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(defendiendo el libre mercado)
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 27-06-2018

Primero les abrimos las puertas, luego los abandonamos y practicamos la segregacin y el apartheid

Javier Cortines
Rebelin


He visto que en muchas partes de Espaa (fenmeno que se repite en toda Europa, son clebres los guetos de los arrabales de Pars) se practica la segregacin y el apartheid con los migrantes que huyen de la guerra y la muerte creyendo que van a encontrar el paraso en el viejo continente.

Aqu en Cartagena (ciudad mediterrnea donde vivo y escribo), desde que se empezaron a instalar musulmanes y negros en un barrio del casco antiguo (antao seorial) los locales malvendieron sus viviendas (los precios caan en picado por los nuevos vecinos) y se marcharon al otro extremo de la urbe, a una zona habitada mayormente por blancos.

En mayo viaj a Madrid (donde he residido dcadas) para estar con un viejo amigo (refugiado sirio) y casi todos los das vea a manteros negros (vendedores ambulantes) corriendo por la Gran Va o por las callejuelas adyacentes a la Plaza Mayor, cuando les persegua la Polica.

En Torrejn (pueblo de Madrid) reside otro viejo amigo mo, un hombre de Guinea Ecuatorial (exiliado poltico). All hay varios edificios donde slo viven negros. Los blancos han huido como alma que lleva el diablo. Da la impresin de que el valor de los seres humanos depende de su denominacin de origen, pues el mercado lo impregna todo, desde la superficie al subsuelo.

En Cartagena voy de vez en cuando a un bar de un barrio obrero a ver algn partido de ftbol. En ese local se renen musulmanes y negros, quienes comparten mesa con gente blanca sin casta. All los congregados gozan o se lamentan cuando sus estrellas dan en la diana o fallan. En esos metros cuadrados no hay banderas ni patrias. Tambin desaparecen las religiones y Dios toma la forma de baln, smbolo del azar que rige el mundo.

En las escalas ms bajas de la sociedad, donde siempre hay un hueco para los que llegaron tatuados por las concertinas o con los pulmones ahogados en agua marina, la gente comparte los mismos problemas (necesidades bsicas) y sabe, con un quinto sentido, quin miente en el Ministerio de la Verdad y quien lleva la mscara que exige la circunstancia.

En ese sentido la Biblia tena razn cuando deca que los hambrientos os darn de comer, los desnudos os vestirn.

Quizs a ese colectivo hay que aadir una minora transversal de nuestra ciudadana y una parte importante de la juventud, ms bien de izquierdas, (vivimos tiempos inciertos, pero de un despertar de las conciencias) que desean de verdad no de boquilla acoger a los inmigrantes y trabajar en proyectos realistas que permitan su integracin gradual en la sociedad.

No hay mucha diferencia entre los falsos buenos y los samaritanos que, primero abren las puertas a los que huyen del horror, y luego se desentienden de su futuro y les dejan en manos de la Providencia, es decir del cuidado amoroso que Dios tiene a todas las cosas y, especialmente, a los hombres (segn nos enseaban en clase de religin).

Los tiempos de la Postverdad, que empezaron hace unos diez mil aos, siempre convivieron con las mascaradas del Gran Teatro del Mundo, ese lugar donde el pueblo deposita sus esperanzas en sus hroes, cuyo destino es acabar en museos de cera.

La integracin social de los inmigrantes no slo es tarea del Gobierno y las instituciones, sino tambin - y esto es lo ms importante- de todos los ciudadanos y ciudadanas; de nuestro comportamiento, gestos y actitud diaria con "el otro". Sin un cambio de mentalidad, que llegue a todos y a todas, solo habremos "blanqueado el racismo y la xenofobia".

Si piensas que los encumbrados van a arreglar las cosas, -mientras permaneces con los brazos cruzados-, es que no has entendido el ADN de las bestias que nos dominan.

Blog del autor: http://www.nilo-homerico.es/

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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