Portada :: Opinin
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 23-01-2000

El rito y la cultura

Rafael Snchez Ferlosio
ABC Cultural

(Publicado en ABC Cultural, 22 de enero de 2000)


Como este es sin duda un acto ritual y, sin embargo, por las precarias condiciones acadmicas del que en l honris, transgrede generosamente exigencias usuales de tal ritualidad, tomar por tema justamente la ambigedad del rito en lo que toca a la cultura, donde, como en otros campos es una moneda que tiene cara y cruz.

Las condiciones personales que hacen, en algn grado, irregular el laurel que me otorgis consisten en que, en mis muchos intentos acadmicos, yo he sido un estudiante muchas veces ms cateado que aprobado, no tengo licenciaturas universitarias y me he quedado en simple bachiller. La antigua residencia de esta universidad, donde mi abuelo materno, Romolo Ferlosio, se hizo laureato in legge, tena por patrono a Sant'Ivo, cuya iglesia coron Borromini con la maravillosa Chioccioletta, que yo vea muy cerca desde la terraza de la casa romana en que nac. El pedestal de una imagen de Sant'Ivo, en una pequea iglesia de Galicia, tiene este lema "Aduocatus et non latro, res miranda gentium"; pienso ahora que en el pedestal en que tan inmerecida y antirritualmente me pone vuestra liberalidad debera inscribirse esta parfrasis: "Bocciato ma laureato, res miranda gentium". Pero aunque este acto de modestia por mi parte sea tambin algo que hace usualmente parte indefectible del ritual, querra que tambin fuese tomado en serio, para que nadie anticipe demasiadas esperanzas sobre la inteligencia, la profundidad o los conocimientos de lo que, sin ms prembulos, pasar a exponer.

Uno de los achaques ms frecuentes de quin, por temperamento o por circunstancias de la vida, acaba vindose preso de mis aleatorias formas y limitaciones culturales es, como decimos en Espaa, "descubrir Mediterrneos". Entre esos mis "descubrimientos del Mediterrneo", est el que, hace unos dieciocho aos, reflexionando sobre la ritualizacin de la cultura me llevo a definir de pronto la funcin del rito como "proteccin del lmite" y, derivadamente, como "defensa contra lo que est ms all de lmite". Slo mucho ms tarde me enter de que esta relacin del rito con el lmite, aunque de forma ms compleja y ms circunstanciada, era ya un viejo tpico universalmente reconocido y estudiado por la antropologa.

En el hecho de que el lmite sea algo siempre necesario en toda sociedad humana estn la conveniencia y la virtud del rito, pero tambin las posibilidades de una aplicacin malignamente desviada por los intereses del poder. Por eso suelo decir que tan buenas razones poda tener Lao-tze en contra del rito como Confucio a su favor.

Ya que estamos en China, todos recordaris cmo en 1368, con la cada de Pekn y de Toghan Temr, el ltimo emperador mongol, fue instaurada la dinasta china de los Ming. El protodinasta Chu Yan-Chang, o T'ai-tsu por su nombre imperial, reconstituy el poder sobre el modelo de los Sung, pero con formas mucho ms autocrticas. Receloso del alto testamento de los literatos-funcionarios, lo honr, no obstante, por as decirlo, formando el lujoso cuerpo de la llamada "guardia con ropas de brocado" al, destinada a su control y a su eventual persecucin y detencin, al tiempo que restauraba para l el kuo-tzu-chien, la antigua institucin estatal de estudios fundada por los Tang en el siglo VIII, pero ahora sobre la base del neoconfucianismo de los Sung, salvo que proscribiendo y excluyendo del corpus cannico oficial de la obra del segundo grande del confucianismo, Meng-tzu, pues, a su juicio, reivindicaba de forma inadmisible los derechos del pueblo frente al emperador.

Viniendo a mi cuestin, en esta atmsfera de despotismo y paranoica desconfianza del poder imperial lo que, a mi juicio, dio lugar al nunca visto extremo de ritualizacin que impuso a los estudios del kuo-tzu-chien la reforma de 1382 dictada por T'ai-tsu. La memorizacin sigui siendo el fundamento inexcusable para los exmenes, entre cuyos textos se inclua el ming-ta-kao (o gran edicto Ming), compendio del pensamiento del emperador, cuya posesin y lectura eran, por lo dems, obligatorias para todos los sbditos del Celeste Imperio (ya, pues, un remoto pero claro antecedente del libro rojo de Mao Tse-tung?). Pero -citando ahora textualmente de los historigrafos Herbert Franke y Rolf Trenzettel- "la innovacin ms significativa fue de tipo formal: la pieza principal de los exmenes era la disertacin de ocho secciones (pa-ku-wen), cuya estructura y estilo estaban prefijados con rigor. La formalizacin estricta que esto comporta abajo degener muy pronto en un esquema rgido cuya aplicacin correcta requera un entrenamiento adquirido por medio de disciplinados ejercicios acadmicos que terminaban por cerrar el paso a toda posible originalidad intelectual". Hasta aqu la cita. As, la disertacin de ocho secciones vena a ser como una especie de lecho de Procusto que confirmaba el dicho de Lao-tze (filsofo de la "no-accin", no lo olvidemos): "El rito superior acta, y si no halla respuesta, la fuerza". El fin, esta tan extremada ritualizacin de la enseanza por parte de T'ai-tsu, en cuanto clara operacin neutralizadora de todas las virtualidades del saber que pudiesen aparejar una amenaza contra el poder constituido, podra ilustrar mi descripcin de la funcin del rito como "proteccin del lmite" y aqu particularmente en tanto que "defensa contra lo que est ms all de l y lmite", que en nuestro caso se concretara como "ms-all-del-lmite del principio de dominacin". Otra disposicin de T'ai-tsu, la de hacer obligatoriamente hereditarios todos los oficios del Celeste Imperio, nos remite a quien mil aos antes haba llevado al Imperio romano a su mximo grado de tirana institucional: Constantino. ste, no slo se anticip a T'ai-tsu con idntica ley sobre los oficios y las ocupaciones, sino que incluso la haba reforzado prohibiendo a los sbditos cualquier emigracin o cambio del lugar de residencia. Pues bien, he aqu que este mismo Constantino, ya declarado protector del cristianismo, pero -ntese bien- sin haber sido todava bautizado, tuvo su asiento de honor en medio de todos los padres sinodales en el Concilio de Nicea, y all, enfrentadas ya las partes sobre el vidrioso punto de la "consubstancialidad", arbitr, por su propia autoridad e iniciativa, la acerba logomaquia con la des-semantizadora solucin de que todas las comunidades se obligasen a acatar la literalidad de la palabra -que, siendo el griego la lengua sinodal, no era otra que "omousa"-, quedando libres para interpretarla a cada uno segn su inspiracin.

Un rasgo necesario de toda institucin, y ms an de una ecclesia, que a tenor de su nombre es un conjunto de pertenecientes, es el horror al continuo, al ms o menos, a la diversidad de grados y modos; de ah la exigencia de fijar un limite taxativamente discontinuo entre la pertenencia y la no pertenencia. Pero, como el espritu de la palabra es apuntar siempre ms all de s, el horror al continuo de la institucionalidad recae sobre ella como una letal imposicin de lmite a ese virtual plus ultra en que alienta la esencia del significar. Esto se logra bloqueando a la palabra en su ms estricta materialidad fontica. Por eso la decisin de Constantino de sacralizar, hacindola obligatoria, la mera literalidad del "consubstantialempatri" era del todo congruente con la institucionalizacin definitiva de la religin cristiana: el Credo de Nicea no fue formado con ninguna finalidad cognoscitiva o didctica, sino, en tanto que "smbolo de la Fe", con la simple funcin de marca o contrasea de la pertenencia.

Pero esta ritualizacin y hasta fetichizacin de la palabra, que aparejaba directamente su reduccin al silencio -anticipando en el "Psalle et sile" de la clebre consigna cartujana-, junto con la excluyente fijacin de un canon escriturario ortodoxo, significaba, en el fondo, para el cristianismo -al igual que para cualquier otra religin institucionalizada-, ni ms ni menos que la determinada defensa de sus lmites esta obstruidos contra el siempre latente ms-all-del-lmite de su propia utopa originaria. Y si, por una especie de inslita fortuna, Inocencio III, a despecho del escndalo de toda la Iglesia bien pensante, reconoci la olvidada y hasta odiada utopa en los pies descalzos de triunfo fue designado como "Alter Christus", tampoco hay que olvidar que apenas unos decenios tras su muerte, un fraile de su propia orden expurg drsticamente la infinita leyenda franciscana, dejndola reducida al exiguo canon ortodoxo de las Florecillas.

El trgico destino de toda religin institucionalizada es asimismo que en el caso del confucianismo, que tambin tuvo su utopa en el pasaje del Gran Camino, como ideal opuesto al de la Pequea Tranquilidad, melanclico nombre que tal pasaje reserva para el conformismo posibilista con el mundo dado; Max Weber, al recogerlo en su Sociologa de la religin, supone o por lo menos no excluye que tal texto puede ser obra del mismsimo Confucio, lo que, sea como fuere, no lo salv de ser proscrito como heterodoxo no bien el confuncianismo, ya muchos siglos antes de los Ming, se hizo religin de Estado, con la consiguiente eclesiastizacin e institucionalizacin doctrinaria como escuela imperial de mandarines.

Lo que la institucionalizacin de las religiones perpetra contra espritu de la palabra -o, si queris, contra la palabra del espritu- bien que nos puede servir de ilustracin sobre el peligro que para el conocimiento y el saber comporta en general la ritualizacin de la cultura.

En su ya clsica Teora de la clase ociosa, Thornstein Veblen seal agudamente, desde el panorama de las universidades norteamericanas de hace un siglo, estos tres rasgos: 1) ritualizacin, tanto en liturgia externa como en la formalidad de la enseanza misma; 2) inutilidad de los saberes cultivados; y 3) prestigio social ostentatorio de los ttulos y los conocimientos acadmicos. Sin embargo, a pesar de la corrosiva penetracin de sus observaciones, la obcecada obstinacin con que impuso a su experiencia el concepto central y hasta obsesivo de "temperamento predatorio" lo llevo a valorar unilateralmente esas tres cosas como aspectos concomitantes de un mismo fenmeno, sin dejar sitio para la sospecha de que pudiese tal vez haber entre ellos una relacin distinta y ms compleja que la de sumandos de una misma suma. Veblen vio e interpret esos factores de ritualizacin, inutilidad y prestigio social ostentatorio tal como sincrnicamente se le aparecan, sin pensar que detrs de aquella actual concordia pudiese haber toda una serie de luchas, de coacciones, de transacciones y de contubernios. Pero, si, tal como creo haber demostrado a partir del ejemplo de T'ai-tsu, la ritualizacin es una especie de tratamiento ortopdico al que el saber es sometido por los intereses del poder constituido, o, ms internamente, una accin qumica metabolizadora que permite fagocitar lo diferente por novedoso, o, en fin, a una liturgia que el exorciza por anticipado la eventual amenaza de demonios exteriores, entonces la relacin entre la ritualidad y la inutilidad no sera una connivencia originaria, sino que la inutilidad resultara ser efecto o resultado de la ritualizacin.

Y es el tercer factor, entre el prestigio social ostentatorio con que se honra la inutilidad de los saberes llamados humansticos, lo que acrecienta fuertemente la sospecha del viejo contubernio. Esas mximas reverencias con que, en la jerarquizacin del protocolo cortesano, se privilegia al mandarn no seran sino la condigna recompensa del poder estatuido, el premio concedido por el emperador a quienes han aceptado someterse al rito, o sea, a la castracin del pensamiento y del saber, reducindose al impotente "no-ms-all-del-lmite" que conviene a la seguridad y a la permanencia del sistema [1] .

Pero ahora me sobreviene una ltima pregunta: por qu, a despecho del aplastante triunfo hodierno de la tecnocracia, y frente a los saberes positivos, tiles, por otra parte mucho mejor remunerados, incluida la propia sociologa en tanto que instrumento de control social, siguen siendo, no obstante, los saberes llamados "humansticos" (palabra que, dicho sea de paso, personalmente aborrezco) los que, incluso reducidos a esa ociosa funcin puramente ornamental, reciben en palacio o en los salones de la buena sociedad -y aunque sea con consciente o inconsciente hipocresa- los ms altos tributos de admiracin y prestigio?

Pues bien, mi conjetura es que -si bien quiz ya, desgraciadamente, con cierto atraso de percepcin histrica- sobrevive la conviccin de que son justamente esos saberes -aunque hoy felizmente mantenidos en la impotencia y en la ociosidad- los nicos de los que el sistema podra tener, o por lo menos cree todava poder tener, en todo caso, alguna cosa que temer, los nicos que contienen, o por lo menos antao contenan, la amenaza del "ms-all-del-lmite", o en fin los nicos que, en una palabra, a semejanza del nio de la antigua fbula, seran capaces de gritar: "El emperador est desnudo".



[1] En una esplndida y, como es de justicia, sumamente encomistica introduccin a una reedicin moderna de La teora de la clase ociosa, John Kenneth Galbraith, evocando el ambiente y los condicionamientos culturales que en la poca de Veblen imperaban en las relaciones entre la Universidad de Chicago y la plutocracia local, recuerda un caso de 1895: el del profesor de economa, Edward W. Bemis. ste se haba atrevido a atacar a la empresa de transportes urbanos, que, "mediante sobornos a gran escala", haba logrado alzarse con el monopolio, y el contrato de Bemis no fue renovado. Las autoridades universitarias y otros hombres de bien disimularon y mintieron lo mejor que pudieron, ignoro con qu grado de crdito ante el pblico. Pero lo ms llamativo fue la actitud de la prensa, que, lejos de ocultar la relacin de causa-efecto entre el ataque de Bemis a la empresa de transportes y su expulsin de la universidad, no slo la reconoci paladinamente, sino que, adems, la aprob: y de un artculo al respecto, aparecido en el Journal de Chicago, el propio Galbraith entresaca el siguiente pasaje literal: "El deber de un profesor que acepta el dinero de una universidad por su trabajo es ensear la verdad establecida, no meterse en la bsqueda de la verdad". Este es, sin embargo, un ejemplo anmalo y excepcional, porque los condicionamientos que sufre el saber que le llegan por vas mucho ms mediatas y genricas y, por lo tanto, difcilmente localizables; rarsimas veces de un modo tan directo y tan descaradamente transparente. (Esta nota no estaba en el texto original; el autor la tena preparada para aadirla en el libro, pero se le traspapel y olvid, de modo que nos la ha mandado ahora).



Envía esta noticia
Compartir esta noticia: delicious  digg  meneame twitter