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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 08-05-2018

Socializacin catastrfica y capitalismo apocalptico

Sabu Kohso
Artillera inmanente


El 11 de marzo de 2011, un tsunami azot el lado noreste de Japn. En los das posteriores, tres reactores explotaron en la central nuclear de Fukushima Dai-ichi. A esta catstrofe se sum otra: la gestin gubernamental del desastre. Lejos de constituir un accidente ahora bajo control, el drama contina con mil consecuencias ms o menos visibles: contaminacin, desplazamientos de poblaciones, conmocin de las intimidades. A travs del relato de seis activistas japoneses, este libro trata de pensar de otro modo el desastre nuclear. Un fenmeno que pone en tela de juicio la textura misma de la materia tambin tendra que ser abordado como una catstrofe metafsica. Con ocasin de la publicacin del nuevo cuaderno de investigaciones polticas Fukushima & ses invisibles el 26 de abril prximo en ditions des mondes faire, los editores hicieron llegar al sitio web de lundimatin un texto indito de Sabu Kohso, uno de los autores del libro. En Artillera Inmanente presentamos la traduccin castellana.

1. Donde recordamos que la catstrofe de Fukushima es un asunto de gran magnitud, un acontecimiento que nos despuebla al arrebatarnos el futuro. El capitalismo catastrfico aparece aqu como una mquina que desenvuelve tiempos que no terminan de terminar, y el apocalipsis como la ocasin de una revelacin.

2. Donde el movimiento antinuclear japons se pierde entre vanas tentativas para inmiscuirse en el parlamento y desfiles repetitivos con pancartas en la calle: tigre de papel! Donde se recupera aliento cuando este movimiento se transforma en poltica del conocimiento, en trayectoria existencial y en potente vehculo para nuevos imaginarios: Ir al norte!, Ir al oeste!.

3. Donde se recuerda que el Japn moderno es el producto de un largo proceso de reconstruccin poscatstrofe. Hiroshima-Nagasaki-Fukushima, o cmo la reestructuracin del tejido sociotcnico se opera a la sombra de un consenso irradiante.

4. Donde la dimensin ecolgica de la catstrofe de Fukushima nos insta a partir en bsqueda del mundo desde el entramado de la sociedad, de nuestros cuerpos y de nuestras mentes. Algo que ocurre en el caso de los trabajadores de la energa nuclear / los habitantes cercanos a la zona / todos los cuerpos que viven.

5. Donde se explora un reino aterrador e ilusorio, en la confluencia del sueo estatal del arma omnipotente y de la utopa capitalista de la energa sin fin. En este reino, el poder nuclear es un monstruo acfalo que impone su absurda necesidad. 6. Donde la descomposicin del mundo se convierte en la ocasin de redescubrir la tierra, y de ver cmo esquizo-polillas llevan adelante su vida fugaz aqu.

 

* * *

 

El Apocalipsis es una gran maquinaria, una organizacin ya industrial, Metrpoli. Gilles Deleuze, Crtica y clnica

El mundo ya es apocalptico, nicamente le hace falta serlo enteramente, y todo el tiempo. Es preciso superar la idea de apocalipsis como puro acontecimiento, como traumatismo revelador y revolucionario que funda un nuevo nomos de la tierra. En lugar de esto, un apocalipsis combinado y desigual. Evan Calder Williams, Combined and Uneven Apocalypse

No me refiero aqu al microapocalipsis que es la muerte: todos mueren, e incluso si todo el mundo muriera al mismo tiempo (s, digo todo el mundo), dnde estara el problema? La tierra reiniciara de cero, y qu razones tendran los ngeles para lamentarse? George Caffentzis, In Letters of Blood and Fire

Acontecimientos catastrficos, proceso apocalptico

 

Han pasado siete aos desde las explosiones de la central nuclear de Fukushima Dai-ichi. Y la catstrofe contina. Cada da, nucleidos radiactivos se esparcen en el aire, el agua y el suelo. Peor: este proceso se amplifica con la poltica del gobierno japons, que distribuye en el mundo entero productos alimenticios irradiados, y obliga a las principales municipalidades del pas a hacerse cargo de los desechos radiactivos (principalmente en la forma de bermas). El gobierno liberal demcrata persiste en su postura pro-nuclear, pro-rearme y pro-mercado. Al mismo tiempo, las iniciativas populares se multiplican para proteger los cuerpos, las mentes y el medio ambiente: registros sobre la radiactividad por diversos colectivos de medidas, evacuaciones voluntarias, batallas jurdicas, bloqueos, manifestaciones y acciones en la calle. Pero el impulso de estas luchas ha sido insuficiente.

El accidente de Fukushima ha suscitado innumerables discursos. Frente a la emergencia y la amplitud del desastre, la mayora de ellos han fabricado la idea de una Crisis Humana que una solucin nica podra arreglar, una especie de unin sagrada de los dirigentes, los partidos, los movimientos sociales, que supera las distinciones de clase y de casta. Pero el problema Fukushima no es social o poltico: se relaciona ms bien con los hiperobjetos conceptualizados por Timothy Morton. Implica cosas, temporalidades y escalas espaciales que escapan en gran parte a los humanos y que, sin embargo, estn ntimamente presentes a ellos: agujero negro, biosfera, sistema solar, plutonio, uranio.

El desastre nuclear es irreversible y conduce a dos prdidas fatales para los seres planetarios. Por su poder de mutacin y de destruccin de los procesos genticos, los nucleidos radiactivos reducen las posibilidades del futuro. Tarde o temprano, todos estaremos irradiados! Y por ello mismo, nuestro vnculo con la tierra, en el pasado considerado como el fundamento de los comunes, es lo que se ve afectado. Dicho de otro modo, las radiaciones no atrofian simplemente los recursos, sino tambin nuestras aspiraciones, nuestra capacidad de crear comunes.

El nombre Fukushima designa a la vez un acontecimiento catastrfico y un proceso apocalptico. Me veo tentado a emplear este trmino bblico, precisamente porque la situacin muestra la imposibilidad de un Fin. Algunas personas continan esperando el Apocalipsis, como la lucha que precede a la salvacin mesinica (o la emancipacin) del mundo. Algunos evangelistas estadounidenses creen todava en el Armageddon y en la lucha contra el Mal, encarnado por los musulmanes. Nuestras tendencias de izquierda nos llevan a esperar un colapso total del capitalismo, que coincidira con la revolucin. Pero lo que Fukushima parece haber probado es la imposibilidad de tal fin. Las catstrofes, incluso las ms graves, estn absorbidas en un proceso que es el verdadero apocalipsis: un fin sin salida.

Tratar el apocalipsis como una catstrofe, el proceso como un acontecimiento: el gobierno que nace con Fukushima descansa en esta confusin, que resume perfectamente el trmino falaz de post-desastre. En un pas marcado por terremotos, por la derrota de 1945 y los ataques de Hiroshima y Nagasaki, las representaciones apocalpticas obsesionan el imaginario colectivo, a travs de las pelculas, los mangas, los dibujos animados y la literatura. La fascinacin por el desastre expresa el temor a una repeticin de la historia, pero eso no impide que advenga. Hay que sustituir la produccin de imgenes apocalpticas por la difusin de un sentido prctico de la catstrofe. Elaborar y compartir tcnicas de supervivencia, escuchar tambin los afectos producidos por el apocalipsis: ya no es nicamente la desesperanza, la tristeza y la clera, es tambin la fragilidad, la trivialidad y la confusin frente al absurdo del sistema social.

Apocalipsis significa asimismo revelacin. Ahora nos damos cuenta de que el rgimen de la democracia de posguerra, este rgimen que pretenda ofrecer una prosperidad econmica indefinida a travs de una alianza con la sociedad de control estadounidense, este rgimen, por tanto, ha conducido al peor desastre nuclear. Nos queda, por consiguiente, comprender lo que este desastre produce en nosotros, estar atentos a la explosin de afectos que revela. Aqu reside la complejidad de la situacin y sus raras promesas.

Fisuras en el movimiento antinuclear

El despus-de-Fukushima hizo emerger luchas con formas y objetivos variados: manifestaciones, bloqueos contra la circulacin de los desechos radiactivos, movilizaciones contra la reanudacin de las centrales elctricas,1 procesos contra las grandes empresas energticas, presiones para obtener el rembolso de los gastos mdicos o un control pblico de los niveles de irradiacin, evacuaciones voluntarias, coordinacin de los trabajadores de la energa nuclear, etc. La heterogeneidad de estas acciones, y de las personas que las han llevado a cabo, ha provocado fisuras en el movimiento antinuclear.

Su unidad se haba constituido en gran parte en la dcada de 1970. Los movimientos contestatarios, socavados por las violencias durante la era de la Nueva Izquierda, conocieron entonces un severo declive, y se reconstruyeron en torno a principios anarquistas, antiautoritarios y horizontalistas: organizacin sin lder, que parte de la base y est descentralizada, participacin en las nuevas luchas de trabajadores precarios, estudiantes y comunidades. Despus de Fukushima, estos principios han sido abandonados por algunos activistas, alcanzados por una especie de pasin realista: poner fin a la energa nuclear supondra a sus ojos trabajar con los especialistas y las autoridades. De manera ms general, numerosos libertarios provenientes del movimiento antinuclear han sido absorbidos en una amplia coalicin, a la vez despolitizada y legalista, la Metropolitan Coalition against Nukes [Coalicin Metropolitana contra la Energa Nuclear].2 En junio de 2012, esta coalicin consigui reunir, cada viernes, ante la residencia oficial del primer ministro, a varias centenas de miles de personas para protestar en contra de la reanudacin de la central nuclear de Oi.3 Los organizadores de la coalicin prohiban todos los eslganes que desbordaran la consigna antinuclear y cualquier forma de accin distinta a aquella de la simple deambulacin con pancartas, hasta las 20 horas a ms tardar. Para los responsables del movimiento, era indispensable conseguir prorrogar las aglomeraciones todas las semanas y, por tanto, encontrar un arreglo con la polica. Su movilizacin, ciertamente masiva, asfixi de este modo cualquier posibilidad de expresin poltica que estuviera ligeramente afilada. En cambio, sirvi a las ambiciones electoralistas de los socialdemcratas y dio una forma de respetabilidad a los nacionalistas que participan en la movilizacin.

El giro nacionalista y conformista del movimiento aliment incesantes conflictos entre los populistas y la izquierda parlamentaria.4 Pero ninguno de los dos campos consigui crear una nueva fuerza capaz de confrontarse con la situacin, limitados como estn por la estrechez de su campo de intervencin: el terreno parlamentario para unos, la manifestacin en la calle para otros. Ahora bien, los procesos de normalizacin post-Fukushima se extienden bastante ms all de los terrenos de la poltica convencional; cubren todos los aspectos de la vida. Es posible abordar las luchas opuestas a este proceso de control a travs de tres aspectos: el conocimiento y la informacin, el modo de vida, la imaginacin.

Despus del accidente, el gobierno, TEPCO (Tokyo Electric Power Company) y los principales medios de comunicacin disimularon o desdibujaron la informacin que concerna a la amplitud de la irradiacin y sus peligros para la salud. Este control de la informacin no se concretiz, como en un rgimen totalitario, por medio de la supresin pura y simple de los elementos de conocimiento disponibles, sino por medio de un exceso y un dficit simultneos de informacin, creando un estado de indeterminacin. Al mismo tiempo, los discursos de los cientficos especializados y de los mdicos fueron erigidos como verdaderos discursos de salvacin.

Por un lado, los cientficos pronucleares han difundido de puerta en puerta ideas aberrantes: el desastre de Fukushima ha terminado, ya no hay peligros, los ciudadanos deben retomar su vida normal de trabajadores y de consumidores. Estos cientficos constituyen una pieza maestra de la Aldea nuclear, esa red de fuerzas pronucleares que se extiende a travs de todo el gobierno (tanto central como local), las compaas de electricidad, las grandes empresas, los crculos financieros, los medios de comunicacin y el mundo universitario, una red ntimamente ligada a la alianza USA/Japn, y que recubre al final toda la clase en el poder desde la posguerra.5

Por el otro, existen algunos cientficos que se oponen a la energa nuclear, cuyos propsitos son acogidos por la mayora de los japoneses como herramientas indispensables para percibir lo absurdo de la energa nuclear. Por ejemplo, los numerosos trabajos de investigacin del Dr. Hiroaki Koide del Instituto de Investigacin sobre los Reactores de la Universidad de Kyoto (KURRI) son particularmente seguidos. Pero su posicionamiento moral provoca reservas, sobre todo cuando declara que los adultos y las personas adultas deben aceptar consumir alimentos irradiados a fin de salvar la industria local de Fukushima, exceptuando nicamente a los ms jvenes de esta recomendacin.6 Esta afirmacin plantea dos problemas. Exhortando a salvar la industria de Fukushima, el Dr. Hiroaki Koide legitima tcitamente la propagacin de la contaminacin en todo el archipilago. Y este llamado al rescate de Fukushima implica que el conjunto de los habitantes del archipilago se identifique con esta totalidad que se llama Japn. En este sentido, la posicin antinuclear favorece el regreso del nacionalismo.

Lejos de los movimientos electoralistas y de las manifestaciones, algunos activistas han decidido dirigirse a la regin de Fukushima para ayudar a sus habitantes o participar en las luchas de los trabajadores expuestos a las radiaciones de los reactores daados.7Esta iniciativa para apoyar el estrato ms oprimido de la industria de la energa nuclear se relaciona a la creencia anarquista en una sociedad de apoyo mutuo, que resurge notablemente en circunstancias de grandes desastres, y con la voluntad de organizar la clase popular en un momento radical de lucha. No obstante, las primeras tentativas se acercan peligrosamente al proyecto estatal que apunta a reconstruir Fukushima y a atacar la poblacin local en esta tierra irradiada. En cuanto a la organizacin de las luchas libradas por los trabajadores de la energa nuclear, se encuentra con diversos obstculos ligados al poder de la compaa de electricidad y a la naturaleza de los empleos, precarios y mviles.

Estos activistas que se dirigen a Fukushima son llamados aquellos que van al norte.

Aqu, ellos se encuentran con iniciativas locales para asegurarse de la seguridad de los alimentos y del medio ambiente. Algunas personas, en particular padres inquietos por la salud de sus hijos (principalmente mujeres), han empezado a hacerse cargo del estudio de la contaminacin y de sus efectos. Muchas personas inicialmente desprovistas del bagaje cientfico se han puesto a estudiar fsica nuclear y medicina para asegurar su supervivencia.8Y numerosos centros cvicos han aparecido para efectuar registros y difundir esta informacin, en oposicin a las manipulaciones gubernamentales. De forma ms profunda, estos proyectos abarcan una transformacin de los modos de vida, las costumbres alimenticias, las relaciones sociales, los ecosistemas. Cada vez ms diversas personas deciden dejar el noreste o la regin de Kanto, y migrar hacia las regiones ms seguras de Hokkaido o del Japn occidental; lejos de quedar aislados, los exiliados del interior son acogidos por diversos colectivos.9

Estos evacuados voluntarios son llamados aquellos que van al oeste.

El plan gubernamental de ayuda a la evacuacin ha seguido siendo irrisorio, con lo cual las veleidades de migracin interna en el archipilago son regularmente la causa de las tensiones en el seno de las familia. Las personas adultas (los abuelos) y los trabajadores productivos (la mayora del tiempo los esposos) prefieren mantener su modo de vida habitual o prohben a los miembros de su familia hablar de la situacin en trminos demasiado crticos, mientras que las trabajadoras reproductivas (madres, amas de casa, etc.) expresan de buen grado su clera y su voluntad de cambio radical. Algunas familias estallan o deciden separarse momentneamente.

Nuestros camaradas extranjeros a menudo nos han preguntado: Por qu el pueblo japons no se levant despus de Fukushima?. El primer elemento de respuesta reside en las fisuras que aparecieron en el seno del movimiento. El otro reside en la sombra arrojada por el hiperobjeto, que tiende a hacernos creer que una solucin monumental, impulsada por un poder superior, es indispensable. La desmesura del acontecimiento acaba por desalentar cualquier esperanza de revuelta. Un tercer aspecto, por ltimo, procede de la naturaleza virtual de la radiactividad. Los nucleidos radiactivos permanecen imperceptibles, y sus efectos sobre el cuerpo no aparecern inmediatamente, sino ms bien en tres, cinco, diez o quince aos. Una catstrofe radiactiva es menos directamente perceptible que la pobreza, la hambruna, las brutalidades policiales o la destruccin de un barrio por un proyecto inmobiliario. Los aspectos reales e imaginarios del problema Fukushima requieren otro enfoque.

Socializacin catastrfica

Histricamente, una catstrofe es casi siempre seguida de una reconstruccin de la infraestructuras y de una reorganizacin de la sociedad, en el curso de las cuales las prioridades se dirigen a la seguridad antes que a la asistencia, y al desarrollo antes que a la reparacin. Este proceso est a menudo acompaado por una fase de militarizacin.

La rendicin incondicional de Japn, ocurrida despus de los ataques de Hiroshima y Nagasaki, condujo al desmantelamiento del rgimen totalitario por las fuerzas de ocupacin estadounidenses, y a la implementacin de reformas democrticas. No obstante, las autoridades estadounidenses eximieron a muchos criminales de guerra, incluyendo al emperador Hirohito, y los reclutaron en su lucha contra los enemigos de la democracia en el continente asitico. Para el gobierno estadounidense, Japn ha constituido, desde entonces, una base estratgica mayor. Es principalmente bajo el impulso de la superpotencia estadounidense como la energa nuclear civil fue introducida en la vida de un pueblo que acababa de sufrir la atrocidad de dos bombardeos atmicos.

A fin de promover el programa tomos por la paz del presidente Eisenhower en 1953, el poder nipo-estadounidense manipul activamente la informacin. Incluso si el consumismo de masas le ofreca una atmsfera consensual, le era necesario sofocar el desarrollo de los movimientos antinucleares y antiestadounidenses que emergieron despus del incidente del Lucky Dragon Five.10 Estos movimientos tomaron un giro insurreccional con la oposicin al tratado de cooperacin mutua y de seguridad entre los Estados Unidos y Japn, e hicieron nacer esa Nueva Izquierda que sacudi a la sociedad japonesa durante toda la dcada de 1960.

Tres fenmenos las guerras de Corea y de Vietnam, el crecimiento econmico y por ltimo la emergencia de la Nueva Izquierda se entremezclaron durante este perodo. El crecimiento econmico estuvo ampliamente dinamizado por la industria militar durante dos guerras, y acompa el advenimiento de una sociedad consumista y meditica. Al mismo tiempo, las oposiciones se multiplicaron desde las fbricas, las universidades, los barrios y las comunidades populares frente a las formas de alienacin asociadas al imperialismo estadounidense. Al trmino de este perodo, la operacin de contrainsurreccin llevada a cabo por las fuerzas gubernamentales permiti un vuelco emocional masivo: el terror de las bombas nucleares y el odio a los estadounidenses cedieron su lugar al sueo hegemnico de un paraso para clase media alimentada ad vitam ternam por la energa atmica.

Japn abriga hoy cincuenta y cuatro centrales nucleares repartidas en catorce sitios, as como ojivas nucleares diseminadas a travs de todo el archipilago en las bases militares estadounidenses. Pero esto no debe ocultar el hecho de que, desde la dcada de 1970, los habitantes de al menos veintisiete regiones han conseguido repeler la implantacin de la energa nuclear.11Estas victorias frecuentemente son poco conocidas y pasan bajo silencio. Por tanto, es capital afirmar que algunas centrales nucleares slo pudieron ser construidas en catorce sitios.

La ciudad de Tokio ocupa un lugar particular en esta historia. Ya antes de la Segunda Guerra Mundial, fue golpeada en 1923 por el terremoto de Kanto. Esta catstrofe, que dio lugar a ms de cien mil muertos e innumerables desaparecidos, se vio acompaada de atrocidades: se formaron milicias populares y masacraron, a veces con la ayuda de la polica y del ejrcito, a residentes coreanos y chinos, as como a socialistas, sindicalistas y anarquistas. Este suceso activ el desarrollo de Tokio y la reorganizacin del cuerpo social en una mquina totalitaria que iba a ser, una decena de aos ms tarde, el motor de la expansin japonesa en Asia. El bombardeo estadounidense en el curso de la guerra del Pacfico contribuy igualmente a modelar Tokio: es sobre las ruinas de la ciudad donde se edific la metrpoli que acoge a la economa ms grande del Extremo Oriente.

As pues, la expansin de Tokio se fund en varias catstrofes, y aquella de Fukushima no constituye una excepcin a esta regla. Desde la explosin de marzo de 2011, la reconstruccin constituye as la principal prioridad del poder. En primer lugar, es crucial para la economa y las industrias locales. En segundo lugar, es necesaria para el pensamiento y el reforzamiento de la red metropolitana tokioita. En tercer lugar, tiene que impedir el colapso de la economa mundial. Estos tres dominios estn estrechamente entrecruzados y diversos acontecimientos han venido claramente a la vez a remodelar y manifestar esta intrincacin. As, los encuentros anuales del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial fueron organizados en 2012 en Tokio y es en esta ciudad donde sern organizados, en 2020, los Juegos Olmpicos. Tales elecciones se hacen eco de la celebracin, en 1964, de los primeros encuentros anuales del FMI y de los primeros JO organizados en Tokio. El objetivo era entonces mostrar al mundo el nuevo arranque del Japn de posguerra; y el objetivo, hoy en da, es ocultar la gravedad del desastre alardeando el pseudo-triunfo de los esfuerzos de reconstruccin.

La manera en que, desde 2013, el FMI trata de orientar el proceso de reconstruccin por medio de sus recomendaciones gestionar los desechos nucleares, aumentar las tasas sobre el consumo a fin de financiar la reconstruccin, bajar los impuestos sobre las sociedades, congelar las contribuciones gubernamentales al sistema de jubilaciones12 parece servir a un objetivo principal: la participacin de Japn en el Acuerdo Transpacfico de Cooperacin. Este acuerdo, que apunta a incrementar el poder del sector privado, pone el acento en el soft power, incluyendo para las cuestiones militares, y perfila un modo de gobierno reticular, repartido en aparatos de Estado, ONG, empresas, universidades, comunidades locales y fuerzas militares, en su conjunto favorables al mantenimiento del programa nuclear.13

La organizacin de los JO revela la misma actitud con respecto a los peligros de la energa atmica. El Comit Internacional Olmpico ha ignorado sencillamente las radiaciones que golpean a Tokio.14 La prioridad, en suma, es mantener las funciones metropolitanas de la ciudad, y qu importa si una dosis supuestamente moderada de las radiaciones golpea a turistas y atletas. Con los JO, lo que se inicia es una nueva fase de la reconstruccin de Tokio. La construccin de estadios y de equipamientos deportivos va a conducir, como en otras metrpolis a escala internacional, a la demolicin y a la expulsin de numerosos barrios residenciales del centro de la ciudad. Los sin techo que viven en el gran parque pblico de Yoyogi koen han enfrentado amenazas de expulsin; respondieron constituyendo un movimiento llamado No Olympics 202015 y vinculndose con grupos brasileos que se oponen a los impactos de la copa mundial de futbol y de los Juegos Olmpicos en los barrios de Ro.

Puestos de extremo a extremo, los diferentes aspectos del gobierno post-Fukushima se asemejan a una poltica de abandono. sta es justificada por los poderes pronucleares que aprovechan el carcter impalpable e invisible de radiactividad. Nada ha pasado, entonces no nos inquietemos demasiado. Nadie puede saber realmente, por tanto, no podemos atribuir responsabilidades. Esta retrica de la indeterminacin, ya movilizada despus de los ataques de Hiroshima y Nagasaki, siempre se ha constituido a partir de una distancia focal centrada en la irradiacin externa aquella causada por la radiacin solar, la atmsfera, los rayos X, la explosin atmica pero que es ciega a la irradiacin interna (aquella causada por la ingestin de partculas radiactivas en la comida o el agua). Esta irradiacin interna, ms insidiosa, causa una destruccin lenta y casi invisible de las clulas. Fue rebelada por las enfermedades de las personas que vivieron en torno a Hiroshima y Nagasaki despus de las explosiones, sin haber estado directamente expuestas a stas.16 Muchas de ellas tuvieron inmensas dificultades para obtener un reconocimiento y una compensacin del gobierno, por el hecho de la dificultad de probar los efectos de este tipo de irradiacin, que varan segn las dosis ingeridas, los tipos de nucleidos radiactivos, la edad, la condicin fsica, etc.

Hoy en da, este debate resuena nuevamente en la controversia que opone dos modelos utilizados para medir la irradiacin: el modelo lineal sin umbral y el modelo de umbrales. El primero, utilizado por la Comisin Internacional de Proteccin Radiolgica (CIPR) est construido sobre la idea de que la exposicin a las radiaciones es un peligro para la salud, sin importar su dosis. El segundo fue movilizado inicialmente por la Comisin sobre las vctimas de la bomba atmica (Atomic Bomb Casualty Commission, ABCC), una instancia creada por el gobierno estadounidense despus de Hiroshima y Nagasaki cuyo objetivo es estudiar, y no atender, los efectos de las bombas en el cuerpo humano.17 Este modelo es el que sigue el gobierno japons, lo que le permite haber recurrido fcilmente a la idea de dosis aceptable. Despus de Fukushima, la fijacin de estos umbrales ha ocupado particularmente al ministerio de Salud, de Trabajo y de Asuntos Sociales. La definicin de normas de seguridad que conciernen a las dosis de radiacin en la comida, el agua, la atmsfera y el cuerpo ha dado lugar a virulentas controversias que oponen al gobierno y los cientficos acreditados por un lado (quienes desean aumentar los umbrales), y los irradiados y cientficos independientes (que desean reducirlos) por el otro.

Si esta controversia a propsito de los umbrales constituye uno de los frentes de la lucha antinuclear, puede tambin ser considerada como el proceso a travs del cual somos poco a poco habituados a vivir con la contaminacin. En trminos estratgicos, la disputa que divide realmente al movimiento nuclear se sita por tanto en otro nivel: opone a aquellos que desean bajar los umbrales a aquellos que desean rechazar por principio la idea misma de la radiactividad aceptable.

Otros dos elementos relacionados a la naturaleza virtual de las radiaciones aaden ms problemas a la dificultad de atenerse a los umbrales. El primero es el modo de difusin de las radiaciones. Los nucleidos no se extienden en crculos concntricos sino que siguen movimientos perpetuos y complejos, relacionados a los fenmenos atmosfricos o humanos. Zonas con fuerte radiactividad pueden as aparecer de manera irregular, y lejos de Fukushima. Otro elemento se relaciona con la escala nanomtrica en la cual se difunden los nucleidos. En su retrica de apaciguamiento, el gobierno ha afirmado que los nucleidos desprendidos por Fukushima Dai-ichi se diluan en el Pacfico; y que era posible incinerar los desechos radiactivos sin peligros. Pero, una vez diluidas en el ocano, las partculas radiactivas pierden nicamente en densidad: su intensidad se mantiene tanto tiempo como dura su perodo de desintegracin. En cuanto al fuego, no las destruye de una manera completa y simple.18

Lucha de clases y radiactividad

Considerada desde su perspectiva ecolgica, la problemtica de Fukushima puede ser descrita siguiendo las orientaciones fijadas por Flix Guattari en Las tres ecologas.19 Antes que el estudio de un medio ambiente, la ecologa es una manera de hacer interactuar y entralazarse nuestros cuerpos con el mundo. Por tanto, no apunta a una solucin nica, indexada a una armona predeterminada, sino a un proceso mltiple, que autoriza varias soluciones.

Gregory Bateson escribe: Si un organismo o agregado de organismos se pone a trabajar por su mera supervivencia y piensan que hay aqu una eleccin ofrecida a sus meros movimientos de adaptacin, entonces, de hecho, sus propios progresos van a destruirlo a s mismo.20 En este sentido, la destruccin del medio ambiente por el progreso humano inici desde hace mucho tiempo. El calentamiento climtico as como otros tipos de contaminacin, han sido declarados irreversibles y la catstrofe nuclear de Fukushima es una manifestacin de la tendencia del progreso humano a colapsar su afuera hasta el punto de destruirlo. De aqu se deriva esta crisis de los comunes que vivimos, es decir, la contaminacin por las radiaciones invisibles de los recursos naturales, y la prdida, que de ello resulta, de un vnculo permanente con la tierra.

La comparticin de recursos con el objetivo de crear apoyo mutuo o comunas descansa en efecto sobre una condicin sine qua non: que la tierra y el pueblo mantengan una relacin orgnica, de tal modo que los excesos o los desechos ligados a la reproduccin del pueblo puedan servir de vuelta a la reproduccin de la tierra. La economa capitalista se ha construido sobre la expropiacin y la mercantilizacin de los comunes, as como sobre la transferencia de los desechos hacia los territorios de los ms pobres. Cuanto ms se desarrollan las sociedades capitalistas, tanto ms pierden su capacidad de reciclar lo que ellas producen en exceso, relegando as lo negativo al dominio de lo invisible: el aire, el ocano, el subsuelo, los territorios econmicamente inferiores.

Si llamamos comunes negativos a los desechos que no pueden ser reciclados, la contaminacin radiactiva post-Fukushima constituye tal vez su peor ejemplo nunca conocido. Y esto es irreversible. Quin tiende a estar ms expuesto y afectado por las radiaciones? Las personas que viven cerca de los reactores, por supuesto, pero tambin los obreros de la central expuestos a las radiaciones, los granjeros en las zonas contaminadas, los trabajadores encargados de los saneamientos en diferentes regiones de Japn, todos los dems trabajadores en el exterior, los sin techo (que a menudo son jornaleros sin trabajo), y finalmente los nios, ms sensibles a la radiactividad.

La vida, la reproduccin, el trabajo, todo est expuesto a las radiaciones, de tal modo que hacerse irradiar y mantener el cuerpo en forma se han vuelto las dos facetas de un mismo trabajo social, que apunta al mantenimiento de las fuerzas (re)productivas y consumistas. En este marco, es posible redefinir los puntos centrales de la catstrofe ya sea que conciernan 1) a los trabajadores en los reactores, 2) a los habitantes cercanos, que han perdido sus tierras y sus casas, y que pueden aspirar a compensaciones y, por ltimo, 3) todos los cuerpos vivos.

Los trabajadores ms expuestos a las radiaciones pertenecen al grupo de los jornaleros, la fraccin ms precaria y ms nmada de los trabajadores japoneses. Ellos viven en los yosebas, los guetos de las grandes ciudades industriales, donde esperan a ser reclutados en obras de construccin, en los muelles o en sitios irradiados. Excluidos de la sociedad civil fueron ellos quienes construyeron las infraestructuras del Japn de post-guerra. Muchos han tenido que abandonar su regin por las metrpolis luego de la instalacin de una central. En las cercanas de Fukushima, por ejemplo, las tierras de Futaba u Okuma no se prestaban ya a la agricultura, lo que condujo a los hombres en edad de trabajar a formar parte de las ciudades, en particular Tokio. Irona de la suerte, fue despus hacia nuevas centrales que tuvieron que dirigirse para encontrar trabajo y dar de comer a su familia a condicin de que aceptaran ser irradiados.

Entre estos trabajadores se encuentran asimismo personas que vienen de Corea o de Okinawa, as como burakumin, un grupo social minoritario discriminado, descendientes de la casta de los parias de la poca feudal. Despus de la guerra, los yosebas se han vuelto con todo ello en zonas monosexuales, situadas en las proximidades de los barrios de las prostitutas, que a menudo vienen de Taliladia, Birmania, Corea, China u otros pases de Asia del Sureste.

Las luchas de los jornaleros han constituido los movimientos de trabajadores ms radicales en el Japn post-Segunda Guerra Mundial, tanto antes como despus de las turbulencias de la dcada de 1960.21 Estas luchas no estuvieron exentas de importantes insurrecciones, en particular en Sanya (Tokio) y Kamagasaki (Osaka), la ms reciente de las cuales estall, por otra parte, en 2008 durante la cumbre del G8. La radicalidad de estas luchas se explica no solamente por la pobreza y las difciles condiciones de vida de los jornaleros, sino tambin por la violencia cotidiana a la cual los confrontan los proveedores de trabajo yakuzas y organizaciones fascistas en su mayora y la polica.22 Lo que el proceso de acumulacin primitiva de la posguerra les ha quitado la tierra, los medios de subsistencia locales, la familia, la salud, la dignidad, una residencia permanente, etc. encierra la necesidad y la posibilidad de aquello que entendemos por comuna en cuanto realizacin de los comunes. Sus luchas requieren procesos de autoorganizacin que cobran todos los aspectos del cuidado, del apoyo mutuo, de la autodefensa, etc.

A partir de Fukushima, algunas organizaciones de trabajadores de Sanya y otros trabajadores precarios intentan organizarse con los trabajadores del sector nuclear.23 Pero estos intentos han encontrado numerosos obstculos. En primer lugar, los objetivos de lucha han hecho aparecer desacuerdos: algunos esperan reforzar la proteccin de los trabajadores cuando otros desean movilizarse por el fin de la energa nuclear civil. Pero sobre todo, el movimiento ha tenido que componerse con la naturaleza jerrquica y disimuladora de las compaas de electricidad y de la industria nuclear.

Las centrales nucleares24 estn organizadas de acuerdo con una jerarqua estricta, que parte de la compaa de electricidad y que atraviesa despus hasta ocho capas de subcontratistas y proveedores de mano de obra (entre los cuales se incluyen grupos yakuzas).25 Este organigrama se despliega con la mayor opacidad y un reparto asimtrico de la informacin, las ganancias y el tipo de trabajo. Mientras que los empleados directos de las sociedades de electricidad tienen el monopolio de la informacin delicada, se ocupan sobre todo de gestin e intervienen raramente en sitios altamente radiactivos, los trabajadores reclutados por los subcontratistas se hacen cargo de las tareas fsicas en espacios de fuerte radiactividad y sin suficiente informacin ni seguridad o medida de seguridad consecuente.

Por tanto, la autoridad de la compaa de electricidad es absoluta. Sus objetivos consisten principalmente en bajar los costos y en conservar una buena reputacin. Esto tiene por efecto una disminucin del valor del trabajo con riesgos: al trmino del recargo operado por cada proveedor y por cada subcontratista que extraen su parte, los trabajadores en contacto con la radiactividad perciben un salario diario de nicamente 10 000 yenes (es decir, cerca de 75 euros). Despus, la compaa de electricidad se dedica a que el pblico siga siendo ignorante de las condiciones de trabajo de un obrero en el sector nuclear, de los riegos de accidente del trabajo y de enfermedades como las leucemias o las enfermedades cardacas. Los subcontratistas acceden a estas exigencias y resuelven los litigios relacionados con las heridas y las enfermedades a travs de arreglos, sin pasar por las aseguradoras o los servicios sociales.

Este encubrimiento va de la mano de la manipulacin constante de la informacin. Desde el accidente, la posicin de TEPCO ha sido siempre contradictoria: por un lado, rechaza poner fuera de servicio los reactores daados, temiendo prdidas de capitales, y por el otro, no posee ni los conocimientos, ni la tecnologa, ni la mano de obra necesarios para la reparacin. En los primeros momentos de la catstrofe, TEPCO decidi primero evacuar a todos sus obreros del sitio, antes de que el primer ministro Kan ordenara su mantenimiento en funciones con el objetivo de impedir un escenario catastrfico.26 Las condiciones de trabajo de alto riesgo en el sector nuclear se acercan a las de unos soldados en el frente, con la diferencia de que no hay aqu enemigo externo, y de que estos mrtires nunca sern sacrificados. Por eso, cada vez ms empleados de TEPCO renuncian desde el accidente.

Por fuera de la esfera clsica del trabajo, la catstrofe de Fukushima ha reforzado tambin otros aspectos de la lucha de clases. Antes que nada, el papel de las trabajadoras reproductivas no remuneradas, que por mucho tiempo permaneci invisible en la prosperidad de la posguerra, ha aparecido en primer plano. Su misin social, cultural y familiar, su naturaleza femenina, han sido celebradas as desde un punto de vista patriarcal. Pero el trabajo que ellas han asegurado para proteger la comida y los lugares para vivir frente a las radiaciones tambin ha sido politizado desde una perspectiva feminista.27 La clera de las mujeres frente a la doble opresin ejercida por el marido que desea mantener el statu quo y el gobierno que asegura que todo est bajo control, se ha expresado principalmente durante manifestaciones que reclaman una reduccin de los umbrales de exposicin para los nios.28

Otro punto sobresaliente de la complejidad de clase en situacin de catstrofe nuclear proviene del desarrollo histricamente desigual entre la metrpoli y el campo, es decir, entre Tokio y la regin de Honshu en el noreste, donde se sita Fukushima. El campo siempre ha sido puesto al servicio de Tokio, no solamente por la agricultura y la pesca, sino tambin por el abastecimiento de electricidad y de una mano de obra disponible para la construccin y la industria del sector nuclear.

El tercer aspecto de esta complejidad de clase reside en la cuestin de la edad y de las generaciones. La precarizacin del empleo y la reforma de la educacin, han instalado, de hecho, a la mayor parte de la juventud en una situacin de deuda de por vida. Adems, el envejecimiento de la poblacin y el declive de las tasas de natalidad han intensificado la presin sobre los jvenes, y han aumentado su responsabilidad con respecto a las personas adultas, tanto en el seno de la familia (por el cuidado personal) como en el resto de la sociedad (asumiendo el costo de las ayudas sociales). En este marco, la contaminacin radiactiva y la vulnerabilidad fsica que implica han dado un golpe fatal a los jvenes, a su esperanza en el porvenir. De ah el tema recurrente del nacionalismo unificador que los constrie al sacrificio, a la aceptacin de una vida irradiada.

Mucho tiempo determinada por el tiempo lineal, mensurable por el reloj, y por ello mismo mercantilizable en cuanto fuerza de trabajo, la existencia corporal ahora resulta apresada como rehn por los perodos de desintegracin de las sustancias radiactivas, y esto por un nmero de aos astronmico. El porvenir que se presenta a nuestra imaginacin apocalptica es aquel de una sociedad de hospital, controlada por los grupos farmacuticos.

La deuda financiera, que pesaba sobre los ms modestos, se ha extendido a todo el mundo, y en particular a los ms jvenes: herederos de los desechos del capitalismo, su nico porvenir es rembolsar la deuda de la contaminacin. El tiempo que ellos pierden es el propio porvenir, como tiempo indeterminado y por tanto como tiempo en el cual se crea una temporalidad propia. En este sentido, Fukushima puede nombrar la condicin universal del humano, bajo el rgimen del capitalismo apocalptico.

Capitalismo apocalptico

Frente a estos reactores en fusin, el capitalismo est confrontado a una contradiccin indita: su fuerza de trabajo (su capital variable), expuesta a las radiaciones, aguarda la enfermedad y la muerte, mientras que sus centrales nucleares (capital constante) liberan partculas radiactivas. El trabajo muerto suplanta al trabajo vivo o, ms bien, es el trabajo zombie que llamamos radiactividadel que, a travs de la contaminacin radiactiva, domina a partir de ahora.

La gestin post-desastre, focalizada en la reconstruccin, descansa an en operaciones nucleares, entre las cuales se incluyen los intentos ftiles pero no menos lucrativos de tratamiento de desechos y de desmantelamiento de las centrales a una escala mundial. Dicho de otro modo, lo que est en juego, para el capitalismo despus de Fukushima, es saber cmo transformar en mercanca los nucleidos radiactivos.

As, otra proyeccin apocalptica predice la creacin, desde el noreste de Japn, de una zona industrial donde el gobierno invitara a todas las industrias internacionales a tratar la integridad de los desechos nucleares del planeta. A fin de salvar su economa, Japn se especializara as en la gestin del desastre. Es fcil, entonces, responder a esta pregunta lacerante: Por qu es tan complicado abolir el poder nuclear, a pesar de la catstrofe de Fukushima?. Incluso si algunos reactores pueden ser puestos fuera de servicio aisladamente, y la construccin de nuevos reactores detenida gracias a las luchas locales, es difcil, incluso imposible, abolir el poder nuclear. Ya que incluso si algunos pases decidieran acabar con l gracias a las presiones de su poblacin no desaparecera del planeta sin que desapareciera, con l, el Estado y el capitalismo.

Los dos componentes del poder nuclear uno militar, otro civil ofrecen a los Estados el sueo utpico de un arma omnipotente, y al capitalismo el sueo utpico de una energa sin fin. Dicho de otro modo, el sector nuclear renueva el lazo establecido desde la revolucin industrial entre capitalismo y soberana nacional. La evolucin que designa la sucesin carbn-petrleo-energa nuclear se confunde con la construccin de la infraestructura necesaria para la totalizacin del mundo. Pero ninguna de esas tres fuentes ha sido enteramente suplantada por la siguiente porque hubiera sido menos cara, ms potente o ms segura. Por el contrario, las tres energas han sido utilizadas conjuntamente en funcin de la oferta y la demanda.

La energa siempre ha sido la preocupacin central del capitalismo. Ahora bien, la energa primaria que ste moviliza sigue siendo el trabajo humano, reproducido en la comunidad de los apegos vivos y en el seno de un entorno natural, ampliamente tributario de la energa solar. La historia de la expansin y de la reproduccin del capital, o la historia de la lucha de clases, se ha desarrollado de la mano de las revoluciones cientficas: con la teora copernicana del sistema solar, las leyes de la terminodinmica de Carnot, la ley de la conservacin de la energa de Mayer, la organizacin taylorizada del trabajo, la propuesta de Edward Teller el padre de la bomba H y el supuesto modelo del Dr. Strangelove de un nuevo sistema de produccin fundado en la energo-informatizacin de la sociedad.29

Como lo descubre Timothy Mitchell en Carbon Democracy, la era del carbn marc el inicio de los movimientos masivos de trabajadores, con el uso de la huelga general que puede afectar a numerosos sectores gracias a la concentracin geogrfica de la extraccin, la produccin y el transporte del carbn. La era del carbn tambin es aquella de la democracia moderna en Occidente, fundada en el imperialismo y la expansin geogrfica. La era del petrleo, por su parte, alcanza los lmites de la produccin y la circulacin energtica, as como los lmites de la democracia.30 Ella anuncia el fin del Estado benefactor, la dispersin de los lugares de produccin y de las redes de distribucin, la invencin de un espacio-tiempo y de una cultura basados en el automvil, la emergencia de una economa cuyas mercancas principales son la informacin, los servicios y la energa, los lmites espaciales de la colonizacin y la reorientacin de la mercantilizacin capitalista de la escala macro hacia la escala micro. La energa nuclear, por ltimo, no apareci sino en el seno del paradigma petrolero, en cuanto ramificacin de la tendencia cada vez ms energvora del capital. No obstante, juega un papel central en la supervivencia del capitalismo, por su doble funcin. Inicialmente militar,30 esta tecnologa fue adaptada con un uso civil a fin de conectar dos sectores separados (armamento y energa) en una sola produccin. De este modo, dio lugar a una militarizacin del espacio, que controla e impregna nuestras vidas cotidianas, de manera invisible pero sustancial.

Desde la Segunda Guerra Mundial, esta evolucin ha sido inseparable de la dominacin creciente de los Estados Unidos. A las formas tradicionales del imperio, los estadounidenses las ha sustituido en el Pacfico o en Europa con una nueva geopoltica mvil, flexible y conectada aquella del control ciberntico32 al mismo tiempo que moviliza, en los pases ricos en petrleo, su potencia nuclear para imponerles su poltica.33

Se entienden de este modo las razones que explican la permanencia de la energa atmica. A pesar de todo lo que los discursos pronucleares pueden afirmar, la energa nuclear no es ni la ms econmica, ni la ms limpia, ni la ms segura. Como lo muestran muchos anlisis, constituye uno de los proyectos ms absurdos jams emprendidos: consiste, trivialmente, en hervir agua y producir vapor, pero para eso necesita una cantidad inmensa de trabajo, mquinas, intercambios comerciales, guerras y peligros. Es como si, para tirar un burro y su carga, se utilizara un carro de asalto. En verdad, la energa nuclear cuesta ms que la energa hidrulica o trmica, siempre que se tome en cuenta el costo real de la produccin de electricidad, del retratamiento, de los gastos del Estado para la infraestructura (adquisicin de las tierras y construccin de las instalaciones) y del bombeo-turbinaje. Que el proceso nuclear no pueda ser detenido, implica un desperdicio de 30 % de la energa acumulada, cuyo costo es agregado a las facturas de electricidad.

Otra mentira corriente a propsito de la energa nuclear consiste en afirmar que no produce dixido de carbono. Esto equivale a olvidar lo que la extraccin mineral del uranio, su refinamiento, su enriquecimiento y su tratamiento, as como su transporte exigen como recurso a la energa fsil. Por tanto, es falso decir que la energa nuclear no contribuye al calentamiento climtico. Se estima que en una central nuclear se generan tres millones de kilowatts de calor en el reactor, y que slo un tercio es convertido en electricidad, siendo el resto desechado, la mayora del tiempo en el ocano. La temperatura del agua de mar en las cercanas de las centrales es ms elevada por cerca de 7C con respecto a los promedios ocanicos.34

La energa nuclear no es viable econmicamente. Sin el apoyo sin fallas del Estado, sin las astucias financieras y de las aseguradoras que ste concede al complejo nuclear, sin las inmunidades que se promulgan a su favor, este absurdo no existira.35 Por ejemplo, la Ley de compensacin de daos causados por la energa atmica, votada por Japn en 1961, promulga que en caso de accidente causado por una catstrofe natural inesperada o por disturbios sociales, la compaa de electricidad est exenta de cualquier responsabilidad.36 Dicho con otras palabras, es el dinero de los impuestos y de las facturas de electricidad lo que financia la liquidacin y la compensacin poscatstrofe (si el monto supera los 120 billones de yenes), adems de los costos materiales como la adquisicin de las tierras, la construccin de las instalaciones, el tratamiento y el almacenaje de los residuos y el desmantelamiento de las centrales. Las compaas de electricidad, por su parte, se contentan con gestionar las instalaciones y la distribucin de la electricidad, al mismo tiempo que recolectan la mayora de las ganancias.

A causa de estas ventajas, cuanto ms centrales nucleares construye la compaa de electricidad, tanto ms genera ganancias. Por eso, no es meramente imposible desmantelar esta industria, sino sobre todo detener su progresin a travs del mundo. La Aldea nuclear japonesa tiene primos en todo el planeta. Como lo hemos evocado ms arriba, antes de haber instalado una cuarentena de centrales en el archipilago hasta la dcada de 1980, desde entonces el crtel japons ha construido nicamente catorce. Frente a este reflujo, Toshiba y Hitachi buscan vender sus tecnologas a China, a la India y a los pases del Sudeste asitico, que deseen todava aumentar sus capacidades nucleares a pesar del desastre de Fukushima.

Por tanto, detrs de la economa y la socializacin poscatstrofe nuclear en Japn opera un rgimen nuclear mundial. Desde la aparicin del arma atmica, desde la fundacin de la Agencia internacional de la energa nuclear (AIEA)37, la historia de la produccin nuclear siempre se ha casado con los lineamientos de la historia del mundo, a saber, la historia del colonialismo, del imperialismo, de la Guerra Fra, del imperialismo poscolonial.

En las relaciones de poder internacionales estructuradas en torno al excepcionalismo nuclear, existen arreglos combinados y desiguales, donde las situaciones histricas distribuyen diferentes papeles en diferentes lugares de produccin nuclear, poniendo en juego la extraccin de uranio, el comercio mundial, la concentracin de capital, la intervencin del Estado, la poltica internacional, la investigacin cientfica, la produccin de energa, la produccin y distribucin de armamentos, la intervencin militar, el desmantelamiento de centrales y el tratamiento, transporte y almacenaje de los desechos nucleares. Los pases que han obtenido su independencia de forma relativamente reciente como Canad, Australia, Nigeria, Namibia, Kazajstn han recuperado las minas de uranio del antiguo poder colonial, pero han perpetuado su servidumbre transfiriendo el inmenso excedente de valor de su fuerza de trabajo barata e irradiada a las maquinarias catastrficas de las compaas de electricidad de Estados nucleares sofisticados como los Estados Unidos, Francia, Israel o Japn. En esta estructura mundial, las compaas de electricidad de los ms grandes pases capitalistas absorben el excedente de valor que viene de los dems sectores industriales en el mundo entero, siendo la electricidad (con los servicios y la informacin) una de las mercancas mayores que influyen sobre el valor de todas las dems mercancas.

Por tanto, las diferentes luchas antinucleares en el mundo se confrontan al mismo poder, aunque de manera diferente. Es una razn, pero no la nica, que explica la imposibilidad de abolir completamente el sector nuclear. La cuestin supera la eleccin de tal o cual fuente de energa. La produccin nuclear atraviesa todos los sectores de la economa, es la captura ms concentrada, esta megamquina en el sentido de Lewis Mumford, que crea, regula y controla el cuerpo social y su espacio en su conjunto, imponindole un proyecto desquiciado y megalmano.38 Pero el sector nuclear es tambin un poder acfalo. Es menos dirigido que movido por un conjunto de relaciones de fuerza, que no puede ser detenido o llevado a entrar en razn. Contina actuando como un autmata, a pesar de todas las crisis que atravesamos, sin escuchar ni responder a nuestras protestas desesperadas.

Descomponer el mundo, redescubrir la tierra

Por qu es ms fcil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo?. Existen varias formas de responder a esta pregunta que obsesiona a los marxistas occidentales. El acontecimiento Fukushima nos habr enseado al menos esto: el fin del mundo no puede ya ser imaginado como un fin repentino, se desenvuelve lentamente, en un cuerpo a cuerpo entre el proceso apocalptico de la humanidad y el tiempo planetario. El fin del capitalismo no puede pensarse como un acontecimiento singular; pero s puede ser analizado como el amplio movimiento de las luchas y sus interacciones, cuyas consecuencias siguen siendo desconocidas. Este o estos movimientos no tienen una meta final determinada y compartida, y nuestras imaginaciones tienen que adaptarse a esto.

La Tierra ha dejado de confundirse con un globo abstracto, su papel en cuanto base material del capitalismo es manifiesto a partir de ahora. Su papel en cuanto base tctica, logstica y estratgica de las luchas contra el capitalismo debe ser por tanto, a su vez, afirmado. Si se puede pensar el fin del capitalismo es desde nuestras maneras de descomponer el mundo en cuanto totalizacin combinada y desigual, y de recomponer nuevas relaciones terrestres.

No podemos ni queremos ser los salvadores del mundo. Intentamos simplemente sobrevivir como nos conviene y morir como lo hemos elegido. En estos tiempos de calamidad mundial, queremos ver emerger ofensivas que sean ya tambin soluciones para vivir segn nuestras necesidades y nuestras aspiraciones. En esta mezcla de afectos desesperanza, alegra, clera que somos numerosos en compartir, introducimos nuevas armas para golpear y elaboramos herramientas extraas y curiosos talismanes, para llevar adelante vidas efmeras e intensas sobre esta tierra.

Notas:

1 The Riot of Occupy Oi [Occupy Oi no Ran] Document 2912, 6/30 7/2, August 2012, Anti-nuke, Anti-Restarting Watch Tent.

2 http://coalitionagainstnukes.jp/en/

3 Manuel Yang, Hydrangea Revolution. http://www.jfissures.org/2012/06/23/hydrangea-revolution/

4 Esto ha dado lugar ms tarde a acciones antirracistas contra el grupo xenfobo ultranacionalista Zaitoku-kai.

5 Jeff Kingston, Japans Nuclear Village. http://www.japanfocus.org/-Jeff-Kingston/3822

6 Hiroaki Koide, Genpatsu no Uso [Las mentiras del poder nuclear], Tokio, Fuso Sha, 2011, p. 92.

7 Nasubi, Challenging the Issues around the Radiation-Exposed Labor that Connects Sanya and Fukushima. http://www.jfissures.org/2012/08/31/sanya-and-fukushima/

8 Yoshihiko Ikegami, A new movement of the people. http://www.jfissures.org/2011/06/07/a-new-movement-of-the-people/

9 http://www.rrr.gr.jp/okayama.html

10 Un buque pesquero japons contaminado por el efecto de los ensayos nucleares llevados a cabo por los Estados Unidos en el atoln de Bikini en marzo de 1954.

11 De acuerdo con el Dr. Hiroaki Koide, la construccin de centrales nucleares fue interferida en las siguientes regiones: Hamamasu (Hokkaido), Taisei (Hokkaido), Taro (Iwate), Namie (Fukushima), Odaka (Fukushima), Maki (Niigata), Suzu (Ishikawa), Ashihama (Mie), Miyama (Mie), Kumano (Mie), Nachikatsuura/Taiji (Wakayama), Koza (Wakayama), Hikigawa (Wakayama), Hidaka (Wakayama), Kohama (Fukui), Kumihama (Kioto), Kasumi (Hyogo), Hamasaka (Hyogo), Aotani (Tottori), Tamagawa (Yamaguchi), Hagi (Yamaguchi), Hohoku (Yamaguchi), Anan (Tokushima), Kubokawa (Kochi), Saga (Kochi), Tsushima (Ehime), Kamae (Ohita) y Kushima (Miyazaki). Y diversas luchas estn todava en curso en Kaminoseki (Yamaguchi) y Ooma (Aomori).

12 http://www.imf.org/external/np/ms/2012/061212.htm http://www.imf.org/External/spring/2012/imfc/statement/eng/jpn.pdf

13 Ken Hirano, The Reconstruction Project and the US. http://www.jfissures.org/author/ken-hirano/

14 http://www.nytimes.com/2011/10/15/world/asia/radioactive-hot-spots-in-tokyo-point-to-wider-problems.html?pagewanted=all&_r=0

15 http://hangorin.tumblr.com/

16 Robert Jungk, Children of the Ashes: The Story of a Rebirth, trad. Constantine Fitzgibbon, Nueva York, Harcourt, Brace and World, 1961.

17 Robert Jungk, Ibid.

18 Shirō Yabu, Radiation Exposure is Unequal. http://www.jfissures.org/2013/04/24/radiation-exposure-is-unequal/

19 Flix Guattari, Les Trois cologies, Pars, Galile, 1989.

20 Gregory Bateson, Steps to an Ecology of Mind, Chicago y Londres, The University of Chicago Press, 2000, p. 457.

21 Takeshi Haraguchi, Notes on the 4.5 Great Kamagasaki Oppression and Nuclear Industry. http://www.jfissures.org/2011/04/14/notes-on-the-4-5-great-kamagasaki-oppression-and-nuclear-power-industry/

22 La pelcula Yama. Attack to Attack. http://www.bordersphere.com/events/yama1.htm

23 Nasubi, op. cit.

24 Por ejemplo, Kunio Horie, Genpatsu Gypsy, Tokyo, Gendai Shokan, 2011. Documental de la televisin britnica: Nuclear Ginza, 1995. http://www.youtube.com/watch?v=mJTuWVDjarg

25 Tomohiko Suzuki, Yakuza to Genpatsu, Tokyo, Bungei Shunjyu, 2011.

26 http://astand.asahi.com/magazine/wrscience/2012032000009.HTML

27 Mari Matsumoto, Nuclear Energy and Reproductive Labor The Task of Feminism. http://www.jfissures.org/2011/11/28/nuclear-energy-and-reproductive-labor--the-task-of-feminism

28 Tanaka Ryusaku Journal. http://tanakaryusaku.jp/2011/05/0002365

29 George Caffentzis, op. cit. Peter Goodchild, Edward Teller: The Real Dr. Strangelove, Cambridge Massachusetts, Harvard University Press, 2004.

30 Timothy Michell, Carbon Democracy. Le pouvoir politique lre du ptrole, Pars, La Dcouverte, 2013.

31 Robert Jungk, Plus clair que mille soleils, le destin des atomistes, Arthaud, 1958.

32 Tiquun, Lhypothse cyberntique, Pars, La Fabrique ditions, 2001. https://translationcollective.files.wordpress.com/2012/06/cybernetique.pdf

33 Gabrielle Hecht, Uranium africain. Une histoire globale, Le Seuil, 2016.

34 Koide, op. cit.

35 Jim Falk, Global Fission, Oxford University Press, 1982.

36 Koide, op. cit.

37 La AIEA era inicialmente un mediador internacional para el intercambio de uranio enriquecido, antes de convertirse en una instancia de inspeccin del Treatado sobre la no-proliferacin de armas nucleas (TNP). Es slo despus de la primera guerra del Golfo en 1991 cuando la AIEA fue subordinada a la autoridad del Consejo de seguridad de las Nacionaes Unidas, como insperctor de armas de destruccin masiva. 38 Lewis Mumford, Le Mythe de la machine, t. 1 La technologie et le dveloppement humain, Pars, Fayard, 1974.

 


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