Portada :: Opinin
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 10-08-2018

La sociedad del cambio

Jaime Richart
Rebelin


En la naturaleza, salvo los cambios sbitos y aleatorios que solemos llamar catstrofes, los predecibles, cclicos y armoniosos de las cuatro estaciones del ao son tan necesarios como poticos. Pero ello sin olvidar que, a los ojos de las doradas estrellas, tan trgica es la desaparicin de un pueblo sepultado por la lava de un volcn o el aniquilamiento de una civilizacin en guerras de exterminio por la suprema necedad de sus jerarcas, como la rotura de la segunda articulacin de la segunda pata de una hormiga por el peso de una paja...

El caso es que si fueron lentos los cambios durante la mayor parte de la historia de la sociedad del homnido, los cambios sustantivos empezaron hace unos cien aos, siguieron una razonable progresin en el tiempo y han terminado, casi de repente, vertiginosos, frenticos, histricos...

La vida de un europeo que en 1900 tuviese 80 aos habra transcurrido sin apenas darse cuenta de los cambios habidos en su pueblo o en su ciudad y en las costumbres de su pas en general. Si no le alcanz alguna de las guerras que salpicaron el continente, ese anciano vivira en una burbuja de cambios casi imperceptibles. Pero si hubiese seguido viviendo hasta hoy, despus de haberse asombrado de aquella batera de novedades que empezaron con la radio, el telfono y el coche, seguira asombrado luego con la televisin, y terminara hoy menos asombrado por la tendencia pero curioso a cuenta de los ensayos de teletransportacin cuntica...

El caso es que a partir de la segunda guerra mundial es cuando empieza la eclosin de los cambios mecnicos y tecnolgicos en los pases avanzados, y luego en el resto. Pero en el ltimo tercio del siglo XX hasta ahora, los cambios son constantes y casi marean. Tanto se han disparado, que podra decirse que vivimos centrifugados por ellos y en medio de un fuego cruzado de cambios y de intentos de cambio que a menudo se neutralizan entre s dificultando o impidiendo notables mejoras posibles para la sociedad en general, unas veces, y para una sociedad concreta, otras. El desaprovechamiento en Espaa de la energa solar, por ejemplo, es el caso paradigmtico del desperdicio por los intereses de unos cuantos...

Un octogenario observador de hoy, que ha ido de perplejidad en perplejidad asistiendo a todos esos cambios a lo largo de su vida puede constatar ahora que, despus de haberlo visto, probado y comprobado casi todo, necesita distinguir en esta materia el oro del oropel, pues al lado de slidos adelantos o utilidades abunda lo superfluo y toda clase de espejuelos. El oro es lo atractivo o estimulante unas veces, y lo ciertamente ventajoso otras. El oropel son tantas cosas que encierran la incitacin al abuso y al embrutecimiento que, en detrimento de otras, pueden llegar a complicarnos o a agriarnos absurdamente la vida, e incluso moral y anmicamente empobrecerla. A cada cual incumbe distinguirlos.

Los cambios afectan a todo; a todo, menos a la condicin humana. Ha evolucionado muy poco. La prueba est en dos detalles de una importancia colosal. La primera es la desigualdad entre los individuos escalonados por clases, que ha existido siempre, y que no slo no ha ido aminorando sino que ahonda cada vez ms la brecha entre poseedores y desposedos. La segunda es la psima justicia distributiva que en lugar de corregirla, refuerza la desigualdad con estrbicas sentencias en funcin de los rangos sociales.

Sin embargo, hay otra posibilidad ms asequible que el cambio de la humana condicin que parece imposible. Y esa posibilidad es el perfeccionamiento moral de la sociedad que en unos pases ya se percibe o es un hecho como consecuencia de una armnica evolucin entre racionalidad e instinto, pero en otros, como Espaa, no acaba de producirse, salvo en sectores aislados, en buena medida por el prosecucin de la intolerancia salvo hacia lo que la merece una sociedad mentalmente sana. Desde luego el sistema, es decir, el capitalismo extremo, es decir, el neoliberalismo, es el mayor obstculo. Pues prima el individualismo hasta extremos nauseabundos y la idea neoliberal se explica bsicamente por la, unas veces directa y otras subrepticia, imposicin de la privatizacin. Transferir, de los Estados a manos privadas por definicin societarias, todas las competencias hasta anular al Estado, es la consigna. El Estado, convertido en instituto tutelador de la idea, queda reducido as a aparato represor, de policas y de una justicia, dirigido a proteger el proceso privatizador contra quienes lo obstaculicen. Una ideologa esa, la neoliberal, que carece de otros fundamentos morales que no sean iusnaturalistas; iusnaturalistas en el sentido de la ley natural del predominio del ms fuerte, atemperada hasta ayer por la religin y la tica. Religin y tica, a su vez, cuyo valor en tanto que reguladores o controladores sociales se han debilitado hoy de tal modo que no son capaces de refrenar los impulsos de predominio y de depredacin social. Y tampoco quienes son sus adalides, los moralistas religiosos y civiles, pueden explicar la religin y la tica, siquiera engaosamente como en otros tiempos, sin hacer el ms espantoso ridculo. Pues no queda ya nadie en Occidente que no est avisado de que religin y tica se siguen predicando, como siempre, para reforzar la causa del poderoso.

Los cambios tecnolgicos y de costumbres, en efecto, son brutales, pero el cambio que en Espaa, ms que en ningn otro pas del sistema, no se produce y por ello todo el mundo debiera contribuir a l, es el de la mentalidad de los que acaparan privilegios y riqueza. Riqueza y privilegios por lo general adquiridos, en el mejor de los casos sin ms merecimiento que el allegado por la mera locuacidad, por los pocos escrpulos o por la suerte del horscopo...


Jaime Richart, Antroplogo y jurista.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



Envía esta noticia
Compartir esta noticia: delicious  digg  meneame twitter