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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 23-08-2018

Lorca, el sueo de verano y el balcn del Tamarit

Miguel ngel Ortega Lucas
CTXT

Hay que saltar nos dice la voz de Federico Garca Lorca. Hay que enfrentar lo que la noche del verano espera revelarnos


Federico Garca Lorca. PERE COBA

He cerrado mi balcn

porque no quiero or el llanto

pero por detrs de los grises muros

no se oye otra cosa que el llanto.

En la Huerta de San Vicente, en el paraje del Tamarit, en lo que antes supona la frontera entre la vega de Granada y la ciudad en lo que hoy es el parque que lleva el nombre de ese muchacho, hay un balcn al que regresaba cada verano Federico Garca Lorca.

Es un balcn desde el que divisa la huerta y el cielo, la siesta atronadora de las cigarras y el titilar de los astros a la noche, como panderos de cristal hirindola. El da se desperezaba frente a ese balcn hasta el crepsculo, con su luz escandalosa, y a pesar del calor, a pesar de la brisa nocturna aliviando el marasmo de los corredores, Lorca deba cerrar el balcn para no or el llanto.

De quin era ese llanto es algo que podemos intuir sin mucha dificultad, en su caso: no vena de ms all del balcn sino de adentro en realidad, de este lado de los muros de su conciencia. Pero ah, en la vega que se desplegaba ante l, Lorca otorgaba ese llanto (no tena otra opcin: era su fatalidad, su salvacin y su camino), de muy distintas maneras, a todos los avatares que comparecan en su obra. Todos distintos, todos el mismo: ngeles cados en la trampa de una frustracin, de una injusticia, de una quimera que slo lo era por la prohibicin milenaria de los que nunca quieren que el sueo (de verano) se imponga a la dictadura de la presunta realidad.

Podemos imaginar que los mil panderos de cristal que heran como cuchillos la madrugada de los gitanos eran testigos ciegos de ese llanto secreto en la Huerta de San Vicente, y que al vislumbrar esos cuchillos Federico Garca Lorca reconociese el fulgor de los puales de una reyerta a vida o muerte siempre a punto de estallar. No escriba atado a un tiempo concreto, pero de un modo extrao todo el paisaje que conforma sus tragedias parece transcurrir en la cancula: ah donde las alegras pueden ser ms luminosas, y los encierros ms opresivos.

En Yerma (1934) el paisaje es descaradamente exuberante y frtil ante los ojos de esa mujer que sufre un ostracismo secreto (siempre, siempre hay un secreto a punto de estallar) por el hecho de no poder concebir: pena y envidia hasta de los lirios del campo que s pueden al menos multiplicarse (pena porque una mujer no era -es?- una mujer si no puede hacer hijos: el castigo social parece aqu slo la consecuencia de una maldicin divina, para segn qu lugares y gentes). En Bodas de sangre (1933) el colorido mtico queda amordazado de continuo por una sobriedad de luto inminente, de miedo anticipatorio, como si todos supieran en el fondo que lo que debiera ser una celebracin debe acabar en sacrificio; como si la tierra ardiente de los campos, bajo un sol implacable, no dejara esperanzas a la noche compasiva.

En La casa de Bernarda Alba (1936) el luto es la ley indiscutida, y el verano un infierno literal. Alguna de las hijas anhela en voz alta los das de lluvia, cuando la vida se apaga en los campos y las calles: porque al menos en el invierno hay una rima entre la tristeza exterior y la interior. Esa melancola es soportable. Lo intolerable, el desamparo que puede ahogar, es sentir cmo bulle la vida en el mundo exterior a sangre y fuego mientras nosotros seguimos encerrados, confinados a la nada, impedidos de participar en la fiesta. El verano puede resultar una poca mucho ms ttrica de lo que se suele decir: el que se siente solo, en verano lo siente de manera criminal.

Tras los grises muros de cualquiera de estos corazones no se oye otra cosa que el llanto.

Pero el llanto es tambin la llamada que convoca, como otra campana nocturna o seal en la torre de la Vela, para el encuentro de aquello que nos est prohibido pero nos espera con la misma fuerza de lo inevitable: tambin los dones que nos esperan son fatales, en sentido estricto; no slo las tragedias. Y si hay un mantra (secreto) que Lorca invocaba al escribir durante aquellas noches en la Huerta de San Vicente era el de la desobediencia: desobedecer las leyes funestas de la sociedad para honrar a las leyes invisibles de la verdad que lo gobiernan todo, y contra las que nada podr nunca ningn decreto perverso dictado por nadie.

Saltara Lorca alguna noche de ese balcn, clandestino, para reunirse con alguien, as como huyen los amantes de Bodas de sangre en la misma noche de la ceremonia? Soara con hacerlo al menos, ms de una vez estamos seguros, en esas noches de verano, delirando entre la vega y las sombras de candil azul del Albaicn.

Qu es aquello que reluce
por los altos corredores?
Cierra la puerta, hijo mo,
acaban de dar las once.

Acaban de dar las once; no se oye, entre el Sacromonte y la vega de Granada, otra cosa que el llanto: pero la noche llama temblando / al cristal de los balcones.

Hay que saltar nos dice an, como un susurro de orculo, la joven y antiqusima voz de Federico Garca Lorca. Hay que enfrentar con el pecho abierto todo aquello que la noche del verano espera revelarnos, acechando tras las esquinas del silencio y el chorro silente del aljibe. En el teatro lorquiano el verano puede ser el templo de la destruccin; en la poesa puede ser el de la salvacin: siempre es el de la rebelin, como si la noche del verano (toda su poesa parece estar escrita de noche, dijo Flix Grande sobre Lorca) supusiera el territorio del sortilegio que puede cambiarlo todo.

La noche no quiere venir
para que t no vengas,
ni yo pueda ir.

Pero yo ir,
aunque un sol de alacranes me coma la sien.

Pero t vendrs
con la lengua quemada por la lluvia de sal.

La noche acabar llegando y ser inevitable (fatal) que todo aquello que debe suceder suceda en la hora en punto del corazn en llamas.

Todo puede estar en contra; pero la fe ser imbatible. Adela se encontrar con Pepe el Romano cuando todas duerman. Leonardo y la Novia escaparn a los montes en mitad de la fiesta, consumando el sacrilegio. En cualquier taberna en que llore la guitarra, en los contornos de la luna, en la alucinacin de la carretera y el olivo, en las alcobas donde suena la sangre y verte desnuda es recordar la tierra, algo decreta que nos encontraremos.

Pero depende de nosotros. De si queremos seguir encerrados escuchando el llanto a solas, el silencio goteando en la madrugada sin nadie, o estamos dispuestos a saltar del balcn para reunirnos con aquel otro destino posible.

(Seremos valientes? Nos atreveremos? Estars dispuesta?)

Yo no quiero ms que una mano,
una mano herida, si es posible.
Yo no quiero ms que una mano,
aunque pase mil noches sin lecho.

Fuente: http://ctxt.es/es/20180822/Culturas/21175/Miguel-Angel-Ortega-Lucas-Sombras-de-verano-Federico-Garcia-Lorca-noche-de-verano-poesia.htm



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