Portada :: Colombia
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 08-06-2018

La tormenta (I)

William Ospina
El Espectador


Si alguien quisiera dictar una charla surrealista, podra empezar diciendo que llevamos mucho tiempo viviendo de la sangre de los dinosaurios. Que la sangre de los dinosaurios terminar haciendo que el mar hierva y que el cielo se apague.

Pero no, no es surrealismo: es la sencilla realidad. En todas partes estamos carbonizando el mundo, no en el sentido de estarlo quemando, pero s en el sentido de estarlo llenando de carbono. Hace meses, ante los ojos asombrados de los viajeros, se blanque la barrera coralina de Australia, una de las maravillas del mundo. Y ese podra ser un bello espectculo, si somos capaces de pensar que la muerte es un bello espectculo. Para que toda una barrera de corales se muera y se afantasme, basta que aumente un par de grados la temperatura del mar.

Por qu nos preocupa en Colombia que se mueran los corales de Australia? Por la misma razn por la que puede preocupar a los australianos que cada ao se pierdan miles de kilmetros cuadrados de la selva amaznica. Hasta ayer vivamos, o creamos vivir en pases, ahora todos vivimos en el mundo, y no en un mundo apacible, sino en un mundo donde se sienten crecer las catstrofes.

Hay un hermoso poema de Len de Greiff, muy musical y un poco irnico, en donde l afirma que no ha visto el mar: No he visto el mar,/ Mis ojos, vigas horadantes, fantsticas lucirnagas,/ Mis ojos avizores entre la noche, dueos/ De la estrellada comba, de los astrales mundos,/ Mis ojos errabundos, ojos cogitabundos,/ Familiares del hrrido vrtigo del abismo,/ No han visto el mar mis ojos,/ No he visto el mar.

Digo que es irnico porque evidentemente cuesta trabajo no ver el mar. No ver una hormiga es fcil, pero es difcil no ver el ocano. El poema podra significar apenas que el poeta, un caballero antioqueo de 30 o de 40 aos, no ha hecho el viaje a Turbo o a Coveas, y no ha podido conocer personalmente el mar. Pero creo que el poema no habla slo del poeta: habla de cada uno de nosotros, y por eso nos gusta a todos. Ms bien significa que nosotros, los colombianos, o que tal vez los latinoamericanos, como tambin lo sugiere Ignacio Padilla, en su hermoso libro La isla de las tribus perdidas, no hemos visto el mar.

Y ese no haberlo visto no parece un problema ptico. Yo dira que significa que no lo hemos advertido, que no lo hemos conocido, que no hemos entrado en contacto con l. Podra significar: no somos griegos, no somos rabes, no somos ingleses, no somos estadounidenses. No hemos sido Ulises, ni Simbad, ni el bucanero ciego de la Isla del tesoro, ni el capitn loco que buscaba a la ballena blanca. Uno puede vivir por siglos junto al mar y, en el sentido ms profundo del trmino, no haberlo visto.

Creo que lo mismo puede decirse del sol. El sol es un poco ms difcil de ver: es tan deslumbrante, tan cegador, que verlo es peligroso. Sabemos que no hay que mirarlo, que nos conviene no verlo, que ms nos conviene no haberlo visto. Pero tambin en la expresin no he visto el sol podra estar encerrada una verdad ms profunda. Es posible que los seres humanos hayamos estado por miles de aos en la tierra, y sin embargo no hayamos visto el sol, que es nuestro padre, la fuente de nuestra vida.

A partir de cierto momento los seres humanos empezamos a consumir mucha ms energa de la que ramos capaces de procesar con nuestra alimentacin. Hace dos siglos, a comienzos de la revolucin industrial, cada ser humano todava consuma las 2.500 caloras que fueron nuestro gasto diario desde el comienzo de la historia. Ahora no slo hemos pasado de 500 millones a 7.500 millones de personas, sino que cada uno ha pasado de 2.500 al equivalente de 250.000 caloras.

Somos monstruos devoradores de energa: viajamos por tierra a 80 kilmetros por hora, por aire a 850 kilmetros por hora, hemos iluminado la noche, hemos abandonado el silencio, omos radio, vemos televisin, tenemos encendido todo el da nuestro ordenador, y en los ltimos segundos del tiempo csmico nuestra nica preocupacin es tener cargado el telfono celular.

Alguien hace poco escribi en Twitter: Estoy saliendo de mi casa sin el cargador, y con una carga en el celular del 75 %. Que sea lo que Dios quiera. Anoche, en el ascensor de un centro comercial, me di cuenta de que una muchacha consideraba necesario llamar a su hermano o su novio para preguntarle: Nacieron los tres dragones. Ah se acaba todo?. El gasto de energa es tan descomunal que no basta que todos los ros del mundo hagan girar las turbinas generadoras de electricidad, que todos los yacimientos de carbn surtan sin fin la fuente de la energa trmica, sino que hace dos siglos la revolucin industrial y hace un siglo en seor Henry Ford pusieron a la humanidad a consumir petrleo, combustibles fsiles que encienden la noche y acompasan nuestra velocidad y alimentan las fbricas, de modo que llevamos mucho tiempo, como deca, viviendo de la sangre de los dinosaurios, y estamos liberando a la atmsfera de manera creciente todo el carbono que estaba guardado en las profundidades de la tierra. La temperatura global est aumentando aceleradamente, ha subido varios grados la temperatura del mar hasta blanquear la barrera coralina de Australia, y en los trminos ms sencillos estamos carbonizando el mundo, es decir, aumentando sin control el nivel de carbono en la atmsfera.

Pero es bueno recordar que hace poco ms de dos siglos el poeta Friedrich Holderlin escribi en su poema Patmos: All donde crece el peligro crece tambin lo que nos salva. Hace ya varios aos la humanidad se pregunta con angustia cmo vamos a sostener este ritmo descomunal de gasto de energa, si todo el carbn y todo el petrleo que consumimos estn dejando en la atmsfera, en los ocanos, en las pieles y en los pulmones un rastro mortal. Ya no tenemos dcadas para corregir ese problema, ahora es evidente que a lo sumo tenemos aos. Y es el momento en que el ser humano, acosado por la necesidad y por el peligro, descubre, como decan en la antigedad, que hay un sol en el cielo, y puede decirse, en un sentido muy profundo, no he visto el sol.

Ahora sabemos que el sol y el viento son la gran solucin a las demandas de energa de la humanidad, que la energa solar y la energa elica son las energas limpias e inagotables que necesita, no slo el futuro, sino desesperadamente el presente. Nos volvemos de pronto a mirar esa fuente desmesurada de energa, y comprendemos que si lo hacemos bien y a tiempo tendremos energa limpia y abundante para todas las necesidades de la civilizacin en los prximos diez millones de aos. Por qu no lo habamos visto antes? Tal vez porque la historia no nos haba formulado el desafo.

Claro que no hay que cantar victoria: porque ya hemos alterado seriamente el equilibrio del mundo y porque de la teora de la sustitucin energtica al cambio real del modelo todava queda mucho trecho y muchos intereses que vencer, y mientras tanto el mundo ya est empezando a tratarnos como a una plaga daina. Tenemos que dejar de pesar nocivamente sobre el mundo, y eso requiere un largo proceso de recuperacin del equilibrio perdido.

Fragmento de Solidaridad y futuro, un ensayo del nuevo libro El taller, el templo y el hogar.


Fuente original: https://www.elespectador.com/opinion/la-tormenta-i-columna-792171



Envía esta noticia
Compartir esta noticia: delicious  digg  meneame twitter