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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 05-06-2018

La hermosa ontologa revolucionaria

Fernando Almeyda Rodrguez
La trinchera


Desde hace algn tiempo suelo preguntarme por el alcance de la palabra Revolucin. Pese a que la escucho repetidamente, no estoy seguro de que en todos los casos aluda a lo mismo. He llegado a sospechar que nadie sabe o no quiere saber- de que est hablando.

-Viva la revolucin; gracias a la revolucin; por la revolucin; ser fieles a la revolucinrevolucionario, contrarrevolucionario, revolucionariamente- a fin de cuentas de qu se habla? Al parecer de nada concreto. A lo largo de casi sesenta aos ha escalado en los imaginarios de la nacin y se convertido en algo similar al Ser.

Esta idea de abstraccin inmensa est detrs de los entes y los relatos de la vida de un cubano. Esta figura ontolgica resulta en muchos puntos semejante a como entenda este trmino la filosofa clsica; la sustancia primigenia donde se justifican y sostienen todos los espritus cotidianos de la llamada y mal comprendida cubanidad; el principio de identidad detrs de la identidad cultural; el centro del sentido lgico, moral y epistemolgico.

Ms all de toda temporalidad, es reflejada como el tiempo mismo. La historicidad de la Revolucin es en este sentido a-histrica. Los acontecimientos se validan en el espacio-tiempo a travs de estasustancia inmutable.

Todas estas referencias que hacen a la Revolucin una abstraccin inmensa mantienen una presencia fragmentaria en el lenguaje. De por s, lo que convierte revolucin en una categora-fundamento est dado ms bien en estructuras conductuales. Mas no se trata de meros hbitos o costumbres, sino de ritos.

No escapar a ningn cubano que existe una ritualidad diferente de las tradiciones religiosas comunes. Han subsistido pese al deterioro de las instituciones pblicas las reuniones, los matutinos, los murales, las marchas, las listas, los carnets, las guardias y los trabajos voluntarios. Junto a estas actividades figuran un sinnmero de otras cuya trascendencia a los fines de la administracin o la produccin traspasa lo irrelevante. Esto resulta en que el sentido de que estas acciones trasciende la dimensin material. Su fundamento no es econmico, administrativo, ni exactamente polticoes revolucionario.

Revolucin adquiere de esta forma una connotacin ms espiritual: ya no se trata slo de esencia y fundamento, sino de algo sagrado- hay algo religioso en estas prcticas-. Desde el discurso al acto, lo importante es que se efecten. Este formalismo, es un pensamiento orientado a una ritualidad sagrada.

Esta idea puede confirmarse a travs de la ola de referencias cuasi-divinas, exotricas y paranormales que han sido atribuidas al lder histrico de la Revolucin despus de su muerte. Esta reaccin constatable en los medios cubanos fundamentalmente tiene muchos trasfondos y otras interpretaciones, pero sirve a modo de ejemplificacin de la naturaleza ritual y mitolgica de nuestra vida revolucionaria.

Rito y mito son figuras que se retroalimentan, no existe uno sin el otro. Desde el momento en que se pierde la dimensin material del mito este muere en la cotidianidad; si ocurre una muerte simblica, la costumbre paulatinamente muta y se extingue. Ambas figuras estn detrs de casi toda construccin de la identidad de un pueblo. En este sentido, no parece desacertado decir que la revolucin es el mximo mito fundacional de Cuba, lo cual resulta curioso pues es el ltimo.

No es preciso buscar una rebuscada explicacin a este curioso hecho; las respuestas estn a simple vista: la consolidacin de la nacin como meta-discurso y como identidad est dado por y a travs de la Revolucin. Ahora bien, esta forma de apropiacin de lo nacional es todava endeble desde muchos puntos. Para empezar su fuerte tendencia expansiva y omnicomprensiva ha dado al traste en la inamovilidad del mito y del rito. Esta inamovilidad es tambin una mera ritualidad, es marxistamente hablando una negacin de la dialctica y por ende es ideologa.

A nivel de lenguaje, la Revolucin aparece como una mano inmensa que quiere acaparar todo entre sus dedos; todo lo que no consiga atrapar lo rechaza; lo excomulga del lenguaje cada vez con ms agresividad, con ms ceguera, con mayor enfermedad. Nos entregamos dulcemente al sueo de lo posible negando todo cuestionamiento a lo que sentimos como nuestra identidad particular. Esto tiene como consecuencia una visin maniquea del mundo: bueno-malo, correcto-incorrecto, justo-injusto, lgico-ilgico, y as sucesivamente; todas equivalen a Ser-revolucin o no-Ser-revolucin. En este sentido, promotores y detractores son partcipes de la perpetuacin del mito.

Muchos ven este fenmeno de forma positiva. Este resguardo mental y cultural es un hechizo contra todo fenmeno posmoderno, siendo la envidia de no pocos sufridos de la modernidad lquida. Por otra parte, me cuestiono qu de positivo puede tener el aislamiento psicolgico del mundo. Negamos algo que no solo existe sino que se expande; este estado de confort en el que vivimos como pueblo es slo cultivable en forma de neurosis; una negacin de la materialidad del mundo y su movimiento. Materialidad que se hace patente cada vez que una empresa cubana termina en suspensin de pagos, cuando nuestros profesionales ignoran las nuevas tecnologas; cada vez que en la academia un profesor benemrito expone elocuentes teoras decimonnicas como si fuesen actuales, o simplemente cada vez que un cubano toma un avin para abandonar su neurtica realidad.

Lo que antao fue nuestra encomiable resistencia frente al mundo se ha convertido en una agresiva neurosis, cada vez ms cerca de la psicosis. Lo que nos va quedando de nuestra revolucin de papel de peridico Granma, es un estado mentalmente enfermo donde la realidad es lo que queremos que sea. Los que no piensan igual son callados o forzados delicadamente a abandonar su impronta (material o espiritualmente), el resto se enajena en su propia burbuja, la mayora parece autocomplacerce en un saco de irracionalismos cada vez ms religiosos, cada vez menos ilustrados o virtuosos. Qu ilustracin y virtud puede quedar a aquellos incapaces de mirarse tal cual son?

En buena medida la Revolucin es ms que un meta-relato: es el lenguaje del poder. El ejercicio de la autoridad est aferrado a evitar que se piense, o ms bien, que se exprese cualquier pensamiento fuera del propio lenguaje de la revolucin, fuera de toda voz del poder. Mas no nos imaginemos que esto es responsabilidad de un puado de hombres uraos e ignorantes; en realidad es responsabilidad de todos, pues cada uno de nosotros cubanos tenemos un poco de complicidad respecto a esta forma de asumir (o negar) la objetividad de la realidad.

Nuestro mayor problema radica en que existe una confusin entre la nocin de gobierno, nacin y cultura: sin una separacin clara cada vez que se piensa se corre el peligro de criticar nuestra identidad. Se vuelve casi imposible criticar a este poder sin agredir de alguna forma a la nacin y la cultura propias; la autocensura es entonces mucho mayor y ms fcil de suscitar.

Por otra parte, afirmar la Nacin termina siendo equivalente a afirmar la Revolucin; los smbolos de la nacin son a su vez los smbolos de la Revolucin. Hablar de Nacin, por tanto, es un ejercicio de afirmar el Ser-revolucin, una manifestacin ideolgica que cada da crece en su connotacin neurtica. Este es un marco tan omnicompresivo como estrecho y excluyente. La crtica queda tan desterrada como los que la ejercen de modo preciso. La censura no es tanto dada por un mecanismo de coaccin como por la conciencia de culpa.

Nuestra vida transcurre sobre una inmensa zona gris donde van a parar todas aquellas ideas que puedan agredir de alguna manera al mito fundacional. Este es un espacio donde las fronteras de las cosas se desdibujan hasta quedar irreconocibles, y nuestras consciencias se hacen irreconciliables con nuestra existencia material. Los problemas se resumen a un sintagma: la cosa est mala la cosa es demasiado abstracta, as que no se pueden resolver problemas concretos abstractamente; hasta donde s, ni los filsofos han tenido mucho xito.

Por tanto, la Revolucin en tanto lenguaje, est nicamente destinada a la abstraccin y al ensalzamiento, no a la crtica; se hace imposible que pueda pensarse fuera de sus lmites pero a su vez no puede criticarse sin ocupar una posicin opuesta al discurso de la nacin y de la identidad cultural. Las cuestiones negativas se vuelven inefables. Es de por s una neolengua al estilo 1984, donde los ritos y los mitos se perpetan en medio del silencio y el tedio.

Esto es, por tanto, lo que est ocurriendo mientras aludimos a revolucin: sea positiva o negativamente terminamos por cultivar una mitologa, una estructura hermosamente ontolgica. Un cmulo de inmortales y neurticas virtudes; un sueo, del que no queremos despertarnos. Esta es una impronta hace tiempo gravada en nuestras mentes y corazones, y es por tanto imborrable.

No obstante, creo que podemos sentirnos dichosos por muchas razones, pues las bonanzas a nuestra cubanidad e identidad han sido relevantes; de hecho es su innegable presencia y arraigo lo que debera tranquilizar nuestras consciencias, en tanto la crtica nunca podra destruir la historia, pero podra allanar nuestro futuro. En este sentido, podemos ser optimistas pues nuestra patologa no es crnica, al menos no todava. Es preciso pues dedicarnos a superarla, y el primer paso comienza por conocer y entender el mal que nos aqueja. Lanzo una invitacin a pensar, a nombrar, a explorar, a conocer, puesla verdad os har libres (Juan, 8:32) libres de nosotros mismos.

Fuente: http://www.desdetutrinchera.com/2018/01/la-hermosa-ontologia-revolucionaria/

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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