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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 05-09-2018

La deuda de Estados Unidos con Siria

Asli U. Bli/Aziz Rana
Boston Review

Traducido del ingls para Rebelin por Sinfo Fernndez.


La bandera siria independiente ondeando sobre los asistentes a una manifestacin en Idlib en 2012. Asad est en estos momentos preparando una gran ofensiva sobre la zona, ltimo baluarte rebelde. Foto: Freedom House  
 

Una vez ms, una tragedia humanitaria inminente, aunque evitable, est a punto de cernerse sobre Siria. El jueves pasado, las fuerzas de Bashar al-Asad arrojaron octavillas sobre uno de los ltimos baluartes rebeldes la provincia de Idlib-, instando a sus habitantes a rendirse ante su gobierno y asegurndoles que los siete aos de guerra estn llegando a su fin. A continuacin, desataron una oleada de ataques areos, indicando as Asad que su siguiente prioridad es recuperar el control total de Idlib.

En muchos sentidos, Idlib es un microcosmos de la gran guerra. Hasta tres millones de personas de las cuales, al menos la mitad estn desplazados internamente - se hacinan en esta regin. Cientos de miles de civiles se vieron forzados a trasladarse a Idlib como consecuencia de la lucha en otras partes del pas. Y ms recientemente, la provincia se ha convertido en la nica zona de desescalada que queda de las cuatro originalmente establecidas bajo los auspicios rusos como zonas controladas por la oposicin donde el gobierno acord un alto el fuego. Las otras tres reas han sido ya invadidas por el rgimen de Asad, forzando a los derrotados combatientes de la oposicin y a sus familias a retirarse a Idlib. La inminente ofensiva del rgimen dejara ahora a los civiles y a los rebeldes armados sin una va de escape, y a la oposicin sin representacin alguna sobre suelo sirio. Una nueva campaa militar podra desencadenar una cifra an mayor de vctimas civiles que en anteriores ataques. Temiendo un xodo masivo hacia su frontera, un gran nmero de muertos y la cada del ltimo puesto de avanzada de la oposicin, Turqua ha declarado que Idlib es una lnea roja. La necesidad imperiosa de una solucin negociada que evite la ofensiva militar es obvia e incluso el ministro de Asuntos Exteriores ruso apoy la idea, de dientes afuera, en una conferencia conjunta de prensa con Turqua esta semana.

Sin embargo, a pesar de todos estos desarrollos, la cobertura de los mismos es escasa en EE. UU. y apenas hay conciencia de ellos entre la gente. En un reciente ensayo, analizbamos la Cumbre de Helsinki entre Trump y Putin, comentando la poca atencin prestada a sus implicaciones para Siria. El punto de vista dominante en EEUU era, y sigue siendo, que su gobierno tiene que abstenerse, para bien o para mal, de intervenir en Siria. Por el contrario, nosotros sostuvimos que EE. UU. ha sido un actor central en la militarizacin del conflicto desde el principio. En la medida en que Idlib es la ltima versin de tan intensa militarizacin, EE. UU. est directamente implicado. De hecho, comparte la responsabilidad por todos los desastres de los ltimos siete aos y, en consecuencia, tiene la obligacin de ayudar a resolver el conflicto y aliviar el sufrimiento en curso.

Proponamos que para descargarse de esa obligacin, Estados Unidos debera: 1) admitir un nmero significativo de refugiados sirios (sostenamos que unos 400.000 en los prximos cuatro aos); 2) proporcionar ayuda humanitaria sustancial a los desplazados en la regin, as como ayuda para reconstruir Siria; 3) presionar por un acuerdo poltico inclusivo del conflicto, en lugar de considerar al pas como un apoderado para la creciente confrontacin con Irn o como una ficha a regatear con Rusia; y 4) reorientar la regin como un todo iniciando el dilogo con Irn sobre futuras relaciones.

Hemos recibido crticas razonadas ante esa posicin, tanto de nuestros supuestos como de nuestras conclusiones. Debido a la importancia poltica y moral de estos temas, nos sentimos agradecidos de tener la oportunidad de seguir reflexionando sobre estas complicadas cuestiones. Los ltimos hechos que se han producido en Idlib subrayan lo esencial que resulta mantener una conversacin sincera sobre la guerra y confiamos en que nuestras aportaciones ayuden a ir avanzando en tal dilogo.

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Algunos de los crticos, como Nader Hashemi, mantienen que nuestra presentacin del conflicto exagera sumamente el papel de EE. UU. y rebaja gravemente el papel de Rusia, Irn y el rgimen de Asad, a quien Human Rights Watch culpa del 90% de las atrocidades. Otros crticos, como Lama Abu Odeh, afirmaron que a pesar de su ttulo (Se acuerdan de Siria?), nuestro primer artculo aportaba bien poco para mostrar cmo los sirios experimentaban la intervencin de Irn en Siria y el papel destructivo jugado por ese pas apuntalando a Asad (sectarizacin, limpieza tnica, colonizacin de territorios sirios, arresto y tortura de nativos sirios). Todos subrayan que la inmensa mayora de la violencia fue perpetrada por Asad y sus patronos regionales, Rusia e Irn. La administracin Obama poda haber ofrecido ayuda a los rebeldes, pero en cambio decidi no intervenir militarmente a travs de campaas areas, botas sobre el terreno o el tipo de apoyo armado que hubiera cambiado decisivamente el curso de la guerra. Al exagerar la culpabilidad estadounidense, dicen, absolvemos implcitamente a Asad, Rusia e Irn de su brutalidad.

Estamos totalmente de acuerdo en que el rgimen de Asad tiene la mayor cuota de responsabilidad en todo lo que ha acontecido en Siria, que es ante todo consecuencia de sus dcadas de gobierno corrupto y autoritario. Adems, el rgimen reprimi violentamente un levantamiento popular de masas similar a los que se estaban produciendo en la regin en 2011, facilitando la militarizacin y sectarizacin del conflicto. Estamos tambin de acuerdo en que el apoyo exterior de Rusia e Irn impidi la cada del rgimen y que esta coalicin de fuerzas pro-Asad es directamente responsable de la inmensa mayora de la violencia, desplazamiento, atrocidades y destruccin en Siria.

Nuestro argumento es que, no obstante, EE. UU. ha desempeado un papel significativo en la trayectoria de Siria posterior a 2011. Nos centramos en este rol no porque sea el factor ms destacado en el conflicto, sino porque ambos somos acadmicos en EE. UU. y escribimos para analizar qu es lo que piensan los activistas y responsables polticos sobre la poltica exterior estadounidense. No escribimos desde un antiamericanismo rotundo, ni pensamos que Estados Unidos es la nica potencia imperial relevante. El comportamiento ruso e iran en Siria ha sido profundamente imperialista. Pero dado que existe un cierto grado de culpabilidad estadounidense, consideramos que es responsabilidad nuestra ofrecer un camino que EE. UU podra seguir.

As pues, cul fue el papel de EE. UU.? Al comienzo del conflicto, los polticos estadounidenses se opusieron a una solucin diplomtica inclusiva a favor del enfoque Asad debe marcharse. Apoyaron la formacin del Consejo Nacional Sirio, se opusieron a negociaciones que incluyeran a Irn y ofrecieron apoyo a sus aliados regionales financiando y armando grupos sobre el terreno, contribuyendo tambin de esa forma a la militarizacin y sectarizacin. A medida que el conflicto avanzaba, EE. UU. empez adems a armar y entrenar a apoderados locales a travs de un programa secreto dirigido por la CIA. Pero todo esto estaba guiado por una suposicin errnea: que una fuerza limitada inclinara la balanza y llevara al derrocamiento del rgimen. La intervencin inicial en 2011 y 2012 proporcion apoyo suficiente para que diversos grupos rebeldes continuaran la guerra contra Asad pero no bast para que ganaran, asegurando de esa forma la prolongacin de la violencia.

Ya en 2012, EE. UU. mismo predijo que la financiacin de los rebeldes, junto con la retirada de las fuerzas del rgimen sirio del norte y este de Siria, crearan las condiciones para la aparicin en las palabras de un documento de la Agencia de Inteligencia de la Defensa- de una regin salafista controlada en Siria. Una vez que all surgi el Estado Islmico, EE. UU. empez en 2014 a financiar, entrenar y armar directamente a los rebeldes sirios para que combatieran al ISIS. Los ataques estadounidenses y una campaa area ms amplia contra el ISIS prosiguieron, con un record de vctimas civiles por todo Iraq y Siria. La campaa anti-ISIS se convirti asimismo en un conducto de fondos y armas estadounidenses para las fuerzas kurdas del YPG.

Como se desprende de este breve informe, la intervencin de EE. UU. en Siria ha buscado continuamente tanto facilitar el papel de los aliados regionales en el conflicto a travs de sus milicias intermediarias elegidas, como intervenir directamente donde los intereses geoestratgicos de EE. UU. as lo requeran. Nada de esto cambia nuestra opinin sobre la brutalidad del rgimen sirio y sus patrocinadores externos, pero pone de relieve que EE. UU. tambin desempe un papel. Es posible que no haya perpetrado directamente gran parte de la violencia, aunque sus ataques areos s han afectado a un gran nmero de civiles, pero sus decisiones tuvieron un efecto claro en la metstasis del conflicto.

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En ltima instancia, el enfoque de la administracin Obama ha estado plagado de medias tintas. Para muchos intervencionistas, incluidos los exfuncionarios de Obama, la ausencia de una mayor implicacin militar es el fallo principal de la poltica estadounidense respecto a Siria. Segn ese argumento, si EE. UU. hubiera intervenido con una campaa area en Siria como finalmente hizo Rusia, el equilibrio militar hubiera sido muy diferente y Asad habra cado. Al menos, las fuerzas de la oposicin no estaran ahora acorraladas en una nica regin con la perspectiva de un ataque abrumador en Idlib. Siria, desde esta perspectiva, es un ejemplo sorprendente de cmo las dudas estadounidenses para utilizar la fuerza tras la guerra de Iraq han funcionado en detrimento de los sirios atrapados bajo un dictador terrible.

No obstante, habra alterado el curso de la guerra una intervencin estadounidense ms contundente? La presuncin subyacente es que la fuerza militar estadounidense aunque sea burda en ocasiones- es esencialmente positiva, mientras que las otras opciones aplacan a los dictadores terribles. Incluso muchos de los opositores a la guerra de Iraq han llegado a pensar que el bao de sangre en Siria es tan espantoso que probablemente fuera necesario emplear alguna fuerza estadounidense.

Es indudablemente cierto que el ejrcito estadounidense tiene capacidad para arrollar a las fuerzas militares convencionales del gobierno sirio, como se ilustr anteriormente en Iraq y Libia. Pero al igual que en el caso de Libia, sin la voluntad poltica de comprometer inmensos recursos -incluyendo desde botas en el terreno hasta una financiacin masiva de la reconstruccin-, cualquier intervencin coercitiva para derrocar al rgimen dejara a los civiles convertidos en rehenes de la escalada de la violencia en lugar de proporcionarles capacidad para emprender una transicin poltica. En otras palabras, una intervencin ms contundente podra haber dejado como secuela tantos desplazamientos y violencia como ya hemos visto.

Esto es an ms cierto porque el rgimen de Asad, a diferencia de Sadam Husein o Muamar Gadafi, tiene poderosos partidarios externos que podran haber entrado antes en el conflicto si EE. UU. hubiera intentado despachar directamente a Asad. Esto habra creado la amenaza potencial de que los principales ejrcitos de la regin lucharan en un conflicto directo sobre suelo sirio, en desconexin total con las preocupaciones de los mismos sirios.

Por supuesto, los intereses geoestratgicos estadounidenses estn en el centro de cualquier decisin de intervencin de ese pas. Sin embargo, el problema es que estas prioridades - ya sea apuntalando o derrocando gobiernos, inclinando el equilibrio de poder regional hacia aliados como Arabia Saud y los Emiratos rabes Unidos, persiguiendo objetivos contraterroristas contra actores como ISIS o bien asegurando los intereses israeles- asumen, en el mejor de los casos, una relacin contingente y fcilmente reversible con los objetivos de los sirios que iniciaron el levantamiento. Las prioridades estadounidenses tampoco tienen mucho que ver con la proteccin de los civiles atrapados en una guerra catastrfica, incluidas las innumerables vctimas civiles de la campaa contra el Estado Islmico emprendida directamente por EE. UU. Hemos sostenido desde el principio que la primera exigencia de cualquier posible intervencin debera ser: no hacer dao. En 2011 o 2012, haba muy pocas evidencias de que una intervencin militar total estadounidense en Siria pudiera cumplir esa exigencia.

No obstante, asumamos que EE. UU. en 2012 hubiera comprometido todos los recursos necesarios para una intervencin militar que derrocara a Asad y mostrara la voluntad poltica de seguir comprometido en facilitar una transicin. Volviendo al principio de no hacer dao, los defensores de esta esta suposicin tendran an que proporcionar escenarios plausibles para el da de despus y tener en cuenta su posible impacto en los civiles. Una vez ms, Iraq y Libia son ejemplos recientes de la violencia a largo plazo que puede seguir a la intervencin para un cambio de rgimen. Adems, debido a los intereses rusos e iranes en Siria, esos actores habran tenido una amplia motivacin y capacidad para desestabilizar cualquier frgil transicin posterior a Asad. Los prointervencionistas podran entonces argumentar a favor de una presencia a largo plazo de las fuerzas estadounidenses en el territorio sirio a fin de crear las condiciones necesarias para una transicin estable, pero los antecedentes de un esfuerzo similar en Iraq, donde EE. UU. tena la voluntad poltica y estaba profundamente involucrado en el resultado, son poco recomendables. Debido sobre todo a toda la inestabilidad en Iraq, ni Irn (que estaba ansioso por ver a Sadam irse) ni Rusia se opusieron activamente al cambio de rgimen que los estadounidenses impusieron all; uno puede imaginar fcilmente cmo sus clculos, muy diferentes en Siria, hubieran hecho inmensamente ms difcil conseguir la estabilidad tras el cambio de rgimen en este ltimo pas.

A pesar de las debilidades de las diversas opciones militares y del historial de dcadas de poltica exterior estadounidense fallida en la regin, rechazamos la idea de que EE. UU. debera simplemente haberse abstenido de actuar en absoluto. Creemos que EE. UU. tena la obligacin de apoyar a los civiles sirios que se alzaron contra el gobierno autoritario de Asad. Esto no es menos importante porque la agresin estadounidense contra Iraq impuso costos significativos a su vecina Siria (uno de los factores que contribuyeron al levantamiento de 2011). No obstante, el caso de Siria es complicado precisamente porque no haba buenas opciones que pudieran desplegarse fcilmente para producir decisivamente una transicin sostenible desde el autoritarismo y asegurar el control de los locales.

Entonces, qu debera haber hecho EE. UU.? En aquel momento, apoyamos polticas de embargo de armas internacionales al rgimen de Asad, la proteccin de los cruces fronterizos abiertos en Lbano, Jordania y Turqua (para facilitar canales a los sirios para huir del conflicto), aceptando una proporcin significativa de refugiados sirios para su reasentamiento en EE. UU. y proporcionando asistencia humanitaria sustancial. Pero defendimos enrgicamente que, desde el principio, EE. UU. debera haber centrado sus esfuerzos en un verdadero proceso diplomtico que reuniera en la mesa a todas las facciones sirias, as como a los interventores externos, para llegar a un acuerdo poltico. Tales conversaciones deberan haber tenido como objetivo terminar con la violencia en lugar de cambiar el statu quo regional a favor de EE. UU. y sus aliados. En cambio, la posicin estadounidense socav los primeros esfuerzos del Enviado Especial de las Naciones Unidas, inicialmente Kofi Annan, para garantizar un cese del fuego en 2012, que podra haber permitido que se desarrollara un proceso diplomtico semejante. Al obstruir los acuerdos polticos, Estados Unidos tambin seal a los grupos locales y actores externos que estaba considerando luchar contra Asad, estructurando las expectativas y estrategias de manera que slo sirvieron para prolongar la violencia.

Qu significa todo esto para el presente en el contexto del ataque a Idlib? Ms concretamente, implica buscar inmediatamente una solucin negociada para limitar el dao humanitario. Tal esfuerzo diplomtico slo puede tener xito si las partes actualmente involucradas, o cmplices, en la ofensiva militar sobre Idlib -Rusia, Irn y el rgimen de Asad- estn en la mesa, adems de EE. UU., Turqua y los actores locales sobre el terreno. EE. UU. ha perdido gran parte de su influencia en Siria, pero todava hay algo de margen para ejercerla. Rusia estima que la reconstruccin de Siria puede eventualmente requerir hasta 450 mil millones de dlares, una suma inmensa que no es probable que proporcione ninguna potencia externa. Con sus vnculos constantes con las fuerzas kurdas y Turqua, as como su capacidad para ofrecer fondos sustanciales para facilitar la reconstruccin y atender las necesidades de los refugiados y las personas internamente desplazadas, EE. UU. puede an desempear un papel constructivo. Esto significara no slo facilitar las conversaciones sino tambin insistir en que los grupos de oposicin locales tengan un lugar destacado en la mesa. Es absolutamente necesario que EE. UU. se comprometa con esto ahora y sin demora alguna.

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Nuestro enfoque en la diplomacia inclusiva y en la crtica a la intervencin armada ha planteado interrogantes respecto a si creemos que en algn momento es polticamente viable para un pueblo oprimido tomar las armas contra su gobernante. El rgimen consigui apoyos militares, entonces, por qu somos tan recelosos de permitir que los grupos de oposicin tengan la misma posibilidad? Si los opositores al rgimen no pueden contar con la fuerza de los EE. UU., no es esta acaso una receta para la inactividad y la resignacin ante la opresin interna?

Creemos firmemente en la autodeterminacin local como principio bsico y apoyamos el derecho de los grupos oprimidos a enfrentarse a regmenes opresores, incluso a travs de la resistencia armada. Por lo tanto, ninguno de nuestros argumentos postula la pasividad. Tampoco condenamos todos los casos de apoyo militar externo a la resistencia armada.

Sin embargo, existen numerosos factores contextuales que los grupos locales deben tener en cuenta para determinar si, en general, el apoyo militar externo les ayudar a avanzar en el objetivo de una mayor autodeterminacin o a mejorar las condiciones opresivas. La intervencin externa puede exacerbar tanto la violencia y la represin como los fines liberacionistas avanzados. En ltima instancia, al igual que siempre se ha hecho, los actores locales deben sopesar los costes y los beneficios de la resistencia armada, as como optar por buscar asistencia externa de determinados poderes regionales y mundiales, que tienen sus propios objetivos competitivos en cuestiones de seguridad. Sopesar estos factores no implica someterse a la opresin, sino ms bien de evaluar las condiciones polticas a que se enfrenta cualquier movimiento popular.

De manera similar, cuando los poderes externos intervienen, tambin actan dentro de un contexto especfico. Nuestro argumento no defiende que nunca se deba respaldar a los grupos locales, sino que tales intervenciones slo estn justificadas si -en funcin de una fuerza de juicio anterior- no se incurre en hacer ms dao que bien. Les incumbe a los estadounidenses, o a cualquier posible fuerza interventora, hacer esta evaluacin de una manera que incluya la prdida predecible de vidas civiles, los costes para la infraestructura del pas y la perspectiva de una transicin sostenible lejos del autoritarismo. Por las razones expuestas anteriormente, hace tiempo que nos oponemos a la militarizacin del conflicto en Siria, incluso a travs de la fuerza armada directa de EE. UU. (es decir, ataques areos y botas sobre el terreno), porque creemos que tal fuerza simplemente habra intensificado la violencia. En nuestra opinin, no habra ofrecido un camino creble hacia una solucin poltica y una transicin significativas.

Aunque rechazamos la afirmacin de que esta posicin est impulsada por una oposicin reflexiva ante la poltica estadounidense, en general nos hemos opuesto a sus intervenciones armadas, especialmente en Medio Oriente. Y esto por una serie de razones. En primer lugar, existe una visin convencional entre los estadounidenses de todo el espectro poltico en que, aunque una intervencin militar est guiada por buenas intenciones, EE. UU. tiene la prerrogativa de recurrir a la fuerza. Esto es peligroso porque es inconsistente respecto a un orden internacional diseado para poner lmites a los usos no defensivos de la fuerza. Cuando EE. UU. afirma su derecho a la fuerza armada donde cree que su causa es legtima, ese precedente debilita las protecciones contra la guerra en todo el sistema internacional.

La posicin es tambin peligrosa porque la creencia en el carcter benigno de las acciones estadounidenses da como resultado una expectativa de impunidad. Esta expectativa se hace a menudo explcita, como cuando EE. UU. exigi introducir una disposicin en una resolucin del Consejo de Seguridad que inmunizaba a los estadounidenses de su responsabilidad internacional en caso de que cometieran crmenes de guerra en Libia en medio de una supuesta intervencin humanitaria. Pero incluso cuando esta expectativa no es explcita, la tendencia a tratar a los actores locales como beneficiados de una accin bien intencionada permite a los estadounidenses escapar a su responsabilidad por las secuelas de la violencia. La visin comn de que los iraques tienen una deuda de gratitud por haber sido liberados de la tirana bajo Saddam Hussein es slo un ejemplo de esta tendencia.

Adems, el enfoque predominante para la intervencin de EE. UU. depende en gran medida de los bombardeos areos y est diseado para minimizar las bajas estadounidenses. La dependencia del poder areo aumenta enormemente los daos a la poblacin civil local y a las infraestructuras. Y esto a pesar de todas las afirmaciones de EE. UU. de que se estn haciendo esfuerzos para minimizar el dao colateral mediante el uso de municiones guiadas con precisin. Una y otra vez, desde Afganistn hasta Iraq, Yemen y Siria, la evidencia demuestra que las muertes de civiles son una magnitud mucho mayor de lo que admite EE. UU. Adems, como escribieron recientemente Jomana Qaddour e Ibrahim Al-Assil en The American Interest, los 66 misiles de crucero Tomahawk disparados a Siria en un solo da en abril de 2017 le costaron a Estados Unidos 92,4 millones de dlares. Estamos de acuerdo con su opinin de que un mejor uso de tales fondos sera para una asistencia no letal que fortaleciera a la sociedad civil siria.

Por todas estas razones, nos sentimos por lo general escpticos de que la doctrina militar actual de EE. UU. (combinada con los juicios sobre los fines de la seguridad nacional regional) pueda producir intervenciones armadas que cumplan con la prueba de no hacer dao. De hecho, esta es una razn ms por la que creemos que cambiar el enfoque hacia Siria debera ser parte de un replanteamiento ms amplio de la orientacin de EE. UU. hacia Oriente Medio en su conjunto.

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A pesar de nuestras afirmaciones, algunos crticos siguen manteniendo que, en ltima instancia, nuestro enfoque diplomtico y humanitario ignora las aspiraciones locales de autodeterminacin y trata a los sirios simplemente como vctimas o peones en una lucha de poder regional. O peor an, que es muy poco probable que tenga xito, fortaleciendo ingenuamente de esa forma la posicin de Asad en el terreno. Qaddour y Al-Assil ofrecen tres razones por las cuales Estados Unidos debe seguir comprometido y resultar creble en Siria Primera, las ambiciones iranes en Siria van en aumento, sin indicios de retroceso Segunda, si toda Siria vuelve al control totalitario de Asad, ser imposible que los refugiados regresen a casa Tercera, los fondos de estabilizacin estadounidenses estn presupuestados para los trabajos de la sociedad civil Recortar estos fondos de estabilizacin, por no hablar de ponerles fin por completo, deshabilitara a los socios estadounidenses sobre el terreno de poder establecer cualquier base de estructuras de gobernanza democrticas y sostenibles.

Estamos de acuerdo en que EE. UU. debe seguir comprometido en Siria en todas las formas que hemos descrito, incluido el apoyo a un acuerdo poltico inclusivo y la prestacin de una amplia asistencia para la reconstruccin y estabilizacin. En el caso particular de Idlib, hemos abogado para que EE. UU. juegue un papel positivo facilitando las negociaciones para evitar la inminente violencia y asegurar que se incluya a la oposicin en cualquier proceso poltico que determine el curso de los acontecimientos. Por el contrario, nos preocupa que el marco del compromiso estadounidense, que contina basndose en la premisa de bloquear las ambiciones iranes, sea simplemente otra frmula para una mayor militarizacin.

Nuestro enfoque en las obligaciones de EE. UU. de hacer frente a los costes civiles est motivado por la profunda preocupacin por el sufrimiento en Siria y sus efectos desestabilizadores en toda la regin. Pero nuestras sugerencias de polticas de asistencia a los refugiados o ayuda a la reconstruccin no estn impulsadas por una concepcin de los sirios como simples vctimas. Ms bien destacamos estas responsabilidades de EE. UU. porque creemos que este pas es en parte culpable de sucesos catastrficos y, por lo tanto, tiene una deuda palpable con Siria. Una vez ms, uno de los grandes problemas de la intervencin militar actualmente es el grado en que los poderes externos en general -y no slo EE. UU.- disfrutan de absoluta impunidad por sus acciones. Ciertamente, podramos hacer afirmaciones polticas similares sobre Rusia, Irn, Turqua, los Estados del Golfo e Israel con respecto a sus actuaciones en Siria. Al escribir desde EE. UU., subrayamos la necesidad de que este pas se comprometa con la asistencia porque es una manera clara de enmendar los costes de la poltica estadounidense.

Al mismo tiempo, queremos saber cul es la mejor manera de garantizar que los sirios controlen realmente su propio futuro poltico. No hay un camino obvio, dada la complejidad del conflicto, el nmero de injerencias internas y externas y la pura violencia. Pero entre la variedad de opciones disponibles, la mejor manera de preservar cierto grado de control local es crear el espacio poltico para que los diversos grupos sobre el terreno negocien una transicin a travs de un proceso diplomtico inclusivo. Esto requerira un movimiento inicial por parte de EE. UU. y de todas las intervenciones externas para hacer cesar las hostilidades en todos los lados, creando as las condiciones para una discusin significativa.

Sin embargo, estamos de acuerdo en que incluso esto puede fracasar, y el fracaso es realmente ms probable que en 2012, cuando la posicin de Asad era mucho ms dbil. Pero creemos que sigue siendo la nica va viable para la paz y el control poltico local. Algunos crticos dirn que tenemos una fe ingenua y utpica en la diplomacia, pero consideramos que sigue siendo la opcin ms aceptable desde el punto de vista moral y poltico entre varias opciones difciles.

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Un ltimo pensamiento a modo de conclusin. La izquierda estadounidense est ahora ms organizada y se est haciendo or a nivel poltico mucho ms que en anteriores dcadas. Aquellos de nosotros que trabajamos en la izquierda para influir en la poltica y mucho menos para ejercer el poder, debemos tener enfoques claros en las cuestiones polticas ms difciles. Iraq y Vietnam fueron casos relativamente fciles para la posicin antiblica. Siria, sin embargo, es ms complicada y la izquierda necesita proporcionar una alternativa creble de poltica exterior a los conflictos donde todas las soluciones estn comprometidas de alguna manera y no hay respuestas simples.

No basta con permanecer en silencio -como la mayora de los miembros electos del ala progresista del Partido Demcrata- o retroceder irreflexivamente hacia el aislacionismo o en pro de la soberana y el antiintervencionismo, dadas sus preocupantes implicaciones para las aspiraciones locales y el bienestar humanitario. El establishment de la seguridad nacional prefiere los enfoques basados ​​ en suposiciones errneas sobre alianzas regionales y alrededor de la fuerza de EE. UU. Este pas debe ofrecer su propia alternativa. Al intentarlo, esperamos restablecer los trminos del compromiso de EE. UU. con Siria, ganando espacio para que EE. UU. cumpla sus obligaciones ticas y polticas con ese pas e inicie a un cambio ms fundamental en relacin a Oriente Medio.

 

Asli U. Bli es profesora de Derecho en la UCLA School of Law, directora del claustro docente del Law Promise Intitute for Human Rights de la UCLA y directora del UCLA Center for Near Eastern Studies. Sus estudios se han publicado en el American Journal of International Law Unbound , International Journal of Constitutional Law , UCLA Law Review , Yale Journal of International Law , Cornell Journal of International Law , Virginia Journal of International Law , Geopolitics , Studies in Law , Politics and Society, Cambridge University Press y Oxford University Press.

Aziz Rana es profesor de Derecho en la Cornell University y es autor del libro The Two Faces of American Freedom

Fuente: https://bostonreview.net/war-security/asli-u-bali-aziz-rana-us-debt-syria

Esta traduccin puede reproducirse libremente a condicin de respetar su integridad y mencionar a los autores, a la traductora y a Rebelin.org como fuente de la misma.



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