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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 11-05-2018

Un nuevo objetivo: la Espaa republicana

Higinio Polo
El Viejo Topo


La crisis poltica abierta en Espaa, abonada con las tensiones territoriales y nacionalistas, atrapada en el desigual reparto de la riqueza, en la persistente marginacin de las mujeres, acompaada de las imposiciones polticas y econmicas de la Unin Europea y de la subordinacin ante Estados Unidos, que sigue imponiendo la carga de sus bases militares y la cadena de una forzada dependencia de su poltica exterior, nos muestra la evidencia de un pas exhausto, que cede al espanto y al miedo al futuro, y se refugia, a veces, en el ridculo y la risa, y, en otras ocasiones, en estallidos de emocionada dignidad popular en las calles, para combatir las consecuencias del feroz ataque a los derechos y a las condiciones de vida de los trabajadores.

Casi cuatro aos despus de la entronizacin de Felipe Borbn, Espaa contina arrastrando los mismos problemas que cuando termin la deplorable, farsante y corrupta monarqua de su padre, Juan Carlos Borbn, quien, pese a su notorio desprecio por las necesidades ciudadanas, vivi durante dcadas inmerso en sus negocios y placeres privados, gracias a la permanente adulacin y servilismo de la televisin y la prensa (con su fingido papel como motor del cambio tras la dictadura y las mentiras del 23-F del coronel Tejero como fondo), termin sus aos de reinado bajo el descrdito de haber sido un farsante, un juerguista a cargo del presupuesto pblico, un comisionista, un personaje perfectamente olvidable a quien el pas debera poner como ejemplo de lo que no debe ser un jefe de Estado, y de quien ni siquiera se ha hecho balance de su largo reinado. El golpe de Estado de 1981 sirvi, con sus mentiras, para consolidar una monarqua corrupta, protegida por una prensa cortesana y una televisin mendaz y servil. La abdicacin de Juan Carlos de Borbn y la crisis de la monarqua en 2014 se han cerrado, provisionalmente, con la aportacin (involuntaria, pero no menos relevante) del independentismo cataln y del nuevo sujeto poltico que surgi de las calles tras el 15-M: si uno aviv los temores a la fragmentacin del pas, reforzando las posiciones del viejo conservadurismo centralista espaol, el otro evalu mal sus fuerzas y se equivoc gravemente en la definicin de sus objetivos, hasta el extremo de que renunci a exigir la Repblica en el momento ms crtico de la monarqua restaurada en 1975 e incluso tuvo gestos de complicidad con Felipe Borbn.

La izquierda real, debilitada, recluida en las organizaciones polticas y en los movimientos sociales, qued atrapada entre la irrupcin de los demonios nacionalistas impulsados por el conservadurismo cataln (con ayuda de segmentos de la izquierda postmoderna que busca en identidades nacionales sus signos de aparente, y falsa, rebelda) y el espejismo surgido entre las filas de quienes pensaban en asaltar los cielos con el desconocimiento, la precipitacin y la frivolidad del nefito que se apresura a derribar la izquierda existente, a menospreciar el dilatado, angustioso y honesto esfuerzo de generaciones militantes con la tramposa acusacin de que haban fracasado, como si la historia no estuviera llena de situaciones semejantes, transitando por los efmeros episodios de las disputas polticas sin identificar la coyuntura histrica, y sin saber que la vergenza no es el fracaso, sino la traicin, porque la historia de los movimientos populares y de la izquierda est llena de fracasos, y tambin de dignidad.

Caminando sobre las huellas de una oportunidad perdida, la izquierda pugna por reorganizarse mientras el nacionalismo independentista, haciendo de la necesidad virtud, adopta el traje republicano de ocasin, porque la creacin de ese nuevo pas que persigue, objetivo del nacionalismo, no poda ir de la mano de la invencin de una dinasta: el secesionismo slo puede hablar de una repblica catalana. Porque la derecha conservadora catalana, acompaada de ese republicanismo histrico que se limita a la apuesta nacionalista de fragmentacin del actual Estado (con las consecuencias que podra tener para Espaa y para Europa), y que tan complaciente ha sido siempre con los Borbones, y esa pequea burguesa aglutinada en los fugaces e ideolgicamente desfigurados herederos del partido de Companys, e incluso los supuestos antisistema agrupados en la izquierda nacionalista, nunca han estado en primera lnea de la reivindicacin republicana: su bandera es el nacionalismo, la independencia que slo podra llegar tras la fragmentacin de Espaa: han vestido de repblica esa apuesta poltica porque no podan hacer otra cosa. Aunque, a diferencia de lo que cree una parte de la izquierda (perdida en los equvocos de una confusa homologacin de las exigencias democrticas y de los derechos a la secesin), esa repblica teatral y falsaria que proclamaron lo nico que ha hecho ha sido daar a la reivindicacin de la Repblica, favorecer a la monarqua, poner dificultades a la imprescindible y necesaria III Repblica espaola.

Ms all de la evidencia de que Espaa necesita un sistema poltico honesto, regido por los principios de la justicia, la honradez, la igualdad ante la ley, el servicio pblico, el acoso a la corrupcin y a los favores privados, es decir una Repblica limpia y democrtica, que inicie un nuevo proyecto de convivencia, la izquierda debe definir con claridad su papel y sus objetivos inmediatos. Exigir un referndum sobre monarqua o repblica y un proceso constituyente es necesario pero insuficiente, y no pueden convertirse en una etiqueta para transitar por los nuevos escollos de estos aos aciagos, en que hay que hacer frente a tantas urgencias y, sobre todo, al acelerado proceso de desmantelamiento de los derechos sociales y el profundo deterioro de los derechos de los trabajadores y de las condiciones de vida. Porque la Repblica slo puede llegar de las manos populares: tiende a olvidarse que la II Repblica espaola represent, en la Europa que vea agitarse el monstruo fascista de otra racionalidad capitalista, una esperanza en la capacidad de resistencia de la honradez y la decencia democrticas; simboliz la confianza, aunque fuera derrotada, en el valor de la resistencia a la barbarie, el aliento antifascista; pero tambin las certezas depositadas en un horizonte que quera restaurar la dimensin humana donde se pudiese vivir de otra forma.

La izquierda debe poner la exigencia republicana en el primer plano de sus propuestas, pero, adems, hay que incorporar masivamente a los socialistas y a sus votantes, y llevar la conviccin republicana a segmentos significativos del centro poltico e incluso de las fuerzas conservadoras que no quieren soportar las hipotecas de la corrupcin y de una monarqua cmplice: slo as se abrir paso la Repblica. Esa Espaa que recorre un largo camino desde los das de Abd Terrades y Pi i Margall, de Azaa, Negrn, Durruti y Dolores Ibrruri, que conjuga las ansias de democracia, federalismo, justicia social, igualdad entre hombres y mujeres, y que sigue presente en las organizaciones que defienden la memoria popular, es imprescindible para afrontar el futuro, pero no es suficiente, porque es necesaria la reconstruccin de la razn democrtica y la articulacin de una propuesta que una las necesidades populares con la bsqueda de una nueva estructura poltica para Espaa, y que se concreta hoy en la urgencia de la III Repblica, que una en un poderoso objetivo las exigencias feministas, las reclamaciones de los trabajadores, la bsqueda de los nuevos equilibrios territoriales y las demandas de libertad civil.

En una Europa donde crece la extrema derecha, que incluso coquetea y se presenta como fuerza rebelde que combate al poder de Bruselas y promete devolver a los ciudadanos sus derechos y el control sobre un idealizado poder de la nacin, donde nuevos movimientos populistas aaden confusin y espejismos transitorios, la izquierda precisa de programas audaces que hagan efectiva la democracia, un pas distinto para una vida digna, una repblica donde la igualdad sea el principio rector de las relaciones sociales, con claros contenidos de ruptura con las viejas ataduras de la Espaa monrquica, clerical y conservadora, necesita propuestas arraigadas en el antifascismo y la cultura democrtica que articul la resistencia antifranquista y que vincul la conquista de la libertad con las demandas histricas del obrerismo. Una Espaa republicana.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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