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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 11-07-2018

Qu ocultan tras relatos, memorias e historias?

Iaki Gil de San Vicente
Rebelin


Entre la premisa (estructura econmica) y la consecuencia (constitucin poltica) hay relaciones nada simples ni directas, y la historia de un pueblo no se documenta slo con los hechos econmicos. Los nudos causales son complejos y enredados, ya que para desatarlos hace falta el estudio profundo y amplio de todas las actividades espirituales y prcticas, y ese estudio no es posible sino despus de que los acontecimientos se hayan sedimentado en una continuidad, es decir, mucho tiempo despus de que ocurran los hechos [] La historia no es un clculo matemtico [] La cantidad (estructura econmica) se convierte en ella en cualidad porque se hace instrumento de accin en manos de los hombres [1]
 

Las clases dominantes no temen la historia por el contrario, procuran producir y difundir el tipo de historia que les conviene, y que no suele ser la que se ocupa de la lucha por la libertad y la justicia- sino que, en todo caso, temen a los historiadores que no pueden utilizar [2]


1.- Presentacion

El tndem PNV-PSOE, apoyado por otras fuerzas sociopolticas, ha dado un paso ms en la adecuacin de sus respectivos nacionalismos a las exigencias del capital transnacional en este perodo. Se trata, como veremos, de intensificar la manipulacin ideolgica en el frente educativo, y proclamar el fin de la historia al estilo de Fukuyama en 1992, es decir, declarar definitivamente superadas las terribles consecuencias de la explotacin salvaje impuesta desde 1936 y luego maquillada por ese imposible metafsico que es la monarqua democrtica.

La batalla por el relato, la palabrera sobre la paz, el perdn son nubes que ocultan la dureza de las exigencias imperialistas para realizar procesos de negociacin. Una de las exigencias es negar la historia crtica e imponer slo la oficial como se comprueba en el rechazo sistemtico a una Ley de la Memoria que haga justicia popular.

Los respectivos nacionalismos burgueses del tndem PNV-PSOE son incompatibles con la investigacin crtica de la historia, que contradice frontalmente los intereses del capital. La lgica de la acumulacin ampliada es una necesidad irracionalmente objetiva, que lleva en su interior la pulsin subjetiva de negar la historia desde el momento en el que sta demuestra que la acumulacin irracional es frenada y amenazada por la consciencia humana.

Desde finales del siglo XX la historia crtica es an ms inaceptable por la burguesa porque necesita imponer una nica creencia: que la lucha de clases y de liberacin nacional ha terminado para siempre, que a lo sumo que pueden hacer los pueblos militantes [3] es aceptar resignadamente los acuerdos de paz y desarme dirigidos por el imperialismo. J. Petras tras estudiar los casos de Irn, Libia, Colombia, Corea del Norte, Palestina, Siria e Irak, ha sintetizado as: En todos los casos, el principio sigue siendo el mismo. No hay un ejemplo histrico de un poder imperial que renuncie a sus intereses en cumplimiento de un acuerdo escrito. Solo cumple con los acuerdos cuando no tiene otras opciones [4].

La historia escrita por el imperialismo falsear o justificar en su momento porqu se enga a los pueblos que creyeron en sus promesas de paz, y dependiendo de la poca y del modo de produccin, muy probablemente la historia escrita por la clase dominante del pueblo oprimido justificar su colaboracionismo y echar las culpas a las clases trabajadoras que han resistido. Aunque esta lucha del poder contra la historia se intensifique en situaciones como las vistas, en momentos de negociacin, en realidad es una confrontacin permanente en las que la clase propietaria del Estado tiene todas las ventajas, como veremos en un breve capitulo posterior.

Advertido esto y al margen de otras consideraciones, es conveniente leer la crtica que V. Navarro hace al montaje de la obra de teatro In Memoriam: La Quinta del Bibern que se est escenificando en Catalunya: El humanismo pacifista es tambin una posicin poltica muy rentable de sostener en la Espaa de hoy, en la que se vende el mensaje de que todos eran culpables [5].

No todos fueron culpables: la responsabilidad nica recae sobre los invasores franquistas. A la vez, debemos estudiar las presiones del nacionalismo republicano espaol contra el nacionalismo cataln durante aquellos crticos aos: S. Spender describi la guerra blica y cultural antifascista en su viaje por Europa en 1937 detallando el impacto que le caus el rechazo espaolista republicano a la identidad cultural catalana, la masacre de militantes del POUM por los stalinistas, y las amenazas veladas de Rafael Alberti a intelectuales catalanes por su poca cooperacin en defensa de la Repblica [6].

La equivalencia entre invasor fascista espaol e invadido comunista cataln, puede ser ahora defendida de forma abstracta por una cultura reformista que acepta el orden establecido y silencia a la vez la lucha de clases dentro de la nacin atacada porque un amplio sector de su burguesa apoyaba al invasor. Pero en el presente contexto de crisis estatal, eso es inaceptable en su forma concreta: la nica culpabilidad es la de las naciones trabajadoras resistentes.

Ahora mismo, el Estado y su sucursal en Vascongadas, el gobiernillo autonmico, han extendido e intensificado la permanente estrategia para acabar con la historia popular e imponer la suya, con diferencias de matiz desde luego porque una es autonomista y la otra espaolista, pero unidas en la defensa de la civilizacin del capital. La estrategia sistemtica se desarrolla, por ahora, en tres frentes que si bien ya se abrieron antes, ahora estn ms coordinados:

Uno, el especfico para el tercio vascongado de Euskal Herria pero que tambin infectar a la juventud de Nafarroa: el plan Herenegun [7], un plan pedaggico que busca educar en la paz, e introducir el terrorismo de ETA en la asignatura de Historia [8]. Dos, el general impuesto para todo el Estado, que se basa en la misma pedagoga autoritaria de Herenegun: Crearemos una asignatura de valores cvicos y no ser optativa [9]. Y tres, tambin a escala estatal, prometer que se va a impulsar la apertura de todas las fosas con decenas de miles de cuerpos porque as las heridas de Espaa se cerrarn para siempre [10].

Las tres tcticas tienen varias cosas en comn: una, negar u olvidar las contradicciones antagnicas del capitalismo que son las que generan violencias enfrentadas; dos, negar el papel del Estado y sus excrecencias fascistas activadas o suavizadas segn las coyunturas; tres, negar las responsabilidades de las burguesas y de los reformismos, cargndola sobre la izquierda revolucionaria; tres, impedir que se establezca una Ley de Memoria que castigue las atrocidades capitalistas; y cuatro, imponer la tesis de que se ha cerrado una fase histrica y ha empezado otra: la de la paz, la democracia, la concordia en la que no tiene sentido protesta alguna. En su versin estatal y vascongada las tres tcticas tienen bastante similitud con el famoso patriotismo constructivo [11] de los fugaces aos de euforia interclasista anteriores a la crisis de 2007, que precipit la erupcin autoritaria y neonazi que recubre con cenizas aquella demagogia pero tambin los derechos sociales.

En Euskal Herria, como en todas partes, semejante estrategia exige acabar con la memoria popular, con la riqueza terica desarrollada por la lucha de liberacin y con su tica de la resistencia: toda la historia en cuanto tal ha se der desnaturalizada y vaciada de contenido crtico. En otros textos hemos dado cuenta de todo ello, en especial del montaje de la Capitalidad Cultural europea en Donostia durante 2016. Durante el transcurso de 2017 hemos tenido varios ejemplos ms de tergiversacin de la historia como es la insoportable pelcula Gernika de Koldo Serra.

La llamada batalla por el relato y las discusiones sobre las memorias, temas a los que volveremos, son parte de la autntica guerra cultural que a su vez est inserta en la contrainsurgencia [12]. La memoria popular, contradictoria en su misma riqueza, es un objetivo especialmente atacado por el imperialismo. [13] Acosta Matos ha sintetizado en cinco pasos el mtodo de la guerra cultural imperialista: uno, elaborar mitos fundacionales que legitimen el poder establecido; dos, destruir los mitos fundacionales del pueblo atacado; tres, crear una historia oficial del poder contraria a la historia popular; cuatro, crear metforas que hagan ambigua e incompresible la memoria y la historia popular, pero que respeten las del poder; y cinco, destruir la identidad del pueblo explotado y quebrar su autoorganizacin. [14]

La imprescindible investigacin de Acosta Matos no duda en emplear la expresin mitos fundacionales porque aunque su estudio comienza significativamente con la falange espaola de la dcada de 1930, por eso mismo recurre a los mitos fundacionales: no slo nos remiten al fascismo falangista sino tambin el uso de este concepto nos explica cmo el fascismo (re)construye mitos justificadores del imperialismo espaol desde el exterminio de Al-ndalus y los emplea en el presente.

Como hemos argumentado en otros textos, el mecanicismo antidialctico castr la capacidad de casi todos los marxistas para descubrir qu era el fascismo y sobre todo la importancia de los mitos fundacionales como campo de batalla. Daniel Guerin analiz las carencias del socialismo no slo en la batalla por los mitos, sino profundizando en la importancia de la mstica revolucionaria como una de las ms efectivas armas contra la mstica fascista [15].

La batalla por el relato, por las memorias, etc., es surcada por el papel de los mitos y de las msticas en el sentido materialista, condicionando desde dentro cualquier interpretacin de la historia como una linealidad mecnica, matemtica al decir de Gramsci que avisa que la economa no lo explica todo, que los nudos causales son enredados y complejos, y que esas contradicciones explican que de lo cuantitativo, la economa, surja lo cualitativo, la accin humana que dirige la economa.

2.- La historia del poder contra la del pueblo

Para desatar los enredados nudos causales es bueno conocer unos ejemplos de cmo fueron atados en los poderes existentes en sus respectivos momentos. La primera historia manipulada fue la escrita por los hombres de las castas ricas para justificar las explotaciones de la mujer, de las naciones y de las clases. Los datos ms fiables sobre las primeras culturas euroasiticas muestran que giraban alrededor de la mujer [16] y del ciclo lunar [17]. Luego se impuso la historia patriarcal.

En el Egipto Antiguo las primeras representaciones de extranjeros eran de esclavos apresados en guerras imperialistas [18], y el mismo Herdoto narra varias veces el profundo desprecio egipcio hacia la cultura griega [19], desdn que hoy llamaramos racismo. Ms tarde, la casta dominante prohibira y borrara jeroglficos contrarios a sus intereses, que narraban luchas y hasta revoluciones, disputas internas y manipulaciones descaradas de hechos decisivos, como la versin de Ramss II sobre su victoria en la batalla de Qadesh en -1274 de la que pudo salir vivo por suerte a pesar de sus grandes errores: fue un empate milagroso oculto tras el relato oficial de la victoria.

Desde su inicio en el siglo -III la dinasta Qin intent destruir los soportes intelectuales de la disidencia, ordenando que se quemaran todos los libros. Los eruditos que haban ocultado libros fueron decapitados o condenados a trabajar hasta la muerte en la Gran Muralla [20]. Ya para esa poca, la lucha de clases dentro y fuera de Palestina determinaba la suerte de las mltiples censuras, reescrituras y aadidos de la Biblia, probablemente el libro que ms dolor y sangre ha costado escribir y est causando sobre todo con su invencin de la guerra santa al servicio del poder y de la pulsin de muerte [21]. Fue esa lucha de clases, que a la vez era lucha nacional preburguesa, la que cre el mayor relato de la historia: las antagnicas identidades de un tal Jess, polifactica [22] figura mtica que sirve de consuelo a torturadas y de justificacin a torturadores.

Por esta poca, en la India y por fortuna para el budismo que no lograba arraigar en el pueblo, el emperador Asoka lo convirti en la religin oficial al poco de llegar al poder en el -273. Asoka, oportunista y extremadamente violento, vio en el budismo la ideologa adecuada para legitimar su poder, sobre todo si iba unida a un poderoso sistema de control social: Una red de informadores denunciaba a los disidentes ante las autoridades [23].

Apoyndose en este poder de control, Asoka conden las fiestas paganas, aconsej el respeto a explotadores brahmanes y ermitaos pacifistas, exigi el amor a los padres, la caridad con los esclavos y sirvientes, la liberalidad, la tolerancia y la modestia en las formas. Pese a esto, el budismo chocaba con las inhumanas leyes de castas del brahmanismo, lo que hizo que desde el siglo II la dinasta de Sunga iniciara la persecucin del budismo en la India [24] una vez derrocada la dinasta dejada por Asoka.

Tampoco el islam se libra de las determinantes contradicciones socioeconmicas. En su primera fase, la de La Meca, Mahoma potencia la libertad de la persona porque su necesidad de expandir su credo coincide con la necesidad de libertad de las fuerzas ms dinmicas y socialmente vivas, sometidas al riesgo de la represin. En su segunda fase, la de Medina impone absoluta predeterminacin [25], o en todo caso, una mezcla de libertad con determinismo y fatalismo [26] porque las guerras desatadas desde entonces exigen una alta mstica idealista en sus tropas para vencer a enemigos superiores. Las agudas diferencias entre las dos fases provocarn desde entonces muchos debates teolgicos con regueros de sangre. La fase de la libertad corresponde al perodo en el que todava no se haba constituido una clase dominante. La fase del fatalismo, de la libertad sometida a Al, reglamenta la vida entera: sexual, cultural, poltica, econmica segn lo necesita esa clase en el poder.

Siete siglos ms tarde y en el otro extremo del mundo uno de los primeros actos del poder azteca recin constituido en 1430 fue destruir todas las referencias pasadas sobre episodios que podan resultar vergonzosos, o sobre el origen humilde de la nacin azteca, etc., para reinventar la tradicin para justificar la divisin de la sociedad en seores y vasallos [27]. Divisin clasista reforzada por el sistema educativo ya que la juventud rica no iba a las escuelas comunes telpochcalli dedicadas al pueblo, sino a las selectas de los templos en donde reciban una educacin muy superior que llegaba a incluir la escritura y una lengua culta diferente a la usada por el pueblo [28].

E n 1556 algunos caciques quichs de lo que hoy es Guatemala arriesgan torturas, vidas y bienes escribiendo en su lengua nacional pero con caracteres latinos el Popol Wuj quiz para usarlo en reuniones clandestinas y evitar el aniquilamiento de su identidad, cultura y memoria, texto que permaneci desconocido para los invasores hasta 1702. Tambin se escribieron otros textos como el Memorial de Solol. Posteriormente, ya a finales del siglo XVIII, indios yucatecos pasaron a escritura, con caracteres latinos, las tradiciones de sus propios pueblos, denominndolas Chilam Balam [29].

4.- Posmodernismo, centralidad y violencia justificada

Sin duda, estas y otras muchsimas ms decisiones marcaron total o parcialmente las memorias y culturas de los pueblos afectados por ellas, sus propias lenguas e identidades, y tambin su capacidad para construir relatos posteriores. Sin embargo, el trmino de relato tiene en la actualidad directas relaciones con el reformismo posmoderno que niega la posibilidad del conocimiento contrastable y crtico de las contradicciones. Se nos dice que ya no sirven los grandes relatos, los discursos, que la gran narrativa es incapaz de interpretar una realidad que se ha pulverizado en micropartculas cada una de las cuales tiene su propio relato, su propia verdad.

Segn se dice, estamos en la sociedad informe, sin forma, peor an, que ha perdido su centralidad [30] a la vez que se ha disuelto el yo y se imponen la ambivalencia. Un yo disuelto, informe, modelado desde su exterior por poderosos aparatos de manipulacin que favorecen la pluralidad de puntos de vista y la polifona, y lo que es peor: las identidades prestadas [31].

De lo que se tratara entonces es de consensuar unos mnimos comunes aceptados por todos los relatos, por la pluralidad de puntos de vista. Se tratara, segn esta visin, de aceptar la igualdad de las diferentes perspectivas, de las miradas particulares, reducindose sus ambivalencias y diferencias polifnicas a simples lmites de fechas y reas geogrficas, porque todo depende del color del cristal con que se mira segn asegura este reaccionario refrn.

Pero la realidad es tozuda porque las contradicciones sociales siempre reaparecen abiertamente tras un tiempo de latencia en las entraas del monstruo. Amin Maalouf nos da un ejemplo de la incoherencia ltima de la perspectiva de la mirada, o del relato en trminos actuales, cuando en su insuperada obra sobre las cruzadas vistas por los rabes habla de las muchas apariencias que parecen enturbiar la posibilidad de un conocimiento histrico crtico, pero resuelve la falsa apariencia informe yendo al centro, mostrando su brutal objetividad, la del sufrimiento del pueblo que no puede disolverse porque es la centralidad misma de la vida: Dominados, oprimidos, despreciados, extraos en su propia tierra, los rabes no podan proseguir su florecimiento cultural que haba comenzado en el siglo VII [32].

Conocer cul era la mirada del pueblo rabe de las cruzadas, su relato, nos exige sumergirnos en la ferocidad de la explotacin: slo desde aqu podremos descubrir no cualquier interpretacin sino la verdad de las masas oprimidas, que es la autntica. No se puede disolver la dominacin, del mismo modo que no se puede afirmar que la opresin real desaparece en la polifona de las ambivalencias. Tampoco puede decirse que el desprecio del opresor y la opresin nacional - extraos en su propia tierra- sean informes. No puede negarse la centralidad del imperialismo de las cruzadas.

En 1870 Engels volva a reivindicar el derecho a la lucha sagrada de la autodefensa, en la que todos los medios se justifican [33] practicado por el pueblo prusiano en 1806-1808 contra la ocupacin francesa, autodefensa luego ejercida por la Comuna de Pars en 1871 contra la burguesa gala apoyada por los alemanes. Entre 1942-1944 el pueblo vietnamita multiplic por veinte su violencia justa contra el ocupante japons [34], y la acrecentara contra los franceses. Mientras tanto, En toda Europa, los movimientos de la Resistencia, dirigidos en su mayora por los comunistas e integrados por campesinos o miembros de la clase obrera, lidiaron una autntica guerra contra los fascistas [35].

Se nos puede objetar que tanto las cruzadas de los siglos XI y XIII, como las guerras napolenicas, la Comuna, la guerra de 1936-39 en el Estado espaol y la II GM se produjeron antes del gran paso de la modernidad, que se caracterizaba por su afn de nominalizacin, clasificacin y jerarquizacin, a la posmodernidad, a la poca actual en la que la representacin del mundo es mucho ms borrosa, inestable y reversible [36]. Si todo es reversible e inestable, borroso, si no existe ya desde finales del siglo XX ninguna centralidad, entonces ya no sirven de nada las hipotticas lecciones extradas de una historia sujeta a la jerarquizacin de la modernidad. Desde finales del siglo XX entramos en otra fase social totalmente nueva para la cual no sirven las lecciones del pasado.

Sin embargo, estos pocos ejemplos nos remiten a una constante histrica innegable la resistencia contra la opresin en cualquiera de sus formas- porque tienen que ver con las contradicciones que mueven la historia. La pregunta es podemos y debemos aprender de la historia? Las citas iniciales de Gramsci y J. Fontana nos aclaran la complejidad de esa interrogante pero sostienen que s. Centrndose en Catalunya, Lorenzo Espinosa dice lo mismo con otras palabras: Es un debate nunca resuelto. Probablemente la Historia nunca se repite. Pero parece que dice siempre las mismas cosas. O que nos advierte y amenaza, con ellas. Los elementos que aparecen en la Historia, vuelven una y otra vez. Aunque se mezclan de otra manera. Tal vez para dar un resultado diferente? Ojal as sea, en el caso cataln [37].

Los ejemplos que hemos empleado conciernen al imperialismo europeo, especialmente al francs, sobre todo desde comienzos del siglo XIX porque fue en este Estado en donde surgi en la dcada de 1970 la moda posmoderna que es la base de la batalla por el relato. En contra de lo que deca y dice la casta intelectual afirmamos que la centralidad existe y que es la lucha de clases.

D. Armitage no lo dice tan directamente como nosotros, s lo hace de forma indirecta cuando sigue los inacabables debates bimilenarios sobre qu es la guerra civil y en cierta forma lo que es genocidio, que obviamente son inseparables de la de lucha de clases. Reconoce que guerra civil es una categora vivencial, es decir, que afecta a la vida, a la felicidad y al dolor humano durante, al menos, dos milenios: una experiencia que se refracta en el lenguaje y en la memoria [38], es decir, aadimos nosotros, se refleja en y a la vez influencia la praxis del presente y del futuro.

La centralidad que la lucha de clases, o si se quiere decir ms suavemente la guerra civil y el genocidio, tienen en la historia ha sido analizada rigurosa y extensamente por Carlos Tupac en su expresin sinttica: las conexiones entre civilizacin y terrorismo en lo que concierne a la dialctica entre teora y verdad [39]. En el caso francs, al negar la lucha de clases, la casta intelectual se escapaba as de su historia permanente, la del imperialismo francs: durante las brutalidades contra el pueblo argelino, el grueso de esa casta permaneci en silencio ante, por ejemplo, las torturas. Luego, atemorizada por la oleada pre revolucionaria del 68, se hizo posmoderna. Una casta a la que se le podra acusar de lo mismo que a Foucault: la impresin de ser una ignorancia deliberada y tozuda de la historia y de las teoras de la multifactica tradicin marxista [40].

Conviene recordar esta evolucin porque fue en el mismo Estado francs donde la moda posmoderna sufri una severa derrota con el tremendo resurgir de la lucha de clases desde 1986, con su punto lgido en 1995 sostenindose despus. Como en el 68, el reformismo poltico sindical [41] opt por apoyar a la burguesa. En 2010 una huelga general record volvi a demostrar el fracaso posmoderno en su pas de origen. El renacer de las resistencias sociales mltiples en los EEUU llev a alguien a escribir sobre el retorno de la gran narrativa [42]. Aunque el posmodernismo pasa y el marxismo se mantiene [43], debemos insistir en que hay realidades aplastantes que no admiten divagaciones sobre los mltiples discursos y relatos ya que sus mismas objetividades nos remiten a la gran narrativa crtica: un ejemplo, la industria farmacutica y el derecho a la salud [44].

Tambin aqu, mucha intelectualidad y prcticamente la casta poltica entera han escupido para arriba frente a los hechos crudos de la tortura Ertzaintza y tortura [45] - que pueden ser relatados segn los intereses de los torturadores, pero siguen estando ah como demuestra Amnistiaren Aldeko eta Errepresioaren Aurkako Mugimendua [46]. Los tormentos salvajes fueron una constante en la dictadura militar argentina, lo que plantea de nuevo el debate entre los relatos y la verdad: negar la tortura es negar la verdad con excusas reaccionarias, posmodernas. El negacionismo como mtodo para ocultar el terror de Estado [47].

Las insurrecciones, las guerrillas, la lucha de clases, la defensa de la salud pblica, la lucha de liberacin nacional, la tortura, el Estado burgus y su terror, etc., exigen verdades concretas en su especificidad, relativas en su contexto, absolutas en sus lmites y objetivas frente al subjetivismo de los relatos. Esta exigencia es tanto ms imperiosa cuanto que la ideologa del dilogo entre discursos languidece en el cepo mental de la concepcin burguesa de los Derechos Humanos - El derecho no consiste ms que en el reconocimiento oficial del hecho [48] -, y del pacifismo que, como alguien dijo con total correccin es sumamente inmoral [49]. Si en el inicio fue la accin y no el verbo, mientras exista la injusticia la rebelin ser la verdad y su tica; y los relatos sern trampas del opresor. Es por esto que reflexionando sobre la sublevacin como necesidad cvica [50], el autor nos recordase con aprobacin aquellas palabras de Mao: Es correcto sublevarse.

Desde esta praxis, por tanto, no tena sentido participar en el evento oficial Bakea gigandik eraikitzen de octubre de 2016, una especie de degustacin de relatos bajo la direccin del chef del PNV, a no ser que se fuera con una visin radicalmente contraria, que se basase en la licitud tica y poltica de la rebelin como derecho supremo, tal como afirma el Prembulo de la Declaracin Universal de 1948, de la denuncia de la inmoralidad del pacifismo y la sublevacin como necesidad cvica. Naturalmente, esta concepcin se basa en el mtodo del materialismo histrico segn el cual la historia de la humanidad es la historia de la lucha de clases, desde que estas existen.

Consiguientemente, incluso cindonos a una historia corta de las violencias en Euskal Herria ningn relato veraz tiene sentido si deja de lado, si olvida, las contradicciones subyacentes a las mltiples violencias que surgieron en la parte peninsular de nuestra nacin desde la victoria poltico-militar del capitalismo vasco-espaol en el ltimo tercio del siglo XIX. Dada la incapacidad de todo relato que se site fuera de las contradicciones que estructuran nuestra sociedad para llegar a las races de las violencias, ciertos colectivos y personas intentan un corto vericueto intermedio comparando un relato veraz pero limitado estrictamente a la peligrosamente ambigua violencia poltica desde 1936, con otro relato oficial que empezara bastante ms tarde, en 1960 [51].

Pueden redactarse tanto relatos oficiales cuanto lo necesite el poder establecido, pero un relato veraz es imposible porque primero habra que definir qu es la verdad. En el texto de Euskal Memoria citado se acepta como encuadre ontolgico de la verdad en este caso a la Declaracin de los Derechos Humanos de la ONU de 1948, pero silenciando su Prembulo en el que se reconoce el sacrosanto derecho a la rebelin contra la injusticia y la opresin, o sea, popularmente dicho: la paz se gana a hostias. [52]

El Prembulo no citado anula de hecho toda la tesis posterior porque exige precisar antes de cualquier debate si el pueblo trabajador vasco tena derecho a la rebelin en 1936, en 1959, en 1975 Si tiene derecho a la rebelin [53] para qu perder el tiempo en elucubraciones sobre relatos veraces frente a relatos oficiales. Si tiene derecho a la rebelin pues que se defienda esa rebelin y se exijan responsabilidades a quienes masacraron en sangre ese derecho.

La tesis de Euskal Memoria en esta cuestin se mueve, pues, dentro de la ideologa burguesa de la batalla por el relato, pero desde una postura algo ms democraticista. Lo mismo le sucede al intento de extender el relato y la memoria histrica concepto ms productivo en lo heurstico que el del relato- al Estado espaol, introduciendo reflexiones pertinentes sobre Alemania e Italia [54], por ejemplo, pero sin superar el marco de lo permitido. De lo que se trata no es comparar relatos sino de profundizar en la batalla por la historia, en la confrontacin diaria entre la historia como arma de liberacin y los relatos fabricados por el poder y que forman el cemento ideolgico de su historia.

4.- Herenegun, EiTB y Thatcher: la vulgaridad alienadora

Introducir la cuestin de la memoria histrica nos obliga a pasar a la cuarta y ltima parte. Las naciones opresoras tienen una aplastante superioridad de recursos para elaborar sus espacios de memoria segn los impone su clase dominante como banderas, himnos, escudos, fiestas, monumentos y lugares referenciales [55]. Mucho de la batalla por el relato depende de cmo el poder haya impuesto sus espacios de memoria porque lograr as que los relatos estn constreidos a sus lmites imposibilitados de presentar otras realidades. Y puestos a hablar de espacios de la memoria, una de las cosas que debemos responder es a la pregunta de si Euskal Herria tiene una capital [56] que materialice su identidad y su memoria de nacin trabajadora, o sea, la lucha de clases entre vascas y vascos envuelta en las presiones del imperialismo franco-espaol.

Un espacio de memoria, o mejor decir una fbrica de memoria es la escuela infantil y juvenil, sobre todo cuando lo fundamental del currculo lo impone el Estado opresor y el resto la burguesa colaboracionista. ETA fue muy consciente de la importancia de una educacin euskaldun y progresista integrada en una pedagoga socialista [57]. La escuela actual no es progresista en modo alguno, y va retrocediendo en valores en la medida que avanza la industria transnacional de la educacin y la universidad-empresa que propagan una cultura alienante enfrentada a la del pueblo trabajador [58]. Ser esta escuela la que intenta adoctrinar a la juventud sobre el terrorismo de ETA.

Llegamos as al objetivo central de la estrategia burguesa: adoctrinar a la juventud. Xabier Palacios realiz un trabajo inestimable recordndonos las aportaciones de Piaget a la educacin en un sentimiento nacional liberador, dado que para Piaget la nacin es un instrumento de coordinacin de valores que se forma durante las cruciales experiencias que se viven entre los 7 y 11 aos, aproximadamente, perodo crtico para la psicognesis del concepto de nacin [59].

En estos aos se superan tres fases que suponen otros tantos hitos en la creacin de la personalidad autocentrada con identidad colectiva, nacional, cada vez ms enriquecida por una tica de la reciprocidad que supera el egocentrismo, y que se desliga definitivamente del carcter legaliforme y transcendentalista que le imprimiera Kant para configurarse en un sistema de agrupamiento racional ordenador de los valores contenidos en la vida afectiva [60].

Ahora bien, no todo es tan sencillo y fcil porque Piaget admite que las presiones sociales desven esos sentimientos mediante intervenciones ideolgicas [61]. Ms en concreto: Para Piaget la nacin es instrumento de coordinacin de valores que puede ser anulado por efecto de sociocentrismos y desviaciones ideolgicas [62]. Recordemos que la psicognesis del sentimiento nacional se realiza fundamentalmente entre los 7 y 11 aos. Pues bien, la tctica de Herenegun se va a aplicar sobre jvenes de entre 14 y 17 aos, como Piaget tema: despus de la formacin de la identidad se les va a someter a una presin ideolgica destinada a cortar de cuajo todo potencial inherente a la reciprocidad, es decir, al igualitarismo que es el substrato axiolgico del independentismo socialista y de la lucha de la izquierda abertzale en sesenta aos.

Sabemos que Herenegun va a recurrir a programas grabados por EiTB, autntica fbrica de alienacin, lo que nos lleva a recurrir a la experiencia amarga de la clase obrera britnica. Hay que recordar la brillante denuncia que se ha hecho al demoledor plan de ridiculizacin y desprestigio de la clase trabajadora britnica desde la segunda mitad de la dcada de 1980, en pleno auge del neoliberalismo thatcheriano. La clase trabajadora fue puesta en la picota [63] mediante programas de telebasura cmica en horas de alta audiencia para derrotarla tambin mental y psicolgicamente, destrozando su autoestima y orgullo de clase: haba que imponer definitivamente la historia burguesa neoliberal y destrozar no slo la historia obrera y popular sino a la vez su autoestima, su orgullo de clases.

Esto mismo ha sucedido ms tarde en Euskal Herria cuando en 2003 se emiti el primer programa de Vaya semanita claramente orientado a denigrar la cultura popular vasca en primer lugar y sobre todo sus componentes independentistas, abertzales, en menor medida a la ideologa nacionalista pequeo burguesa representada por el PNV, un poquito al nacionalismo espaol ms imperialista, el del PP, y apenas nada al PSOE. Solamente cuando ya resultaba escandaloso su sectarismo intent suavizar su imagen hasta su cierre en 2013.

Pero en 2014 apareci en las pantallas la pelcula Ocho apellidos vascos que ampliaba y mejoraba la orientacin de Vaya semanita, tal vez para convertir en objeto de burla y ridculo a la nacin andaluza que en esas fechas segua sin arrodillarse ante el seorito. Pasado el impacto de Ocho apellidos vascos, el 2015 volvi Vaya semanita a la televisin Se han ido alternando programas idnticos, una especie de ofensiva enajenante sostenida por relevos, que variaba en las formas mltiples de presentar la vulgaridad.

F. Buen Abad hace una crtica de la vulgaridad pura de la industria de la comunicacin, de las series televisivas y de los realitys shows: La vulgaridad impone mansedumbres, impone dictaduras del ridculo que amenazan permanentemente la integridad emocional y expresiva de los grupos. Impone un abatimiento exponencial de la creatividad y convierte permanentemente a todo individuo en espectador consumista de modelos estticos uniformantes [64]. Sobre esta denuncia, avanza a la crtica de los shows: Son grotescos tambin los talk shows, los realitys shows, y la dictadura del rating que soporta guerras civiles publicitarias en refriegas mediticas donde se hace con chismes faranduleros bocadillos cotidianos para el apetito del morbo comn [65].

La estrategia que analizamos busca destrozar la autoorganizacin de la clase obrera y del pueblo trabajador, siendo Herenegun una tctica ms, sometida a dicha estrategia. Con ciertas adaptaciones podemos recurrir al listado de factores que refuerzan la capacidad de resilencia, de respuesta de un pueblo ante una catstrofe, un problema estructural, una agresin prolongada y sistemtica represin de sus derechos, elaborado por J. Uriarte: la honestidad gubernamental, la identidad cultural, la autoestima colectiva y el humor social: es muy importante saber que existen diferencias de respuesta segn las clases sociales, el sexo-gnero, las edades, la educacin, etctera, por lo que de nuevo nos encontramos con la centralidad de la lucha de clases que siempre tenemos que tener en cuenta. Por el contrario, los factores que debilitan la capacidad de resilencia son: la pobreza social, la pobreza cultural, la pobreza moral, la pobreza poltica, la dependencia econmica, el aislamiento social, la estigmatizacin de las vctimas [66].

No hay duda de que la estrategia que se esconde debajo de la batalla por el relato, de las conversaciones sobre las memorias, de la pedagoga de la paz, etctera, reforzada por la industria de la cultura alienante y el show del chisme, van directamente en contra de la construccin de la memoria colectiva y de la identidad como lucha y prctica contra todo lo que aliena, humilla y degrada a la humanidad [67] , y por tanto contra la capacidad de resilencia de los pueblos explotados, de levantarse siempre tras las derrotas para volver a intentar tomar el cielo por asalto. Los agradables lunch para degustar relatos y saborear memorias abstractas apenas sirven de algo si no se critica radicalmente la lgica del capital.


Notas

[1] Gramsci: Utopa Antologa. Siglo XXI, Mxico 1980, pp. 44-45.

[2] Josep Fontana: La historia de los hombres. Crtica, Barcelona 2001, p. 257.

[3] K. Nkrumah: Neocolonialismo, ltima etapa del imperialismo, Siglo XXI, 1966. p. 204.

[4] James Petras: 3 de mayo de 2018 https://www.lahaine.org/mundo.php/el-camino-de-la-conquista

[5] Vicen Navarro: La continua tergiversacin de la Republica espaola y de la Generalitat republicana de Catalunya. 4 de julio de 2018

(http://blogs.publico.es/vicenc-navarro/2018/07/04/la-continua-tergiversacion-de-la-republica-espanola-y-de-la-generalitat-republicana-en-catalunya/)

[6] Stephen Spender. World within world. II Congreso Internacional de escritores para la defensa de la cultura (1937). Generalitat Valenciana, Valencia 1987. Pp. 442-448.

[7] Olatz Barriuso: El Gobierno vasco llevar a las aulas la historia de ETA unida al GAL y a las torturas. 22 de junio de 2018

(http://www.elcorreo.com/sociedad/educacion/alumnos-vascos-estudiaran-20180621132610-nt.html)

[8] Europa Press: El Gobierno vasco incluir el prximo curso el terrorismo de ETA en la asignatura de Historia. 21 de junio de 2018

(http://www.noticiasdegipuzkoa.eus/2018/06/21/sociedad/euskadi/el-gobierno-vasco-incluira-el-proximo-curso-el-terrorismo-de-eta-en-la-asignatura-de-historia)

[9] Anabel Dez: Crearemos una asignatura de valores cvicos y no ser optativa. 1 de julio de 2018

(https://politica.elpais.com/politica/2018/06/29/actualidad/1530267338_908393.html)

[10] Juan Miguel Baquero: Fernando Martnez, nuevo director general de Memoria Histrica: Las heridas de Espaa se cerrarn cuando se abran las fosas comunes. 29 de junio de 2018

(https://www.eldiario.es/investigadoresmemoria/Fernando-Martinez-Memoria-Historica-Espana_6_787481280.html)

[11] J. Christopher Cohrs: Una nueva visin del patriotismo constructivo. Psicologa Poltica, Valencia, N 29, 2004, pp. 51-68.

[12] Douglas Rushkoff: Coercin. Por qu hacemos caso a lo que nos dicen, La Liebre de Marzo, Barcelona 2001, p. 162.

[13] Gilberto Lpez y Rivas: Estudiando la contrainsurgencia de Estados Unidos, Universidad San Carlos, Guatemala, septiembre de 2015, pp. 115-116.

[14] Elades Acosta Matos: Imperialismo del siglo XXI: Las Guerras Culturales, Casa Editora Abril, La Habana 2009, p. 409.

[15] Daniel Guern: Fascismo y gran capital. Editorial Fundamentos, Madrid 1973, pp. 95-116.

[16] Boris Frolov: Prehistoria de la ciencia: aspecto etnocultural Ciencias Sociales A. C. de la URSS, Mosc, 1988 N 1, p. 98

[17] Boris Frolov: Los conocimientos antes de la civilizacin. Ciencias Sociales A. C. de la URSS, Mosc, 1991 N 1, p. 93.

[18] Ana Mara Vzquez: Antiguo Egipto. Historia de la Humanidad. Arlanza Edic. Madrid 2000. Tomo 4, p. 19.

[19] Herodoto: Los nueve libros de la historia. Euroliber. Barcelona 1990, pp. 87-143.

[20] N. Faulkner: De los neandertales a los neoliberales. Pasado&Presente. Barcelona 2014, p. 65.

[21] Michael Onfray: Tratado de ateologa. Anagrama. Barcelona 2006. Pp. 182-205.

[22] I. Kriveliov: Cristo: Mito o realidad? Academia de Ciencias Sociales de la URSS. Mosc 1985, pp. 6-76.

[23] Neil Faulkner: De los neandertales a los neoliberales. Pasado&Presente. Barcelona 2014, p. 62.

[24] AA.VV.: El origen de las grandes religiones. Historia Universal. Salvat-El Pas. Madrid 2004. Tomo 7. Pp. 233-256.

[25] A. Kryvelev: Historia atea de las religiones. Jcar. Madrid 1985, tomo 2, p. 195.

[26] Juan Vernet: Los orgenes del Islam. El Acantilado. Barcelona 2001. P. 99.

[27] lvaro Cruz Garca: Los Aztecas. Edimat. Madrid 2006. Pgs.: 39-40.

[28] Manuel Lucena: As vivan los aztecas. Anaya. Madrid 1992. Pg.: 42 y ss.

[29] J. Mostern: El pensamiento arcaico, Alianza Editorial, Madrid 2006, pp. 264-265.

[30] Grard Imbert: La sociedad informe. Icaria, Barcelona 2010. Pp. 63 y ss.

[31] Grard Imbert: La sociedad informe. Icaria, Barcelona 2010. Pp. 244 y ss.

[32] Amin Maalouf: Las cruzadas vistas por los rabes. Altaya, Barcelona 1996, p. 286.

[33] Engels: Los guerrilleros prusianos. Temas militares. Equipo Editorial. Donostia 1968, pp. 274-279.

[34] Donny Gluckstein: La otra historia de la segunda guerra mundial. Ariel, Barcelona 2013 p. 231.

[35] Chris Bambey: Historia marxista de la segunda guerra mundial. Pasado&Presente, Barcelona 2015, p. 297.

[36] Grard Imbert: La sociedad informe. Icaria, Barcelona 2010. P. 13.

[37] Lorenzo Espinosa: 4 de diciembre de 2017 https://www.boltxe.eus/catalunya-la-historia-se-repite/

[38] David Armitage: Las guerras civiles. Alianza Editorial. Madrid 2018. Pp. 249-256.

[39] Calos Tupac: Terrorismo y civilizacin. Boltxe Liburuak. Bilbo 2017 segunda edicin, pp. 31-142.

[40] Adrian Johston: Del socialismo cientfico a la ciencia socialista: pasado y presente de la Naturdialektit. La idea de comunismo. Akal Madrid 2014, pp. 168-169.

[41] Juan Chingo: Francia: Huelgas de trabajadores y luchas de estudiantes. 19 de noviembre de 2007

(https://www.lahaine.org/mundo.php/francia_huelgas_de_trabajadores_y_luchas)

[42] Andre Damon: El retorno de la gran narrativa 20 de junio de 2016

(https://www.wsws.org/es/articles/2016/06/20/narr-j20.html)

[43] T. Eagleton: El discurso posmoderno pasa, el marxismo queda. 13 de julio de 2016

(https://marxismocritico.com/2016/07/13/el-discurso-posmoderno-pasa-el-marxismo-queda/)

[44] Stephane Barbas: La vigencia del anlisis crtico de Marx ante las desigualdades. 11 de enero de 2018

(http://www.rebelion.org/noticia.php?id=236439)

[45] Xabier Makazaga: Euskal Herria: Ertzaintza y tortura. 9 de febrero de 2108

(http://www.resumenlatinoamericano.org/2018/02/10/euskal-herria-ertzaintza-y-tortura)

[46] Ante el informe sobre la tortura publicado por el gobierno de la CAV. 22 de diciembre de 2017

(https://www.amnistiaaskatasuna.com/es/articulo/ante-el-informe)

[47] Federico Mare: Terrorismo de Estado, negacionismo y posmodernidad. 24 de marzo de 2017

(https://www.laizquierdadiario.com/Terrorismo-de-estado-negacionismo-y-posmodernidad)

[48] Marx: Miseria de la filosofa , Aguilar, Madrid 1973, p. 133.

[49] Terry Eagleton: Por qu Marx tena razn. Pennsula. Barcelona 2011. P. 177.

[50] tienne Balibar: La necesidad cvica de la sublevacin Pensar desde la izquierda. Errata Naturae. Madrid 2012, p. 294.

[51] Iaki Egaa: Relato veraz versus relato oficial Euskalmemoria Aldizkaria. 2016eko Abendua 16.zenbakia 18-19 horria

[52] Sendoa Jurado Garca: La paz de gana a hostias. 25 de octubre de 2017

( https://www.boltxe.eus/bakea-ostiaka-irabazten-dala-paz-se-gana-hostias/ )

[53] Manuel Carmona Curtido: Se puede legitimar el uso de la violencia? 21 de junio de 2018

( http://kaosenlared.net/se-puede-legitimar-el-uso-de-la-violencia/ )

[54] Juan Mari Zulaika: La memoria y la batalla por los relatos. 11 de mayo de 2018

(https://www.naiz.eus/eu/iritzia/articulos/la-memoria-y-la-batalla-por-los-relatos)

[55] Jess de Andrs Sanz: Nacionalismo espaol y lugares de memoria. Nacionalismo espaol. Catarata, Madrid 2007, pp. 291-306.

[56] Borroka: Tiene Euskal Herria capital? 5 de julio de 2018

( https://borrokagaraia.wordpress.com/2018/07/05/tiene-euskal-herria-capital/ )

[57] Suplemento especial al N. 2, Hautsi N. 2. Documentos Y. Hordago. Lur, Donostia, 1981Tomo 16, pp. 374-378.

[58] Ikasle Abertzaleak: Hau es da gure hezkuntza: Pisa eta errebalide planto! 17 de abril de 2018

( https://borrokagaraia.wordpress.com/2018/04/07/hau-ez-da-gure-hezkuntza-pisa-eta-errebalidei-planto/ )

[59] Xabier Palacios: El nacionalismo como norma de coordinacin de valores desde la epistemologa gentica. Poder y democracia. Nazionalismo Konparatuen Ikasketarako Institutoa, Vitoria 1993, pp. 225-227.

[60] Xabier Palacios: El nacionalismo como norma de coordinacin de valores desde la epistemologa gentica. Poder y democracia. Nazionalismo Konparatuen Ikasketarako Institutoa, Vitoria 1993, p. 233.

[61] Xabier Palacios: El nacionalismo como norma de coordinacin de valores desde la epistemologa gentica. Poder y democracia. Nazionalismo Konparatuen Ikasketarako Institutoa, Vitoria 1993, p. 232.

[62] Xabier Palacios: El nacionalismo como norma de coordinacin de valores desde la epistemologa gentica. Poder y democracia. Nazionalismo Konparatuen Ikasketarako Institutoa, Vitoria 1993, p. 233.

[63] Owen Jones: Chaws. La demonizacin de la clase obrera. Capitn Swing. Madrid 2012 pp. 135-168.

[64] Fernando Buen Abad: Filosofa de la Comunicacin. Editorial Amanec de Bala, Caracas 2013, p. 278.

[65] Fernando Buen Abad: Filosofa de la Comunicacin. Editorial Amanec de Bala, Caracas 2013, p. 432.

[66] Juan de Dios Uriarte Arciniega: La perspectiva comunitaria de la resilencia. Psicologa Poltica. Valencia, N 47, 2013, pp, 7-18.

[67] Fernando Buen Abad: Filosofa de la Comunicacin. Editorial Amanec de Bala, Caracas 2013, p. 170.


Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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