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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 15-08-2018

Melilla, vestigios franquistas, contrabando y minoras sin derechos

Bea Fernndez Kunst
CTXT

La ciudad es una maqueta de la estructura neocolonialista segn la cual se acepta que la gente con menos recursos sufra escasez por el sobreconsumo de Occidente


Estatua de Francisco Franco antes de ser Caudillo a las puertas de la Melilla histrica.

es, con Ceuta, el nico territorio europeo que queda en el continente africano. La pequea frontera terrestre entre Espaa y Marruecos ostenta el ttulo de la ms desigual del mundo. Es el ojo de la aguja de un continente convertido en fortaleza, cuya estrategia consiste en repeler violentamente a toda aquella persona que trata de entrar. La consecuencia: un verdadero desastre humanitario ante nuestros ojos.

Pese a que el Tribunal Europeo de Derechos Humanos ya ha condenado la prctica de las devoluciones en caliente en la frontera espaola por suponer una violacin absoluta del derecho de asilo, las autoridades se amparan en la Ley Orgnica de Seguridad Ciudadana (Ley Mordaza) para continuar llevndolas a cabo.

Tambin ha sido repetidamente condenado el uso de las concertinas, cuchillas instaladas en lo alto de las vallas de Melilla y Ceuta, por su extrema peligrosidad. Sin embargo, lejos de erradicarse, su uso se ha extendido a zonas portuarias para dificultar el acceso de personas que intentan llegar a la pennsula como polizones.

El Gobierno de Pedro Snchez ya ha anunciado su voluntad de terminar con estas irregularidades largamente denunciadas por diversos sectores de la sociedad, que recuerdan que la presin migratoria no se reduce con medidas represivas y que el endurecimiento de las condiciones solo modifica las vas y las hacen ms mortales.

El Gobierno de Melilla alerta del riesgo de un efecto llamada en caso de llevarse a cabo estas medidas. El peligro de que cargos pblicos defiendan el incumplimiento de los Derechos Humanos para intentar detener la entrada irregular de personas responde, segn el colectivo Caravana Abriendo Fronteras, a una poltica que deshumaniza a las personas migrantes, que las despoja de sus derechos. Desde esta organizacin, que viaj el verano pasado a la frontera sur de Espaa y que este se ha desplazado hasta Italia para denunciar la violacin de derechos del colectivo migrante, se habla ya de una necropoltica en la Europa Fortaleza.

Al llegar a Melilla lo primero que sorprende es la militarizacin de la ciudad. La notable presencia del ejrcito y de las fuerzas y cuerpos de seguridad revelan la especial situacin geopoltica de la ciudad autnoma.

Por otra parte, llaman la atencin vestigios del pasado como la estatua de Francisco Franco, antes de ser Caudillo, que da la bienvenida al visitante al bajar del ferry. El aroma patriotero tambin se percibe en el callejero de la ciudad: 47 de sus vas tienen nombre de falangistas y de generales de la dictadura.

La localidad tiene una extensin de 12km y est rodeada por una doble valla de 6 metros de alto formada por verjas de acero, alambre de espino, cuchillas y verja antitrepa. Todo dispuesto para separar el enclave espaol de los vecinos marroques, frica de Europa.

Como explica el profesor Sebastin Snchez, catedrtico del Campus de la UGR en Melilla, la ciudad tiene un origen multirracial y multitnico de base. No hay ms que dar un paseo por sus calles para encontrar vecinas y vecinos con chilaba, hiyab, kip o crucifijo.

De sus 86.120 habitantes censados, aproximadamente la mitad son originarios del Rif, regin marroqu sobre la que se asienta la ciudad. Este colectivo, de lengua y cultura amazigh, sin embargo, no ve reconocido su idioma de manera oficial, a pesar de que cuenta con un porcentaje de hablantes mayor que el euskera en el Pas Vasco.

La filloga Alicia Fernndez, en su estudio sobre la riqueza lingstica en Ceuta y Melilla, refleja el empeo institucional de potenciar el castellano y otorgarle el rango de nica lengua oficial. Para ella, esta discriminacin atiende al uso del idioma como smbolo de pertenencia del territorio melillense al Estado espaol.

Otro rasgo de la ciudad, largamente denunciado por ONGs y asociaciones de defensa de los Derechos Humanos, es el fenmeno, ya endmico, de los menores no acompaados que viven en la calle. Esta poblacin flotante vara entre 60 y 100 nios, dependiendo de la poca, y son coloquialmente conocidos como menas.

La mayora de ellos pernoctan de forma intermitente en La Pursima, el ms grande de los cuatro centros de menores de la ciudad. Esta institucin cuenta con unos 500 internos, lo que supone una ocupacin de aproximadamente el 300% de su capacidad inicial. Los menas que rechazan la tutela del centro viven esperando el momento adecuado para hacer Risky (nombre que dan los chavales al salto a los barcos que se dirigen a la pennsula).

Esta prctica frecuentemente tiene como consecuencia graves lesiones en los nios e incluso la muerte. Durante su espera, adems, los menores se ven envueltos en situaciones de violencia y consumo de drogas.

Pero por qu rechazan estos nios la tutela de la ciudad autnoma? Segn la asociacin PRODEIN, que trabaja por los derechos de la infancia en Melilla desde 1998, el principal motivo de los menores para estar en la calle y rechazar la va del centro es la imposibilidad para regularizar su situacin en Espaa. Para Jos Palazn, fundador de la asociacin, estos nios soportaran las malas condiciones y el trato inadecuado del centro de menores si al salir obtuvieran papeles.

Adems, el colectivo denuncia una deficiencia deliberada en la tutela para evitar un efecto llamada, as como el fomento de mitos y falsos prejuicios sobre comportamientos violentos de los nios para mantener a la opinin pblica local en una posicin alejada de los menores. PRODEIN asegura que en 20 aos de experiencia ninguna de las personas de la asociacin que ha trabajado con los menores ha sufrido este tipo de hostilidad por su parte.

Palazn subraya que en otros momentos del centro, en los que la atencin era la adecuada y los nios obtenan su documentacin al cumplir la mayora de edad, los menores no estaban en la calle.

La Consejera de Bienestar Social de la ciudad ha puesto en marcha por tercera vez un dispositivo de educadores de calle para convencer a los adolescentes de que vuelvan al centro de menores. Sin embargo los chavales insisten una y otra vez en las malas condiciones del centro y la falta de perspectivas de futuro de los que deciden quedarse.

Las voces crticas contra esta iniciativa insisten en que es un servicio que, en la prctica, se utiliza para retirar a los nios de zonas cntricas o durante eventos puntuales por una mera cuestin de imagen.

Otra cosa que sorprende al llegar a Melilla es la escasa presencia de personas negras en el centro de la ciudad. La poblacin migrante procedente del frica subsahariana, as como los solicitantes de asilo (en su mayora sirios) que acceden a la ciudad estn en el CETI (Centro de Estancia Temporal para Inmigrantes).

Desde la Asociacin Melilla Acoge sealan que se ha trabajado mucho para mejorar los servicios del CETI y que en este momento la atencin es bastante buena. La entidad confirma que los plazos de internamiento se han reducido mucho y que los extranjeros permanecen en el centro unos dos meses de media hasta que son trasladados a la pennsula.

La imagen de este centro de primera acogida es dura. El complejo se sita junto a un polvoriento descampado a las afueras de la ciudad, separado de la valla por un campo de golf. En las inmediaciones, vigiladas intensamente por las fuerzas y cuerpos de seguridad, mujeres, hombres, nias y nios pasan el tiempo en este limbo que es el CETI de Melilla.

Las mujeres son, una vez ms, el eslabn ms invisibilizado. En el informe presentado por Helena Maleno para la ONG Alianza por la Solidaridad, 100 mujeres de origen subsahariano hablan de las violencias a las que se exponen durante el proceso migratorio por cuestin de gnero. Este trabajo, que aboga por una mirada no victimizadora de sus protagonistas, habla de las situaciones de violencia sexual, institucional y laboral a las que se enfrentan.

En Melilla hay un lugar donde las mujeres s adquieren protagonismo. Se trata del paso fronterizo de Barrio Chino. All cientos de porteadoras se agolpan de lunes a jueves aguardando al exiguo horario de apertura del paso para el comercio atpico (eufemismo de contrabando) durante el cual podrn acceder a la ciudad y recoger mercanca para despus introducirla en Marruecos como equipaje de mano.

Este trabajo, al que sobre todo en los ltimos aos se han sumado numerosos hombres, conlleva cargar y arrastrar bultos que frecuentemente superan los 60 kilos. Adems, para acceder al territorio espaol debern esperar desde la madrugada haciendo cola, soportando temperaturas extremas, y cruzar los dedos para que no se produzca un cierre tcnico de la frontera que como denuncia el propio Sindicato Unificado de la Polica (SUP) son frecuentes por el descontrol y la arbitrariedad que reina en los accesos entre Marruecos y Melilla.

Por viaje, las porteadoras y porteadores ingresan una cantidad mxima de 10 euros; sin embargo, para la ciudad autnoma y sus empresarios se trata de una actividad enormemente lucrativa. La Asociacin por los Derechos Humanos de Andaluca (ADPHA) estima que el negocio en torno a los portes en las fronteras de Ceuta y Melilla genera alrededor de 1.400 millones de euros al ao.

Todos estos ingredientes mezclados tienen una gran resonancia en esta pequea porcin de territorio y provocan una situacin de convivencia compleja.