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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 09-07-2018

Feminismos y prostitucin: entre la abolicin, la regulacin y el reconocimiento de derechos

Sandra Milena Yez
Cubaposible


En qu momento la prostitucin se convirti en un asunto de inters para los feminismos? Por qu hoy se debate en el mundo occidental sobre si se debe prohibir o, por el contrario, se sigue permitiendo el ejercicio de la prostitucin? Cmo se conecta ese debate con las reivindicaciones de los distintos feminismos, tanto occidentales como no occidentales?

En el presente artculo proponemos una revisin (no exhaustiva) a los hechos que han dado lugar al debate actual sobre prohibir o no la prostitucin, y la postura que el feminismo llamado hegemnico, es decir, el feminismo ms visible en Occidente y que de cierta manera marca las pautas de accin de los movimientos feministas en el mundo, ha asumido al respecto.

Vale la pena aclarar que la mirada de este artculo se construye, sobre todo, desde lo que est ocurriendo hoy en Europa y Amrica latina en relacin a este tema, dejando por fuera muchas de las experiencias en otras partes del planeta.

Prostitucin, trabajo sexual y trata: aclarando conceptos

Son lo mismo la prostitucin y la trata de mujeres con fines de explotacin sexual?

Aunque la prostitucin o el intercambio de servicios sexuales por dinero o bienes entre personas adultas es un oficio tan viejo como la misma humanidad, el concepto prostitucin, utilizado en las convenciones internacionales, en los medios de comunicacin y, por supuesto, en los debates feministas contemporneos tiene apenas dos siglos, segn lo explica la investigadora Laura Agustn 1 . El mercado sexual ha existido en todas las civilizaciones, en algunas con ms restricciones que en otras y con fines muy distintos, pero solo es hasta la aparicin del concepto de prostitucin, que proviene del trmino latino prostituere , que significa literalmente exhibir para la venta, que comienza a enfocarse la atencin en una de las dos partes de la transaccin sexual, lo que ha terminado por convertir a las llamadas prostitutas (as, en femenino) en el objeto principal de observacin y anlisis hacia este mercado.

Si esto le sumamos la imposicin de un modelo sexual heteronormativo, es decir, un modelo en el que se asumen como normales o naturales nicamente las relaciones sexuales entre hombres y mujeres, vemos cmo se ha perpetuado hasta ahora, tal como lo afirma Agustn, el supuesto clsico de mujer-sexoservidora/hombre cliente 2 , aunque la experiencia demuestre que los intercambios sexuales son de todo tipo y se producen indistintamente entre hombres y mujeres heterosexuales y homosexuales y personas transgnero. Por ltimo, y no menos importante, hemos de sealar que la moral de cada sociedad ha terminado por delimitar la idea de la prostitucin, entendiendo este concepto como parte de las conductas sexuales reprochables, con lo que segn que actividades, manifestaciones o actitudes sexuales (no siempre mediadas por una transaccin econmica) pueden ser consideradas delictivas en unas sociedades y en otras no. Esto ha completado el cuadro para que no se llegue a un acuerdo global sobre el sentido del trmino y, en palabras de Agustn: Se supone que engloba tantas actividades que al final es mejor prescindir de la palabra.

En una cosa en la que s parecen estar de acuerdo los 82 pases que han firmado El Convenio para la represin de la trata de personas y de la explotacin de la prostitucin ajena , una resolucin de la Asamblea General de las Naciones Unidas del ao 1949, es en que, como reza su prembulo:

la prostitucin y el mal que la acompaa, la trata de personas para fines de prostitucin, son incompatibles con la dignidad y el valor de la persona humana y ponen en peligro el bienestar del individuo, de la familia y de la comunidad 3

Aqu nos enfrentamos a lo que ha sido la principal causa de persecucin de las personas que se dedican al mercado del sexo: la asimilacin, explcita en este convenio, de la prostitucin con el trfico de seres humanos con fines de explotacin sexual, es decir, relacionar intencionadamente el intercambio sexual entre adultos libre y consentido con el trfico y sometimiento de personas con fines sexuales. Adems de esto, no podemos dejar de evidenciar la carga moral que tiene consigo la expresin la prostitucin y el mal que la acompaa, que deja en el plano de la moralidad el juicio sobre el ejercicio de la prostitucin y adems lo convierte en la causa directa de la trata de personas. A partir de aqu resulta casi imposible separar el ejercicio de la prostitucin del trfico de personas, con lo que los trabajadores del sexo cargan con un doble estigma desde entonces: el de ofensoras de la moral pblica y promotoras de la explotacin de otros seres humanos.

Sobre el concepto de trata de personas con fines de explotacin sexual es precisamente este convenio el que delimitar su significado y har un cambio polticamente correcto en relacin al concepto de trata de blancas, una expresin del siglo XIX que haca alusin al mito del trfico de mujeres europeas y americanas -blancas- en Asia, frica y Amrica para explotarlas sexualmente. 4 Esta alusin directa a las mujeres blancas obedeca a que hasta en ese momento la esclavitud de mujeres negras, asiticas y aborgenes de los territorios colonizados por Europa no era considerado algo anormal ni delictivo mientras que la transaccin con mujeres europeas y americanas blancas s.

La idea de trata expuesta en el convenio de la ONU resulta problemtica para muchos pases pues, a diferencia de lo que podramos creer, no tiene en cuenta el consentimiento de la persona para definir si ha habido explotacin o no en contra de su voluntad. En su artculo 1 el convenio llama a castigar a aquellos que concertaran o explotaran la prostitucin de otra persona, aun con el consentimiento de tal persona con lo que se terminara por incluir en el delito de la trata al ejercicio sexual que se ejerce libremente y sin coaccin con la ayuda de otra y otras personas (burdeles, casas de citas, salas de masaje sexual e incluso apartamentos compartidos con otros trabajadores sexuales). Debido precisamente a esta definicin es por lo que, en Alemania, Pases Bajos, Nueva Zelanda, Grecia o Turqua, pases en los que la prostitucin voluntaria es legal y est regulada como una ocupacin, no se ha ratificado el convenio.

En el ao 2000 la ONU formula El protocolo de para Prevenir, Reprimir y Sancionar la Trata de Personas, Especialmente Mujeres y Nios , en el marco de la Convencin de las Naciones Unidas contra la Delincuencia Organizada Transnacional , que redefine el delito de la trata, especificando los casos en que el consentimiento debe obviarse y ampliando el concepto de explotacin, yendo ms all de la finalidad sexual:

La trata de personas puede significar el reclutamiento, transporte, traslado, acogida o recepcin de personas, bajo amenaza o por el uso de la fuerza u otra forma de coercin, secuestro, fraude, engao, abuso de poder o una posicin de vulnerabilidad, o recibir pago o beneficios para conseguir que una persona tenga bajo su control a otra persona, para el propsito de explotacin. La explotacin puede incluir, como mnimo, la explotacin de la prostitucin de otros u otra forma de explotacin sexual, trabajo forzado o servicios, esclavitud, o prcticas similares a la esclavitud, servidumbre, o remocin de rganos El consentimiento de las vctimas de la trata de personas hacia sus explotadores establecido [arriba] es irrelevante cuando cualquiera de las formas mencionados [arriba] ha sido usada.

Esta actualizacin del concepto ha hecho que 171 pases del mundo ratifiquen este protocolo, lo que demuestra que el moralismo, usado como criterio en el convenio del ao 1949, no puede seguir siendo utilizado por la ONU a la hora de establecer lneas de actuacin para enfrentar el trfico de personas o cualquier otro delito.

Precisamente de esta Convencin contra la Delincuencia Organizada Transnacional surge la creacin de un grupo de expertos contra el trfico de personas en el Consejo de Europa (GRETA), grupo que en su informe sobre Espaa del ao 2013 destaca la imperante necesidad de distinguir trata con fines de explotacin sexual, por un lado, y prostitucin por el otro. En el mismo documento se critica que el Estado Espaol centra su lucha contra la trata de mujeres con fines de explotacin sexual, pero deja de lado la trata con otros fines de explotacin laboral (servicio domstico, temporeras del campo espaol, mano de obra de talleres clandestinos, etc.), lo cual resulta muy conveniente para ciertos sectores. Por ltimo, afirma que es errneo sostener que un 90% de prostitutas sean vctimas de trata, como lo repiten lobbies abolicionistas y medios de comunicacin, ya que no existen estudios que avalen esta cifra.

Ms adelante veremos que la definicin de trata del ao 1949 y la mal-intencionada identificacin entre dicho concepto y el de prostitucin se convertirn en la base de las argumentaciones del lobby feminista abolicionista, nacido en el seno del feminismo hegemnico occidental.

Por qu hablar de trabajo sexual en lugar de prostitucin?

Para cerrar este apartado nos referiremos al concepto de trabajo sexual, desde el cual el activismo de las y los trabajadores del sector del sexo (prostitutes, operadores de lneas erticas, actores y actrices porno, dominatrices profesionales, etc.) busca que se les reconozca internacionalmente. El trabajo que al respecto han venido haciendo desde hace ms de dos dcadas organizaciones como Hetaira y Aprosex de Espaa y la Asociacin de Mujeres Meretrices de Argentina (AMMAR) empieza a dar sus frutos y son cada vez ms las organizaciones, colectivos y medios de comunicacin alternativos que hablan de trabajo sexual en lugar de hablar de prostitucin.

El sector de los servicios sexuales no slo est estigmatizado socialmente debido, principalmente, al miedo que sigue causando el tema de la sexualidad libre, sino que adems por cuenta de la clandestinidad desde la que tiene que actuar a cuenta de las leyes prohibicionistas no se ha logrado consolidar, como en otros sectores laborales, cuerpos representativos sindicales que le den al trabajador sexual el mismo estatus de cualquier otro trabajador, permitiendo que se reconozcan legalmente sus derechos y tambin sus obligaciones con el Estado.

El reconocimiento hoy de la condicin de trabajadores y trabajadoras sexuales en los pases en los que la prostitucin y la industria del sexo estn permitidas se logr en parte a lo conseguido por las trabajadoras sexuales que, en pleno centro de Lyon, en Francia, ocuparon la iglesia de Saint-Nizier, en la maana del lunes 2 de junio de 1975, para protestar por las penas de prisin a las que haban sido condenadas unas diez de ellas unos pocos das antes, por supuesta reincidencia en el controversial delito de captacin activa de clientes. Esa protesta rechazaba la persecucin policial, las leyes represivas y los cnones morales que criminalizaban a las trabajadoras sexuales hacindolas responsables de una actitud dirigida a provocar el libertinaje 5 .

A pesar de que el encierro slo dur ocho das por el desalojo violento que sufrieron por parte de la polica francesa, la protesta logr visibilizar a nivel internacional la lucha de las prostitutas por sus derechos laborales en una doble condicin reivindicativa: la de mujeres y la de trabajadoras, que hasta ese momento no era reconocida por nadie. Sobre este hecho, convertido en un hito por el activismo de los y las trabajadores sexuales, dice la Asociacin de Mujeres Meretrices de Argentina (AMMAR): ste ha sido uno de los primeros hechos histricos en que las trabajadoras sexuales se atrevieron a discutir los criterios morales dominantes y a luchar contra su estigmatizacin, a hacer or su propia voz y a hacer conocer su propia mirada respecto de sus condiciones de vida y, fundamentalmente, a luchar por sus derechos humanos y laborales. 6

Hablar de trabajo sexual en lugar de hablar de prostitucin permite, de una parte, transformar el sentido peyorativo y estigmatizante de la nocin de prostitucin, asumido durante siglos como una lacra social y que ha culpabilizado y sealado especialmente a las mujeres, y de otra parte, hablar de trabajadores del sexo nos permite entender que hay un mercado del sexo, amplio y diverso, en el que trabajan millones de personas, que merecen ser reconocidas y cuya lucha sindical y por sus derechos no puede ser tratada de forma distinta a otras luchas laborales.

La propia ONU, que ya hemos visto ha tenido un sesgo importante en la definicin de la prostitucin en el pasado, ha empezado a usar el trmino trabajador sexual en sus informes: El trmino apropiado que se aplica para el trabajo sexual se define mejor en relacin con el contexto local. Esta definicin puede cambiar con el tiempo a medida que las actitudes evolucionan. Debe darse prioridad a hacerse eco de cmo se perciben a s mismos en este papel los que estn implicados en el trabajo sexual. () El trmino profesional del sexo ha ganado popularidad por encima del de prostituta porque las personas implicadas consideran que es menos estigmatizante y creen que la referencia al trabajo describe mejor su experiencia. 7

Feminismos y prostitucin: abolicionismo, regulacionismo y reconocimiento de derechos

En esta segunda parte del texto hablaremos de las tres posturas desde las que diferentes vertientes feministas abordan la cuestin del trabajo sexual, sobre todo el ejercido por las mujeres: abolicionismo, regulacionismo y garantista de los derechos de las y los trabajadores sexuales. La importancia de dichas posturas radica en que las polticas tanto nacionales, como transnacionales (formuladas desde organismos como la ONU) referentes a la reglamentacin de la prostitucin y la lucha contra la trata de personas estn fuertemente influenciadas por las miradas feministas, sobre todo por la del feminismo hegemnico occidental y es urgente revisar crticamente las posturas que se han construido al respecto.

El feminismo hegemnico y el abolicionismo

 

En el mundo occidental reconocemos por feminismo la lucha librada por las mujeres occidentales, a partir del siglo XVIII, para reivindicar la igualdad entre hombres y mujeres, denunciar y eliminar tanto la violencia de los varones sobre las mujeres, como ​los roles sociales establecidos segn el gnero. A este feminismo blanco, occidental y muy visible en las agendas mediticas occidentales, es al que llamamos feminismo hegemnico y es a partir de su hegemona que se delimitan lo que algunas autoras han denominados feminismos perifricos, que son esencialmente los feminismos de raz no occidental y que en muchos postulados se oponen radicalmente al feminismo hegemnico.

Podemos decir que, desde su surgimiento, con la aparicin de la obra Vindicacin de los derechos de la mujer, de Mary Wollstonecraft (1792), el feminismo occidental se ha ramificado y hoy hablamos ya no de un movimiento homogneo y claramente identificable, como ocurra en el siglo XVIII, sino de un espacio de lucha heterogneo en el que incluso muchas posturas pueden ser radicalmente opuestas a otras. A pesar de esto, los medios de comunicacin, las agencias internacionales de cooperacin y ciertos actores polticos e influenciadores suelen estar alineados con la faccin ms conservadora del feminismo occidental, heredera de la llamada primera ola del feminismo, por tener posturas que aunque en apariencia son rompedoras, en realidad suponen la continuidad del binarismo de gnero y de lo que muchos encajan como normal en relacin con las inclinaciones sexuales, los roles de gnero y el ejercicio pblico de la sexualidad.

El abolicionismo surge en el siglo XIX encabezado por un grupo de mujeres que reaccionan frente a las leyes higienistas, muy en boga en toda Europa, que consideraban la prostitucin una enfermedad social, crnica e incurable y que reglamentaban su ejercicio no para mejorar las condiciones de las trabajadoras sexuales sino para que su conducta no afectara la vida y la moral de las personas de bien. Frente a estas leyes las abolicionistas, dentro de las que destaca la figura de la britnica Josephine Butler (1828-1906), reaccionan contra la intromisin estatal en los cuerpos de las mujeres que supona el reglamentarismo higienista y como una crtica al modelo de sexualidad vigente, reivindicando mayor libertad para las mujeres y el derecho a no ser atacadas sexualmente, incluidas las prostitutas, lo que sin duda era revolucionario para la moral de la poca. Concibieron la prostitucin como una cuestin de dignidad de la mujer y de sus derechos. El proyecto abolicionista se inscriba, pues, en un proceso de emancipacin de las mujeres de ms largo alcance. Afirma Gemma Nicols Lazo. 8

Pero, en qu momento el abolicionismo feminista se convierte en un aliado de los sectores ms conservadores de la sociedad? Cuando el discurso llega a las instancias de poder encargados de legislar y tipificar los delitos relacionados con las mujeres con respecto a la prostitucin el sentido asociado a la reivindicacin de los derechos de las prostitutas desaparece y en su lugar se posiciona la idea de que, con la abolicin de la prostitucin, en reemplazo de la reglamentacin, se garantiza la moral y las buenas costumbres y, de paso, se controla la sexualidad de las mujeres decentes.

Los delitos que acompaaban a la prostitucin en los Cdigos del diecinueve, y que lo seguirn haciendo durante algn tiempo en el futuro, son el de adulterio, violacin, escndalo pblico y rapto. El bien jurdico a proteger en los delitos contra la honestidad no era los derechos de las mujeres, sino una idea de decencia y decoro proveniente del orden moral establecido. Lo que los dispositivos de poder pretendan, y tambin el derecho penal en ultima ratio, era garantizar y mantener la honestidad de las mujeres decentes, es decir, controlar su sexualidad. 9

Lo ms increble de este giro es que la abolicin institucionalizada se lea en el siglo XIX y se sigue leyendo hoy como una reforma moderna y necesaria para los estados introducida por el feminismo, sin que esto lo cuestionen los polticos de izquierdas ni las propias feministas. En lugar de retornar a las reivindicaciones de las primeras abolicionistas, las abolicionistas de hoy se reafirman en los argumentos institucionales que continan sealando la prostitucin como una lacra moral y de la salud pblica.

Como mencionbamos en un apartado anterior, el abolicionismo se acompa, desde muy temprano, de la confusin entre prostitucin y trata de mujeres que en el siglo XIX se conoca como trata de blancas, un concepto que fue clave para conseguir tres propsitos en ese momento: construir un mito sobre la esclavitud de mujeres blancas en pases no occidentales para controlar la autonoma de las mujeres que emprendan procesos migratorios; construir un mito racista sobre la existencia de un mercado de trata manejado por hombres no blancos y profundizar en la idea de que la prostitucin es siempre resultado del sometimiento y nunca del ejercicio libre de la sexualidad de las mujeres. (Nicols lazo, 2009).

Esta relacin entre trata y prostitucin, como vimos, se refuerza con el Convenio de la ONU para la represin de la trata de personas y de la explotacin de la prostitucin ajena, de 1949, que adems reivindicar que las polticas abolicionistas, sustentadas por el feminismo hegemnico occidental, suponen un avance en la proteccin de los derechos de las mujeres, por lo cual ningn pas puede renunciar a imponerlas en su territorio. Esto, a pesar de demostrarse que la abolicin de la prostitucin solo tiene beneficios para la institucionalidad colonial, racista y patriarcal y nunca para las trabajadoras sexuales.

Jos Lpez Riopedre en su artculo La criminalizacin de la industria del sexo, una apuesta polticamente correcta 10 explica muy bien lo conveniente que ha resultado el discurso abolicionista en Europa para, de una parte, camuflar el racismo que desata la presencia masiva de inmigracin de las excolonias europeas, en los aos 90s, permitiendo la criminalizacin de dicha poblacin a travs de la confusin interesada entre trata y prostitucin, y de otra parte ha permitido ampliar el mbito de intervencin y control sobre los ciudadanos, dirigiendo conductas y conduciendo sexualidades (en el mismo sentido en que Foucault habla de la biopoltica y del control estatal e institucional de las sexualidades). El eje del mal del siglo XXI se ha edificado as en torno a una curiosa amalgama de sujetos infames: maltratadores, pederastas, clientes de servicios sexuales, facilitadores, voyeurs, exhibicionistas, dueos de negocios de alterne, arrendadores y arrendatarios de locales de perdicin e intermediarios de toda guisa. Son los autnticos monstruos del presente, neo-terroristas de Estado que concentran todas las energas de los nuevos combatientes de la cruzada moral post-moderna. La necesaria y perentoria expiacin de sus crmenes aflora durante todo el proceso discursivo donde los estereotipos del trfico, la deuda y la explotacin sexual salen continuamente reforzados gracias a la accin multiplicadora de los medios de comunicacin social. 11

Adems de esto hay que agregar, tal como lo dice Lpez Riopedre, que el discurso criminalizador del trabajo sexual por parte del abolicionismo convierte en vctimas a las trabajadoras sexuales, con lo que las objetualiza, despojndoles de su capacidad de decidir sobre sus propios cuerpos y, al mismo tiempo, aunque las seala vctimas, con lo que uno pensara que hay hacia ellas una trato distinto al destinado al proxeneta o al cliente, no les garantiza ningn derecho como mujeres vctimas del patriarcado, como si ocurre en los casos de violencia de gnero. Al final lo que tenemos es un discurso moralizante que ni por asomo reconoce la capacidad de agencia de las trabajadoras sexuales y que slo las tiene en cuenta si se reconocen como vctimas. 12

Suecia, sin duda, ha sido el pas que ha asumido las banderas abolicionistas en Europa, siendo el primer pas de la regin en tener una ley que prohbe la compra de servicios sexuales (1999). Su modelo, que supuestamente no acta contra las prostitutas sino contra los clientes, lo que ha hecho es clandestinizar los servicios sexuales, poniendo en riesgo a los trabajadores sexuales, mientras controla la sexualidad de sus habitantes. Aunque parece contradictorio que el abolicionismo se institucionalice con estos objetivos en un pas como Suecia, que se lee como un estado liberal, demcrata y socialmente avanzado, dice Lpez Riopedre, siguiendo a Kulick 13 , que no debemos olvidar que Suecia posee uno de los ordenamientos jurdicos ms severos en cuanto a disciplinamiento de la conducta sexual de sus ciudadanos, por lo que puede entenderse mejor que se haya convertido en el pas donde la voluntariedad de los sujetos se halle cada vez ms cuestionada a la hora de establecer relaciones sexuales, optando por criminalizar no slo a la industria del sexo sino tambin a quienes mantengan contacto ntimo con menores, seropositivos que no informen debidamente acerca de su enfermedad, interviniendo cualquier tipo de remuneracin durante el intercambio sexual o bien pueda suscitarse la sombra de la sospecha en cualquier momento de la interaccin 14 .

Ni reglamentarismo ni abolicionismo: apelar al reconocimiento de los derechos de las y los trabajadores sexuales

Las y los trabajadores sexuales, agrupados en organizaciones, cooperativas, sindicatos y asociaciones en todo el mundo participan, da s y da tambin, en charlas, debates, congresos, programas de televisin, foros de internet y en otros espacios de divulgacin para hacerse or con respecto a sus reivindicaciones, porque estn cansados de que sean siempre otros los que hablen por ellos.

De una parte quieren dejar claro que sus reivindicaciones nada tienen que ver con las de las feministas abolicionistas, que abogan por convertirlas en vctimas para luego salvarlas de las redes del trfico sexual, con lo que se enriquece lo que Laura Agustn llama la industria del rescate 15 . De otro lado tambin quieren alejarse de la postura reglamentista, que antes era asumida por las polticas higienistas, como vimos, y ahora es abanderada por los dueos de burdeles y clubes de alterne que buscan, con ayuda de sus aliados polticos, que se reglamente el ejercicio de la prostitucin de modo que nicamente ellos se vean beneficiados de tal actividad.

Tanto una como otra posicin despojan a las trabajadoras sexuales de su capacidad de agencia sobre su cuerpo y su sexualidad y les niegan la posibilidad de ejercer sus derechos como cualquier trabajador occidental. En ese sentido reivindican las declaraciones del documento publicado por Amnista Internacional en 2015, resultado de su investigacin con trabajadores sexuales durante ms de dos aos en todo el mundo, en el que instan a los gobiernos del mundo a despenalizar el trabajo sexual y proteger los derechos humanos de las y los trabajadores sexuales. En su texto AI aclara la diferencia entre despenalizar, que es lo que piden los trabajadores sexuales, y legalizar el trabajo sexual:

Ms que la eliminacin de las leyes que penalizan a las trabajadoras y los trabajadores sexuales, la legalizacin supone la introduccin de leyes y polticas relativas especficamente al trabajo sexual con el fin de regularlo formalmente. Amnista Internacional no se opone a la legalizacin per se, pero los gobiernos deben asegurarse de que el sistema respeta los derechos humanos de las trabajadoras y los trabajadores sexuales. Creemos que todava hay margen para avanzar en materia de despenalizacin y contra los abusos de derechos humanos derivados de la legalizacin, dado que hay trabajadoras y trabajadores sexuales que estn quedando al margen de la ley en sistemas en que el trabajo sexual est legalizado. 16

En este documento Amnista Internacional insta a los gobiernos a:

Garantizar que todas las personas tienen acceso a sus derechos econmicos, sociales y culturales, a la educacin y a oportunidades de empleo

Eliminar los estereotipos de gnero perjudiciales y todas las formas de discriminacin y las desigualdades estructurales que puedan llevar a grupos marginados a vender servicios sexuales en cantidad desproporcionada

Reformular las leyes relativas al trabajo sexual para eliminar los delitos de carcter muy general que criminalizan la mayora de los aspectos si no todos del trabajo sexual y convertirlas en leyes que brinden proteccin frente a la coaccin (incluida la trata de personas) y los actos de explotacin y abuso y prevengan la participacin de nios y nias en el comercio sexual.

Eliminar la regulacin penal y cualquier otra regulacin punitiva del trabajo sexual con consentimiento entre personas adultas, ya que refuerzan la marginacin, el estigma y la discriminacin y pueden negar a las personas que se dedican al trabajo sexual el acceso a la justicia bajo el amparo de la ley.

Garantizar la participacin de las trabajadoras y los trabajadores sexuales en la elaboracin de las leyes y polticas que afectan directamente a su vida y su seguridad.

Garantizar marcos efectivos que permitan a las personas abandonar el trabajo sexual cuando as lo decidan.

Debido a este posicionamiento con respecto al trabajo sexual AI recibi muchas crticas por parte del feminismo abolicionista europeo y de los gobiernos que son prohibicionistas pues a partir del documento se insina, de forma mal intencionada, que despenalizar el trabajo sexual es favorecer a las redes de trata, cuando ya est claro que prostitucin y trata no son la misma cosa. Al respecto AI afirma: Pedir la despenalizacin del trabajo sexual no significa eliminar las leyes que penalizan la explotacin, la trata de personas o la violencia contra las trabajadoras y los trabajadores sexuales. Estas leyes tienen que mantenerse y pueden y deben reforzarse. Significa eliminar las leyes y polticas que penalizan o sancionan el trabajo sexual, entre ellas figuran las leyes y reglamentos relativos a la venta, la compra o la organizacin de trabajo sexual, como ofrecer servicios sexuales, alquilar establecimientos, regentar burdeles y vivir de los beneficios de la prostitucin.

Despenalizar el trabajo sexual, es decir, descriminalizarlo desde el punto de vista legal, implica para los trabajadores sexuales:

En este punto es clave mencionar la situacin especial de los trabajadores sexuales inmigrantes que, adems de padecer el estigma de cualquier trabajador sexual nativo, corre el riesgo permanente de ser deportado si no logra regularizar su situacin como extranjero. Frente a esto, las y los trabajadores sexuales inmigrantes exigen una despenalizacin que contemple la regularizacin de aquellos que estn en el territorio de manera irregular a travs de su propio trabajo, es decir, que no se vean obligados a hacer contratos ficticios para obtener su residencia y su permiso para trabajar.

Vale la pena destacar que la posicin de AI la comparten otras organizaciones que apoyan o piden la despenalizacin del trabajo sexual, entre las que figuran la Alianza Global contra la Trata de Mujeres, la Comisin Global sobre VIH y Derecho, Human Rights Watch, ONUSIDA, el relator especial de la ONU sobre el derecho a la salud y la Organizacin Mundial de la Salud. Esto, sumado al reconocimiento del trabajado sexual por parte de sindicatos de todo el mundo y de la consideracin de la lucha de las putas feministas como una lucha ms por parte de muchos feminismos tanto del sur global como de facciones del feminismo occidental, son sin duda pasos muy importantes en la descriminalizacin del trabajo sexual y la reivindicacin de los derechos de las trabajadoras de la amplia industria del sexo, que, despus de siglos de ser las vctimas y de soportar que otros y otras hablen por ellas, han decidido no quedarse calladas nunca ms. Como dice Georgina Orellano, secretaria general de la Asociacin de Mujeres Meretrices de Argentina (AMMAR):

La gran batalla que damos ah es marcar la agenda, que nuestras voces sean escuchadas, interpelar al feminismo que no nos reconoce como un sujeto de derechos para que se comprenda que, ms all de que cada una pueda tener una posicin sobre la prostitucin, abolicionista o a favor del reconocimiento de derechos, lo importante es que el sujeto debe decidir por s mismo. Creemos importante que, cuando se despliegan polticas punitivas o polticas pblicas sobre un sector, sea ese sector el que tenga que decidir, no que otros hablen por l. Ese es el feminismo que nosotras defendemos, la principal tica feminista en torno a la autonoma de las mujeres. 17

Notas:

1 Agustn, laura. La Industria del sexo, los migrantes y la familia europea. Cadernos Pagu (25), julho-dezembro de 2005. PP 107-128

2  dem

3 Convention for the Suppression of the Traffic in Persons and of the Exploitation of the Prostitution of Others. Disponible en: http://treaties.un.org/Pages/ViewDetails.aspx?src=IND&mtdsg_no=VII-11-a&chapter=7&clang=_en

4 Laura Agustn nos habla del origen de esta expresin: La primera frase tiene su origen en un escndalo en el norte de Europa durante una larga migracin de mujeres europeas hacia Argentina, un pas receptor al que faltaban mujeres a fines del siglo XIX. Ya que no se quera creer que esas blancas pudieran elegir vender servicios sexuales, se cre un concepto conveniente. En: Agustn Laura, La industria del sexo, los migrantes y la familia europea. Cad. Pagu [online]. 2005, n.25, pp.107-128. http://dx.doi.org/10.1590/S0104-83332005000200005 .

5 AMMAR Crdoba y Red por el Reconocimiento del Trabajo Sexual. 40 aos de lucha de lxs trabajadorxs sexuales!! Publicado el martes, 2 de junio de 2015. Disponible en: http://redreconocimientotrabajosexual.blogspot.com/2015/06/40-anos-de-lucha-de-lxs-trabajadorxs.html

6 dem

7 Programa Conjunto de las Naciones Unidas sobre el VIH/SIDA (ONUSIDA). Trabajo sexual y VIH/SIDA. Actualizacin tcnica. Marzo de 2003. Disponible en: http://data.unaids.org/publications/irc-pub02/jc705-sexwork-tu_es.pdf

8 Nicols Lazo, Gemma. La tergiversacin del abolicionismo: de movimiento de mujeres liberador a defensor de un paternalismo victimizador de las trabajadoras sexuales. En: El trabajo por cuenta ajena y sus fronteras. Compilado por: Agusti Julia Jordi / Pular Beltran Nuria. Albacete, Editorial Bomarzo, 2009.

9 dem

10 Lpez Riopedre, Jos. La criminalizacin de la industria del sexo, una apuesta polticamente correcta. En: Gazeta de Antropologa, 2011, 27 (2), artculo 24 http://hdl.handle.net/10481/18099

11  dem.

12 Vase el caso en Espaa de Amelia Tiganus, vctima de la trata de mujeres en Rumana, que es usada por el abolicionismo en Espaa como la muestra de que es imposible ejercer el trabajo sexual a menos de que haya coaccin. El reconocerse como vctima le ha permitido a Tiganus ser bien vista en los crculos feministas y abolicionistas en Espaa, aunque ella sepa que la trata que la red que la capt nada tiene que ver con el ejercicio libre de la prostitucin.

13 Kulick. Sex in the New Europe: The Criminalization of Clients and Swedish Fear of Penetration. En: Anthropological Theory, 2003, Sage Publications, vol. 3 (2): 199-218.

14 Lpez Riopedre, Jos. La criminalizacin de la industria del sexo, una apuesta polticamente correcta. En: Gazeta de Antropologa, 2011, 27 (2), artculo 24 http://hdl.handle.net/10481/18099

15 Conglomerado de feministas, expertos, instituciones pblicas y ongs que viven de salvar a las prostitutas de la trata, apoyndose en la idea de que la prostitucin voluntaria es asimilable a la trata.

16 Amnista Internacional. Poltica de Amnista Internacional sobre los derechos de las trabajadoras y los trabajadores sexuales. 2015. Disponible en: http://www.amnesty.org/es/qa-policy-to-protect-the-human-rights-of-sex-workers/

17 Ter Garcia. Georgina Orellano: Las trabajadoras sexuales en Argentina estamos integradas en una central obrera. Publicado en El salto, edicin online, 2017-11-12. Disponible en: http://www.elsaltodiario.com/trabajo-sexual/georgina-orellana_trabajo_sexual_modelo_nueva_zelanda

Fuente: http://cubaposible.com/feminismos-y-prostitucion-entre-la-abolicion-la-regulacion-y-el-reconocimiento-de-derechos/



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