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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 28-05-2018

Pensar las revoluciones desde el presente. Retazos de historia con memoria

Juan Mainer Baqu
Rebelin


Marx dijo que las revoluciones son la locomotora de la historia mundial.

Tal vez las cosas se presenten de otra manera.

Puede ocurrir que las revoluciones

sean el acto por el cual la humanidad, que viaja en el tren,

tira del freno de emergencia

Walter Benjamin, Tesis sobre la filosofa de la Historia (1940)

 

I. Inscrito en una dcada crtica (1965-1975), el 68 fue un movimiento revolucionario que no slo alcanz al conjunto de los pases ms industrializados del Planeta sino que acert a establecer referentes subversivos ms all del primer mundo, afectando a Estados con sistemas sociales y regmenes polticos muy diferentes. Hubo muchos "mayos". Se trat de un fenmeno revolucionario transnacional y global, localizado fundamentalmente en grandes metrpolis y protagonizado fundamentalmente, aunque no slo, por los jvenes vstagos de unas (ms o menos emergentes) clases medias surgidas tras aos de crecimiento econmico capitalista en USA y Europa, la juventud del llamado baby boom que eclosion en el contexto de los aos que, con notable cinismo, han venido siendo calificados por la bienpensante historiografa occidentalista como los treinta gloriosos (1945-1975). Acaso el movimiento de la Universidad de Berkeley (1964-65) contra la guerra del Vietnam o el movimiento provo en Amsterdam (1966) abrieron el camino, pero Berln, Atenas, Miln, Madrid, Barcelona, Varsovia, Praga o El Cairo, fueron tempranos focos de agitacin estudiantil anteriores al mayo francs. Luego vinieron Ro de Janeiro, Mjico D.F., Tokio... y, por supuesto, Pars. Con todo, la centralidad del movimiento del 68 parisino fue indiscutible, as como su singularidad: la conjuncin, incompleta y conflictiva, del movimiento estudiantil y de la huelga obrera, constituyeron la profunda novedad que distingui al 68 francs respecto de otros pases.

Fueron las grandes mutaciones econmicas, sociales y culturales que experimentaron principalmente las poblaciones de los pases capitalistas desarrollados y del bloque socialista desde el final de la Segunda Guerra Mundial, las que contribuyeron a crear las condiciones de posibilidad que dieron pbulo y sentido a la intensa pero efmera oleada de movilizacin social que estall en los aos finales de la dcada de los sesenta por todo el Planeta. Y es que se trat de mutaciones tan profundas la "muerte" del campesinado, la urbanizacin acelerada, la expansin de la alfabetizacin y de los sistemas escolares, la generalizacin del consumo de masas, la quiebra de la cohesin de la clase obrera industrial y el deterioro de su conciencia de clase..., que algunos historiadores como el marxista britnico E. J. Hobsbawm, han llegado a afirmar que, de su mano y en poco lapso de tiempo, aproximadamente el 80% de la humanidad abandon definitivamente la "Edad Media" para ingresar, eso s sin pica de ninguna especie, en los brazos de un nuevo proceso civilizatorio que, aunque ha venido recibiendo muchas denominaciones, podramos convenir en nombrar totalcapitalismo globalizado.

Ahora sabemos que aquellos implacables procesos de destruccin / construccin que tan intensa y aceleradamente, por cierto, tambin padecimos en la abominable y narcotizada Espaa franquista, sometindonos al supremo valor de la modernizacin y la planificacin del desarrollo, eran slo el aperitivo de un men estrecho y largo, de un proyecto civilizador consagrado a instituir la centralidad del mercado y la racionalidad del homo oeconomicus para toda la humanidad. Ideado por influyentes personalidades polticas y econmicas entre otros, Hayeck, Friedman, von Mises, Popper, Rockefeller o los espaoles Jos Castillejo y Salvador de Madariaga, la minuta, que tempranamente adquiri el marbete de Neoliberalismo, fue cocinndose a fuego lento en los fogones de hoteles muy suntuosos de Pars, Mont-Plerin (Suiza) o Arnhem Hotel Bidelberg (Holanda), desde, al menos, 1938. Y, aunque durante los aos 70 y 80 hubo ocasin de degustar audaces ccteles y entrantes para abrir boca de la mano de inspirados chefs como Pinochet, Reagan o Margaret Tatcher, los platos ms sabrosos y elaborados no se sirvieron sino a partir de la dcada de los aos noventa, cuando se comprob que una buena porcin de viejos y nuevos comensales, algunos de marcado acento eslavo, estaban predispuestos para su ingesta y feliz deglucin.

Pues bien, los revolucionarios de la "dcada prodigiosa" tomaron buena nota de aquellas mutaciones y acertaron a diagnosticar que el bienestar, la prosperidad y la privatizacin de la existencia, lejos de ser un logro incontestable de sus mayores, estaban comenzando a fracturar y a descomponer de forma irreversible lo que la pobreza y la vida en comn haban sido capaces de unir y solidificar en el pasado algo que se entenda muy bien en el marco del anlisis de la Teora Crtica que los pensadores de la Escuela de Frankfurt y muy en particular Herbert Marcuse, venan desarrollando desde los aos veinte. Los jvenes del 68 optaron por la revolucin cuando las masas proletarias haban empezado a abandonarla.

Con su abierta impugnacin de la autoridad, con su defensa de un comunitarismo libertario de viejo y nuevo cuo, los actores del 68 se presentaron como principales debeladores del Estado capitalista y de sus instituciones tradicionales familia, iglesias, escuela, academia, partidos polticos, sindicatos..., pero tambin del partido nico, en los regmenes del Este de Europa. Mayo del 68 fue, como poco, un aldabonazo, una llamada de atencin, una toma conciencia ante lo que se estaba avecinando; entre nosotros y la juventud de aquellos aos media, nada ms y nada menos, que una derrota. Sera injusto acusar a una generacin de los defectos y los errores de las generaciones que les sucedieron. Quiz en ello resida el porqu de que la herencia del 68 nos resulte tan extraa y, en ocasiones, "incomprensible" por desmesurada, impertinente e intempestiva, como atractiva, sugestiva y necesaria.

Pero hay ms. Para quienes seguimos aspirando hoy a fundamentar prcticas sociales transformadoras, es imprescindible pensar histricamente "los 68" entablando un dilogo crtico con el pasado y liberando la perspectiva. Como afirma el historiador Enzo Traverso, reconocer y recuperar el hilo de continuidad que existe entre la victoria de los aliados, la resistencia contra los fascismos y los jvenes rebeldes de los 60 constituye un acto de justicia y un imperativo tico y poltico inapelables. Al igual que existe una corriente entre la victoria del socialismo en 1917 y las revoluciones del llamado Tercer Mundo, o entre discursos de la Comuna de 1871, del Foro Social Mundial o del 15M del siglo XXI. Vistas as las cosas, la herencia del 68 cobra relevancia y sentido para nuestra brega actual: ayer como hoy, la invencin y expansin de organizaciones y grupos libres e igualitarios capaces de producir bienes y mensajes y de imaginarse como alternativa al actual orden de cosas, sigue siendo el mejor antdoto, el ms poderoso freno de emergencia, contra los desmanes del "progreso". Hoy, la memoria de Mayo del 68 nos convoca e interpela a un desafo como especie humana: ser capaces de identificar y potenciar los elementos de contrapoder elementos de autoactividad, de autoorganizacin que nos permitan construir nuevas formas de institucionalidad, antiautoritarias, descentralizadas, despatriarcalizadas, desmercantilizadas, surgidas de las luchas, de los conflictos, del antagonismo y que estn en condiciones de socavar la institucionalidad capitalista. No es poca cosa.

II. Espaa, mayo de 2018. En el cincuenta aniversario de "Mayo de 1968", la idea de la revolucin, de cambio radical, de transformacin social profunda, ni inquieta, ni entusiasma, ni siquiera preocupa o incomoda demasiado; lo cierto es que, ms all de algunos reductos insustituibles pero tenazmente vigilados, el discurso revolucionario resulta tan extrao como indiferente al campo de las distintas culturas polticas actualmente existentes. Definitivamente, en la Espaa post-15M, la revolucin no forma parte de la agenda poltica; pero tampoco de la de los historiadores y cientficos sociales, siquiera sea como objeto de estudio, mucho menos, de la de los educadores. Y qu decir de la Francia de Macron, sometida desde hace un ao, al menos, a una de las versiones ms paradigmticas, audaces y vertiginosas que ha conocido la tristemente clebre "doctrina del shock" neoliberal?

Hace poco ms de seis meses, el balance del centenario de la Revolucin de Octubre del 17 en nuestro pas no pudo ser, en mi opinin, ms pobre y desalentador. Sobre todo si pensamos en las posibilidades que atesora la discusin sobre el pasado en la esfera pblica, en espacios sociales y cvicos, ms all de los a menudo esotricos, cerrados y elitistas crculos de la historiografa profesional. Con todo, en aquella ocasin la escassima atencin que el asunto mereci en los medios acadmicos, contrast con la reiterada presencia, casi siempre en forma de resea pseudo-intelectual / reflexin moral, que el acontecimiento tuvo en los suplementos culturales de las grandes corporaciones productoras de opinin Prisa, Vocento, Planeta, Unidad Editorial (inters evanescente y casi siempre profundamente condenatorio). Lamentable y significativamente la revolucin es un tema que ni est ni se le espera en el orden del da del mundo intelectual. Ms all de algn espordico ciclo de conferencias, encuentro o debate al hilo de la presentacin de algn encomiable texto de sntesis sirva como ejemplo La venganza de los siervos de Julin Casanova, el centenario de 1917 pas cuasi desapercibido para la mayor parte de la historiografa espaola, tal como se pone de manifiesto si se observa que ninguna de las revistas "top" del gremio de los contemporaneistas espaoles Ayer, Historia Social, Pasado y Memoria, Cuadernos de Historia Contempornea o Hispania Nova, por citar algunas, dedicaron monogrfico alguno a la rememoracin del hecho histrico ms trascendente del pasado siglo. Precisamente por ello, en este pauprrimo contexto, obras corales, polidricas y complejas como 1917. La revolucin rusa cien aos despus, coordinada por Juan Andrade y Fernando Hernndez y editada por Akal, resultaron tan reconfortantes como imprescindibles e impagables.

Es de esperar que el aniversario del Mayo del 68 lleve un camino muy semejante al del centenario sovitico; malicio que seguramente peor, pues habr mayor espacio para el espectculo meditico, para la ancdota escabrosa y burlona, incluso para la mercadotecnia y el mercadeo de todo tipo de gadgets conmemorativos sin duda el descaro, la verborragia antiautoriaria, el sexo, las drogas y el rocanrol, los adoquines y la playa, venden mucho ms que la Varsoviana o los soviets. En todo caso, me interesa resaltar aqu los aspectos comunes de ambas "conmemoraciones" y en particular, las miradas que se han ido proyectando sobre ambos hechos merced a las reflexiones, publicaciones y reportajes que han venido pululando en la esfera meditica, sea en soporte impreso, audiovisual o digital. Al respecto, estimo que existen tres relatos, como se dice ahora, o tres perspectivas de anlisis que aqu present en orden de menor a mayor asiduidad y aquiescencia:

*Muy poco (o nada) queda del viejo relato laudatorio, panegirista, pico de la revolucin y, mucho menos, para el caso de las revoluciones rusas, del rgimen surgido de ella.

*Queda algo ms, non troppo, de los "ecos nostlgicos y picos" del relato de aquellos acontecimientos, especialmente en su fase instituyente, que, con matices, tienden a presentarse como fruto de un colosal lan emancipador que qued malogrado y truncado enseguida por la traicin de algunos de sus actores, por la incapacidad de los mismos o por circunstancias y factores externos.

*El ms abundante y prolijo es el viejo relato negro y moralizante, lineal y presentista, que ve tanto en el 17 como en el 68 la materializacin de un "proyecto" avieso, brutal, totalitario / enloquecido y primitivo llevado a cabo por dirigentes fanatizados / jvenes malcriados. La sustancia de esta tesis poltica, con distintos grados y tonalidades que van del menosprecio a la caricatura pasando por la denigracin, es la que permea el contenido de un buen nmero de los textos, aunque con frecuencia recurran al artificio acadmico de las fuentes y bibliografa. Se trata de una visin absolutamente dominante hoy en los espacios de saber-poder cientfico social hasta llegar a convertirse en una posicin intelectual cmoda y confortable. Como digo, hay desafeccin y distanciamiento condenatorio en diferentes grados: entre la caricatura soez, de la mano de totlogos reconvertidos como Gabriel Albiac, al menoscabo, ms sofisticado, fino, elegante y elitista, de los Muoz Molina hay un trecho. En ese espacio juegan sus cartas la mayora de los historiadores de oficio situados en su olmpico "confort historiogrfico", que con gran acierto ha catalogado el joven profesor extremeo Juan Andrade.

Y es que ningn acontecimiento histrico habla por s mismo. Las revoluciones tampoco. La revolucin de febrero del 17, la toma del poder por los bolcheviques, la ocupacin de la Sorbona o el estallido del movimiento huelgustico de 1968 en toda Francia..., tuvieron lugar, s, pero de formas muy poco coincidentes segn quien los relat o tuvo capacidad de contarlos. Podramos decir, que los acontecimientos cobran significaciones distintas en funcin de la comunidad hermenutica a la que pertenezcamos (las de los y las historiadoras ntese el plural son unas ms entre las muchas que existen). El ndulo de trabajo de la memoria y de la Historia que no deja de ser una forma especfica y especial de memoria es dotar de significado (resignificar), una y otra vez, los hechos del pasado. Alguien ha dicho con razn que la funcin de la memoria y de la Historia es "cargar de anacrona el pasado que nos apela" (o sea: interpretarlo).

Aun en el absurdo supuesto de que slo hubiera habido "un" Octubre de 1917 o "un" Mayo del 68..., no tendramos acceso a l sino a travs de una mirada actualizada, es decir, determinada por el presente. Slo podemos evocarlo desde los topoi culturales que lo convierten en un momento histrico, siempre complejo, contradictorio, conflictivo, imprevisible, imprevisto. De ah mi pleno acuerdo con quienes afirman que, en la historiografa, la neutralidad y la asepsia son imposibles, adems de impensables e indeseables, y con quienes sostienen que el pasado, en verdad, no ha pasado y que su rememoracin (u olvido) contribuye inexorablemente a la construccin del presente.

Si los acontecimientos viven es porque se recuerdan y si se recuerdan es porque su referente persiste con una funcin ms o menos relevante para el presente de una comunidad. As que no solo no es casual sino que es extraordinariamente sintomtico que Octubre del 17 o Mayo del 68, como paradigmas del imaginario revolucionario, no estn, precisamente, en la agenda del pensamiento, del quehacer intelectual ni de la tica poltica. Jorge Alemn habla de que vivimos un momento de "duelo" del concepto revolucin hasta el punto de que "es ms fcil hoy pensar e imaginar el fin del mundo que el del capitalismo", que es, justamente, la causa de su ms que probado malestar.

Como se ha dicho, de la mano del proyecto civilizatorio del capitalismo neoliberal, desde la primera mitad de los 70 y de forma acusada desde1989, la crisis mundial del socialismo y sus representaciones es palpable en la cultura poltica de todo el mundo occidental. Espaa no ha sido una excepcin a la regla. La construccin de un pensamiento nico, de una cultura hegemnica de una autntica "estructura del sentir" que me permito calificar como cultura poltica de la moderacin inspirada en valores como el consenso (o ms bien asenso), la modernizacin, el consumo y la democracia de protocolo de muy baja intensidad, ha conseguido dos "logros o triunfos" incontestables.

El primero ha consistido en arrebatar el discurso y la referencia revolucionaria a las organizaciones de izquierda. La izquierda, llammosla clsica, ha ido negando, perdiendo, abandonando, relegando, suavizando sus referentes revolucionarios eso y no otra cosa hicieron el PSOE y el PCE durante la Transicin espaola cuando, simblicamente, renunciaron, respectivamente, al marxismo y al leninismo. Lo peor es que la prdida de referentes ha devenido en el desenvolvimiento de prcticas y culturas polticas que han ido deslizndose desde el reformismo al gradualismo, desembocando ora en la integracin y aceptacin plena del estatu quo, ora en una creciente dislocacin de la praxis poltica. La revolucin se ha quedado sin mentores, sin conciencia y sin organizacin.

El segundo es de mayor calado si cabe, porque, adems, ha ido de la mano del anterior. Ha consistido en incrustar una mentalidad social temerosa de los cambios, condescendiente, acomodaticia y consumista (que pasa, adems, por civilizada y democrtica). El rechazo a la idea de revolucin (entendida como transformacin radical de la sociedad, estallido imprevisible de esperanza con violencia, "asalto a los cielos", "vuelta a la tortilla"...) ha ido ganando terreno hasta el extremo de que es concebida como una suerte de pulsin antinatural, que va en contra de la naturaleza humana y de la Historia, del homo oeconomicus y del mercado sobre esto ltimo siguen siendo muy recomendables las pginas de La gran transformacin del gran Karl Polanyi como un peligro nocivo y txico. As, la revolucin se ha rodeado de estereotipos negativos anacronismo, desconfianza, autoritarismo, desorden, violencia y destruccin, parlisis y estancamiento, uniformizacin, adoctrinamiento, distopa indeseable.... Desnaturalizada y deshistorizada, devastada la posibilidad siquiera del sujeto colectivo en la era de la psico-poltica, la revolucin se ha quedado sin sujeto: no tiene quien la escriba.

Termino. Quiero creer, con todo, que la guerra no est perdida. Por eso sigo pensando que, en la actualidad y frente a una derecha neoliberal cada vez ms asertiva y sin complejos, resulta ms urgente que nunca repensar las revoluciones, a la luz del presente incierto y desolado en que vivimos, para seguir aprendiendo de ellas y alentar la construccin de narrativas alternativas y emancipatorias. Deberamos reconsiderar las revoluciones del siglo XX, en especial la del 17 y la del 68, como grandes laboratorios desde el que pensar la accin social y sus posibles bifurcaciones, donde, como nos recuerda el historiador Enzo Traverso, muchos de los caminos que ni siquiera llegaron a recorrerse en sus primeros pasos quiz no se hayan perdido para siempre. En la "apuesta" por recuperar y recomponer ese hilo rojo de la historia que vincula la Revolucin Francesa, con la Comuna de Pars y con las que nos han venido ocupando en estas pginas, tanto los historiadores como los profesores de Historia tienen (tenemos) un papel importante que desempear. Porque, como deca el llorado poeta Galeano: Hasta que los leones tengan sus propios historiadores, las historias de cacera seguirn glorificando al cazador. 


Juan Mainer Baqu, Profesor de Historia y miembro de Fedicaria.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.


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