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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 08-09-2018

El dilema Hulot y la trampa del crecimiento

Emilio Santiago Muio
El diario


- Hulot ha querido insistir en que la acumulacin de decepciones que le ha llevado a salir de la primera lnea poltica no es una cuestin de partidos, sino del funcionamiento perverso de un modelo social

- Un gobierno que se tomara en serio la transicin ecolgica, ms all de lucir un ministerio florero, tambin debera ser un gobierno dispuesto a una transformacin socioeconmica radical

Nicolas Hulot, flamante ministro de Transicin Ecolgica y Solidaria del Gobierno de Macron, ha dimitido por sorpresa ante la escasa determinacin del ejecutivo francs en la tarea que diriga: no quiero mentir ms; no quiero dar la ilusin de que mi presencia en el Gobierno significa que estamos a la altura. Tanto por su celebridad meditica previa en el terreno del periodismo ambiental, como por su pedigr apartidista que generaba amplios consensos, Hulot era una de las figuras ms relevantes de un gabinete llamado a mucho. Entre otras cosas, a regenerar el proyecto europeo en sus horas ms bajas. Lo que pasaba necesariamente por convertir a Francia en la vanguardia continental de un nuevo modelo productivo sostenible.

En su renuncia al puesto, Hulot ha cargado contra la influencia perversa de los lobbies empresariales en la democracia, la poltica de pequeos pasos ambientales absolutamente insuficiente ante la magnitud del abismo socioecolgico que hemos de saltar o la soledad de su accin de gobierno. Pero lo ms interesante, que suele ser poco habitual en un cargo de su perfil, es que ha puesto el acento del problema en el modelo econmico liberal. Podemos afirmar, a riesgo de simplificar, que Hulot ha dimito tras chocar con dos realidades tenaces, que en algunos crculos nos suenan muy obvias, pero que en el debate pblico apenas tienen presencia: la primera obviedad es que sin reducir el tamao de la economa no se reducir nuestro impacto desastroso sobre la biosfera, sea ste medido en emisiones de gases de efecto invernadero, contaminacin qumica o prdida de biodiversidad; la segunda obviedad es que la telaraa de intereses creados pesa hoy mucho ms que la voluntad de cambio cualquier ministro-estrella.

En este asunto hay una leccin fundamental que el ecologismo debera abanderar en su discurso de un modo mucho ms valiente: mientras el crecimiento econmico sea un precepto sagrado, la ecologa estar obligada a rebajarse a marketing verde. Transicin ecolgica y neoliberalismo es una combinacin con una consistencia similar a la del agua seca, el da nocturno o el fuego helado. Pero la pregunta realmente inquietante y necesaria es otra: sera distinto con la izquierda en el poder? Y no solo con la socialdemocracia acomplejada del PSF, siempre tan competente a la hora de decepcionar a sus votantes, sino incluso con la izquierda fuerte de la Francia Insumisa. Es razonable esperar que el margen de accin de un ministerio de Transicin Ecolgica de Mlenchon, ms resuelto a la hora de atacar posiciones del entramado oligrquico-empresarial, cambiara sustancialmente el margen de accin en aspectos que no hay que despreciar. Pero las presiones ms importantes que nos empujan hacia la extralimitacin ecolgica se mantendran casi constantes. El peor error que la izquierda ecologista puede cometer es simplificar los obstculos reales de la consecucin de la sostenibilidad desde la superioridad moral y el autismo ideolgico. Toca ser un poco ms humildes: tenemos ya la certeza de que nuestras economas deben dejar de acelerar en su carrera hacia el abismo. Pero an nadie sabe cmo se para esta mquina sin frenos.

Hulot ha querido insistir en que la acumulacin de decepciones que le ha llevado a salir de la primera lnea poltica no es una cuestin de partidos, sino del funcionamiento perverso de un modelo social. Y que este tiene una base de colaboracin activa entre la ciudadana inmensa, cuya defensa abarca casi todo el espectro electoral. En esto acierta. Cuando los ecologistas planteamos el horizonte tericamente sensato del decrecimiento, y hay que celebrar que ste ya no es un coto de reflexin exclusiva de acadmicos y activistas (gracias a iniciativas como el debate sobre el post-crecimiento en el Parlamente Europeo, que ha impulsado entre otros el eurodiputado Florent Marcellesi), olvidamos un aspecto crucial para pensar su hipottica traduccin prctica: que el crecimiento econmico no es solo una decisin poltica en favor del capital. Es una inercia civilizatoria muy profunda, que no se podr revertir sin generar inmensos trastornos. La telaraa de intereses creados alrededor de la expansin permanente de la produccin y el consumo no la sostiene exclusivamente el 1%.

Por ello, y desde Informe del Club de Roma hace ms de 40 aos, las advertencias cientficas bien fundamentadas sobre la necesidad de organizar nuestra economa en base a un patrn de estado estacionario han cado en saco roto. Con el crecimiento econmico se refuerzan mutuamente los intereses de los poderes establecidos, los mitos colectivos ms profundos de la modernidad, el modelo de subjetividad imperante (con su esquema de premios y reconocimientos y su promesa de felicidad) y el chantaje estructural que define al capitalismo como sistema. Es un nudo gordiano de complicidades socioculturales que no se rompe con la espada de la voluntad poltica. Hay que deshilar mucho ms fino.

No es solo que todo nuestro marco econmico e institucional est diseado como un esquema Ponzi o una estafa piramidal (basta pensar en el mecanismo de deuda-inters). O que suframos una racionalidad colectiva devaluada, oscurecida por el arraigo de la religin ms potente de nuestra poca, la tecnolatra, cuya teologa puede resumirse en el dogma ya inventarn algo. O que el consumismo, que ha seducido a miles de millones de personas, acte como una plaga de langostas sobre los ecosistemas de todo el globo. El secuestro en la trampa del crecimiento es todava ms perfecto: cuando una sociedad solo sabe producir vidas cotidianas mnimamente vivibles mediante el incremento del PIB, por mucho que las lites se lleven la mejor parte, y por muy autodestructivo que sea su efecto a medio plazo, la gente creer en ello a toda costa. Y ser electoralmente suicida rebatirlo. Especialmente, como es el caso, si los daos ms directos todava se pueden externalizar sobre el cuerpo de las mujeres, los pases del Sur o cargando la factura sobre la naturaleza. Por tanto, y he aqu el verdadero dilema Hulot: un gobierno que se tomara en serio la transicin ecolgica, ms all de lucir un ministerio florero, tambin debera ser un gobierno dispuesto a una transformacin socioeconmica radical. Al menos, tan radical como el ciclo reformista de los aos treinta. Quiz mucho ms radical: recordemos que el socialismo, emblema histrico de aventura colectiva conscientemente organizada para transformar del mundo, con lo muchsimo que aspir a cambiar, nunca se plante una tarea como dejar de crecer.

Bajo esta luz el dilema Hulot se presenta de una complejidad poco compatible con una lectura maniquea entre partidos polticos buenos y malos. Si nuestra historia nos ensea algo es que una transformacin socioeconmica radical, llamada a contrariar los intereses (y la lgica) del capital, es un tipo de operacin de altsimo riesgo. Que solo es posible empezar a plantersela en serio cuando adems de un gobierno decidido existe una inmensa fuerza social que empuja desbordando las instituciones establecidas. Y no solo con movilizaciones masivas o conflictos sectoriales (en el mundo del trabajo o por el reconocimiento de derechos): casi ms importante es la creacin de un tejido capilar de apoyo mutuo, identidad comn y sociabilidad no mercantil en la vida cotidiana. Como fue la cultura obrera de sindicatos, ateneos, tabernas, casas del pueblo y cooperativas. Sin este respaldo magmtico, que dira Garca Linera, tambin un gobierno de izquierdas se limitar seguramente a administrar impotencias.

Para romper el crculo vicioso que nos arrastra hacia la catstrofe socioecolgica, toca redescubrir otra obviedad, mucho ms hermosa que las obviedades antes descritas: la impotencia gubernamental se cura siempre con agitacin popular. Por eso el 8 de septiembre nos pondremos en pie por el clima, y llenaremos las calles del mundo para exigir la transicin ecolgica justa y democrtica. Por eso el 8 de septiembre inauguraremos el cortsimo siglo XXI. Que ser mucho ms breve que el corto siglo XX que Hobsbawn demarc entre la Revolucin Sovitica y la cada del muro. Aqu est el condicionante ms difcil del reto que nos ha tocado vivir: una opcin de transicin ecolgica gradualista parece, a la luz de la experiencia histrica, mucho ms viable polticamente que una opcin de contraccin ecolgica de emergencia. Entre otras cosas porque, como cualquier proceso revolucionario, sta ltima no podr ser demasiado exquisita en trminos democrticos. Pero a diferencia de los aos treinta a nosotros no nos queda tiempo.

A mediados de esta centuria habremos cruzado el Rubicn ecolgico. O bien una sociedad reintegrada en los lmites de la biosfera, que haya convertido el crecimiento econmico exponencial en una pieza de museo, o bien la descomposicin catastrfica de la civilizacin industrial en una lucha competitiva atroz. Que como afirma Jorge Riechmann, desencadenar genocidios como mtodo para gestionar el ecocidio. En cualquier caso, la vida humana ser algo muy distinto al presente. Lo suficiente como para que los historiadores del futuro, si es que tal profesin sigue existiendo, tengan que nombrar su poca bajo otras palabras. Est en manos de nuestra generacin determinar el desenlace. El sbado 8, a las 19.00 horas en la plaza del Reina Sofa , Madrid pondr su aporte.

Fuente: https://www.eldiario.es/ultima-llamada/dilema-Hulot-trampa-crecimiento_6_810228983.html



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