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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 01-09-2018

El retorno de la historia

Jos Mara Agera Lorente
Rebelin


Dej escrito Nietzsche, con esa pluma suya de estilo dinamitero, que ser filsofo es ser momia, es decir, representar el montono-tesmo con una mmica de sepulturero; y lo puso entre signos de admiracin seguramente para que se oyera su voz indignada en la plaza pblica de una civilizacin que no estaba an en disposicin de prestar odos a tan irreverentes pronunciamientos. Esas palabras las podemos leer en el captulo titulado la "razn" en la filosofa perteneciente a su libro (concebido para la minora) El crepsculo de los dolos publicado por primera vez en 1889 tambin con el ttulo alternativo de Cmo se filosofa a martillazos. Entre los dolos que el intempestivo y radical filsofo ataca con furia intelectual no se halla la historia; s como es bien sabido la ciencia, la religin, la filosofa, la moral, pero no la historia. El porqu  de su ausencia del repertorio de dianas de su crtica furibunda viene expuesto justo al principio del citado captulo: Me pregunta usted qu cosas son idiosincrasia en los filsofos... Por ejemplo, su falta de sentido histrico, su odio a la nocin misma de devenir, su egipticismo. Ellos creen otorgar un honor a una cosa cuando la deshistorizan, sub especie aeterni [desde la perspectiva de lo eterno], cuando hacen de ella una momia.

Siempre habr que leer a Nietzsche con delectacin y agradecimiento por haber alumbrado para nuestro disfrute y estmulo intelectual tan sugerentes metforas. Ahora bien, la cuestin relevante desde el punto de vista filosfico reside en qu hay de base real en esas expresiones impregnadas de un aura potica con vocacin, no obstante, de decir verdad reconocible por cualquier pensador honesto. Y es verdad que la ambicin de los filsofos hasta bien entrado el siglo XX ha sido puede que an lo sea para ms de uno pergear un lenguaje conceptual mediante el cual abarcar toda la realidad con su pensamiento convirtindola en un mundo intelectualmente acabado (es decir, perfecto) y con completo sentido. Al ocaso de este paradigma filosfico entre otras cosas alude sin duda la archifamosa proclamacin de la muerte de Dios declarada por el autor alemn.

No me atrevera a escribir esto si no estuviese respaldado por un pensador que ha dado a este juicio sobre la prctica tradicional de la filosofa aval reconocido. Jos Ortega y Gasset coincide precisamente en la crtica a lo que representa en trminos del vicio deshistoricista la perspectiva sub specie aeterni. Son palabras del filsofo espaol que encontramos en su ensayo La doctrina del punto de vista perteneciente a El tema de nuestro tiempo: La species aeternitatis, de Spinoza, el punto de vista ubicuo, absoluto, no existe propiamente: es un punto de vista ficticio y abstracto. No dudamos de su utilidad instrumental para ciertos menesteres del conocimiento; pero es preciso no olvidar que desde l no se ve lo real. El punto de vista abstracto slo proporciona abstracciones. No creo que este aserto provocase el fruncimiento del mostacho de Herr Nietzsche, aunque ste seguramente pondra reparos a la nocin orteguiana de razn histrica por considerarla un oxmoron dada su visin negativa de la razn, esa vieja hembra engaadora en sus propias palabras, contenidas en el texto ya citado. Filosofa utopista, ingenua, candorosa, primitivista son expresiones de las que Ortega echa mano para dejar claro que esa forma de pensamiento, que tiene por inveterado, sustrae a la realidad su rasgo esencial, que no es otro que su mutante resistencia a dejarse atrapar por nuestros esquemas conceptuales. Ni la ciencia, que es la forma de conocimiento con mayor poder de generacin de verdades universales, queda al margen de la dimensin histrica que toda aproximacin humana a la realidad necesariamente lleva incorporada, aunque no se reconozca. Las verdades cientficas son histricas en tanto en cuanto nunca dejan de estar expuestas a las novedades provenientes de la realidad, las cuales, llegado el caso, pueden hacerlas caer de su pedestal de abstraccin terica. Precisamente lo que hace la modernidad es devolver el conocimiento al ro heracliteano de los hechos donde los inmaculados conceptos escolsticos son sometidos al juicio inapelable del entendimiento sustentado en la lgica y la contrastacin emprica.

El decretado final de la historia de la dcada de los noventa del siglo pasado incluye todas las carencias, mostradas tanto por Nietzsche como por Ortega, de cualquier orculo emitido sub specie aeterni. Francis Fukuyama sentenci el fracaso del pensamiento utpico paradjicamente desde una perspectiva utpica de la historia en el sentido denunciado por el filsofo espaol, es decir, el de la verdad ahistrica, la verdad no localizada, vista desde "lugar ninguno". La tesis del politlogo estadounidense supone la teologizacin de la historia al marcar en ella un alfa y un omega. La historia queda conclusa y la modernidad esclerotizada, pues la genuina modernidad es asuncin consciente de la realidad de la historia al tiempo que apertura a la innovacin. Veo cierta similitud con la mentalidad rectora durante siglos en la Edad Media cuando se trataba a toda costa de mantener un estado de cosas refractario a la idea de progreso. Entonces se gestionaba lo dado dentro de un marco fuera del cual cualquier propuesta estaba condenada al desprecio cuando no a la persecucin; as ocurri con la ciencia. Actualmente, y dado que ni se imagina la posibilidad de innovaciones ideolgicas, hemos retrocedido a ese modelo de poltica medieval, en el sentido de que se reduce la cosa pblica a mera gestin de lo dado quedando muy atenuado, cuando no anulado, el componente de transformacin de la realidad. sta se rehye; es ms, se procura ocultar tras un velo de imgenes de alta definicin y de un discurso retrico plagado de animales metafsicos tales como nacin, Dios o dinero que ofrecen esas esencias inmutables mediante las que sustraer a la atencin el imprevisible flujo de la vida concreta.

Ganar la atencin del votante-consumidor es la primera batalla de la guerra ideolgica, que sigue mal que le pese a Fukuyama aunque sean otros los protagonistas. Se ha abierto una brecha entre el mundo de las ideas y el de las condiciones materiales de existencia de resultas de la globalizacin, la cual ha trado como consecuencia la secesin de los ricos, un verdadera desafo a los ideales de la ilustracin y la modernidad, as como la exacerbacin de los reflejos tribalistas. Dirase que el ideal de progreso, asociado a la concepcin moderna de la historia, desahuciado por la posmodernidad de la atmsfera mental finisecular, ha quedado para el monopolio de la tecnologa, que se asume no tiene fin. Ella, todopoderosa, marca la pauta del devenir histrico cuyos protagonistas son los datos macroeconmicos. Queda marginado el significado.

La historia no ha muerto aunque Dios lo haya hecho, a decir de Nietzsche. Cierto que el ciudadano de nuestra civilizacin acta como si, porque puede que experimente la libertad como una abstraccin o promesa difcilmente realizable en la concreta existencia individual definida por unas condiciones materiales ms sobrevenidas que escogidas en tanto que sujetas a la providencia de un paradigma econmico respecto del cual parece quedar proscrita cualquier alternativa. S que hay una muy extendida falta de conciencia histrica, una medieval creencia de que as son las cosas, una relevancia indebida de una metafsica esencialista que torna las realidades mltiples, complejas y dinmicas en simples entidades inmutables. Es el caso de la identidad ya sea personal o colectiva, que nos arroja en brazos del mito que acaba justificando cualquier delirio nacional o religioso, condicin necesaria para la gestacin del fanatismo, el cual exige siempre la ruptura con la realidad. La historia siempre ser la anttesis del mito, pues de ella dimana intrnsecamente todo lo opuesto a la ontologa de lo perfecto (vale decir: lo concluido, lo acabado, ya desde el mismo principio, y que cualquier novedad no hara otra cosa que estropear).

Nuestra libertad exige la conciencia histrica como la toma de conciencia subjetiva ha menester de la memoria propia. La condicin humana se desenvuelve en la dimensin histrica a cuyo travs se despliegan las potencialidades especficas de nuestra naturaleza. En continua dialctica nuestras disposiciones filogenticas y las circunstancias en las que nos ha ido colocando el azar y las consecuencias (queridas y no queridas) de nuestros actos van revelando lo que somos. Acertaba Spinoza al ligar libertad y conocimiento, ya que, en efecto, es libre quien trata, en la medida de lo posible, de actuar y no de padecer; para lo cual es ingrediente necesario la conciencia, es decir, el conocimiento de lo que somos, que slo es completo en conexin con la dimensin histrica.

El retorno de la historia conlleva la resistencia a cualquier tentacin de autocomplacencia o de resignacin fatalista. Supone mantener vivas las ideas mediante el estudio de su genealoga y el anlisis de su relacin dialctica con la realidad, de la que brotan y a la que transforman. As se evita el anquilosamiento del horizonte de la humanidad y el error desmoralizador de confundirlo con el orbe completo. Se trata, en fin, de sustraerse al hechizo de la profeca autocumplida que es el fin de la historia, afrontando los retos que sta plantea a la especie humana sin dejar de aspirar a ese ancestral ideal de sabidura que radica en el cultivo del vnculo entre conocimiento, poder tecnolgico y opciones vitales.


Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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