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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 27-06-2018

Pobres: del bienestar a la caridad
La gestin neoliberal de la pobreza

Paco Roda
CTXT

Como recuerda Mark Fisher, la narrativa teraputica de la autorresponsabilidad heroica es el ltimo recurso personal en un mundo en el que las instituciones ya no garantizan seguridad alguna


1. Los datos de la vergenza

La marca Espaa tiene su contraportada. Una lista llena de nmeros rojos. Son los nmeros ms vergonzantes que un Estado que alardea de social pueda presentar. Quizs por eso se obvian, se maquillan, se ignoran o incluso se banalizan. Pero estn ah. Son los nmeros de la pobreza, la exclusin, el paro, la tasa de proteccin por desempleo, la pobreza infantil o la calidad de sus Servicios Sociales. Estos nmeros bailan al comps de una crisis que se iniciara en 2008 y cuyo final algunos certifican, mientras otros, los muchos, continan padeciendo. Y son esos nmeros los que desafan los discursos hegemnicos de la clase poltica gobernante y el establishment meditico. Y es que en Espaa malviven 10,2 millones de personas con una renta por debajo del umbral de la pobreza. Eso representa una tasa de pobreza del 22,3%. Solo Rumania y Bulgaria son ms pobres. Espaa padece una epidemia de paro que llega al 18,9%. Casi tres millones de personas viven con 11,4 euros al da. Como en Angola y Bielorrusia. Ms del 60% de la poblacin espaola tiene dificultades para llegar a fin de mes y solo el 54% de quienes se apuntan al paro perciben algn tipo de ingreso por desempleo. La renta del empleo empeora, es decir se trabaja ms desde el 2012, de hecho, los beneficios empresariales se han disparado desde entonces hasta el 200,7%, pero el coste salarial apenas ha aumentado un 0,6%. Y las mujeres se llevan la peor parte, ya que suponen el 58% de las personas que se encuentran en situacin de vulnerabilidad. Siete de cada diez personas que reciben los salarios ms bajos son mujeres. Ellas cobran hasta un 14% menos que los hombres. Y tambin la juventud que logra acceder a un empleo comprueba cmo su sueldo anual es un 33% inferior respecto al de 2008.

Estos datos, por si solos, no dicen nada. Se han banalizado. Pero son arte y parte de una estrategia, de una gobernanza y de una poltica austericida iniciada en 2008 que se activ como consecuencia de una crisis mundial autogenerada con la intencin de inaugurar una nueva manera de gobernar y gestionar el mundo.

2. El discurso neoliberal de la pobreza

Ser pobre hoy tiene un alto precio personal que se paga muy caro en el mercado del estigma asignado. Ser precario o precaria, trabajadora pobre o excluido del circuito del consumo y la normalizacin social no es solo una situacin vivida y padecida, es tambin una realidad interpretada y etiquetada por el poder, que se encarga de disear dispositivos ideolgicos y argumentales para hacer digerible y amable el discurso en torno a la pobreza y la exclusin.

Y es que no solo la crisis ha cambiado o reformulado el discurso sobre la pobreza, el desempleo, la precariedad o la exclusin social. No solo han cambiado sus ecos y sus resonancias sociales. Tambin el discurso poltico y econmico, que justifica la crisis y la reproduce, ha creado un nuevo sujeto social perfectamente adaptado a esta nueva situacin. Un sujeto que, adems de padecer una grave crisis de individualidad, ahora se autoinculpa de su situacin personal y social. Ahora este sujeto tiene una nocin de s mismo y de su experiencia vital moralmente reprochable. Obsrvese al desempleado o el usuario de los servicios sociales que acude a stos para solicitar un subsidio o prestacin econmica. No slo evidencia una situacin de precariedad o exclusin social, consecuencia de una estructura social desigual que raramente es observada o identificada por los profesionales que le atienden; incorpora adems un juicio moral sobre s mismo y as es evaluado. La crisis econmica ha agudizado la individualizacin de las conductas hasta el paroxismo, pero no como un profilctico ante la misma al estilo slvese quien pueda, que tambin, sino como herramienta del poder. Y esto tiene que ver con el concepto denominado gobierno de las voluntades que vendra a ser algo as como las prcticas y los discursos centrados en el control de las conductas y los pensamientos de la gente con el objeto de conseguir que la propia ocupacin y la propia manera de estar en el mundo y enfrentar la realidad, por dura que sea, refuerce el control del Estado, exculpe a ste de toda responsabilidad y justifique la inviabilidad natural de alterar el orden de las cosas. Como bien recuerda Mark Fisher, la narrativa teraputica de la autorresponsabilidad heroica es el ltimo recurso personal en un mundo en el que las instituciones ya no garantizan seguridad alguna.

3. Polticas sociales y neoliberalismo: de la proteccin al castigo

Dos grandes tericos europeos nos ayudan a interpretar estas derivas, a encontrarle sentido a esta nueva gobernanza y autogobernanza ante la adversidad. Por un lado, Loc Wacquant con su obra Castigar a los pobres incide en un nuevo gobierno de inseguridad social encaminado a modificar los desajustes sociales provocados por la desregularizacin de la crisis econmica y la reconversin del bienestar. Por otro lado, Maurizio Lazzarato en La fbrica del hombre endeudado, reclama que la deuda sirve para disciplinar a las personas, pues no se trata slo de un problema contable, sino que tiene una dimensin ms profunda, en la que convergen elementos morales, polticos y estratgicos.

Y es que el neoliberalismo no es solo una ideologa asptica o un sistema segregatorio de acumulacin del capital; es una herramienta de dominacin y de autodominacin personal y social. Porque el actual capitalismo es una picadora de carne que no sera nada sin nuestra activa colaboracin. Y para ello se han articulado estrategias que transversalizan todos los sistemas sociales, econmicos, culturales o polticos. Nos detendremos en los sistemas de proteccin social. Y es que desde hace tiempo las polticas pblicas patologizan e individualizan aquellas biografas, itinerarios o sucesos que escapan a los procesos de normativizacin y normalizacin social. El sistema de salud y el de los servicios sociales victimizan los procesos personales haciendo creer al sujeto que l es el culpable de su situacin. Reconversiones, paro de larga intensidad, precariedad laboral, exclusin social, pobreza endmica, divorcios, estrs, ansiedad, se envuelven en nuevas categoras gnoseolgicas que explican los nuevos problemas sociales, problemas por otra parte absolutamente despolitizados en su origen, anlisis y significado. Por ejemplo, los Servicios Sociales han inventado herramientas de normativizacin social como la Bsqueda Activa de Empleo, los acuerdos de incorporacin, el itinerario de insercin y otras lindezas tcnico-burocrticas, descontextualizadas de la realidad social en las que los sujetos victimizados y desautorizados se ven obligados a desprenderse de su protagonismo histrico. Ya no interesan las causas que han generado esas biografas de la pobreza, el abandono o la desesperacin, como si los sujetos hubiesen elegido su propia miseria. Nada se opina sobre las condiciones y relaciones laborales, sociales, familiares, patriarcales, sexistas o de dominacin. Nada sobre la inseguridad, las infraviviendas, los salarios parciales, los talleres ilegales y las mltiples formas de explotacin invisible. Nada. Como si slo nos interesara asistencializar a quienes van a la deriva, a quienes no asimilan su naufragio voluntario.

4. Gestin de la pobreza: la redencin del pobre

Mientras la clase corrupta sale inmune de sus tropelas, los pobres se ven obligados a sentarse a diario ante el tribunal del Santo Estigma. Y no es una exageracin. Una especie de culpabilizacin colectiva les obliga a rendir cuentas por su propia pobreza. A ser investigados por cobrar los que cobran, por percibir las ayudas que reciben: paro, subsidios de todo tipo y rentas garantizadas o rentas de insercin. A decir donde estn, donde viven, con quin, donde estn empadronados, si viajan o no, si salen del pas o no, si se casan, se juntan o si les toca la lotera. En definitiva, un control de la propia subjetividad que ya anunciara Foucault el siglo pasado. La pobreza tambin tiene su propia gestin neoliberal. Una gestin que recorre de forma transversal casi todos los dispositivos de los sistemas de proteccin social, especialmente los de Empleo y Servicios Sociales.

Porque es aqu, en la cola del paro, en la ventanilla del desempleo o en las oficinas de los Servicios Sociales y en sus dispositivos de acompaamiento, acogida, orientacin y prestacin de ayudas econmicas donde se han implementado dinmicas neoliberales de atencin y control de la ciudadana. Control que se realiza a travs de herramientas formativas, de acompaamiento o enmarcadas en las denominadas polticas de activacin y la autogobernanza amparada por el falso mito de la autonoma personal o la ilusoria empleabilidad. Muchos trabajadores pobres, precarios y precarias, subsidiados y desempleadas recorren las oficinas del SEPE y cuando no reciben ayuda aqu hay que recordar que 1.200.000 parados no perciben ninguna prestacin acaban en los Servicios Sociales demandando Renta Garantizada. Uno de los principales dispositivos de lucha contra la exclusin social son los programas de Rentas Mnimas de Insercin cuyos destinatarios son personas con ingresos por debajo del umbral de la pobreza, trabajadores y trabajadoras pobres. Estos programas contienen dos elementos: un ingreso econmico mensual que vara en funcin de cada Comunidad Autnoma y un Itinerario Personalizado de Incorporacin Social, ttulo rumboso donde los haya para denominar un contrato entre la administracin pblica y la persona beneficiaria donde se pactan una serie de acciones para favorecer la supuesta insercin social a cambio de la prestacin recibida. Y en estas prcticas es donde las tecnologas del yo hacen su aparicin en forma de herramientas de control y dinamizacin neoliberal basadas en la pedagoga del dficit. Ese ese sujeto intervenido es considerado hurfano de habilidades, actitudes, aptitudes o capacidades socio personales para enfrentarse a la adversidad de su existencia. Y as nos inventamos, al amparo de directrices europeas, una serie de dinmicas que intercambiamos desde los servicios de empleo y servicios sociales con la ciudadana ms precaria. Pero nada de hablar de la estructura econmica que ha generado esa desigualdad y esa exclusin del empleo. De lo que se trata es de activar herramientas que responsabilicen al sujeto, que asuma su propio desclasamiento interior y lo reactive a travs de tecnologas redentoras.

La formacin se configura, as, como un mito, un estadio al que llegar. Sin formacin no hay paraso, aunque el paraso ya no exista. Y es que en los distintos programas de activacin para el empleo destinados a la poblacin desempleada y a la poblacin que est protocolizada y monitorizada por los Servicios Sociales, la formacin acta como motor de cambio. Y esto es lo que se vende a los pobres y desempleados como productos de salvacin: cursos de formacin pre laboral, de formacin profesional, cursos para elaborar un currculum o cmo abordar una entrevista de trabajo, aunque sea precario, o la bsqueda activa de empleo, como si los sujetos estuvieran infantilizados para tal fin, o de habilidades sociales, personales y actitudinales. O incluso para mejorar la autoestima, cuando la autoestima no se mejora si no es con un empleo digno y una resocializacin igualitaria, o de habilidades sociales, como si una no las hubiera demostrado antes para soportar esa pobreza o precariedad que padece. Y el colmo es la oferta de los cursos de inteligencia emocional entendidos como recurso reparador y redentor de nuestra situacin, como si los culpables del desempleo fueran fuerzas internas que haya que gestionar emocionalmente pero no polticamente.

5. Sobredosis de solidaridad social que no repara el dficit de igualdad

Frente al descalabro de los sistemas pblicos de proteccin social, frente a la saa de los recortes en los principales seguros vitales que nos han proporcionado ms o menos seguridad ante la adversidad, frente al acoso y derribo de lo pblico como estructura de proteccin; no pocos colectivos civiles y religiosos, oenegs, entidades privadas de solidaridad con y sin nimo de lucro y grupos ciudadanos de variada tipologa, han izado la bandera de la desigualdad y la pobreza como formas de solidaridad redencionista. Numerosas iniciativas sociales y de apoyo mutuo tratan de salvar a la gente de los desahucios, de la pobreza, del fro, del hambre, de los cortes de agua y luz, de la precariedad y la carencia de las necesidades ms bsicas. Prcticas todas ellas loables, de reconocida solvencia solidaria, de gran reconocimiento social, pero que sigilosamente se formalizan como desplazamientos de las formas de distribucin garantistas procedentes de los sistemas pblicos. Como si los sistemas pblicos, invisibilizados y descapitalizados, por no decir despolitizados, fueran incapaces de abordar este socavn social creado por la crisis. Y esto tiene efectos secundarios de obligada lectura. Los medios de comunicacin al servicio de la ideologa neoliberal dominante estn fabricando un discurso tras el cual ese tercer sector de carcter benfico es presentado como el nico actor posible para responder a las situaciones de emergencia, pobreza y precariedad generalizada. Y eso provoca, no ya una desconfianza en los sistemas pblicos, ultrajados como ineficaces por la ideologa neoliberal, sino algo mucho peor: su retirada simblica del imaginario colectivo como correctores de las desigualdades. De ah a aceptar la caridad bien entendida y la beneficencia intensiva como nicas posibilidades para salir de la cinaga vital, va solamente un paso: la aceptacin merecida de la prdida de ciudadana reconvertida ahora en un sucedneo de ciudadana premiada con prestaciones graciables.

Pero la cuestin de fondo es cmo esa ingente sobredosis e inflacin de solidaridad horizontal entre iguales se est convirtiendo, por accin u omisin de los sistemas pblicos de proteccin ultrajados y descapitalizados, en la estrategia dirigida e invisibilizada de la nueva gestin neoliberal de la pobreza. Porque esta instauracin de la caridad privada, la que nos sale del alma, con vocacin social y aceptada como un valor innato de la gente a pie de obra y voluntarios de todo tipo y condicin, est contribuyendo al apuntalamiento discursivo del final del estado social y democrtico de derecho. Porque esa caridad bien entendida rompe, a sabiendas o no, con el principio de igualdad vital en democracia social. Cuesta decirlo, pero en esto tambin, como dice Marta Sanz, los que creen que no forman parte del discurso dominante cada da lo apuntalan ms.

Fuente: http://ctxt.es/es/20180620/Politica/20278/paco-roda-neoliberalismo-pobreza-politicas-sociales-solidaridad-deficit-igualdad.htm



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