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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 18-06-2018

Multiculturalismo, laicidad y derechos humanos

Federico Mare
laicismo.org


El multiculturalismo, hoy tan en boga, se presta en muchos casos a peligrosos malentendidos. Malentendidos que pueden legitimar violaciones a los derechos humanos, o tambin el avasallamiento de la laicidad. En qu casos? Cuando los valores fundantes de la convivencia pluralista y la civilidad democrtica son arrojados a la trituradora del relativismo cognitivo y moral, cuando las libertades fundamentales son rebajadas al estatus de meros constructos ideolgicos de la cultura occidental moderna.

Un multiculturalismo a ultranza, llevado hasta sus ltimas consecuencias lgicas, supone irremediablemente la claudicacin de la tica humanista y del pluralismo democrtico. Si el multiculturalismo consiste en respetar el derecho de las minoras tnicas de un Estado a conservar por ej. su idioma, su arquitectura y ornamentacin, sus artes plsticas y artesanas, su msica y sus danzas, sus tradiciones orales y su gastronoma, bienvenido sea. Pero qu sucede cuando en nombre de determinadas creencias socialmente aceptadas (nazismo, yihad, sionismo, manifest destiny, etc.) se violan los derechos humanos ms elementales? Pienso en la Sho, en el genocidio armenio, en la destruccin de Hiroshima y Nagasaki con bombas atmicas, en la Masacre de Nanking, en los gulags de la Rusia estalinista, en el trato segregacionista que Israel le dispensa al pueblo palestino, en la lapidacin islmica, en la ablacin del cltoris en el frica central, en la prohibicin de ensear la teora de la evolucin en algunos lugares de EE.UU., en los testigos de Jehov que se rehsan terminantemente a que sus hijos reciban transfusiones de sangre aun cuando est en juego la vida, etc.

Ciertas variantes extremas del multiculturalismo entran en contradiccin inexorable y ostensiblemente con el ideario humanista y universalista del laicismo. Puede que en esta poca posmoderna suene polticamente incorrecto decirlo, pero creo que hay que decirlo. El concepto de multiculturalismo debe ser problematizado, porque su absolutizacin entraa peligros enormes para la convivencia humana pacfica y fraterna. Hay que bregar por una tica universalista centrada en los derechos humanos, por ms que a algunos les parezca que esa pretensin es una trampa eurocntrica. Si los dogmas religiosos prevalecen sobre el humanismo secular, el panorama a futuro de la humanidad ser harto complicado.

El multiculturalismo suele ir de la mano con el argumento tradicionalista. En lgica, se denomina argumentum ad antiquitatem o apelacin a la tradicin a la falacia de pretender legitimar moralmente una determinada institucin o costumbre de la sociedad en funcin de su antigedad o espesor histrico: dado que A existe desde hace mucho tiempo, A es bueno y debe seguir existiendo. Se trata, sin lugar a dudas, de la piedra angular del pensamiento conservador.

Si echamos mano al mtodo de la reduccin al absurdo, rpidamente descubrimos cun insostenible es este razonamiento. Por ej., en los pases del frica subsahariana localizados alrededor de los Grandes Lagos (muy especialmente en Tanzania), se halla muy extendida la tradicin de segregar, perseguir y asesinar brutalmente a las personas albinas, y de traficar intensamente con sus rganos. Inmemoriales creencias religiosas hacen de la ausencia congnita de melanina un ominoso e infamante estigma de maldicin y mala suerte, y de los cuerpos que adolecen de dicha carencia, una codiciada fuente para obtener ingredientes mgicos y ofrendas rituales. Se trata, sin duda, de un caso extremo, pero que, precisamente por ello, facilita la dilucidacin de la crtica que aqu se plantea. Ha de permitirse que dicha prctica cultural se perpete indefinidamente por los siglos de los siglos, so pretexto de su tradicionalidad? Acaso las sociedades son entes estticos que no pueden ni deben cambiar jams? Claro que no. Las tradiciones pueden y deben ser modificadas, sobre todo cuando entraan violaciones a los derechos humanos. En Argentina, por citar otro ejemplo, hubo un tiempo en que era tradicin obedecer a un monarca absoluto de Espaa, importar esclavos africanos y excluir a las mujeres de la poltica por juzgrselas incapaces; y sin embargo, hoy, esas ideas nos resultan antediluvianas, y consideramos su superacin histrica como algo muy saludable.

Lo consuetudinario, por s solo, no puede ser nunca un criterio concluyente o inapelable de eticidad y juridicidad. Es por dems necesario que las tradiciones sean objeto de reflexin crtica. Es preciso, si se quiere de veras que haya avances sustantivos en materia de derechos humanos, que las costumbres sean revisadas peridicamente a la luz de una racionalidad tico-jurdica despojada de falsos esencialismos tnicos, vale decir, inspirada en valores humansticos de proyeccin universal. El pluralismo democrtico exige discernir entre atavismos que son compatibles con la libertad y la igualdad, y atavismos que no lo son. El argumento tradicionalista, por su misma lgica inmanente (apologa acrtica de lo ancestral per se), representa, para la civilidad de los derechos humanos, una caja de Pandora. Es la ominosa antesala del vale todo: racismo, violencia de gnero, xenofobia, imperialismo, intolerancia religiosa, esclavitud sexual, guerras, antisemitismo, homofobia y muchos otros males sociales.

Por lo tanto, querer preservar todas las prcticas culturales existentes en el mundo so pretexto de su antigedad o tradicionalidad resulta intelectual y moralmente insostenible. Puesto que muchas de ellas vulneran derechos constitucionales y libertades fundamentales de importancia capital para la dignidad humana, se impone la necesidad de un discernimiento y una seleccin. En una sociedad democrtica y pluralista, ninguna tradicin cultural, por muy antigua que ella sea, est por encima de la racionalidad crtica y la tica de los derechos humanos.

Yendo al caso puntual de los pueblos originarios de Amrica, el multiculturalismo extremo implicara, entre otras cosas, hacer la vista gorda con las prcticas machistas ancestrales muchas de ellas de origen precolombino que resultan lesivas a los derechos humanos de las mujeres. En algunas comunidades indgenas de Amrica Latina, por ej., las mujeres acusadas de adulterio sufren castigos con altas dosis de violencia fsica y psquica, y muchos varones adultos, con la anuencia de sus comunidades ancestrales de pertenencia, suelen practicar la pederastia, prcticas que son a todas luces incompatibles con los postulados ms elementales de la Convencin contra la Tortura y otros Tratos o Penas Crueles, Inhumanos o Degradantes; la Convencin Interamericana para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia contra la Mujer; y la Convencin sobre los Derechos del Nio. Por otro lado, ciertos tabes sexuales entraan graves consecuencias humanitarias en trminos de salud pblica, como altas tasas de embarazo adolescente y el aumento del ndice de morbilidad del VIH-sida. En el sudoeste de Colombia, la etnia embera-cham sola practicar hasta hace muy poco, y de manera muy precaria, la clitoridectoma; y es probable que esta costumbre inmemorial de alto riesgo vital y graves secuelas psquicas para las mujeres no se haya extinguido del todo. En el Altiplano boliviano, all por noviembre de 2012, el consejo aymara de El Alto aprob la pena de mutilacin de una mano para los ladrones reincidentes, y de castracin qumica para los violadores sexuales.

Insisto: aunque en este siglo XXI suene antiptico, hay que sealar sin pelos en la lengua que si la lgica del multiculturalismo es llevada hasta sus ltimas consecuencias (aceptacin acrtica de todas y cada una de las manifestaciones culturales que existen en el mundo, sin ningn criterio metatnico de discernimiento racional, a contramano de los ideales ticos universales del humanismo secular), muchas violaciones de derechos humanos quedaran avaladas, ya que esas violaciones se inscriben en antiguas culturas que las dotan profusamente de significacin y sentido, y que las vuelven no slo legtimas, sino incluso necesarias y obligatorias. El racismo blanco en el Sur de EE.UU. y en las comunidades bers de Sudfrica tiene profundas races histrico-culturales en el mito bblico de la maldicin de Can; el antisemitismo abreva en un manantial lleno de antiguas creencias pseudojustificatorias (el estigma neotestamentario del deicidio, los libelos de sangre, los apcrifos Protocolos de los sabios de Sin, etc.); en Nigeria, la organizacin terrorista Boko Haram ha asesinado o reducido a esclavitud sexual a centenares de preadolescentes y adolescentes mujeres en nombre de Al por concurrir a la escuela; en Camern, las nias que entran a la pubertad sufren el planchado de senos; en Pakistn, los varones acostumbran desfigurar con cido sulfrico el rostro de las jvenes que rechazaron casarse con ellos; etc. etc.

Si nos remontamos atrs en el tiempo, constatamos lo mismo: la Inquisicin espaola tortur y ejecut a un sinnmero de herejes y apstatas en nombre de sofisticadsimas razones teolgicas; en Mesoamrica, los aztecas sacrificaban miles de vidas humanas al ao movilizados por su compleja cosmovisin (mito del Nahui Ollin o Quinto Sol); durante la Segunda Guerra Mundial, los japoneses invadieron numerosos pases de Asia y Oceana en cumplimiento de sagrados deberes para con su Tennō o soberano celestial; en Camboya, los jemeres rojos llevaron a cabo un genocidio de enormes proporciones movidos por su peculiar ideologa nacionalista En sntesis, toda prctica social, independientemente de la opinin o valoracin moral que tengamos de ella, se inscribe en un contexto cultural que la explica acabadamente, que la hace perfectamente inteligible, que la dota de significacin y sentido. Todas las violaciones de derechos humanos socialmente aceptadas pueden ser objeto de una thick description o descripcin densa (Clifford Geertz) que las vuelva completamente difanas, lgicas y previsibles desde una perspectiva historiogrfica o etnogrfica emic (Marvin Harris), es decir, asumiendo el punto de vista del propio agente individual o colectivo que las perpetra. La segregacin racial, la discriminacin sexista, la intolerancia religiosa, la criminalizacin del aborto inducido y otras prcticas conculcatorias nunca acontecen en un vaco ideolgico. Siempre hay semiosis en ellas.

Ahora bien: el imperativo tico-intelectual de comprender profundamente la alteridad en sus propios trminos axiolgicos no implica necesariamente su aceptacin in totum, su convalidacin en bloque. El respeto de la diversidad cultural no debe ser un cheque en blanco. El multiculturalismo debiera operar dentro de los lmites que impone la necesidad de garantizar la vigencia irrestricta de los derechos humanos. Al menos para quien escribe estas lneas, ese desideratum tico ecumnico de raigambre iluminista resulta irrenunciable.

Admito que justificar desde la teora la universalidad e inalienabilidad de los derechos humanos, y, ms an, consensuar en la praxis su contenido y alcances precisos, resulta una tarea extremadamente compleja, espinosa y problemtica, habida cuenta la diversidad tnico-cultural de la humanidad, la pluralidad de cosmovisiones. Ms an en esta era posmoderna signada por el giro lingstico, las modas intelectuales subjetivistas y relativistas, la difusin de los estudios poscoloniales y el auge del pensamiento decolonial.

Vivimos en tiempos donde la razn se halla bajo la permanente sospecha de eurocentrismo, donde muchos la ven como un mero constructo ideolgico del Occidente imperialista y no como una cualidad universal del gnero humano. Ya no slo se cuestiona el uso eurocntrico y colonial de la razn cuestionamiento que comparto, sino la razn misma, o al menos la razn basada en los principios de la lgica formal clsica, una posicin extremista que considero equivocada, aunque no es este el mbito para discutirlo.

En este misolgico clima de poca, donde tanto campea la desconfianza hacia todo lo que huela a occidental, el hecho objetivo de que la tica y la juridicidad de los derechos humanos hayan tenido su gnesis histrica en el Occidente moderno, constituye un serio problema. No seran ellas tambin, acaso, una invencin cultural eurocntrica? Muchos intelectuales ya se han hecho esta pregunta, y algunos de ellos, con sinceridad y sin abrigar segundas intenciones, le han dado una respuesta afirmativa, a veces sin reparar del todo en las delicadas consecuencias prcticas que podra tener su escepticismo.

Lo trgico del asunto es que muchos regmenes y movimientos reaccionarios del mundo ya se han hecho eco de esa respuesta. En los pases islmicos ms ortodoxos, por ej., quienes defienden la inferioridad de la mujer y su sumisin al varn, su relegamiento al mbito domstico y tambin su lapidacin en caso de adulterio algunos de ellos formados intelectualmente en universidades de Europa y EE.UU., alegan que los reclamos feministas de igualdad y libertad son meros sntomas de una cultura occidental decadente y prepotente, corrompida por el atesmo e incapaz de comprender y respetar a las otras culturas.

Para algunos, la fundamentacin iusnaturalista de los derechos humanos sigue siendo vlida, satisfactoria. No es mi caso. No creo que los derechos humanos estn objetivamente dados. Representan una aspiracin de orden tico que trasciende la esfera de la naturaleza. Es cierto que la ciencia ha demostrado que los seres humanos, ms all de sus diferencias fenotpicas, son esencialmente iguales en su configuracin biolgica. Pero de eso no se deduce necesariamente que deban serlo en sus relaciones sociales. Personalmente, desde mis premisas filosficas, opino que deberan serlo. Pero soy consciente de que se trata de un juicio de valor subjetivo que est ms all del conocimiento cientfico. El iusnaturalismo, por muy noble que sea su intencin de dotar a los derechos humanos de un fundamento racional slido, de una axiologa inapelable, adolece de la fragilidad inherente a toda peticin de principio.

El problema resulta apasionante, sin duda. Y reviste una importancia inmensa, tanto en la teora como en la prctica. Pero es extremadamente complejo, y su abordaje excede ampliamente el propsito de este artculo, de modo que nada ms agregar al respecto.

Lo que est claro es que el multiculturalismo es un arma de doble filo, una postura filosfica con luces y sombras, bondades y riesgos. Por eso digo: seamos todo lo multiculturalistas que queramos, siempre y cuando ello no suponga un vale todo en trminos de convivencia humana.

Pero no hay acaso un objetivo de mnima a corto plazo? S lo hay: empezar de a poco a repensar el concepto de multiculturalismo no slo a la luz de las realidades ms idlicas y simpticas como la diversidad tnica de idiomas, gustos culinarios, gneros musicales, estilos arquitectnicos y tradiciones artesanales, sino tambin a la luz de las realidades ms oscuras y complicadas. Urge dejar de lado la mirada ingenua y complaciente del turista embelesado con las manifestaciones buclicas e inocuas de la multiculturalidad, y aguzar el ojo crtico para percibir aquellas otras que entraan violencia material o simblica, como la prostitucin, el rgimen de castas, la trata de personas y el abuso sexual infantil. No hacerlo sera incurrir en la falacia de muestra sesgada (tomar en consideracin nicamente los casos que nos resultan favorables, dejando de lado aquellos otros que contradicen nuestros aprioris).

En sntesis, hay que tener mucho cuidado con los cantos de sirena de ciertos sectores populistas e indigenistas que reivindican acrticamente (in totum) la religiosidad catlica popular latinoamericana y la religiosidad ancestral de los pueblos originarios frente a un laicismo pretendidamente eurocntrico, elitista y opresivo, pues no todo es color rosa en dichas cosmovisiones, ni todo color negro en la cultura occidental. Toda vez que las prcticas culturales atvicas entren en contradiccin con los derechos humanos, los criterios del humanismo secular debieran tener, a mi modo de ver, prevalencia sobre los del multiculturalismo.


Fuente original: https://laicismo.org/2015/01/multiculturalismo-laicidad-y-derechos-humanos/



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