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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 07-06-2018

Democracia, virtud o necesidad?

Juan Jimnez Herrera
Rebelin


"Cuando se habla de libertad hay que tener cuidado de que no se est hablando en realidad de intereses privados"
(Hegel)

A modo de panacea universal blandimos la espada de la democracia como sin con ella nos pudiramos defender de todos los enemigos y males. Hemos elevado a la consideracin de categora absoluta un concepto, como la democracia, que es absolutamente histrico y que responde a unas determinaciones socioeconmicas concretas, las cuales es imprescindible aflorar cuanto antes para evitar, en lo sucesivo, ms equvocos y aplicaciones mecnicas que nada tienen que ver con la dialctica marxista.

La democracia hunde sus races en la Grecia clsica, como forma de gobierno de la polis constituida por hombres libres y usufructuarios parcelarios del dominio pblico; desde esta posicin de igualdad socioeconmica, no obstante en el marco de una sociedad esclavista, los ciudadanos griegos participan en la gobernacin de los asuntos pblicos de su respectiva polis. Ninguno de estos ciudadanos, mientras permanece en cierto equilibrio esta base socioeconmica parcelaria, admitir que su particular inters se sacrifique ante cualquier otro, sino en base a una ponderacin de conjunto, de forma que el inters egosta de cada cual se convierta en el inters general de la polis. Ni que decir tiene que el posterior desarrollo de las fuerzas productivas en el seno del esclavismo helnico, la concentracin de la propiedad, etc, arrumbaron, definitivamente, la democracia para dejar paso a otras formas de gobierno: la oligarqua, el imperio, etc.

Ser, posteriormente, la burguesa quien, en su lucha contra los particularismos locales, los privilegios estamentales y el absolutismo regio, rescatar, para su gobierno, la vieja frmula de la democracia, y, al igual que los antiguos griegos, en principio, slo para su particular disfrute, en forma de sufragio censitario, esto es, nuevamente, en beneficio de los propietarios, excluyendo a la masa de esclavos/proletarios sin propiedad. Pero, una vez ms, queremos enfatizar que la democracia, de un lado, viene a ser vehculo para dar salida al conflicto del egosmo ciudadano/propietario y, de otro, la confesin de que ningn burgus aceptar el sacrificio de su inters sin la ponderacin de conjunto, a travs de la frmula del inters general. En definitiva, la democracia es una forma poltica, una expresin de los conflictos sociales, una variante del estado poltico, que descansa en la necesidad de armonizar egostas y particulares intereses; que descansa, en fin, sobre la propiedad privada y la lucha de clases. En este sentido, y al hilo del desarrollo y enconamiento de la lucha de clases en el seno de la sociedad burguesa, con la aparicin del movimiento obrero, necesariamente, se ha de extender la democracia para dar participacin y juego a los intereses de este nuevo sujeto. La democracia, ciertamente, se amplia, pero no por ello dejar de ser lo que es, una forma poltica que tiene por objeto ofrecer cauce al conflicto social.

No se ha superado, ni mucho menos, el escenario del conflicto social; la lucha de clases est en boga; la clase obrera y las masas populares necesitan de la democracia para, a travs del principio mayoritario que le es inherente, imponer una solucin favorable a sus intereses, que son los de la mayora y los de la sociedad en general. Y por eso, cabalmente, es justo que la clase obrera y sus partidos practiquen un discurso radicalmente democrtico, que exciten las instituciones estatales, las intenten modelar a la mayor expresin de la democracia, etc., porque con ello conseguirn que, en la lucha poltica, el Estado burgus sea ms permeable a sus reivindicaciones.

Pero es este esquema plenamente trasladable a las organizaciones polticas obreras? Veamos.

En ellas participan los obreros y los intelectuales que abrazan la causa del proletariado; no seremos tan ingenuos como para afirmar que estas organizaciones estn plenamente impermeabilizadas respecto de la lucha de clases, porque, si bien es cierto, que, en principio, en su seno, no es dable hablar de intereses econmicos contrapuestos, no lo es menos que es a travs de la elaboracin ideolgica, como, fundamentalmente, la lucha de clases consigue colarse en las filas del partido poltico obrero. Pero aplazando, por un momento, esta inevitable versin de la lucha de clases, debemos reparar en el hecho de que en esta organizacin de clase, que no es de oficios, ni sindical, sino intelectual y poltica, y, por tanto, unificadora y colectiva del conjunto de los intereses de clase, no encaja la frmula de la democracia (otra cosa ocurre en los sindicatos, en los que los distintos oficios, industrias, etc, cristalizan, de hecho, en sectores que, en lo inmediato, son portadores de intereses, sino contrapuestos, s diferenciados).

No es la organizacin poltica del proletariado un ente constituido por clulas que se ufanan, unas respecto de otras, de su total separacin e intimidad, celosas de sus particularismos y egosmos. Luego, no se vive en aquella una necesidad imperiosa de la democracia, sin que ello suponga admitir que en la misma se acepte la imposicin autoritaria de nadie. Es decir, no se siente la necesidad de acudir al mecanismo de la votacin y del principio mayoritario para imponer soluciones ni criterios; esto es, el expediente tcnico de la democracia es algo secundario. Y no podra ser de otra forma, porque sobre la base de la comunidad de intereses, que debe presidir la atmsfera intelectual y material del partido obrero, la democracia, como frmula de solucin de conflictos, no puede sino entrar en verdadero retroceso, por desuso. En este nuevo organismo, frente al conflicto se han de alzar la confianza mutua, la corresponsabilidad y la camaradera; frente a la imposicin/votacin, el debate y la sntesis dialctica, todo ello en el amplio marco de la ms absoluta libertad y participacin; y frente al afn reglamentista, la flexibilidad de una organizacin fraternal (los estatutos se deben limitar a formular los principios generales de la organizacin y concretar un elenco bsico de derechos y obligaciones). Sobre las premisas de la preparacin intelectual y poltica multifactica, del compromiso personal, de la abnegacin y de la elaboracin colectiva de la prctica y teora polticas se construirn los mecanismos participativos y electivos en el seno del partido obrero y no sobre los abstractos , fros y cuantitativos principios democrticos.

Cuando, a gritos y apriorsticamente, bajo el pretexto de luchar contra el fantasma de la degeneracin burocrtica, se solicita en una organizacin poltica plena democracia, rotacin en los cargos, el derecho de todos a ocupar los cargos y otras zarandajas, en realidad, se est reconociendo que, por su naturaleza, en esa organizacin no reina la camaradera, ni la confianza mutua, ni la solidaridad, ni la corresponsabilidad; en realidad, nadie se fa de nadie, y la camaradera hace tiempo que fue reemplazada por el cadaverismo poltico. En este organismo, a causa de la desconfianza generalizada, por fuerza se desatar la furia por el control y sobre su base aflorarn multitud de organismos; sobre la base de la rotacin y del derecho al cargo se multiplicarn y ensancharn los rganos, ofreciendo, como resultado, uno totalmente imprevisto: la democracia engendra burocracia. Y, parafraseando a Hegel, diremos: cuando se habla de democracia hay que tener cuidado de que no se est hablando, en realidad, de intereses privados.

Y, llegados aqu, y an no comulgando demasiado con los particularismos nacionales; al contrario, siendo de la opinin de que tras el exceso de democracia se esconde el inters particular del pequeo burgus engredo, ansioso de notoriedad, que convierte cualquier instancia en una magistratura de estado, en la que medrar; pero si, como adelantbamos, la cuestin nacional pesara en algo, vayan por delante estas reflexiones: Suceda en Sevilla una cosa que no sorprender a mis lectores, si, como creo, son espaoles, y es que all todos queran mandar. Esto es achaque antiguo, y no s qu tiene para la gente de este siglo el tal mando, que trastorna las cabezas ms slidas, da prestigio a los tontos, arrogancia a los dbiles, al modesto audacia y al honrado desvergenza. Pero sea lo que quiera, ello es que entonces andaban a la grea, sin atender al formidable enemigo que por todas partes nos cercaba (Benito Prez Galds).


Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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