy en el fondo, la reunin no termin ningn conflicto blico que en la prctica no estuviese ya en su ms bajo perfil al punto en que ningn enfrentamiento directo o indirecto entre las fuerzas armadas de los dos Estados se ha producido desde que se celebr el armisticio. Afirmar que la guerra por fin termin (o se encuentra en el camino de finalizar), por lo anterior, no pasa de un mero formalismo jurdico:uno que de ninguna manera define la naturaleza misma de cualquier conflicto blico, pues el desarrollo o la ausencia de una guerra en un espacio particular, entre actores especficos, no depende sino de las condiciones reales, materiales, de su desarrollo o no-desarrollo.

En esta lnea de ideas, por ejemplo, no es difcil encontrar desarrollndose, en el momento presente, una decena de enfrentamientos blicos ya entre Estados, entre Estados y actores no estatales o entre puros autores no estatales que, dependiendo de los intereses que se encuentran en juego, lo mismo son negados, en tanto guerras, en un instante, nicamente para ser afirmados como tales al siguiente. O ya sin ir tan lejos, igual se les nombra, ya por unos y otros, intervencin, guerra civil, revolucin, primavera, disuasin, ocupacin, operacin para el mantenimiento de la paz, contencin, pacificacin, estabilizacin, reconstruccin o similares y derivados.

En dnde encontrar, entonces, la razn de ser de la Declaracin de Panmunjeom? Aunque para el mundo el tema de la reunificacin tiene que ver, como se ha sealado hasta aqu, con la supuesta finalizacin de un conflicto blico, de los nueve acuerdos principales que componen la declaracin, slo cuatro de ellos tienen que propiamente con ese tema; a saber, los acuerdos sobre: a) la finalizacin de la guerra que paus el armisticio de 1953, b) la desnuclearizacin de la pennsula, c) el cese propagandstico en torno a la frontera compartida y, d) el cese de ejercicios militares (destinados a hostilizar a la contraparte) en tierra, mar, y cielo. El resto son concernientes a la reunificacin social y hasta cierto punto cultural de ambas poblaciones.

Para Occidente y la mayora de sus aliados militares y financieros incluida la propia Repblica de Corea, el tema de fondo de esos cuatro puntos (por encima de los cinco restantes), es que a travs de ellos el mundo puede acceder a cierto grado de certeza respecto de las posibilidades de que la volubilidad y la arbitrariedad de los mandatarios norcoreanos desate un conflicto nuclear que arrastre al resto del mundo tras de s. Es decir, el xito que se alcanza es de dimensiones globales porque permite dentro de los mrgenes de esta concepcin reducir el espectro de accin de una potencial amenaza nuclear. La lgica de este argumento es que el peligro est en el aire, latente, pendiendo de la tirana de una personalidad impredecible, pero ajena a la etiqueta y las reglas de conducta de las democracias liberales y procedimentales.

El problema de todo lo anterior es que no nicamente Occidente ha dado muestras suficientes al mundo de que slo se requiere adems de alguna aprobacin parlamentaria contar con algn sentido depredestinacin, aparatos militares suficientemente robustos, finanzas lo bastante desarrolladas como para soportar los costos que se deriven, un complejo cientfico-tecnolgico competitivo y una maquinaria propagandstica de proporciones internacionales que justifique la agresin, para desatar y sostener por ms de una dcada una agresin armada, directa o indirecta, en cualquier parte del globo aunque particularmente en las periferias globales: Asia, frica y Amrica Latina.

Y ello, con independencia tanto del nombre que se le d a la agresin en cuestin cuanto de los cientos de instrumentos jurdicos, nacionales e internacionales, y de las miles de normas diplomticas y las decenas de mecanismos de dilogo y de cooperacin a los que voluntariamente se dicen apegar los Estados-nacionales para mantener el orden, la paz y la estabilidad globales. Pero no slo, pues por encima de esa lgica particular se encuentra el sinsentido de buscar la permanente legitimacin y sostenimiento de una estructura internacional que se basa en la afirmacin de que el mejor mecanismo con el que se cuenta para mantener esas tres condiciones (el orden, la paz y la estabilidad) es la amenaza permanente de la guerra y la destruccin nuclear frente a los enemigos de la sociedad.

En Occidente, por supuesto, esas amenazas son siempre explcitas, la cuestin es que muy pocas ocasiones a estas se las recibe en los imaginarios colectivos nacionales como tales porque se las reviste con el velo trminos como libertad, igualdad, justicia, seguridad, orden, progreso, etc., para despojar a la palabra guerra (o similares y derivadas) de todo su contenido semntico, y para ocultar en el ejercicio de la misma todo su potencial catastrfico y el trauma humanitario que deja a su paso, devastando sociedades enteras. Basta con observar cmo, frente a los despliegues armamentsticos de China y Rusia, por un lado; y Estados Unidos, Francia e Inglaterra, por el otro; a los primeros se los identifica como el Mal del mundo, y a los segundos el Bien que los contrarresta sin importar que uno y otro lado destruyan por igual cuando disputan un conflicto.

Que a una guerra, en general; y a cualquier conflicto armado, en particular; se los perciba como justos, necesarios y buenos, o como injustos, innecesarios y malos, depende por entero de los valores que mueven la tica de una colectividad, de una parte; y de la otra, del ncleo ideolgico que acompaa a esa tica para revestirla con cierto grado de cientificidad, y por lo tanto, de veracidad. Por ello lo que de un lado de la ecuacin es justo, necesario y bueno, del otro lado es su opuesto; y viceversa. Por eso, tambin, pese a esa justificacin tica, ni de uno ni de otro lado de la operacin importan esos conceptos, porque al final, en su despliegue, el ejercicio de la guerra igual acaba con el enemigo que se invent, ide y construy.

Esta situacin ha arrastrado al mundo a un estado de cosas en el que se acepta el ejercicio de la represin sobre s mismo para garantizar, paradjicamente, la libertad de quien se reprime. Pero no slo, pues, adems, se concede, se milita en favor del establecimiento y mantenimiento de ciertas desigualdades para garantizar una supuesta igualdad superpuesta; se milita en favor de la censura, sobre s y sobre el otro, para garantizar la libertad de expresin; se milita en favor de la coaccin sobre s y sobre el otro si ello lleva al ejercicio de la plenitud en los actos; se milita en favor de la guerra para mantener la paz; se milita en favor del despotismo ilustrado para defender la democratizacin y la representatividad; se milita en favor de la privatizacin de los bienes colectivos para afirmar la posibilidad de su goce pblico, y as, ad infinitum, en un largo etctera.

As pues, si la guerra es la paz, no sorprende que a la violencia se la tome por recurso para combatir y erradicar la violencia. En ese sentido, la mayor falacia que envuelve a la reunificacin de la pennsula coreana es que en ella se ve un esfuerzo exitoso en pos de la reduccin de la amenaza, del potencial, de violencia que el mundo podra sufrir en un futuro indeterminado. Y lo es, porque mientras que se celebra la contencin de esa latencia, el mundo se sumerge en una cantidad de conflictos armados con consecuencias tan catastrficas como pocas veces se ha visto en la historia de la humanidad.

La sociedad global celebra que tiene una fuente de destruccin y violencia menos de la cual preocuparse. Sin embargo, adems de sus formas ms explcitas, una violencia subyacente, menos percibida por las colectividades por considerar a los eventos en los que se reproduce parte de la normalidad de las cosas, contina reciclndose y actuando sobre millones de personas no como latencia o posibilidad, a la manera de la amenaza nuclear de Corea del Norte; sino como realidad presente, permanente, efectiva.

Ejemplo claro de lo anterior es, por mencionar slo un caso de una larga lista, que la aceptacin del ejercicio de la violencia como solucin a otro ejercicio de violencia ha llevado al mundo, en los ltimos quince aos, a pasar de un promedio de veintiocho eventos terroristas anuales, a lo largo y ancho del globo, a ms de once mil setecientos eventos por ao con sus consecuentes incrementos en el nmero de heridos y de vctimas mortales. Pero no en un solo sentido: el que comprende por terrorista al ataque violento de un actor no estatal en contra de las instituciones que dimanan de un Estado, de sus corporaciones privadas o de sus ciudadanos y/o nacionales; sino, tambin, en el de la reciprocidad estatal frente a tales actos.

Que al acto y al individuo o colectividad terroristas como al enemigo de guerra los designa la tica y la ideologa de quien los construye como tal es un hecho al que poco se le puede refutar en tanto criterio de verdad(basta ver cmo, para el Gobierno estadounidense, cualquier organizacin comunitaria, indgena y/o popular que se oponga a sus intereses raya en la lnea de organizacin terrorista o es tomada por tal para comprobar la tirana y la arbitrariedad de los criterios empleados para designar al terrorismo). Sin embargo, an al margen de esa acotacin, lo que no deja de ser mero sntoma de volubilidad es que tanto el eje cualitativo como el cuantitativo de los ataques armados en contra de colectividades siga incrementando ao con ao, producto del ejercicio estatal de la violencia, en todas sus formas.

No es azaroso, en este sentido, que aunque en 2015 noventa y cinco pases alrededor del mundo tuvieron algn evento de esta naturaleza (y el que sean noventa y cinco pases ya dice bastante por s mismo sobre la dispersin del fenmeno!), ms de la mitad de ellos tuvieron lugar en nicamente cinco pases: Irak, Afganistn, Pakistn, India y Nigeria; as como tampoco lo es que tres cuartas partes de las vctimas mortales del total de ataques se concentraran en Irak, Afganistn, Nigeria, Siria y Pakistn. Salvo India, el resto de los pases mencionados o se encuentra bajo ocupacin militar de Occidente en particular estadounidense (Afganistn e Irak), o se encuentra intervenidos por los mismos actores (Siria), o son empleados como laboratorios para la formacin y adiestramiento de guerrillas adversas sus intereses (Pakistn).

No se trata, ac, nicamente de la manera en que los Estados-nacionales forman, organizan, entrenan, arman y financian a grupos militares y para militares para fragmentar sociedades y regiones enteras a la manera en que Al-Qaeda y grupos similares, alrededor de los aos setenta del siglo XX, fueron creados por los aparatos de inteligencia estadounidenses para contener la expansin sovitica hacia el Sur de sus fronteras. Mucho menos de cmo tales prcticas se siguen utilizando y reciclando por otros actores. Se trata, ms bien, de cmo ese proceso de reciclaje hace gravitar a su rededor otras expresiones de violencia, otros ejercicios, potencindolos hasta elevarlos a escalas de conflictos blicos regulares.

Por todo lo anterior, quiz sea prudente que la sociedad global d un paso atrs y se detenga a observar cmo esos recursos que se presumen como la ltima lnea de defensa en contra de los enemigos de la civilizacin, aunque se saben cotidianos y se perciben como parte de la normalidad de las cosas, son causas mayores y ms inmediatas para la consecucin de una destruccin mutua (Estado y sociedad) asegurada; y no, contrario al sentido comn imperante, las latencias nucleares que se posan en regmenes como el norcoreano pero tambin en cualquiera de sus contrapartes, con capacidades nucleares: Israel, Francia, Estados Unidos, Rusia, China, India, etctera.

Que en la actualidad la devastacin y el genocidio no estn concentrados en un espacio reducido, como s lo estuvieron durante la Segunda Guerra Mundial, en general; y durante el Holocausto judo, en particular; sino, ms bien, dispersas por todo el orbe, no quiere decir que la sistematicidad de la destruccin sea la de un trauma menor o menos condenable. Que al terrorismo no lo defina un acto, sino el terror que causa a la humanidad el ver su propia autoaniquilacin!

Blog del autor: https://columnamx.blogspot.mx

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



Envía esta noticia
Compartir esta noticia: delicious  digg  meneame twitter