Portada :: Brasil :: Brasil en lucha con Lula
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 04-06-2018

Encuentro entre Lula y Dilma en una celda de Curitiba
Vamos a resistir

Pablo Gentili
Pgina 12


Dilma camina con prisa. Un enjambre de periodistas la sigue desde lejos, del otro lado de la reja que limita el permetro del edificio de la Superintendencia de la Polica Federal en Curitiba, donde est preso el ex presidente Lula. Adentro la espera el actor norteamericano Danny Glover. Ambos sern las dos nicas personas que, fuera de su entorno familiar, podrn visitarlo en la semana. Han pasado ya las 4 de la tarde y, aunque la temperatura ha bajado a 18 grados, Dilma siente calor. No es porque haya corrido temiendo atrasarse. Dice que pens que eran los nervios. Pero pronto supo que era la indignacin.

La Superintendencia de la Polica Federal en Curitiba es un edificio moderno de 18 mil metros cuadrados y muy bien equipado. Fue inaugurado en el ao 2007. Lula estableci tambin un plan de carrera muy favorable para los agentes federales, aumentando exponencialmente sus salarios y beneficios laborales. Adems, les brind la autonoma y la independencia que siempre haban reclamado.

Es la indignacin, se repite Dilma en silencio, mientras ingresa y observa la placa donde consta que ese edificio, ahora uno de los ms lgubres smbolos de la infamia, ha sido inaugurado cuando Brasil soaba volverse una nacin edificada sobre los derechos ciudadanos, cuando soaba acabar con los privilegios de sus lites y con la impunidad de unas clases dominantes coloniales, esclavistas y racistas. Para esto, haba que combatir los delitos de los ricos en un pas que haba transformado la justicia en una maquinaria de encarcelamiento de pobres, de trabajadores, de jvenes negros, de sin tierra, de sin techo y sin derechos. La Superintendencia de Curitiba, como la de tantas otras regiones del pas, fue reacondicionada para combatir el lavado de dinero y los delitos financieros. Ahora, 15 aos despus, se transform en la prisin donde est encarcelado el futuro democrtico de la nacin.

El da comienza a perder su luz. Hace dos meses que cielo de Curitiba carece de brillo.

Un oficial le pregunta a Dilma si trae algn dispositivo electrnico. Le han concedido el beneficio de no revisarla. En compaa de tres agentes, se dirige al ascensor que la llevar hasta el tercer piso. All, subir un piso ms por la escalera hasta la sala especial, caricaturesco eufemismo que la polica utiliza para llamar a la celda en que se encuentra preso Lula.

Dilma Rousseff en Curitiba: "Vamos a resistir".
(Crditos: Ricardo Stuckert, tomada de Pgina 12)


La tragedia

Las infamias son siempre tragedias. Y las tragedias horadan, desgarran el alma de los pueblos, hasta que se transforman en el fermento de aprendizajes que ensean a protegernos de la prepotencia, la arbitrariedad y la violencia de los poderosos.

En esa montaa de escombros que es la democracia brasilea, el 31 de mayo se consum la que quizs haya sido la ignominia ms cruel del golpe. Siendo Dilma an la presidenta electa de Brasil (la eligieron en 2014 y la derribaron por un golpe en 2016), debi ingresar a una prisin para visitar a quien fuera su antecesor. Tuvo que subir esos cuatro malditos pisos para que le dijeran que all, en eso que ellos llaman sala especial y no es ms que una celda inmunda, est Lula. Y que le quedaba algo ms de media hora antes de que la invitaran a salir.

La arbitrariedad jurdica de unos tribunales dispuestos a condenar sin pruebas, la prepotencia autoritaria de un juez gris, ungido de impunidad y mesianismo, volva a encontrarlos en una crcel, nuevamente como vctimas.

La celda

Dilma y Danny Glover abrazan a Lula. Ella lo ve un poco ms flaco. Debe ser por la falta de ejercicio, piensa.

La celda es pequea. 15 metros cuadrados y cuatro paredes. Contra una de ellas, una cama. Contra otra pared, un armario. Al medio, una mesa con cuatro sillas. Del otro lado de la cama, un aparato de televisin tambin pequeo, donde slo se sintonizan los canales abiertos. Al costado, una cinta ergomtrica para hacer ejercicios fsicos. All pasa Lula todo el da, todos los das, desde hace casi dos meses. Recibe una visita semanal de su familia y de algunas personalidades o amigos, aunque estos ltimos por un perodo muy breve, nunca ms de una hora. En la celda hay algunos pocos libros. Lula lee, piensa, ve televisin y cuenta a sus visitantes que imagina los desafos que se abren para un Brasil cuya decadencia poltica parece no tener fin.

El actor norteamericano Danny Glover permanece algo ms que 15 minutos con ellos. Deber tomar el vuelo que lo lleva a San Pablo y luego a Estados Unidos. Le expresa a Lula su cario y apoyo. Tambin, su compromiso de seguir luchando para que se haga justicia, para que Lula recupere su libertad y Brasil su democracia.

Dilma y Lula se quedan a solas, como tantas otras veces. Pero en esta ocasin, parece como si la historia hubiera vuelto atrs. Como si estuvieran viviendo una remake mal contada de aquellos aos en los que l estuvo preso por orden de la polica poltica de la dictadura y ella encarcelada en un centro de detencin militar, torturada, golpeada, humillada. La historia parece desplomarse sobre sus cabezas, como si todo volviera a empezar.

Dilma observa la celda. No hay nada colgado en las paredes. La sala especial est aislada de todo y, all, Lula no puede tener contacto con ningn otro preso. Las dictaduras siempre lo supieron: la peor condena que puede imponerse a un ser humano es la soledad.

Lula dice estar indignado. Lo repite como una especie de oracin. No me permito el derecho al odio porque el odio envenena la vida, le dice a Dilma con voz firme. Lo que tengo es una inmensa indignacin por lo que me han hecho y por lo que estn haciendo con el pas, agrega. Espero, vivo esperando, que demuestren que soy culpable de algo.

Hablan de la Petrobras y de cmo el gobierno de Michel Temer ha privatizado sectores rentables y estratgicos, cmo la poltica de precios de los combustibles perjudica severamente una economa en crisis, as como ya muestra sus consecuencias la desastrosa opcin de exportar petrleo crudo e importar sus derivados, en uno de los pases cuya empresa estatal petrolera se haba vuelto una de las ms competitivas y rentables del mundo. Se roban los recursos naturales y privatizan la Petrobras, hacen lo que siempre quisieron hacer esas oligarquas indolentes y corruptas. Y para hacer lo que siempre quisieron hacer, necesitaban destituir a Dilma e impedir que Lula volviera a ser presidente de un pas soberano y digno. Ambos lo saben. Conversan sobre esto.

Me preocupa mi situacin, dice Lula. Pero mucho ms me preocupan Brasil y el pueblo brasileo.

Son las 5 menos 10 y Dilma debe irse.

Se despiden con un fuerte abrazo. Tantas veces se abrazaron, tantas victorias los iluminaron. Tantas derrotas los unieron. Se abrazan sin decirse nada, o dicindoselo todo.

Dilma sale de la celda, pero antes de llegar a la escalera regresa. Y vuelve a abrazarlo.

No lloran. Esta vez, no lloran. Cumplen quizs una promesa que nunca se hicieron, pero que parecen dispuestos a respetar.

El da en que fue destituida, Dilma conversaba con sus ms cercanos colaboradores, cuando vio sorprendida que Lula estaba detrs de una columna, distante y extrao. Se acerc y vio que lloraba desconsoladamente. Lo abraz en silencio.

Dos aos ms tarde y pocos minutos antes de entregarse a la Polica Federal, Lula buscaba a Dilma para despedirse. La encontr en un rincn de la sala, llorando. Volvieron a abrazarse.

Vamos a resistir, tenemos que resistir, le dice Lula al despedirse.

Dilma baja los cuatro pisos rpidamente. Al salir la invade una profunda congoja. Le gustara estar sola, se siente triste, inmensamente triste.

Camina hacia los periodistas que la esperan del otro lado de la calle. Poco le interesa lo que van a preguntarle, slo quiere llegar al campamento que, desde hace casi dos meses, no abandona su emplazamiento, a pocos metros del edificio donde est preso su lder. Hombres y mujeres heroicos, valientes, que no aceptan que la historia sea transformada en una avenida por la que desfilan los poderosos, mientras los pobres observan sin otro sentimiento que la humillacin, la sumisin y la insignificancia.

Dilma se acerca a los militantes que acampan en Curitiba. Sus gritos y cantos van devolvindole el alma al cuerpo. Dilma guerrera / de la patria brasilera. An no ha llegado, y ya siente sus abrazos y besos. An no ha llegado, y se da cuenta que nunca se ha despegado de ellos.

Dilma camina y vuelve a sentir sus piernas. Su corazn late cada vez ms deprisa, su espalda se vuelve firme, sus ojos brillan, su risa explota. A resistir, piensa ya en voz alta. A resistir. No nos entreguemos nunca. Vamos a resistir.

Y se funde en la multitud que la espera.

Pablo Gentili es secretario ejecutivo del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO).


Fuente: https://www.pagina12.com.ar/119042-vamos-a-resistir


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