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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 18-09-2018

Editados en castellano 15 relatos de una de las ms grandes ensayistas del siglo XX
Cuentos reunidos de Susan Sontag

Soledad Platero
La Diaria


Ciertas fminas de carcter enrgico son clebres por la estela de glamour que dejan a su paso. Sin embargo, la formidable figura de Sontag representa un baluarte de su colosal intelecto. En persona es como una diosa (al verla, acude a la mente Atenea): es, sencillamente, titnica. As describen Carl Rollyson y Lisa Paddock, sus bigrafos, a Susan Sontag, a quien conocieron en Polonia en 1980. Dicen saber que a ella no le interesaban las biografas (no le interesaba el gnero; no era ni siquiera uno de los que despertaban su curiosidad literaria), pero insisten en que su reconstruccin de Sontag no es el repaso de las circunstancias que la llevaron a ser la escritora que fue, sino el anlisis de lo que la transform en una institucin norteamericana y aun internacional. En un cono, smbolo y sntesis del intelectual estadounidense de fines del siglo XX. Y para dar cuenta de la medida de su importancia en la cultura occidental remiten a una cita de la pelcula Gremlins 2 (Joe Dante, 1990) en la que la escritora es parte de la lista de cosas que definen a la civilizacin: la Convencin de Ginebra, la msica de cmara, Susan Sontag. Que su confirmacin como estrella del firmamento de lo civilizado ocurra en una comedia de terror producida en Hollywood es justo con Sontag, una inquieta navegante de universos culturales limtrofes y lcida analista de sus manifestaciones genuinas (ingenuas) o simuladas (irnicas).

Nacida en Nueva York el 16 de enero de 1933 (y muerta en la misma ciudad casi 72 aos despus, en diciembre de 2004), creci en el desierto, en Tucson (Arizona). Tena seis aos cuando empez la escuela primaria, y una semana despus de haber ingresado la haban puesto en tercer ao. Era una nia extraordinariamente inteligente y con cierta vocacin solitaria, pero no tena problemas con sus compaeros. Una obsesin, sin embargo, la atormentaba: senta la fascinacin de los lugares remotos y las historias dramticas. Les menta a sus compaeros de clase para hacerles creer que haba nacido en China (que era, en realidad, el pas en el que sus padres se haban conocido, en el que, posiblemente, haba sido concebida, y en donde su padre muri de tuberculosis en 1938, durante uno de los tantos viajes para atender el negocio de compraventa de pieles), porque pensaba que era, sin dudas, el lugar ms lejano al que se poda llegar.

Hace unos meses, la editorial Penguin Random House public una coleccin de relatos de Susan Sontag reunidos bajo el nombre de Declaracin. El primero, cuyo ttulo es Peregrinacin, es posiblemente el ms convencional en su estilo y, al mismo tiempo, el ms ajustado a los hechos de su vida tal como se conocen. Narra el encuentro de una Sontag de 14 aos con uno de los hombres que ms admiraba en aquella poca: Thomas Mann.

Es noviembre de 1947; es el sur de California. Susan est a punto de terminar el bachillerato y tiene un par de amigos con los que comparte el amor por la msica y la literatura (la alta msica, la alta literatura). El milagro de vivir en una casa en la que tena su propio cuarto le permita leer, si tena ganas, durante toda la noche. Estuvo un mes leyendo La montaa mgica, sintiendo que le costaba respirar, imaginando las conexiones espirituales, fsicas y estticas entre aquellos personajes devastados por la tuberculosis (la enfermedad que mat a su padre) en un hospital de montaa en la vieja Europa, y ella, una adolescente asmtica que haba pasado la infancia en Tucson porque alguien le haba dicho a su madre que el spero clima del desierto iba a hacerle bien.

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El cuento no es el mejor de la seleccin, pero dice mucho de Sontag y de su fascinacin infantil por la cultura europea, por el pasado y por las vidas llenas de patetismo. El encuentro con el dolo es lo que cabra esperar: un esfuerzo de acercamiento y curiosidad completamente desbalanceado: l habla de su prxima novela Doctor Faustus, de la necesidad de proteger a la civilizacin contra las fuerzas de la barbarie y de cmo le gusta hablar con jvenes estadounidenses que revelaban el vigor, la salud y, fundamentalmente, el carcter optimista de ese gran pas. Ella siente la vergenza de no estar a la altura de esa demanda, de no ser suficientemente estadounidense, de no haber ledo a Ernest Hemingway, que era lo que Mann habra esperado. El hombre que estaba frente a m slo hablaba con frmulas sentenciosas, aunque era el hombre que haba escrito los libros de Thomas Mann. Y yo no pronunci sino simplezas, aunque estaba llena de sentimientos complejos. Ninguno de los dos estaba en su mejor momento.

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El libro sigue con el monumental Proyecto para un viaje a China (ver recuadro), y luego vienen Espritus norteamericanos la aventura de la encantadora seorita Carichata, que, cansada de la vida familiar, emprende un camino de depravacin y lujuria a manos del seor Obscenidad; La escena de la carta una sucesin de fragmentos literarios de distintas pocas y espacios que logran producir el milagro de un edificio puramente escritural, tentativo pero posible y consistente; El mueco un adelanto de los captulos de Black Mirror; Viaje sin gua remedo de cuaderno de viaje en el que todos los lugares comunes de las bitcoras y diarios se repasan, se descalifican, se retoman y se desmienten; y llega finalmente el ms largo de los relatos, Repaso de antiguas quejas, en el que una voz en primera persona cuenta que se propone abandonar una organizacin a la que pertenece desde hace ya bastante tiempo. Todos son, de algn modo, relatos de abandono y reconstruccin de la identidad, de renuncia al yo tanto como a la pertenencia a una comunidad de roles preestablecidos. Y son, sobre todo, juegos de escritura. No ensayos (el gnero por el que Sontag fue ms reconocida) ni escrituras experimentales a la manera de ejercicios de estilo, sino verdaderas danzas con la escritura y sus posibilidades. Cualquier fragmento es perfecto, y todos son parte de una construccin personal y ldica que se levanta en lo literario, en sus posibilidades tcnicas y estticas, y que se practica con la seriedad con que en la infancia se practica el juego.

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Es habitual, cuando un escritor tiene la cualidad de remitir sin pausa a lo literario, recordar a Borges. Sin embargo, en Sontag se respira un aire Cortzar. En El nene (otro de los textos largos) se alternan los relatos de (suponemos) el padre y la madre del nene del ttulo, que visitan a un terapeuta (siempre se dirigen a l como doctor, pero est claro que es del tipo de doctores que se sientan a escuchar, y no de los que, por ejemplo, operan una apendicitis) todos los das (en algn momento, hasta dos veces al da), siempre por separado. Los lunes, mircoles y viernes va uno, los martes, jueves y sbados va el otro. No demoramos en sospechar que el problema del nene son los padres, y se nos dan pistas suficientes como para entender que el nene est lejos de ser un nio (en algn momento se menciona a su esposa) y que, probablemente, es un verdadero psicpata. Tememos por los padres, aunque deberamos temer por l. Lo interesante es que la informacin ms sustantiva es la que se nos oculta, la que surge de las respuestas a las preguntas (que nunca conocemos) del doctor, la que asoma en las observaciones que hacen los padres sobre los asuntos ms triviales o en los argumentos que usan para justificar sus decisiones.

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En Doctor Jekyll, un atltico y exitoso mdico suea con cambiar de vida con el enclenque y contrahecho Hyde, a quien envidia la vitalidad y el arrojo, la voluntad ciega que tantas veces lo llev a la violencia y al crimen. En esta versin del clsico de Robert Louis Stevenson, el abogado Utterson no es el amable amigo del doctor Jekyll, sino una especie de gur convencido de que, adems de poseer el don de la clarividencia, tiene la capacidad de manejar la energa de las personas, transformndolas en marionetas que responden a su voluntad. Paradjicamente, Jekyll ser libre cuando est en la crcel, condenado por haber tratado de matar a Hyde.

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En 1975, un chequeo de rutina revel que Sontag estaba desarrollando un cncer de mama. Rechaz, al principio, el diagnstico, pero luego de consultar a varios especialistas tuvo que aceptarlo. Padeca una manifestacin bastante invasiva de la enfermedad, por lo que debi ser operada. La intervencin se hizo en Manhattan, pero Sontag sinti que los pacientes de cncer no eran tratados como los otros. Sinti que haba algo ominoso en el cncer, tal como haba habido algo ominoso y vergonzante, tiempo atrs, en la lepra o la tuberculosis. Ley mucho, se interes en publicaciones mdicas extranjeras y termin resolviendo que tomara un tratamiento experimental de 30 das en Pars. De ese proceso doloroso y agotador naci en 1978 el magistral ensayo La enfermedad y sus metforas, en el que reniega de las explicaciones psicolgicas que tienden a poner la culpa de la enfermedad en la conducta del paciente o en los tormentos de su alma y analiza con cruda lucidez las metforas militares que caracterizan al discurso mdico. Diez aos despus, El sida y sus metforas repasa el problema y postula el uso discursivo del sida como prctica admonitoria de penalizacin de la sexualidad y vuelve a insistir en el peligro de la metfora militar como aliada de la salud: No, no es deseable que la medicina, no ms que la guerra, sea total. Tampoco la crisis creada por el sida es un total de nada. No se nos est invadiendo. El cuerpo no es un campo de batalla. Los enfermos no son las inevitables bajas ni el enemigo. Nosotros la medicina, la sociedad no estamos autorizados para defendernos de cualquier manera que se nos ocurra Y en cuanto a esa metfora, la militar, yo dira, parafraseando a Lucrecio: devolvmosla a los que hacen la guerra.

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En el cuento As vivimos ahora (escrito en 1986 y publicado por primera vez en The New Yorker) que integra Declaracin, vuelve a aparecer el modelo cortazariano de rumores alrededor de alguien que nunca toma la palabra: Al principio slo perda peso, se senta un poco enfermo, le dijo Max a Ellen, y no pidi una cita a su mdico, segn Greg, porque lograba seguir trabajando ms o menos al mismo ritmo, pero s dej de fumar, seal Tanya, lo que sugiere que estaba asustado, pero tambin que quera, an ms de lo que saba, estar sano, o ms sano, tal vez slo recuperar algunos kilos de peso, dijo Orson, porque le dijo a ella, prosigui Tanya, que supona que iba a subirse por las paredes (no se dice as?), y, ante su sorpresa, descubri que no extraaba los cigarrillos para nada y que se deleitaba por primera vez en aos. A medida que el relato avance, siempre en la voz de los que cotillean, se ver la carga de vergenza y culpa que la enfermedad lleva adherida.

Posiblemente uno de los relatos ms conmovedores sea Declaracin, en el que Sontag recuerda a su amiga Julia, que se suicid tirndose a las negras aguas del ro Hudson. Otra vez, la relacin es injusta, desbalanceada (desde la perspectiva de Sontag), pero el amor y la admiracin justifican cualquier esfuerzo. El relato de sus ltimas visitas a Julia es tambin el repaso de la vida en Nueva York, el recuento de las miserias de los que estn locos, de los que estn solos, de las calles en las que los nios se hacen hombres demasiado pronto. O nunca. Es el retrato de las mujeres negras que se juntan por azar bajo el mismo techo de una iglesia la Iglesia Unida e Instituto de la Ciencia de Vivir del reverendo Ike una vez por semana. No se conocen, nunca se vieron, pero entonan el mismo canto y quieren creer que todava pueden seguir adelante.

Fuente original: https://ladiaria.com.uy/



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