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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 20-06-2018

Desde la Segunda Guerra Mundial nunca haba habido tantos cadveres insepultos en Europa
Nuestra Antgona

Santiago Alba Rico
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Nuestros Polinices y Palinuros, asiticos o africanos, mueren ahogados lejos de casa. Nuestras Antgonas, de todas las naciones, reclaman el derecho de los vivos y de los muertos a un cuerpo y a una polis


En su enorme e imprescindible Antgonas, de 1991, el crtico estadounidense George Steiner trataba de explicar la vitalidad de la obra de Sfocles, cuyas metstasis cubren por completo, y renuevan sin cesar, la historia de la cultura occidental. La conclusin de Steiner es que el enfrentamiento entre la hija de Edipo y su to Creonte integra los cinco conflictos que definen la condicin humana. Hay otras grandes obras no s, Hamlet, Fausto, Medea, D. Quijote que dramatizan dos o tres, o incluso cuatro, de estos conflictos, pero slo Antgona los trenza todos y, sin resolverlos, los pone una y otra vez en escena. Cules son? Estos cinco: entre hombre y mujer, entre jvenes y viejos, entre individuo y sociedad, entre vivos y muertos, entre humanos y dioses.

Alguien dir apuntemos de paso que Steiner se olvida del conflicto que para un marxista da sentido a todos los dems: el conflicto de clase. Un marxista heterodoxo podra justificar este olvido de una de estas dos maneras. La primera incluyendo el conflicto de clase, sin olvidar su desbordante permeabilidad, en el conflicto entre el individuo y la sociedad. La otra, ms drstica y quizs ms atinada, recordando que el conflicto de clase no preside ni determina la condicin humana sino slo la historia humana y que el riesgo de confundir ambas puede afectar radicalmente a nuestra relacin con la literatura. No es que la opacidad conflictiva de la condicin humana en su versin dramatizada no tamice, e ilumine al trasluz, los avatares y contratiempos de la lucha de clases, pero conocemos sobradamente los peligros de querer volcar literariamente la una en la otra. Si podemos conocer algo de la historia humana a travs de Balzac, de Dostoievski o de Dickens (no digamos de la poesa de Pound o de Lorca) es porque no se ocuparon directamente de ella; cada vez que el marxismo (o cualquier otra doctrina explicativa general a partir de una sedicente contradiccin principal) ha querido imponer la historia humana a sus escritores y artistas, no slo ha empobrecido la literatura y el arte sino que, por eso mismo, nos ha dejado sin un recurso imprescindible para conocer la propia historia humana. Nos puede cabrear que Sfocles no nos hablara de la oligarqua ateniense que explotaba precisamente el teatro para legitimar su dominio, pero que haya que buscarla y se la encuentre tambin en el relato de una joven que se enfrenta a un rey para poder enterrar a su hermano revela hasta qu punto condicin humana e historia humana no coinciden; hasta qu punto mantienen y mantendrn siempre su proximidad asntota, sin disolverse jams la una en la otra, al menos justamente mientras sigamos siendo histricos; mientras no seamos ngeles desnudos o razones puras sin calcetines ni zapatos ni pies de barro. O por decirlo de otro modo: no podemos conocer de verdad el mundo sino a travs de la belleza que es bsicamente opacidad y, por lo tanto, tragedia. Y no podemos transformarlo para mejor el mundo sin conocimiento y sin verdad.

Volvamos, en todo caso, a Steiner y a sus cinco conflictos, fuente de la actualidad permanente de Antgona, y metrn tambin, aadira yo, del estado del mundo. Cmo saber si progresa o retrocede la civilizacin? Por la respuesta que, en cada momento de la historia, cada sociedad concreta da a cada uno de estos conflictos, para los que, de cualquier manera, nunca habr una solucin definitiva. No deberamos soar siquiera con resolver la condicin humana, y no slo porque nos importa conservar el arte y la poesa sino para conservar asimismo nuestras ganas de compartir la mesa, la cama y la hierba con otros humanos; nuestras ganas de trabajar en la historia; nuestras ganas de rebelarnos, al mismo tiempo, contra toda injusticia y contra toda solucin definitiva; para conservar, en suma, junto al derecho a las condiciones materiales y colectivas de la felicidad, nuestro inalienable derecho a la infelicidad individual. No deberamos soar con resolver estos cinco conflictos nucleares, apenas rebajables, en el mejor de los casos, al antagonismo de una negociacin permanente. Lo que a travs de ellos s podemos hacer es medir el estado de la civilizacin; la mayor o menor proximidad es decir al incierto y provisional armisticio al que cabe modestamente aspirar.

Cul es el estado del mundo hoy?

No me centrar sino en uno de estos conflictos porque es el menos evidente: la relacin entre los vivos y los muertos. La cuestin de gnero, las libertades pblicas, el conflicto generacional, revelan un mundo ms bien maltrecho; en cuanto a los dioses, hace tiempo que abandonaron la polis a merced de estructuras, procesos y protocolos. Pero, qu pasa con los muertos? Qu dicen nuestros muertos?

Antgona, se recordar, quera enterrar el cadver de su hermano Polinice, pasto de las bestias en virtud de un decreto del tirano Creonte; y para ello invocaba leyes ms antiguas y ms universales que las de los gobiernos. Como sabemos los muertos, en su extraa, ambigua y desazonante condicin de ex-vivos, se sitan en el lmite de la experiencia social, desde donde reclaman atencin. El descubrimiento del fuego con la cocina y la cermica como umbrales de la cultura humana asoci la humanizacin misma, y la cuestin de la civilizacin, a la pregunta: qu hacemos con los muertos? Inhumados o incinerados, la preocupacin era, sobre todo, la de prolongar su humanidad pasiva salvndolos de la voracidad de los depredadores. El cuerpo abandonado y desatendido, ya incapaz de defenderse por s mismo, era un cuerpo superviviente, devuelto a la naturaleza en inferioridad de condiciones como presa y no como cazador, en una vuelta al pasado pre-prometeico de todo punto imperdonable. Un muerto slo sigue siendo humano si est realmente muerto; si los vivos pueden asegurarse de que, ya sin vida, al ex-vivo no le sobrevive un cuerpo inerme que se pueden comer los perros, como ocurra antes del descubrimiento del fuego. Completamente muerto y a salvo de fauces y garras, el difunto mantiene as su estado civil en una nueva polis subterrnea, desde la que se comunica serenamente con los vivos. Un cadver es literalmente un cuerpo superviviente sin patria y sin amigos, privado de comunidad, que no puede transmitir tradicin nada a los vivos, salvo angustia y culpabilidad: un fantasma. En el mundo antiguo pensemos en las negociaciones para recuperar los cadveres de Patroclo y de Hctor en la Iliada la obsesin por localizar, reapropiarse y proteger los cuerpos de los muertos es inseparable de la estabilidad del orden social; y del derecho a seguir viviendo y comiendo y gozando sin necesidad de pedir perdn. La impiedad con los vivos puede llevar a la guerra, es verdad, pero si la guerra no muestra al menos piedad con los muertos no hay ninguna posibilidad luego de restaurar la paz y con ella la civilizacin. Esta es una ley ms antigua y ms universal que las de los gobiernos; y los gobiernos que no la cumplen se sitan sin ms fuera del mbito civilizado.

Espaa, lo sabemos, es desde hace 80 aos un pas poblado de fantasmas y an por civilizar: miles de muertos, privados de estado civil en las cunetas, se mantienen extramuros de la polis comn. Pero el mundo entero es una Espaa a gran escala. Pensemos en la historia de Palinuro, piloto de la nave de Eneas, el fundador mtico de Italia, segn el relato de Virgilio. En cumplimiento de una profeca yacers en olvidada arena, mientras navegaba de frica a Europa, Palinuro fue arrebatado del timn por una ola y arrojado al mar, cuyas corrientes lo arrastaron, ya muerto, a una playa solitaria. All qued, perdido para siempre, indefenso e incivil, hasta el punto de que, ilocalizable su cuerpo, su alma permaneci castigada en el Hades sin que la intercesin del propio Eneas, de visita a los infiernos, sirviera para aliviar su dolor. Pues bien, el infeliz Palinuro se ha convertido hoy en el patrn oficioso y ominoso del Mediterrneo.

Hace quince aos, en el prlogo a uno de mis libros, relataba yo la historia de Portopalo, un pueblecito pesquero de Sicilia frente a cuyas costas se haba producido en 1996 el mayor naufragio en Europa desde 1945: 283 inmigrantes, procedentes de Sri Lanka y Pakistn, murieron ahogados la vspera de Navidad sin que nadie les prestara socorro. El caso es que luego, durante meses, los pescadores de Portopalo estuvieron sacando en sus redes, junto a los sargos y las sardinas, despojos y restos humanos, orgnicos o indumentarios, que devolvan a las aguas sin decir nada, temerosos de perder una jornada laboral, en un momento de crisis, con trmites administrativos y protocolos policiales. Recogan, por as decirlo, el cadver ahogado de Palinuro que se llamaba, por ejemplo, Apalagan Ganeshu y lo devolvan una y otra vez al mar (a su olvidada arena). Una y otra vez. Yo entonces me serva de la historia de Portopalo y sus pescadores impos buena gente achuchada por un oficio muy duro como metfora precisa e implacable de un rgimen que produce cadveres y de una sociedad que los devuelve ininterrumpidamente al mar.

Esa es la respuesta que da nuestra sociedad al conflicto ancestral entre los vivos y los muertos. Desde 1992 se ha repetido muchas veces en el Mediterrneo, ampliado y agravado, el mayor naufragio de Europa desde la segunda Guerra Mundial: el 3 de octubre de 2013, por ejemplo, frente a Lampedusa, murieron 336 inmigrantes, el 4 de abril de 2015 ms de 700 a doscientas millas de las costas de Libia. Entre 1993 y 2013 se ahogaron 20.000 palinuros, con sus propios nombres, cruzando de frica a Europa. Slo en 2016 fueron 5.000. En 2017 fueron 3.000; y 400 en los dos primeros meses de 2018. Cuntos ms yacern en olvidado abismo, en olvidadiza arena, sin nombre ni registro? Desde la Segunda Guerra Mundial nunca haba habido en Europa tantos cadveres insepultos. Esa es la respuesta que da nuestra sociedad, s, al conflicto ancestral entre los vivos y los muertos. Y cabra preguntarse: la atraccin fatal del gnero zombi en nuestros cines, no ser una expresin de culpabilidad xenfoba? No revelar nuestro temor a que esos miles de muertos, expuestos a los depredadores marinos, indefensos e inciviles, salgan del agua y vengan a pedirnos cuentas? Vengan a reclamarnos una polis?

Nuestros Polinices y Palinuros, asiticos o africanos, mueren ahogados lejos de casa. Nuestras Antgonas, de todas las naciones, reclaman el derecho de los vivos y de los muertos a un cuerpo y a una polis. Nuestros Creontes, europeos o aliados, impiden su salvamento o persiguen a los socorristas. Este conflicto entre vivos y muertos cubre en realidad todos los otros conflictos: entre cuidadores y descuidados, entre jvenes brbaros y griegos seniles, entre individuos aventureros y sociedades fosilizadas, entre el imperio de la ley universal y la servidumbre a los intereses y temores particulares. Tambin cmo no el conflicto histrico entre pobres y ricos.

Desde la Segunda Guerra Mundial nunca haba habido, no, tantos cadveres insepultos en Europa. Ese es el estado del mundo. Ese es el estado de nuestra civilizacin. Los fantasmas siempre regresan.

Santiago Alba Rico es filsofo y escritor. Nacido en 1960 en Madrid, vive desde hace cerca de dos dcadas en Tnez, donde ha desarrollado gran parte de su obra. El ltimo de sus libros se titula Ser o no ser (un cuerpo).

@SantiagoAlbaR

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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