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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 24-08-2018

El crimen de Feria: la Transicin del miedo

Manuel Caada
Rebelin


Se llamaba Joaqun Mendoza Ladera. El 24 de agosto de 1980 un disparo de fusil hecho a bocajarro le atraves el corazn. Tena slo 17 aos. Es el crimen de Feria, una de las grandes heridas de la Transicin en Extremadura. Una herida escondida, arrinconada en el pacto de silencio, encerrada en los stanos del olvido.

Joaqun vive con su familia en Hospitalet de Llobregat y ha venido a pasar unos das de vacaciones en el pueblo. Han venido slo l y su madre, dado que el padre -que trabaja en la SEAT- no ha podido acompaarles por motivos laborales. Feria, como tantas localidades de Extremadura, ha sufrido la hemorragia de la emigracin. Francia, Catalua, el Pas Vasco, Madrid, Valencia hay gente de Feria por todos sitios. El que consegua trabajo tiraba de la familia y esta a su vez de otra. El pueblo se qued vaco. Quien lo cuenta es Lzaro Portero, un vecino al que le toc irse a Alemania. En 1950 la poblacin contaba con 4.450 habitantes; al da de hoy, el nmero de residentes se ha reducido casi a una cuarta parte, no alcanza siquiera los 1.200.

La noche de la tragedia Joaqun est con dos de sus mejores amigos, Paco Becerra y Francisco Ramrez, tambin, como l, menores de edad. Los tres han dejado la escuela al llegar a los 14 aos y han empezado a despertar al tiempo y al amor, como cantar por aquellas fechas Triana, la banda sevillana de rock. Forman parte de la generacin de la transicin, los hijos del agobio, los curriquis de barrio o de pueblo, la juventud temida y odiada por el poder, que se encargar de mancillarla sistemticamente, tildndola como pasota, primero, y despus como quincallera y yonki.

Son las fiestas del pueblo y prcticamente todo el mundo est en la verbena, en el baile de la plaza. A las once de la noche, los tres colegas se desplazan a unos barrancos cercanos al cuartel de la Guardia Civil para hacer sus necesidades, a hacer de vientre -la forma ms comn y pdica de decirlo por entonces. Por all iban y van muchos chavales y parejinas. Cosas de cros. Ahora es Jos Mara Cordero, el dueo de un bar en la calle Atrs, muy cercano a donde ocurren los hechos, quien habla subrayando con la sonrisa la ausencia de malicia de los jvenes.

Y entonces, el homicidio, el brutal y absurdo asesinato. Por entonces yo tena la casa donde fue a parar uno de los disparos, escasamente a 25 metros del cuartel. Haba estado all cinco minutos antes, sentado en el umbral con mi hija. Pero coincidi que en ese momento haba ido a comprar unos helados con ella. Cuando volva a la casa me encontr a dos de los chavales corriendo la calle abajo. Y, despus, mi suegra me dijo ah parece que han tirado unos cohetes, pero claro, estbamos en fiestas, y nunca sospech lo que haba ocurrido, ni que habamos estado a cinco o seis metros de donde muri el muchacho. Me enter de la desgracia por la maana. Y fue cuando vi los casquillos de las balas, la sangre y las heces. Quien lo recuerda es Claudio Martnez, un maestro de Feria, jubilado ya, que por entonces daba clases en Canarias y pasaba en el pueblo las vacaciones.

Joaqun se ha puesto a defecar separndose un poco de los dos amigos. Vmonos, Joaqun!, le dicen estos cuando terminan. Esperad un segundo, voy enseguida. Y en ese momento, emerge una sombra de un pequeo bancal. Quin anda por ah?, preguntan los chavales. Una sombra verde, un alma de charol, est a punto de consumar la canallada. Suena un primer disparo, la tierra de la pared donde impacta les cae sobre las cabezas, los amigos salen corriendo hacia la plaza. Medio minuto despus silba de nuevo el presagio de la muerte. El tiro, a diez metros escasos de distancia, barrena el cuerpo de Joaqun. Sangre resbalada gime muda cancin de serpiente (Lorca).

Joaqun ha muerto pero, salvo el homicida, nadie lo sabe. La barahnda de las fiestas ha permitido que no se hayan escuchado y distinguido los disparos. Los amigos del fallecido han salido huyendo e ignoran qu ha ocurrido despus. Han vuelto a las inmediaciones del cuartel en busca del compaero en dos ocasiones, al cuarto de hora y a la media hora, le han llamado a voces pero no contesta. En la segunda ocasin se encuentran con dos guardias que pasan armados con fusiles. Abandonan, se encaminan a sus casas y a primera hora de la maana se van a coger almendras, ya que la campaa de recoleccin est en marcha. Ser ms tarde cuando se enteren del desenlace mortal. La madre de Joaqun tampoco se ha extraado de la ausencia de su hijo porque durante los ltimos das ste se ha quedado indistintamente en la casa de la familia o en la de sus tos, los padres de Paco Becerra.

Mientras tanto, la maquinaria de disuasin y ocultacin se ha puesto en marcha. Esa misma noche, empiezan a llegar guardias desde los pueblos aledaos y desde Badajoz en prevencin de posibles incidentes. A algunos vecinos les resulta extrao, se extiende el rumor de que ha habido un muerto pero se ignoran la identidad y las circunstancias. Ha sido un accidente, un accidente de trfico en el cruce de la Fuente del Maestre. Esa es la versin que dar el alcalde a las tres de la maana a quienes le preguntan. El juez de paz no ha sido avisado hasta las dos de la madrugada, casi tres horas despus de la muerte y a la mdica del pueblo no se la informar hasta las 5:20 de la maana. La noche transcurre sin que la poblacin se alarme.

El cuerpo de Joaqun ha sido levantado antes de que llegara la mdica, contraviniendo as la ley, extremo que la facultativa se niega a encubrir y que le costar serios disgustos. Al final cay mala y termin por irse del pueblo. El cadver lo llevan a una cuadra, situada en un callejn cercano al cuartel. All transport el atad Paulino Rodrguez, el carpintero encargado de esas faenas en la localidad. Y el cadver no se llev al cementerio hasta por la tarde. Al da siguiente se realiz el entierro, con la presencia de un gran nmero de policas. El hecho de que Joaqun no fuese un chaval que viviera en el pueblo y la confusin originada por la versin oficial desalentaron la protesta. De aqu no se movi prcticamente nadie. Slo algunos de Santa Marta, que vinieron al entierro, se cagaron en todo y se liaron a voces, recuerda Paulino con pesadumbre.

En los das siguientes al crimen la Guardia Civil emite hasta tres comunicados que contienen contradicciones palmarias y motivan la indignacin social y poltica. El primero se difunde en la maana del 25 de agosto y en l se asegura que el cuartel ha sido intensamente apedreado y que el guardia de puerta sali al exterior haciendo dos disparos de intimidacin con su arma reglamentaria pensando que seran terroristas. En esta primera comunicacin se afirma que al salir una patrulla para reconocer las alturas desde las que se realiz la agresin encontr el cadver de un joven. Horas ms tarde, la Benemrita aporta una nueva versin que enmienda la primera, afirmando que tras el apedreamiento el guardia se acerc al grupo atacante, dio el alto y efectu un disparo de intimidacin, deteniendo despus a un joven que se haba quedado retrasado y agazapado en el suelo, que opuso resistencia y mantuvo un forcejeo con el agente, a quien se le dispar el arma y alcanz al joven en el pecho. El tercer comunicado, firmado por el jefe de la 221 Comandancia, se publica una semana despus de los hechos, en respuesta a las declaraciones e iniciativas de los parlamentarios socialistas, que han presentado en el Congreso diez preguntas sobre la muerte del joven extremeo. Del escrito del teniente coronel emana un aire de amenaza contenida: las circunstancias reclaman que las cosas queden en su debido lugar para bien de todos. En el comunicado se sostiene que el joven ya haba hecho sus necesidades y cay a unos metros de all. Tendrn que pasar 11 aos, hasta que en 1991 se reconozca que Joaqun Ladera falleci justo al lado de donde haca de vientre y que fue abatido prcticamente a quemarropa. El tiro se pudo hacer a unos nueve o diez metros de distancia del muchacho, recuerda Valentn Portero que, en su condicin de polica municipal de Feria, estuvo presente en la reconstruccin del suceso.

La versin oficial resultaba inverosmil para todo el mundo. Nadie poda creerse que tras haber apedreado intensamente el cuartel los jvenes se pusieran a evacuar tan tranquilamente en las cercanas del mismo. An ms disparatada era la tesis del posible ataque terrorista. Terrorismo con piedras? Haca apenas un mes, el 26 de julio, ETA haba robado 7.000 kilos de goma2 en un polvorn de Santander. Quin poda creerse la interpretacin de un asalto terrorista con piedras a un cuartel de la guardia civil?

La Guardia Civil no tena razones pero tena la fuerza. Y con ella impuso su explicacin delirante y la impunidad. Comenz el calvario para la familia. Para empezar, la jurisdiccin militar reclam para s el caso y, de ese modo, el juez ordinario de Zafra deneg la tramitacin de la querella de los familiares. El consejo de guerra celebrado el 6 de noviembre de 1981, sin la asistencia de acusacin particular ni testigos, declar la absolucin del guardia civil Juan Martnez Priz. Tendrn que pasar cinco aos para que el Tribunal Constitucional, en sentencia dictada el 29 de julio de 1985, admita la posibilidad de que la familia puede personarse en el caso. Y once aos despus del crimen se acordar una indemnizacin. Mientras tanto, el guardia civil en cuestin no ha asumido responsabilidad ni pena alguna, permaneciendo destinado en cuarteles de la provincia de Badajoz.

Miedo en vena

Cmo es posible que 38 aos despus persista la impunidad y que se hayan impuesto el olvido y el silencio? Cmo es posible que la inmensa mayora de los extremeos desconozcan este crimen?

El miedo manda en estas tierras. Un miedo hondo, transmitido de generacin en generacin, renovado en sus formas, intangible pero eficaz. La pedagoga de la plaza de toros de Badajoz y de las fosas comunes, la didctica del hambre y la emigracin, el eterno retorno del caciquismo, siempre con ropajes nuevos, el recuerdo perenne hijo, no te signifiques- de hasta qu extremo puede llegar la infamia de los poderosos.

Aquellos das de agosto de 1980 los ms viejos del lugar recordaran las tragedias del pasado reciente. El pasado, con su mano de fiebre (Jos Hierro), traa las primeras respuestas. A los pies del Castillo de Feria, durante dcadas, los campesinos haban alzado su propia fortificacin estratgica, levantando la esperanza de un mundo digno, de tierra y libertad para todos. Y ya en 1901, apresurndose y anticipando la primavera, como los almendros que pueblan aquellas sierras, organizaron El porvenir de la clase obrera, una de las primeras sociedades de apoyo mutuo en la regin. Y, ms tarde, La Vanguardia, La Junta de Segadores o la Casa del Pueblo tomaran el relevo de aquel sueo de reforma agraria y justicia. El 1 de enero de 1932 la dursima pugna entre el latifundio y el campesinado se tomar su primera vctima en la localidad: el jornalero Manuel Flores muere a manos de la Guardia Civil durante la huelga general convocada por la FNTT. Pero, a pesar de todas las trampas y de la represin, los terratenientes no son capaces de someter al pueblo. Y tendrn que poner en marcha un golpe militar y un plan de exterminio para que no quede ni rastro de la memoria republicana. Y as, a pesar de que no ha habido ni un solo represaliado de la derecha en Feria como tiene que reconocer incluso Jos Muoz Gil, en Historia de Feria en el Siglo XX, a pesar de la declarada tendenciosidad del libro- la represin fascista ser atroz. El testimonio de Valentn Portero y Manuela Cornejo, pone los pelos de punta: al menos 96 personas de la poblacin son fusiladas y arrojadas como ratas a las fosas comunes o a la mina del Salamanco durante los meses de agosto y septiembre de 1936.

No, la muerte de Joaqun Mendoza no es un tiro que se escapa en la plcida Extremadura. Como dice Vctor Chamorro, mataron para diez generaciones. Y la memoria del genocidio an palpita en estas tierras y en los tutanos tiembla despabilado el miedo Pero volvamos del terror fundacional, durante la guerra y la posguerra, a los aos de la transicin y al caso que nos ocupa.

Cada vez que haba fiestas, el pueblo se llenaba de policas, estaba tomado, recuerda, con conocimiento de causa Valentn Portero. Durante mucho tiempo los mandos policiales y de la guardia civil pensaron que podra haber algn tipo de conflictividad, conscientes quizs de la ignominia que se haba cometido en Feria. Y a lo mejor la desaparicin a mediados de los aos ochenta del cuartel de la guardia civil en la localidad su lugar lo ocupa ahora el Hogar del Pensionista-, tambin estaba relacionado en ltima instancia con el hecho que venimos denunciando.

Pero pongamos la atencin en un episodio menor en cuanto a sus consecuencias pero muy revelador de los lmites del momento poltico. 48 horas despus del suceso, la noche del 26 de agosto, en Quintana de la Serena, otro pueblo de la provincia de Badajoz a 137 kilmetros de distancia de Feria, son detenidos los mximos dirigentes locales del PCE y del PSOE, por colocar pasquines exigiendo el esclarecimiento del crimen. Lo recuerda el historiador Guillermo Len: La Guardia Civil procedi a retirar los pasquines y a poner a los detenidos a disposicin del juzgado de Castuera. El da 28 la prensa regional hace referencias a los comunicados del PSOE y del PSPE. El primero de ellos hace un llamamiento para que la indignacin ante los sucesos de Feria no sirvan para que trabajadores y fuerzas del orden pierdan la serenidad que debe reinar en estos momentos de tensin y tristeza.

Atado y bien atado: la Transicin sangrienta

Slo hay futuro desde el recuerdo. Una democracia sin recuerdos es el olvido de la democracia. La mentira de la democracia (Jess Ibez)

Como le gusta explicar a Juan Andrade, el relato mtico de la transicin nos presenta ese perodo de la historia de Espaa como el resultado de la accin virtuosa de unos dirigentes clarividentes y democrticos que fueron despejando los obstculos institucionales de la dictadura para que pudiera producirse el despliegue de una sociedad reconciliada, modernizada y proyectada hacia Europa como espacio de normalidad y progreso. Pero ese cuento de hadas, esa pica del consenso, hace abstraccin de las coacciones de la Transicin: quienes aoran los acuerdos de aquellos aos parecen ignorar (espero que no aorar) el miedo que los indujo, aade Andrade. Un relato mtico que, a pesar de hacer aguas a los ojos de una parte creciente de la poblacin, an se permite amparar saraos autocomplacientes por supuesto con dinero pblico- como los Encuentros Internacionales de Yuste sobre las Transiciones, celebrado en marzo de este mismo ao.

Un componente fundamental de ese relato mtico lo constituir la fantasa, machaconamente repetida, de la transicin pacfica. Pero, como nos recuerdan historiadores como Sophie Baby, Xavier Casals o Mariano Snchez Soler, la transicin no puede entenderse sin la violencia poltica que tiene lugar durante esa etapa, sin el voto de las armas. Y no slo del terrorismo sino adems y de modo an ms determinante, de la violencia poltica de origen institucional. El asesinato de cinco trabajadores en la iglesia de San Francisco de Ass en Vitoria, el 3 marzo de 1976, el crimen de Francisco Javier Verdejo el 14 de agosto de ese mismo ao en Almera, cuando junto a otros tres compaeros pintaba en una pared una consigna del momento: Pan, trabajo y libertad, la salvaje matanza de los abogados laboralistas de Atocha el 24 de enero de 1977, el homicidio de la dirigente estudiantil Yolanda Gonzlez el 1 de febrero de 1980 o el caso Almera, la tortura y asesinato de tres jvenes santanderinos que haban bajado a la comunin del hermano de uno de ellos, en mayo de 1981. Son slo algunas de las fechoras cometidas durante esta etapa, una muestra de la violencia fabricada en las alcantarillas comunes de la extrema derecha y los sectores franquistas arraigados en los aparatos del Estado. Y al fondo, la sombra de los poderes trasnacionales, del amigo americano y del capital financiero. Tramas negras e incontrolados al servicio de la estrategia de la tensin permanente, usada para frenar los avances rupturistas democrticos, imponer el pacto, aplacar a las izquierdas emergentes y desmovilizar a las masas reivindicativas (Snchez Soler). En definitiva para mantener en sus posiciones de dominio al ncleo duro de los poderes econmico, judicial o militar, entre otros.

En la pelcula Memorias del subdesarrollo, el cineasta cubano Toms Gutirrez Alea, presenta a algunos de los protagonistas de la invasin de Baha de Cochinos (un sacerdote, un hombre de la libre empresa, un funcionario diletante, el torturador, el filsofo, el poltico y los innumerables hijos de buena familia) y concluye con una idea deslumbrante: a pesar de que Calvio, el torturador, es un criminal que causa horror y desprecio a los mismos burgueses, la verdad del grupo est en el asesino. La verdad de la Transicin est -tambin en nuestro caso- en el crimen. La verdad de los botines, de los florentinos, de los urdangarines, de los diego de la concha, de los duques de feria-especuladores de Inditex, est en la transicin sangrienta.

Ese es el marco en el que se produce el crimen de Feria y el que hace posible su impunidad. Seis meses despus, el 23 de febrero de 1981, tendra lugar el golpe de Estado de Tejero, Armada y dems bribones. La espada de Damocles de la involucin, de una involucin sangrienta, el zarpazo del len represivo del franquismo intocado, del que hablara Manuel Vzquez Montalbn entraba en escena, clausurando definitivamente las posibilidades de ruptura democrtica. Los arribistas de ambos bandos, como le gustaba decir a Rafael Chirbes, se disponan a tomar el poder de la nueva Espaa y a escribir la historia a su medida.

La sangre de Joaqun Mendoza y de tantos inocentes nos llama. Rompamos los candados de la desmemoria.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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