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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 20-09-2018

El poder de la blasfemia

Santiago Alba Rico
Cuarto Poder


Willy Toledo ha pasado una noche en la crcel por blasfemar. Si hay algo eterno que podemos llamar an Espaa -y eso para todos, por muy ligeros o postmodernos que nos queramos- es precisamente esta combinacin: la crcel y la blasfemia.

Toledo se ha cagado en Dios, lo que es una estupidez; o lo pareca antes de que una asociacion catlica lo denunciase y un juez admitiese a trmite la denuncia. En Espaa todo el mundo blasfema; todo el mundo ha blasfemado siempre, sobre todo los catlicos y, cuando en Espaa todo el mundo era catlico, blasfemaban slo los catlicos. Ahora bien, cuando los catlicos espaoles se cagan en Dios no estn pensando en Dios sino en la Iglesia. Espaa -recuerda Villacaas en su libro sobre el poder poltico- ha sido un pas extrao en el que la Iglesia ha regido durante siglos de modo inquisitorial los destinos de una poblacin naturaliter cristiana, de manera que el anticlericalismo furibundo espaol, antes de adoptar formas ateas, era profundamente catlico: pensemos, por ejemplo, en la quema de conventos de 1834, cuando los vecinos catlicos de Lavapis atribuyeron la epidemia de peste que asolaba la ciudad a un envenenamiento de las fuentes pblicas por parte de las rdenes religiosas instaladas en Madrid.

Por lo dems, siempre he interpretado en este sentido un misterioso pasaje de los Episodios Nacionales en el que Galds, en el marco de la primera guerra carlista, habla de la relacin difcil del aspirante Don Carlos con su mximo general, Rafael Maroto, un hombre de cuyo fervoroso catolicismo nadie poda dudar. Pues bien, dice Galds en las ltimas pginas de su novela Vergara: (Don Carlos) odiaba cordialmente a Maroto, no por mal militar, que no lo era, ni por desafecto a su causa, sino porque en cierta ocasin de apuro, atravesando la frontera de Portugal, haba soltado D. Rafael en los regios odos la interjeccin ms comn en bocas espaolas, desacato que el meticuloso Rey no perdon nunca. Qu interjeccin se le escap al impulsivo y beato Maroto que su rey, tan necesitado de su ayuda, no le pudo perdonar? Sin duda una blasfemia; probablemente un me cago en Dios; y si su rey no se lo pudo perdonar no fue porque descubriese de pronto que su general era ateo, sino porque se percat de que era algo peor: un catlico anticlerical y, por lo tanto, un carlista tibio (como qued demostrado en el famoso abrazo de Vergara con Espartero en 1839).

Ms all de este caso sujeto a especulacin, todos sabemos que los catlicos blasfeman y se cagan en Dios no contra Dios sino contra la Iglesia, dentro de la cual muchos de ellos se han sentido siempre incmodos o engrilletados. En este sentido, uno de los graves errores de la Segunda Repblica Espaola, y ms en una situacin de rebelin militar catlica, fue la de obligar a los blasfemos catlicos a elegir entre el atesmo y la Iglesia, dentro de la cual los catlicos al menos podan blasfemar. Es fuera de la Iglesia donde no se puede, como lo demuestra la denuncia contra Willy Toledo por parte de una asociacin compuesta sin duda por catlicos que blasfeman libremente, pero que no pueden aceptar el anticlericalismo consciente y premeditado de un ateo.

Muchos catlicos se cagan en Dios por amor a Dios y rechazo de la Iglesia. Incluso muchos curas se cagan en Dios, porque esa expresin, junto a me cago en la hostia, se encuentra en la lnea de salida -en la superficie- del rico repertorio blasfemo y palabroto del pueblo espaol plurinacional. Esas interjecciones estn ah, a disposicin de todos, y salen del alma apenas una contrariedad, pequea o grande, asalta nuestras vidas. Un catlico blasfema, aunque no lo sepa, contra la Iglesia; y la Iglesia le perdona su anticlericalismo plebeyamente cristiano. Un cura blasfema, en cambio, para unirse ms al Dios en el que cree firmemente (los que creen firmemente en l). O para interiorizar su misin como su representante y apropiarse -fervor rayano en la hereja- parte de su sustancia divina.

El me cago en Dios de un cura es como el me cago en tu madre de una madre que regaa al hijo que ha cortado los flecos del silln o hecho trizas la vajilla. Al cura blasfemo (que es el bueno, el verdadero creyente) le sale del alma regaar a Dios con un me cago en Dios -pienso en algunos telogos de la liberacin ante flagrantes casos de injusticia- porque lo sienten suyo y as lo hacen ms suyo, y se lo arrebatan un poco a los malos que invocan su nombre con solemnidad hipcrita y distancia humanamente despectiva.

No se puede escapar de Espaa blasfemando. Todos blasfeman; todos blasfemamos. Lo que los catlicos blasfemos no pueden quizs tolerar del me cago en Dios de Willy Toledo es precisamente que no le ha salido del alma; que le ha salido de la ideologa, de la voluntad fra -dira Pavese- de aadir un clavo en la crucifixin de Cristo. Que no le haya salido del alma sino de la ideologa vuelve en realidad ms ingenua e infantil la blasfemia: una palabrota antigua, un poco obsoleta o pasada de moda, la autocomplacencia afirmativa y audaz de un nio en la fase oral que paladea el verbo ms que el nombre y al que excita su propio coraje escatolgico.

Ahora bien: ocurre que algunos catlicos no ven aqu una niera antigua, como la veo yo, ni un empobrecimiento ideolgico; ven, del mismo modo que esos fanticos musulmanes que atacan las psimas e infantiles caricaturas del Charlie Hebdo, un ataque real a su Dios, al que creen absolutamente real, de manera que de pronto la blasfemia banal de Toledo, que pincha en nervio vivo, adquiere un sentido que en el contexto sociolgico actual no tiene. Ese sentido, en todo caso, poda haberse quedado ah, en una batalla en internet entre un nio valiente y un grupo de fanticos musulmanes (quiero decir catlicos) si no fuese porque, de manera inesperada, ha intervenido la justicia, y no precisamente, como sera de rigor, para defender al nio malhablado de los fanticos ofendidos.

Porque es aqu donde interviene el otro rasgo tpicamente espaol: la crcel. Lo que da verdadero sentido, de manera retrospectiva, a la infantil blasfemia de Toledo (que se vuelve as grande, misteriosa y subversiva) es la crcel. Es en este sentido adventicio, a contrapelo del contexto social, donde estamos ahora obligados a movernos todos, con independencia de lo que pensemos del twit de Toledo; blasfemar tiene el sentido que le ha conferido la persecucin judicial y ya no podemos escapar a l, y no debemos hacerlo, en defensa precisamente del contexto social (que disolvera el sentido de la blasfemia) y, en consecuencia, de la libertad de expresin. Por alargar la cosa ms all de un me cago en Dios ideolgico, podemos decir que Toledo, Hasel, Valtonyc, los independentistas catalanes encarcelados -y todo ello al margen de que nos gusten o no sus canciones o sus posiciones polticas- no habran hecho nada si nada se hubiera hecho contra ellos. El sentido de sus actos, derivado del fanatismo religioso y de la persecucin judicial, se habra perdido en el contexto social, como una chiquillada o una broma, si el Estado espaol fuese un poco ms democrtico -fuese realmente democrtico.

Resulta que en Espaa, el pas ms blasfemo y descarado del mundo, el ms frvolo y ms olvidadizo, tiene sentido blasfemar, adems de sonido. As que ahora, por culpa de unos fanticos y una mala ley, estamos obligados a tomrnoslo en serio, ese sentido, hasta que se disuelva de nuevo -y desaparezca inaudible- en el repertorio palabrotero banal y en la banal rutina democrtica.

Fuente: http://www.cuartopoder.es/ideas/2018/09/18/poder-blasfemia/



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