Portada :: EE.UU.
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 18-05-2018

Obituario
Tom Wolfe, la penltima estrella del rock

Diego E. Barros
CTXT (Contexto y Accin)

No invent nada. Por supuesto, no el Nuevo Periodismo. Pero tena un talento descomunal y una pluma (y una lengua) tan afilada que lo convirtieron en nico


Tom Wolfe no invent nada. Por supuesto, no el Nuevo Periodismo. Pero el hombre eternamente enfundado en un traje de tres piezas, en un universo cromtico que siempre abarc desde la vainilla al marfil, tena un talento descomunal y una pluma (y una lengua) tan afilada que lo convirtieron en nico. Tanto que quizs con l se fue ayer una de las ltimas estrellas del rock literario estadounidense; esas que junto a nombres como Norman Mailer, Hunter S. Thompson o Jimmy Breslin, entre otros, fueron quienes cruzaron el inmenso Rubicn que separa el escaparate de las letras ribeteadas en oro que llamamos literatura, de su hermano bastardo, el periodismo. Estrellas del rock, porque quizs junto a Gore Vidal le deben su celebridad tanto a sus libros y artculos, como a su presencia (previa aceptacin) en los saraos de las denominadas torres de marfil de la sociedad estadounidense: ese triunvirato tejido con una fina lnea de hilo dorado que une la academia, la poltica y las finanzas y que, al final del da, o del ao, ya sea en los apartamentos del Upper East Side neoyorquino o en las casas de vacaciones de la aristocrtica costa de Massachusetts o NY (estado), acababan siempre por compartir cenas benficas, chismes, parejas, ccteles y, por supuesto, drogas. De ese grupo que un da pretendi volar por los aires las oficinas de The New Yorker solo sobreviven Gay Talese y Joan Didion. Recuerdo de una Amrica, o mejor un mundo, que ya no existe, y mucho menos su periodismo. El de hoy no es ni mejor ni peor, simplemente diferente. O quiz exactamente el mismo, pero infinitamente peor pagado, lo que ya supone una distancia sideral.

Pero Wolfe, nacido en 1930, en el seno de la vieja aristocracia virginiana y educado, como se suele decir, en los mejores colegios primero en Washington and Lee University, en 1951, y despus en Yale, donde se doctor en 1957, deca, tena tres dones que lo hicieron nico.

El primero, el don de la observacin. Antes que nadie quiz al mismo tiempo que algunos de sus coetneos, pero con mayor fortuna, fue capaz de ver que el mundo salido de la Segunda Guerra Mundial, la utopa de la Amrica gloriosa y triunfante en la que todo era posible delante de las casas con porche, jardn, perro y dos coches en el driveway y sueldos de seis cifras; su mundo, haba muerto al poco de estrenarse la dcada de los 60, al son de la contracultura y a caballo de las sustancias psicotrpicas. Toda utopa no es ms que un escenario de cartn piedra y aquellos utpicos que solo queran matar al padre, aunque nos convencieron de que pretendan cambiar el mundo, no pasaron de pasearse en autobuses y comunas regados de qumica. Y fue as como los Ken Kesey y dems gamberros del hippismo, dieron paso al yupismo de los 80, devenido en esta mierda que hoy contina ardiendo en una hoguera de vanidades inextinguibles. En ese camino, sus dos ttulos ms celebrados: Ponche de cido lisrgico (1968) y La hoguera de las vanidades(1987), una crnica y una novela; esta ltima la ensima gran ballena blanca perseguida por todo juntaletras con nfulas al otro lado del Atlntico, y que responde al nombre de la-gran-novela-americana. Entre medias Lo que hay que tener / Elegidos para la gloria (1979), la favorita del que esto escribe, una crnica sobre la carrera espacial norteamericana y el programa Mercury. En realidad, una diseccin de la principal capacidad de la sociedad americana: la creacin de hroes mitolgicos mortales. En una mquina, los produce en serie. El total, diecisiete libros, cuatro novelas y decenas de artculos publicados fundamentalmente en revistas como Harpers, Esquire o New York. El ltimo de ellos, The Kingdom of Speech, de 2016 e indito en espaol.

Su segundo don era el de la escritura. Barroca, plomiza y directa al mismo tiempo. A veces detallista hasta la extenuacin, pero cargada de una stira de precisin quirrgica capaz de demostrar que detrs del escenario de la utopa no hay ms que cenizas indigestas.

Su ltimo don, quizs el ms importante, era el olfato. Digo que no invent nada porque lo que hoy llamamos Nuevo Periodismo y que hoy conocemos con el rimbombante nombre de novela de no ficcin (lo que es un oxmoron en s mismo) o postficcin en terminologa de George Steiner, o literatura de hechos, segn Timothy Garton Ash, exista mucho antes que Wolfe. Incluso fuera de las fronteras de EE.UU., en pases tan lejanos como Inglaterra, Argentina o Espaa. Hay crticos que colocan el parteaguas del gnero en Diario del ao de la peste, la crnica-novela de Daniel Defoe publicada por primera vez en 1722, un relato ficticio de las experiencias de un hombre durante el ao de 1665, en el Londres vctima de la muerte negra. Ronald Weber describi en The Reporter as Artist (1974) una serie de ejemplos tomados de autores desde Twain a Hemingway que, segn l, demostraban que el Nuevo Periodismo ni era nuevo ni era periodismo, sino slo literatura hecha por periodistas. Por no hablar de nombres tan dispares como Jack London, George Orwell, Ernie Pyle, A.J. Liebling o John Hersey. Ms all de las discrepancias propias de cualquier gnero discursivo es fcil ver elementos del llamado Nuevo Periodismo en obras como Operacin Masacre del argentino Rodolfo Walsh publicada en 1957. En el Relato de un nufrago(1955), de Garca Mrquez e, incluso, tirando para casa, no hay que olvidar a Chaves Nogales o a Julio Camba. Por lo tanto, autores y escritos muy anteriores a los clsicos que se relacionan con el gnero.

Vislumbrado todo lo anterior, como buen norteamericano, fue Wolfe si no el primero en darle nombre, s el primero en hacerlo con xito. Y en 1973 escribi un ensayo a medio camino entre lo personal y lo acadmico, pero sobre todo autojustificativo, que llevaba por ttulo El Nuevo Periodismo (1937). Y boom.

El propio Wolfe reconoce en el libro que desconoce quin concibi una etiqueta que, por otro lado, jams le lleg a gustar. En todo caso, tal ttulo, al que coetneos suyos aludieron en algn u otro momento, surge en los aos sesenta como una respuesta y a la vez reaccin a los medios de comunicacin de la poca y sus formas discursivas tradicionales, incapaces para abarcar los cambios que estaban teniendo lugar en la sociedad, especialmente en el seno de la naciente cultura underground. La aproximacin annima, mecnica y pseudo objetiva del periodismo tradicional a los hechos comenzaba a ser denunciada en los escritos de algunos jvenes periodistas, por lo que el llamado advocacy journalism o periodismo militante se fue abriendo paso en algunos medios tradicionales como New York, el suplemento dominical del peridico The Herald Tribune y especialmente en revistas como Esquire.

Puede que todo comenzara con aquella frase: Quiz deberamos volar por los aires el edificio de The New Yorker. La cita la recoge Marc Weingarten en su magnfico La banda que escriba torcido (2013), un libro publicado en Espaa por Libros del KO, esa editorial que vale su peso en oro y cuyo hasta la fecha, mayor xito, Faria (2015), de Nacho Carretero, contina, no s si inexplicablemente o surrealistamente, secuestrado por una orden judicial. El volumen de Weingarten es un recorrido histrico por los orgenes del que sin duda es la corriente periodstica ms importante de la historia. Ms all de eso, si no lo han ledo todava, corran. Es probable que en sus pginas se encuentre todo lo que necesitan saber, no del periodismo, sino de la vida.

En cualquier caso, la antolgica frase la pronunci Jimmy Breslin, otro de los veteranos periodistas de la poca haciendo tndem con Norman Mailer, ambos se presentaron a la alcalda de Nueva York en 1969, la que probablemente sea la carrera electoral ms loca de la historia, y en ella haba un significado mucho ms profundo que la simple voladura de la mtica revista. Aunque tambin. Se trataba de lanzar un misil a la lnea de flotacin del icono por excelencia de la escritura, ficcional o no, de EE.UU. que era la revista neoyorquina. Era 1965 y The New Yorker celebraba ese ao su cuadragsimo aniversario. Al final, el misil tom forma de reportaje y fue escrito precisamente por Tom Wolfe. Diez mil palabras dedicadas a radiografiar el anquilosado proceso de redaccin y edicin que deba recorrer un texto antes de ser publicado en las pginas de la publicacin ms venerada del mundo. El ttulo lo deca todo: Pequeas momias: la verdadera historia del rey del pas de los muertos vivientes de la calle 43.

Era el 11 de abril de 1965 y al final s hubo una explosin, al menos en sentido figurado. Una segunda parte del reportaje sali el domingo siguiente y su ttulo era el colofn al ataque perfecto: Perdido en la selva de los pronombres relativos.

Lo novedoso de los textos de Wolfe estaba en el mismo titular, propio de cuentos humorsticos ms que de cualquier naturaleza informativa. Wolf converta los hechos en una trama y las personas reales aparecan caracterizadas como si de personajes de una novela satrica se tratase. Pero lo ms importante: a pesar de las apariencias, todo era verdico, todo lo que all se expona proceda exclusivamente de las fuentes con las que haba hablado Wolfe y, sobre todo, de sus propias impresiones como observador. La respuesta no se hizo esperar. Vino de Dwight Macdonald, uno de los intelectuales ms importantes de Estados Unidos y tambin un fijo de The New Yorkerdesde 1951. Contraatac desde las pginas del otro santuario de las letras estadounidense, The New York Review of Books, publicacin a la que entreg trece mil palabras que seran publicadas en dos entregas. Denominando el texto de Wolfe de paraperiodismo, Macdonald calific su estilo de bastardo que juega a dos bandas, explota la autoridad fctica del periodismo y crea atmsferas propias de la narrativa. El entretenimiento por encima de la informacin, ese es el objetivo de sus creadores y lo que desean sus consumidores (Weingarten: 14).

Ntese en este prrafo la puesta en escena de conceptos que resultan familiares si recordamos muchos de los ataques que cualquier manifestacin artstica que atenta contra el supuesto canon sufre por parte de los defensores a ultranza del mismo canon como nica va de conocimiento y cultura. Tambin el juego establecido entre los guardianes de la vieja idea de cultura, los apocalpticos de Eco, y aquellos que no vieron en la llamada cultura de masas ningn peligro ms all de ser el resultado de la propia evolucin de la sociedad, los integrados. A pesar de todo, no se equivocaba Macdonald en una cosa, la escritura de Wolfe y compaa era bastarda, con un pie en el periodismo, pero con la mente puesta en la literatura destinada a permanecer ms all de los papeles de usar y tirar.

En El Nuevo Periodismo, en el que Wolfe tuvo a bien introducir textos de Gay Talese, Hunter S. Thompson o Norman Mailer, a modo de ejemplo, se refera a la composicin de un reportaje que l mismo haba escrito en 1965, por encargo del New York Herald Tribune, sobre una convencin automovilstica. Lleg a escribir dos versiones de la misma historia: el reportaje llevaba por ttulo The Kandy-Kolored Tangerine-Fake Streamline Baby (1965) y se public en el diario. Posteriormente, Wolfe envi una nueva versin a Esquire, esta vez titulada There Goes (Varoom ! Varoom !) That Kandy-Kolored (Thphhhhhh !) Tangerine-Flake Streamline Baby (Rahghhh !) Around the Bend (Brummmmmmmmmmmmmmmmmm). El hombre de los trajes blancos se explicaba de esta manera: lo que me interes no fue slo el descubrimiento de que era posible escribir artculos muy fieles a la realidad empleando tcnicas habitualmente propias de la novela y el cuento. Era eso y ms. Era el descubrimiento de que, en un artculo, en periodismo, se poda recurrir a cualquier artificio literario, desde los tradicionales dialogismos del ensayo hasta el monlogo interior y emplear muchos gneros diferentes, o dentro de un espacio relativamente breve para provocar al lector de forma a la vez intelectual y emotiva.

Es evidente que Wolfe piensa en el sancta sanctorum del medio, el reportaje. El reportaje es el gnero periodstico que ms libertad otorga al redactor y que hoy en da goza de mayor prestigio. Sin embargo, no siempre fue as. A mediados del siglo pasado en la prensa norteamericana, el reportaje era el trmino periodstico que denominaba un artculo que cayese fuera de la categora de noticia propiamente dicha (Wolfe 1973: 23). Lo inclua todo y sus autores eran poco menos que seres un tanto marginales en las redacciones. Los redactores guardan sus lgrimas para los reporteros de guerra. En cuanto a los que escriben reportajes cuanto menos se hable, mejor, deca Wolfe en 1973. Era evidente en la mente de Wolfe que el destino manifiesto de los autores de reportajes era escribir la-gran-novela-americana ya que, ayer ms que hoy, el novelista era el gran hroe y segn Wolfe no haba sitio para el periodista, a menos que asumiese el papel del aspirante a escritor o de simple cortesano de los grandes.

Todo eso cambi a mediados de los aos sesenta con el descubrimiento de un periodismo que se poda no slo escribir con elementos propios de la novela, sino que tambin poda leerse como tal. Ese fue el gran triunfo de Wolfe coronado y admitido desde el punto de vista editorial, con posterioridad, con A sangre fra (1966), de Capote.

En el fondo, Wolfe, que siempre quiso ser parte de la torre de marfil que satiriz con saa en buena parte de sus textos, acab por ocupar uno de esos ticos con vistas a Central Park. El suyo tena 12 habitaciones. Por eso, quizs, el mejor retrato de Wolfe lo escribi en 1971 aquel tarado genial que fue Hunter S. Thompson: el problema de Wolfe es que es demasiado frgil como para participar en sus propias crnicas. La gente con la que se siente cmodo es mediocre y aburrida, una mierda pinchada en un palo, y las personas que, al parecer, lo fascinan son tan raras que lo ponen nervioso. La nica novedad y originalidad en el periodismo de Wolfe es que es un reportero excepcionalmente bueno; es capaz de reproducir dilogos y tiene una cierta comprensin de aquello que John Keats llamaba Verdad y Belleza.

Lo peor que se puede hacer con los mitos es tenerlos. Lo mejor que se puede hacer con los mitos es matarlos. Y en casos como el de Tom Wolfe, leerlos.

Fuente: http://ctxt.es/es/20180516/Culturas/19624/tom-wolfe-nuevo-periodismo-gay-talese-norman-mailer-diego-barros.htm



Envía esta noticia
Compartir esta noticia: delicious  digg  meneame twitter