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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 29-04-2003

Socialismo, pena de muerte, tortura

Francisco Fernndez Buey
Gramsci e o Brasil


El estudio detallado de la historia de las ideas es como el cajn de las sorpresas. Estamos tan acostumbrados a que nos cuenten su historia los vencedores de la Historia que pocas muy veces nos damos cuenta de que de las historias de la historia la ms interesante es aquella que un da se cont y luego se perdi para la mayora, que son los perdedores de la Historia. Esto lo intuy muy bien Walter Benjamin en sus tesis sobre el concepto de historia, redactadas - y no es casualidad - en un momento malo para todos aquellos, socialistas y comunistas, que pensaban que desde el siglo XIX venan navegando a favor de la corriente.

La sugerencia principal de esta reconsideracin benjaminiana de la historia es que no hay corriente. O, por mejor decir, que si alguna corriente hubiera, sta es subterrnea y slo la descubriremos investigando sobre los cabos sueltos del ovillo, sobre las ideas y actuaciones que en el momento en que se propusieron no fueron suficientemente comprendidas.

La cosa viene a cuento a propsito del socialismo, la pena de muerte y los ltimos acontecimientos de Cuba.

La otra historia, la que debe interesar a los de abajo, la ha contando uno de los historiadores ms sensibles del siglo XX: Franco Venturi. Resulta que el primer autor que fue acusado a la vez de utpico y de socialista no era, segn la caracterizaciones habituales de los libros de texto que luego se escribieron, ni utpico ni socialista. Se llamaba Cesare Beccaria y escribi un libro, de gran repercusin en su poca, titulado De los delitos y las penas. El libro se public en 1764. Por entonces, en pleno auge de lo que solemos llamar Ilustracin, haba ya en Europa algunas especulaciones notables en favor del ideario socialista y comunista. Como, por ejemplo, la de Morelly, quien, adems de criticar "el horror y la locura de nuestro estado policaco" y de pretender, alternativamente, una sociedad en la que los bienes estuvieran en comn, aspiraba nada menos que a la abolicin de la idea misma de bien y mal. As empezaba a nacer la idea moderna social-comunista, predicando al mismo tiempo la abolicin de la propiedad privada y la abolicin de toda moral tradicional.

Pero Beccaria no era Morelly.

Beccaria comparta con los ilustrados de su poca, y sobre todo con los utilitaristas, la voluntad de crear una sociedad fundada en la razn y en el clculo, haciendo a un lado oscurantismos y prejuicios heredados del pasado. Slo que l se plante un asunto sobre el que muy pocos haban reflexionado por entonces: el del derecho de la sociedad a castigar los delitos. Beccaria distingui radicalmente entre pecado y delito, entre crimen y culpa. A diferencia de los primeros socialistas y comunistas modernos que queran dar voz a aquellos a quienes casi nunca se escucha, a los de abajo, entendiendo por tales, trabajadores y artesanos, pobres pero honrados, Beccaria tuvo la ocurrencia de dar voz a quien por definicin no puede tener ya voz: el delincuente condenado. Y esa voz clama contra la injusticia de lo que los de arriba (y a veces tambin los trabajadores honrados) llaman justicia.

Beccaria dej hablar al delincuente, al condenado, para poner de manifiesto la relacin que hay entre la injusta justicia realmente existente y la desigualdad social. No por identificacin simpattica con el delincuente, sino por sensibilidad ante los sufrimientos del condenado y porque establecer esa relacin permite captar el vnculo entre las abstracciones jurdicas y los crudos hechos econmicos. Con esa sensibilidad, y desde ese vnculo, puede uno preguntarse sobre el derecho a castigar en una sociedad injusta y desigual.

Lo mas apreciable y nuevo de la argumentacin de Beccaria es que pona en el centro del discurso algo sobre lo cual los primeros socialistas haban pasado como si del fuego se tratara: la violencia contra el reo, la tortura y la pena de muerte en el derecho penal. En un dibujo que Beccaria hizo para ilustrar la tercera edicin de su obra imaginaba una justicia con los rasgos de Minerva en la que se funden ley y sabidura. La Justicia-Minerva aleja de s, con gesto de espanto, las cabezas cortadas que le tiende el verdugo, mientras vuelve, en cambio, sus ojos benvolos y sonrientes hacia los instrumentos del trabajo de los hombres de la poca.

A diferencia de los utpicos ilustrados que se orientaban hacia el socialismo o el comunismo, Beccaria no propuso abolir de una vez por todas la diferencia entre bien y mal establecida por las morales tradicionales. Su idea de la sociedad de libres e iguales era, por as decirlo, autocontenida. l no crea que el da de maana la expresin de la libertad y la igualdad tuviera que pasar por la negacin del derecho, de todo derecho. Beccaria era ms modesto y tambin ms realista: slo propona reformar el derecho a castigar los delitos, aboliendo la pena de muerte y la tortura. Y argumentaba ambas cosas con razones de utilidad, basndose en el principio de "mxima felicidad dividida entre el mayor nmero". Su humanitarismo utilitarista le llev a proponer sustituir la pena de muerte, vigente entonces en todos los estados, por trabajos forzados.

Por todo ello fue acusado de utpico y de socialista. Se da la circunstancia, interesantsima, de que este es justamente el contexto en que aparece por primera vez en una lengua europea moderna el trmino "socialista" (para acusar, para condenar; no para proponer). El principal acusador de Beccaria, el que le llama "socialista", fue un fraile veneciano llamado Ferdinando Facchinei, el cual, adems de defender a la Inquisicin y de justificar la tortura y la pena de muerte como expresiones cabales de la autoridad, contrargumentaba algo que los de arriba siempre han pensado (y que cuando han dejado de pensarlo siguen poniendo en prctica a la hora de la aplicacin del derecho penal), a saber: que el delito cometido contra un general no puede ser castigado de la misma manera que el delito cometido contra un mozo de carga.

Ya esto ltimo remite a una clave para entender por qu tampoco los ilustrados contemporneos ni los socialistas que vinieron despus de la revolucin francesa apreciaron como se deba aquella "utopa socialista" de Beccaria. Porque la cuestin social pas tan a primer plano, y se vivi con tanta intensidad, que la sensibilidad moral frente a la prctica de la tortura y la aplicacin de la pena de muerte se consider mero reformismo. O, en el mejor de los casos, como algo que llegara por s solo, como cado del cielo etreo del socialismo, cuando hubiera sido abolida la propiedad privada y el derecho penal mismo. Mientras haya clases, mientras exista la opulencia miserable, mientras haya opresores y oprimidos, la abolicin de la tortura y de la pena de muerte ser - se dijo - humanitarismo prematuro. O sea: mala utopa incluso para aquellos que postulaban igualmente la sociedad de libres e iguales. Pronto la guillotina se convertira en Europa en el instrumento revolucionario por excelencia. Tanto que hasta la primera declaracin de feminismo (Olimpia de Gouges) se hizo en base al hecho de que tambin las mujeres pasaban por la guillotina: "Si la mujer tiene derecho a subir al cadalso, tambin lo tiene a subir a la tribuna".

As, Beccaria, el "utpico socialista" que no fue ni utpico ni socialista, qued olvidado tanto por los socialistas utpicos como por los socialistas cientficos, con alguna excepcin notable, como la de Rosa Luxemburg. Y as se perdi, durante dcadas, la posibilidad de un dilogo fructfero entre partidarios del socialismo y defensores de la abolicin de la pena de muerte, un dilogo que tal vez habra ahorrado mucha sangre a la humanidad sufriente que, al decir de los socialistas, tena que juntarse con la humanidad pensante.

En 1853, en un texto tambin olvidado, Karl Marx escribi un pequeo homenaje a Beccaria: "Para defender la pena de muerte se suele presentar sta como un medio de correccin e intimidacin. Pero la historia y la estadstica prueban plenamente que desde Can el mundo jams se ha corregido o intimidado por el castigo Miserable sociedad sta que no ha encontrado otro medio de defenderse que el verdugo y que proclama su propia brutalidad como una ley eterna".

Puestos a prolongar las viejas utopas y los cabos sueltos de la historia, he ah un buen paso para aproximar la sensibilidad social del socialismo y del comunismo del siglo XXI a lo que nos viene enseando, con otra sensibilidad y desde hace dcadas, Amnista Internacional. Se me ocurre que una forma de contribuir a esa aproximacin es reflexionar acerca de las concomitancias del dibujo de Cesare Beccaria sobre Justicia-Minerva y del cuadro de Paul Klee, "Angelus Novus", del que Walter Benjamin arranc para su reconsideracin del concepto de historia. Pues hay algo ms que proximidad entre aquella Justicia- Minerva que mira con horror las cabezas cortadas que el verdugo le ofrece y el benjaminiano ngel de la historia que ve una catstrofe nica, que amontona a sus pies ruina sobre ruina y que reflexiona sobre ese huracn que supuestamente sopla desde el paraso al que nosotros llamamos progreso.

Quines somos "nosotros" ahora no est muy claro. Lo que est claro es que todava en estos tiempos una parte sustancial de la humanidad que se dice civilizada y hasta socialista sigue, como dijo el otro, proclamando su propia brutalidad como ley eterna.

Francisco Fernndez Buey professor da Universidade Pompeu Fabra, em Barcelona.



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