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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 15-09-2018

La dignidad no es delito, solidaridad con los campamentos

Manuel Caada Porras
Rebelin


Un hombre que se conforma con obedecer leyes injustas no es un hombre honrado
Jos Mart


En los ltimos aos he visto llorar a mucha gente humilde. He visto, hemos visto, cmo la miseria se instalaba en la vida cotidiana de muchos hombres y mujeres del pueblo. He visto cmo la sarna, aquella enfermedad ya desaparecida de la que hablaban con resentimiento nuestros padres, volva a excavar sus galeras en el cuerpo de Paca, vecina de Mrida con el agua cortada durante meses. He visto a Carmen, madre desahuciada, con una hija pequea, acampada en la puerta de la Consejera de Vivienda, temblando de rabia silenciosa ante el interminable toreo burocrtico: vuelve maana, bonita, a ver si se sabe algo. He visto la desesperacin de Lucas, padre de una hija discapacitada de 16 aos, con 426 euros de ingresos y la luz cortada por impago. He visto a Mara, maldiciendo la caridad de las seoronas, las que te hacen coser y rezar por las tardes si quieres que te paguen la bombona de butano. He visto a 25 personas durmiendo en la vivienda social de ngela. He visto a Antonio y a Juliana sobreviviendo en un pasillo de Montijo, como animales fugitivos. A familias de Suerte de Saavedra, resistiendo en viviendas sin agua corriente, castigadas como delincuentes por polticos despreciables.

He visto a Jenny, humillada por la trabajadora social que le obliga a abrir el frigorfico para comprobar su estado de necesidad. A Alfonso, clamando por que se le acumulan los numeritos. A Petri, peleando por el 40% de las medicinas que no tiene cmo pagar. A nuestro hermano Jos Gimnez Lorente, asesinado por la miseria, enterrado por la beneficencia municipal.

S, he visto, hemos visto el manoseo de los derechos, la perenne ley del embudo que siempre reserva una ltima valla para el pobre, la banalidad de los desahucios, del paro, de los ansiolticos, de las depresiones, de la desesperacin. La banalidad del mal contemporneo.

Cuntos pobres hay que moler para producir un rico, se preguntaba el escritor portugus Almeida Garrett. Cuntos obreros hay que condenar a la desmoralizacin, a la infamia, a la desgracia invencible, a la penuria absoluta para producir un banquero, un botn, un urdangarn, un alfonso gallardo. Y para producir tambin a sus leales servidores, los palanganeros en la poltica, los sembradores de desesperanza, los traficantes de arbitrariedad. Porque la injusticia tiene direccin, nombre y apellidos, claro. Gobernantes cnicos o pusilnimes, como Monago, Fernndez Vara, Carrn o Vergeles; los culpables, por ejemplo, de que ni siquiera se valorasen 14.000 solicitudes de renta de insercin entre 2013 y 2015 y de que ningn cargo poltico sufriera la menor sancin por ello. O los responsables de que en el ltimo presupuesto de Extremadura le hayan chuleado ms de 41 millones de euros a 6.000 de las familias ms necesitadas en nuestra comunidad, fondos que legalmente deberan haberse destinado a renta mnima, a ayudas de emergencia, a subvenciones al alquiler y a combatir la pobreza energtica. No se gasta lo presupuestado, dicen y se quedan tan oreados.

Pero en los ltimos aos no slo hemos visto la miseria de los de abajo y la indecencia de los de arriba. Tambin hemos visto, a raudales, la dignidad. La dignidad que, como escribi Jess Gmez, es un campamento de la piel, una erupcin de la humanidad sobreviviente, una sublevacin del amor que an resiste en cada uno de nosotros frente a la normalizacin de la barbarie. La PAH o los Campamentos de la Dignidad en Extremadura han sido algunos de esos estallidos de grandeza, emblemas de la autoestima del pueblo.

Los Campamentos nacieron el 20 de febrero de 2013 y, desde entonces, se han ido afirmado como una comunidad de resistencia a la banalidad del mal. Una comunidad de los que no tienen comunidad, de quienes han sido expropiados de la condicin de ciudadana, de quienes sufren la violencia que sobre ellos ejerce el aparato estatal, desbocado, excesivo, brutal, vejatorio, que viola los Derechos Humanos (Jos Pablo Feinmann). Una pequea aldea gala que lucha y reparte, que tan pronto distribuye alimentos como monta corralas, exige la renta bsica, defiende el derecho al rebusco, siembra alianzas rebeldes por todo el pas o pelea contra la precariedad laboral. S, durante estos aos, tambin he visto a muchos hombres y mujeres durmiendo meses en el suelo frente a las oficinas de empleo. O encerrados durante semanas en las iglesias. O andando las carreteras de Extremadura y Espaa, reivindicando lo elemental: pan, trabajo y techo. O defendiendo con uas y dientes el derecho al agua o a la luz. O repartiendo toneladas de alimentos, compartiendo lo poco que hay, ayudando a centenares de familias sin pedir jams nada a cambio. S, tambin he visto, hemos visto, la generosidad, el compaerismo, el coraje.

El poder tiembla cuando la gente trabajadora se organiza, cuando los de abajo luchan de verdad. Y por eso ha urdido las leyes mordaza y otras mil formas de represin. Ese es el motivo de que, a pesar de que las acciones del Campamento Dignidad son siempre pacficas, en tan slo cinco aos de vida hayan sido multadas o procesadas 75 personas vinculadas al movimiento y que la cuanta total de las sanciones propuestas contra el mismo ronde los 200.000 euros. Da lo mismo el motivo: por recuperar viviendas vacas, por cantar La mala reputacin o por no seguir, cual cabestros, el itinerario caprichoso que le d la gana al mandarn de turno en la Delegacin del Gobierno. La persecucin al Campamento Dignidad, como en general a los movimientos sociales ms combativos, ha tenido y tiene un objetivo bien definido: vaciar la calle, obstaculizar la organizacin de los de abajo y desmoralizar al pueblo.

Frente a las multas y represalias que vienen sufriendo los Campamentos Dignidad, debemos atender la llamada de los compaeros a arrimar el hombro. Defendamos nuestras pequeas fortalezas, nuestras herramientas de resistencia. Los de arriba tienen dinero y poder. Nosotros, conciencia y solidaridad. La lucha es el camino.

Manuel Caada, militante de los Campamentos Dignidad

Cuenta de Solidaridad Campamento Dignidad: ES44 2100 4294 4322 0012 8747 La Caixa

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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