Portada :: EE.UU.
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 17-12-2005

Bush y Napolen

Ramn Chao
La Voz de Galicia


UN DA entre los das en los que preparaba la segunda parte de la biografa de la inabordable Carolina Otero, fui a la Biblioteca Nacional de Francia, que frecuento dos o tres veces por semana, para deleitarme con los amoros de nuestra Egeria y el zar Nicols II de todas las Rusias. Encontr por casualidad una pila de libros que me intrigaron. Ya me interes el primero del montn por su ttulo, sus caracteres anticuados y la fecha de su publicacin (1812). Trata de la campaa napolenica en Espaa.

Inmediatamente me sumerg en su lectura, sorprendido y cautivado por la nobleza de su tono y la semejanza de los hechos tan pretritos con la actualidad de este 2005, en el que vemos al imperialismo norteamericano estancado en Irak, como Napolen en Espaa.

Como muestra les ofrezco un fragmento del prlogo: Nos atrevemos a vaticinar que esta guerra sacrlega que inici Napolen se volver contra l. Los gobiernos europeos se darn cuenta de sus proyectos devastadores, y los pueblos, reunidos unnimemente, formularn un solo deseo, el de su destruccin.

Sin duda, algn estudioso distrado haba dejado esos libros encima de la mesa, sin depositarlos en las estanteras adecuadas, con lo que me hizo un gran favor.

Sin ningn remordimiento decid abandonar por el momento a mi querida Otero, pero muy decidido a volver con ella cuando en un buen artculo, o en un libro, pueda explicar con claridad las razones que condujeron al emperador francs a empantanarse en la pennsula Ibrica.

Segu leyendo, y la descripcin que hace el autor no difiere en absoluto de que lo que puede decir hoy un Ignacio Ramonet, digo por nombrar a una autoridad:

Buen nmero de personas ilustradas, y sobre todo un gran hombre de Estado, haban previsto que el proyecto de invasin de Espaa habra de iniciar la decadencia del gran imperio de Napolen. Cuantos ms elementos heterogneos aada a su imperio, tanto ms tendan a desmoronarse en su pedestal de arcilla las diferentes partes de este coloso. Pero tal era el influjo que un solo hombre haba adquirido en el destino del mundo que, arrastrados por su marcha vertiginosa, y asombrados -mejor dicho, pasmados por sus xitos cada vez ms prodigiosos-, los pueblos slo esperaban su liberacin del tiempo y de la providencia. Sin embargo, y as es el destino de todos los conquistadores, la gloria que ganan con el infortunio de los pueblos conlleva el germen de su destruccin. ste, en particular, estaba condenado a ver sus estatuas demolidas, y denigrado su nombre, incluso durante su vida. Cromwell ocup hasta la muerte el trono que haba usurpado. Demasiado cobarde para morir como los valientes, como l mismo confiesa, Napolen en su exilio parece consolarse de su cada, e incluso saciarse, leyendo los juicios que en caracteres sangrientos emiten sobre l sus contemporneos, y que los tiempos venideros heredarn.

Bonaparte crea que despreciando a la especie humana la gente se olvidara de la humildad de sus orgenes; pero ese desprecio provocaba cada vez ms odio, y aunque se hubiese aliado con la sangre ms ilustre (suceso inesperado que hubiera debido purificar todo su ser), el noble prestigio del honor y de la verdadera gloria no apareca en ninguno de sus actos. Jams pudieron crecer en su alma los sentimientos de verdad y de justicia; y Dios, que como un flagelo lo haba trado a la tierra, quiso que l mismo fuese el artfice de su perdicin. Por ello, cuanto ms fulminantes eran los progresos de Napolen hacia la monarqua universal, ms inmediata estaba su cada.

Como se dice en las novelas verdicas, cualquier parecido con un personaje real es pura coincidencia.


Envía esta noticia
Compartir esta noticia: delicious  digg  meneame twitter