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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 16-08-2018

Una lectura del Museo de la clase obrera de Juan Carlos Mestre

Alejandro Tarantino Archega
Nueva Tribuna

Las minsculas son un tributo a la memoria, a la historia, a la conciencia, a la conciencia de la memoria histrica.


Solo una vez sucede, cualquier cosa, toda cosa, incluso la claridad sin ninguna cosa de la conciencia clara de las cosas. Porque los obreros en el museo son formas muertas, entre las que pasean los carneros del orbe de los iguales, las patatas podridas bajo la tierra. No hay pjaros en los museos, pero an habitan los graneros, ese lugar donde los trinos no tienen maysculas, sino una necesidad escalada en el tono de las armonas. As son las pginas de este libro, una creciente armona necesaria en el corazn del coraje y la esperanza.

Las minsculas son un tributo a la memoria, a la historia, a la conciencia, a la conciencia de la memoria histrica. No hay primera lnea en nada, no hay punto y seguido que justifique el olvido; no hay punto y aparte que quiebre hasta el trauma la rialidad de la solidaridad. En momentos, dos puntos, signos de admiracin, rastros y quiz gestos de una conciencia individual que se reconoce en este paseo entre las ideas heridas de muerte como una sanadora, una voz y una palabra poltica pensando una ontologa de lo inenarrable, o quiz, una ontologa de los suicidas, desde el suicidio de Dios en Mainlnder hasta Rothko, o a ese otro suicidio advenido por la coherencia y el compromiso a manos de otros, ellos s asesinos de la ms alta inteligencia y del ms profundo amor a la vida de Lorca y Pasolini [1]. Y resaltados en negrita que llaman al entusiasmo del sujeto moral y no a la alienacin histrica que jams se cuestionar la naturaleza de la palabra.

As es la vuelta al otro, despojada y sin fronteras, una teodicea ntica donde narrar y matar el mal, recontar el Gnesis, volver para clausurar el comienzo del ms all en el Libro de Daniel, que no antes estuvo en el judasmo; volver al rapto y arrebatamiento del Libro de Ezequiel; que el Apocalipsis, donde se hable del reino de la tierra y no de los cielos, sea el inicio; pensar en Juan de Patmos, isla seca y rida y azotada por el viento, como un hacedor de esperanza, un artesano de tesuras para vivir esta vida y no otra, nunca otra, jams mesinica.

Las pginas nos sumergen, nos alojan en la maquinaria del reloj hebreo de lo inconsciente, donde la conciencia es culpa si no es olvido, y Mestre venera la memoria, la memoria juda de su nombre, que es la palabra que el rbigo bautiza para ser la voz de los desheredados. Mestre, el ms judo de las letras hispanas, ajusta en este libro cuentas de su conciencia, lava lo que de miserable pueda imaginar en su estirpe, se reconoce en el libro abierto, que al modo de Jabs le devuelve la imagen del pensamiento por el ser o la nada. Sus metforas del pensar caminan como enloquecidas por las calles de una Roma antigua. Creo que ya de nio se sinti expulsado de Jerusaln y no se convirti al seor su Dios, busc la Ciudad de los Hombres que los aedos cantan, se convirti en uno de ellos, en uno de los extraviados, de los exploradores licios y srmatas que bebieron las aguas del ufrates.

Entregar un texto sin reglas es darlo a la conciencia del otro, si el otro en su lucidez piensa lo que fue pensado solo en la conciencia de otro que ha comprendido el salto peligroso del pensamiento hacia lo ilcito e inmoral: volver a pensar lo impensado, sabiendo que la razn [2] no bendice el silencio de los cobardes, ni perdona a quienes por su inteligencia no descienden al territorio del dolor, para luchar contra los idealistas y los metafsicos, estos que dicen pervivir en todos los abismos puros y sin transformacin. De algn modo, este libro, vuelve a decir el decir olvidado a posta, que la metafsica, en esos abismos de los que dice salir indemne, resurgi como un monstruo que asol Europa y tiene el poder de metamorfearse en mercado, todopoderoso, en informacin, omnisciente, en sistema de dominio y explotacin, eterno, en Dios de un Dios que repugna a la razn y a nuestra estructura inconsciente desde los tiempos de Ezequiel.

En las nubes no hay ovejas, en las nubes Scrates no se ve a s mismo y la conciencia no nace como el rbitro retrico de los actos; pero no perdur Aristfanes ni su risa lrica en la Filosofa, sino el maestro de Platn, l mismo, dicindonos que el amor y el conocimiento jams uniran lo que por derecho natural somos, hijos de la Sofofilia [3], herederos de la primera mirada homnida a las estrellas, descendientes de las armonas y no de la destruccin de la fe en el miedo. Los nmeros no fueron palabra hasta Newton, pero antes, an resuenan, los gritos de Bruno en la hoguera dogmtica de las ideas. Ah murieron los nmeros de la igualdad, el lenguaje preciso de la equidad. El cadalso de Giordano es el origen de la poesa tras el oscurantismo religioso. Sus cenizas moldearon el cuerpo de los msticos, ese ltimo refugio del sentimiento religioso para mantener la esperanza de religarnos a la tierra.

Y de nuevo Filosofa y Poesa deben maridar sus lmites para la supervivencia de los seres. Ante la historia de la miserabilidad solo los expulsados del platonismo y de la ciudad cannica, dicen, lejos de la visin del panptico totalitario. Europa galopa con los jinetes del Apocalipsis, es la yunta del horror, y el auriga, an muerto, ase las riendas y fustiga con la historia. Los poetas son los que no aman la esclavitud, quienes detendrn el carro de Dios. Son tan pocos

Y escribe sobre los pentagramas de la turbulencia mtica, como lo hara Baudelaire, sin el derecho a despreciar el presente, con la irona heroica de viajar a travs del desierto de los hombres, un asceta en los lmites del lenguaje cuestionando el poder de una ontologa que ha desterrado a los malditos y a los suicidas, que crea engolados bufones ante el trabajo. Mientras el lmite del escritor es la impaciencia de la crtica, el ethosfilosfico. El mito en la modernidad es una reaccin peligrosa y nacionalista al oscuro poder de la razn [4]: Y si la tcnica desaforada del totalitarismo no fue la culminacin de la razn, sino la radicalizacin del miedo que late en el origen traumtico del mito? Todos recordamos que la ciencia mitificada y su suerte de humanismos sin dolor o conciencia, nos llevo a la ruina de la clase obrera y a la decadencia cvica de la Filosofa y la cultura. Mestre escribe para responder a Adorno, a mucha distancia de miles de respuestas que adoptaron el lenguaje travestido del poder y que en ellas se perpetua obscenamente. Cundo entendern algunos que el yo no es una voz para la poesa, ni un narrador que necesitemos porque no crea posibilidades sino que las agosta como el infierno a la vida?

En todo poeta se da una Ontologa del presente, mirada desde la negra espalda del tiempo que dira Shakespeare. Por esto, quiz, esta visita al museo de la clase obrera, al lmite histrico de la actualidad. Quiz el poeta futuro sea capaz de hablar sin la duracin del tiempo, sin la memoria, quiz todo su hoy sea ayer. Puedo pensarlo, pero no imaginar sus versos. Leo este libro al lmite, porque soy un lector en la marca, en la tierra de nadie de las fronteras que frecuentan los poetas y jams pisan los vendedores de cosmtica literaria.

Hacer lvidas las formas de la clase obrera, pasear entre los fantasmas de la propia conciencia, anclados en las riberas de la historia, en la patria de una nacin sin palabras, donde solo hechos techados por las manos y el heno de las noches de verano protege de la inclemencia del olvido, es donde la crtica al judeocristianismo se convierte en la lucha de clases: negacin de la identidad entre culpa y conciencia o negar que sea su origen, porque la culpa es una desrealizacin de la personalidad.

Prendido para siempre lo perdido a lo inconsciente, se consuma el olvido y la prdida de todas las tierras extranjeras. La salida del museo da al cementerio, si es que no son la misma cosa, como en los antiguos templos en los que se oficiaba en una lengua desconocida, que no es otra que el tero del saber, la lengua desconocida, no el templo. Porque el lenguaje no es el santuario de la alienacin ni Mestre uno de sus oficiantes.

Las palabras no tienen direccin, para Mestre son glogas en s mismas que desmienten el sentido del arte y cmo este se ha convertido en el laberinto de los rebeldes [5], hecho de argumentos escolsticos y cuyas puertas de salida son metafsicas todas, y de clase, y todos sabemos qu puerta se abre al trabajador en tiempos que uncen religin y poder en la conciencia [6]: devoracin y obediencia. No puede haber deseo de otro nacer ni de otro tiempo, Mestre, solo este camino nico, porque se nace una nica vez, y esperar las hogueras de San Juan para abandonar esta vida sin demasiada oscuridad.

Rimbaud y el elogio del mal, o la conciencia en los que vinieron despus, determinante, de que la vida es la poesa y un libro una biografa no escrita, solo lo que emerge aquilatado tras muchas vidas. Los que escriben son en medio de los que viven y los que no. Escribir es una amargura necesaria, el peso de la lucidez de quienes tienen una parte de s en la realidad y otra no se sabe dnde. Se escribe para unos y se anhela el reconocimiento de los otros. Pero hay otro camino, vivir, tal vez escribir, y desaparecer entre la multitud llevando en el alma la biblioteca de los libros paganos: el verdadero talento es soportar ese peso y aliviarlo en los encuentros pasajeros. Solos y sin destino, as deberan ser los poetas. Pero hay tantas noches sin candelas en la poesa de ahora y del ahora, tanto solipsista pagado de s mismo que no advierte la vaciedad esencial de su existencia, hay tan poca idea del tiempo en que se vive y tanta necesidad de aparecer en l como fantasmas entre las pginas de libros innecesarios, que este libro cobra la importancia del compromiso necesario que revele a tanto impostor ante s mismo. Porque un poeta no es solo un escritor ms, sino el riesgo de la evolucin en el pensamiento, la ruptura y la crtica, no solo la consabida retahla del saber cosmtico y los cenculos del amiguismo. Es preferible que dejen de escribir y vivan a continuar destruyendo a quienes escriben para que otros vivan. Basta ya de esa autoayuda europeizada, de la cultura de pldoras [7] para dormir. Mestre ha comprendido y nos lo ofrece en este libro, que es un obrero, un amanuense que construye puentes y los mundos que los puentes unen, alguien que conserva la nostalgia cvica del bien y es sensible al mal.

Frente a otros poetas, prefiero los que desaparecen [8]. El flujo de la conciencia es el de la lucha, la forma directa de acabar con el deber por el deber, la nica manera de querer haber nacido. Y lo dice Mestre: antologas repletas de payasos.

El cartero no llama dos veces, no para el deseo ni la muerte, s para la miseria del obrero, que jams entender cmo puede occidente hablar del sentimiento trgico de la vida con la frivolidad de quien no se atiene a la experiencia cotidiana de la supervivencia, lo hace con una sistematicidad sospechosa, quin no sabe que es un perro del amo, esperando comer en su escudilla las sobras para los esclavos y el resentimiento de su verdad inconfesable?

Y s, el lenguaje no s, pero los pensadores s son la raz -me abstendr de decir espiritual, o esencial, substancial, ontolgica, metafsica, eidtica o idealista, fenomenolgica, e incluso ilustrada-, son los custodios que no vieron tras su muerte el saqueo de los tmulos donde yacan las narraciones. Siempre han saqueado las tumbas de los poetas.

Habr descubierto Mestre el hilo para entrar en el laberinto de la historia, toda, que nuestro inconsciente hila, o, este museo es el de los vencidos y muertos luchando contra el vaco de las emociones? O, mejor, podr Mestre, l cuyo mundo es el smbolo que golpea con un martillo el yunque del hambre, sobrevivir a la industria del smbolo? De qu milagros se rodear?

Existir y ser el fin de las palabras vacas, bien lo sabemos, un da un tiempo de quietud, la aldea del apoyo mutuo, pero habrn debido pasar todos los poetas por el tiempo [9], como maestros de la antigua Grecia. Cuando todos sean poetas que no escriben y hablan, en estancias decoradas por muralistas mexicanos, donde todos gravitan fuera de s, ajenos a su idntico, con esperanza al recordar el estruendo de la gloria.

Inconsciente y cultura, referencias de uno y otra, uno y todos, una y todas. Y recuerda a Mandelstam, a su rumor del tiempo dantesco [10], a su muerte en el nacimiento del totalitarismo, y Mestre pregunta dnde est, y as pregunta por todas las victimas, para hacer justicia histrica a la memoria. En el Museo de la clase obrera hay una sola tumba, sin palabras o smbolos, sin fecha, pero todos [11] sabemos que ah est Dios. Es por eso que el lenguaje se rompe, que el verbo pasa a ser un nombre que devora la univocidad impuesta por las democracias tcnicas. Mestre ha soterrado su voz bajo la conciencia de su voz, ha primado en este libro el fruto de la intrahistoria de su voz frente al mercadeo repetitivo de la identidad de un escritor: sus imgenes pugnan por ser aforismos de una arqueologa del saber [12]. l siempre ser l, pero su voz transmigra a la frontera de su tiempo, y esperar, como Giovanni Drogo ante el desierto de los trtaros [13], sabiendo que lo que se extiende ante l es un tiempo que no le pertenecer aunque haya ayudado a construirlo.

En los mapas de la inocencia los lugares de ceniza son lo que queda del poder flico, tambin se reconocen los asentamientos que llamaban polticos. Los mapas y los museos son panteones cinreos de la topologa humana, de sus testimonios. Y se advierte que no estn realizados para ubicar ni para orientarse. En ellos escuchas los grillos de Mallarm y no la amargura que rezuma, la humedad de la lgrima en la caverna platnica: ah el origen del llanto sin luz. Porque la gran marcha no requiere de la voluntad, del esfuerzo, sino de la cifra incgnita del judo, de su luna y luz sobre los extintos y los grafos ms antiguos del Egeo. Porque todo es de los desconocidos hasta que nada es, salvo el renacer de la oscuridad en la apora de vivir. Cmo no recordar justo ahora el grito herido del espaol: la conciencia en llamas de la musestica.

Hay polticos que son poetas y expulsarn a Platn de nuestras ciudades. Pero volvern sus huestes cristianizadas en la culpa para categorizar lo inaceptable del dolor y el dao; legiones de resentidos que jams comprendern la paradoja del andrgino: timoneles de cinaga. Espero que a su regreso se adentren con sed en las salinas y coman yeso y anhelen el agua dulce de los poetas, espero que no vuelvan a vencer y reinen en los campos de concentracin en que convierten la existencia. Espero la lucha de la clase obrera, del trabajador [14] contra el mito racional y tcnico del totalitarismo, y espero que al leer el libro te detengas en cada uno de los nombres, desde Leizer Mekler o Kadia Molodowsky hasta Ernst Thlmann o Benjamin Pret entre tantos que Mestre nombra y estn entre las lneas de su ndice.

Este libro es un alegato contra la muerte, dictado en voz alta en el museo de los moribundos, es un texto para arengar a los vencidos sobre el valor de abolir la propiedad de la muerte. Y es sobre todas las cosas un ejercicio de respeto, no al hambre, sino al portador del hambre, porque de un nico pan vive el ser humano, que va de su trabajo a su boca. Hay que acabar con las mentiras de la Escolstica y entrar en la belleza de las tinieblas. Solo as se dar el vnculo que propone Mestre en este libro: decirte a ti en el otro, o a travs del otro, sin miedo. Es la exigencia tica de abolir la propiedad privada sobre lo necesario a la vida.

Notas:

[1] Me pregunto en qu listas de la ignominia estar Mestre y cuntos habrn firmado su muerte cvica. Y cuntos lo leern para acomodar sus conciencias estticas a la fruicin salvadora de la identidad. Un poeta no debe ser admirado, sino venido como un golpe al ser de la quietud.

[2] Esta crtica al liberal que fue, en quien no cupo la conciencia de clase ni el conocimiento de la muerte de Dios, ahoga para siempre la deriva potica de nuestro tiempo a la nadera de un yo que, por incomprendido y maltratado, por desconocido, cuando no por ignorancia que no debiera permitrsele a un escritor, aborda el decir vaco y falsamente esttico. El yo cosmtico que llena los anaqueles de la dispersin mercantil y meditica de la literatura ciberntica, no es la voz ni el cuerpo de los ismosque son en Mestre. Su yo conoce la filosofa que lo pari. La razn, desde las seales que Tales le dej en la carne, nunca pudo ser sin pathos. Todas las ideas, todas, son la pasin secreta del poeta, no las palabras, ni los ritmos, ni las metforas que rozan el muro de las sombras, las ideas, y entre ellas las heronas, aquellas que batallan en el territorio lquido del sentido.

[3] Conocimiento del amor.

[4] Rzonieren. Trmino de las Crticas kantianas: la razn no persigue otro fin que ella misma. Como dira Foucault, razonar para razonar.

[5] Es un lugar para la caza por divertimento del poder, y los trofeos cinegticos son los pensadores. Nada le produce ms placer que matar ideas. Lo terrible es que necesita de otros pensadores para preparar el terreno y el tiro fcil. Y todos sabemos que la tierra de batida preferida es la educacin, el coto que han ido preparando para predar las conciencias antes de su medioda, y que as jams comprendan qu es un museo, qu es la clase obrera, qu ser la lucha

[6] Es el tiempo de la civilizacin, cimentado y cimentada sobre miedo y violencia. Es duro, pero ni la Ilustracin ni sus ms loables epgonos han conseguido que el siguiente paso de nuestra historia supere esa alianza de dolor. Quiz Nietzsche, quiz saberlo le llevo a escapar de su conciencia, quiz por eso Foucault analiza la locura

[7] Czeslaw Milosz, El pensamiento cautivo: Slo hacia mediados del siglo XX empezaron los habitantes de muchos pases europeos a adquirir conciencia por lo general, con bastante desagrado de que su suerte poda depender de las obras sabias de los filsofos, por muy incomprensibles y absurdas que parecieran al hombre medio. Se dieron cuenta que su pan, su trabajo, sus vidas privadas, estaban ligadas a las decisiones que recayeran en una lucha sobre principios a los que, hasta ese momento, nunca haban prestado la menor atencin.

[8] Los que no estn enfermos de identidad ni buscan argumentalmente la culpa como ejes o elementos, inconscientes, de su voz. Todo en el capitalismo y el neoliberalismo destila culpa, y todo el que es as alienado sufre y es separado de la estirpe lrica. El mal es que algunos lo vomitan, enfermos, creyendo que hacen literatura.

[9] No s si habr un nmero finito de almas. S s que hay uno de poetas.

[10] Quien cruza la puerta del infierno de Dante lo hace con esperanza

[11]Este todos, es todos de unos pocos.

[12] Michel Foucault.

[13] Dino Buzzati.

[14] Ernst Jnger.

Fuente: https://www.nuevatribuna.es/articulo/cultura---ocio/lectura-museo-clase-obrera-jcmestre/20180813131909154791.html



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