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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 25-09-2018

Mahmoud Darwish: Birwa, la Nakbah que no cesa

Luz Gmez
Al Zeytun


El 11 de junio de 1948 la familia de Mahmud Darwish tuvo que salir precipitadamente de su aldea, Birwa, situada a 11 kilmetros al este de Acre. Birwa tena entonces 1.694 habitantes, una escuela de nios y otra de nias, una iglesia, una mezquita y dos zagas. Sus gentes vivan principalmente de la agricultura, y era un pequeo centro administrativo de la comarca. Birwa fue asaltada por el recin creado Ejrcito de Israel y su poblacin huy con lo puesto. Mahmud tena entonces siete aos. En los dos textos que presentamos, Mahmud Darwish, el poeta nacional de Palestina, ttulo que a l nada le gustaba, relata su vivencia de aquella madrugada y las consecuencias personales y colectivas que de ella se derivaron. El primer fragmento, perteneciente a la correspondencia entre Mahmud Darwish y el tambin poeta palestino Samih al-Qsim (Darwish y Al-Qsim, 1990: 45-46), sirve a modo de introduccin ms concreta a la recreacin ms simblica de los mismos sucesos que se narran en el segundo fragmento, un captulo de la autobiografa potica de Darwish (2011: 49-54) En presencia de la ausencia.

Mahmud Darwish parti al exilio en 1970 y no pudo volver a Palestina hasta 1994. A Galilea, su tierra, la autoridades israeles solo se le permitieron entrar en dos ocasiones antes de que falleciera en Houston (EEUU) en 2008.

 

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Los meses no se decan con nombres que siempre recuerdan cundo se quebr la albahaca de la infancia. Aunque s s que aquella noche no era tan fra como las de estos das. Tampoco existan por entonces canciones a la luna en hebreo. Y de lo que me acuerdo bien es del corral, con la morera en medio que distingua la casa de las otras y la converta en la casa de mi abuelo. Dejamos todo como estaba: el caballo, las ovejas, los terneros, y las puertas abiertas, con la cena caliente, la llamada a la oracin y la nica radio que haba, acaso encendida para que fuera informando de nuestras victorias. Bajamos hasta el estrecho cauce que enfilaba hacia el sureste y acababa en un aljibe. Reluca al salir el sol por la parte del llano que nos conducira hasta Chaab, el pueblo en el que vivan unos parientes de mi madre y para entonces tambin su familia, que haba ido all desde Damn, que ya haba sido ocupada Y all, al cabo de unos das, los campesinos de las aldeas vecinas, que haban vendido el oro de sus mujeres para comprar fusiles de fabricacin francesa, hicieron un llamamiento para liberar Birwa. La liberaron al caer la noche. Se bebieron el t caliente de los ocupantes. Pasaron la primera noche de la victoria. Y al da siguiente la entregaron, sin acuse de recibo, al Ejrcito de Salvacin2, para que los judos volvieran a ocuparla y destruyeran hasta la ltima piedra Mientras, a las puertas de la patria, nosotros aguardbamos el regreso. Conoces todo lo que pas, Samih, que la guerra fue breve y la excursin de los que se haban marchado se prolong. Y sabes cmo nos infiltramos desde el Lbano cuando mi abuelo se dio cuenta de que el viaje se alargara y que l deba apegarse a la tierra antes de que sta echara a volar. Cuando llegamos, slo encontramos ruinas. Habamos perdido el derecho de residencia y perdido el derecho a la tierra. Al cabo, cuando consum el rito de mi primera peregrinacin a Birwa, mi pueblo, slo hall de l el algarrobo y la iglesia derruida, ms un vaquero que no hablaba bien ni rabe ni hebreo: Quin es usted? Respondi: Soy del kibutz Yasur. Le dije: Dnde est el kibutz Yasur? Dijo: Aqu. Le dije: Aqu est Birwa. Dijo: Dnde? Respond: Aqu, debajo de nosotros, a nuestro alrededor, sobre nosotros, aqu, en todas partes. Dijo: Pero yo no veo nada, ni siquiera piedras. Le dije: Esta iglesia no la ve? Respondi: No es una iglesia. Es una cuadra para las vacas. Y eso de ah son unas ruinas romanas. Le dije: De dnde es usted? Dijo: Del Yemen. Le pregunt: Y qu hace aqu? Dijo: He vuelto a mi pas. Luego me pregunt: Y t de dnde eres? Dije: De aqu He vuelto a mi pas.

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Es tu destino la noche en este valle: has de descender ms aprisa que una perdiz asustada. El aire est en calma, no se mueve ni una pluma, y en esta huida tuya tu gua ms conspicuo es el cuervo que va con los que parten hacia el confn de la noche /

Es tu destino la noche: desde hoy, ni t ni nosotros podemos seguir bajo los olivos, ni salir al sendero tiznado por la sombra de furgones militares que omos pero no vemos. La noche es un megfono. La noche es un tambor de ecos. Es tu destino la noche, una noche que atruena. Clmate. Tu pequeo nombre y todos nuestros nombres se pertrechan para partir hacia sus imprevisibles destinos en el caos del gnesis.

Te despiertan de tu edad y te dicen: Hazte mayor ahora mismo, con nosotros, de la edad de la tribu. Corre con nosotros, que no te coma el lobo. No hay tiempo de despedirse de nada caliente. Lo que te queda por dormir, djalo junto a la ventana abierta, que te alcance cuando despierte con el azul del amanecer. Los sueos salen al camino de los soadores, qu otra cosa puede hacer el soador sino recordar /

Sal con nosotros a esta noche inmisericorde. Ya aprenders a ordenar los luceros en la alacena de la memoria, a restituir lo perdido a fuerza de nombrarlo, as te desquitars. Pero no mires a las estrellas ahora, no sea que te rapten y te pierdas. Agrrate del vestido de tu madre l te gua por la tierra que corre descalza bajo los pies, y no llores como tu hermano recin nacido, no sea que el llanto ponga a los soldados sobre aviso.

En adelante, no habr quien siga disimulando para que no veas el dolor, que se palpa, se siente, como si el lugar retumbara al resquebrajarse. Y ah ests t, con nosotros, viendo cmo el dolor nos despoja de todo, de un tajo, y se retira como la hoja de una navaja para quedarse atrs, alegrndose de nuestra desdicha, en la otra orilla de un ro que haca de barrera y se ha convertido en habla pedregosa. El dolor pasa la noche charlando en la distancia con nosotros, y alla como una hembra fiera: Venid a m! Venid! Pero no vamos, no volvemos atrs.

An no necesitbamos la mitologa, pero lo que sucedi en ella es lo que nos est pasando ahora en este da machacado por las orugas de los tanques. Quin contar nuestra historia? La nuestra, la de los que escapamos a travs de esta noche, expulsados del lugar y de un mito que no ha hallado ni a uno slo de nosotros que testimonie que el crimen no se cometi. Si nosotros no somos nosotros, ellos no son ellos. Pero la singularidad es la singularidad, pretexto del ladrn.

No te mires en lo que escribo sobre ti. Ni busques en ti al cananeo que certifique tu existencia. Salta por encima de tu realidad, de este nombre tuyo, y aprende a escribir lo que d prueba de ti. T eres t, no tu fantasma, que es el que ha sido expulsado esta noche.

Es tu destino la noche. Las mieses tienen padres que son tus padres. Las casas tienen hijos que son tus abuelos. La herida precoz que hay en ti tiene un grito que eres t. A ningn otro nio le acert sin querer la flecha de una diosa traviesa. As, escribirs de historia, no de mitos, pues a las mujeres de sal no les compete testificar en tu favor o en tu contra Recurrirs a las divinidades de la mitologa, una suerte de memoria disfrazada, para que el ejrcito no se aduee del ritmo de la poesa y de la historia del trigo, para librar al tiempo de la supremaca del ahora En el politesmo hallars una suerte de justicia posible, y en su pasado, parte de una infancia que se resiste a envejecer tan aprisa, sin pasar por la adolescencia. Pero lo que no admite duda es que te llamas como esta tierra /

La tierra no ha conocido feminidades ms hermosas que las ninfas cananeas, que triscan por los llanos y las colinas, camufladas entre las amapolas, la salvia, los duraznillos y los narcisos que se miran en el agua con la majestad de un prncipe /

Las cananeas son las cananeas cuando se engalanan con la brisa primaveral, voluptuosas, hijas del relincho de los escrotos y de la llamada de las flautas a renovar la fuga primera de la tierra, arroyo que se desmorona de la cadera a los pies /

Los nombres tienen un tintineo de plata y de lanzada perdida en la cintura de las cananeas, que se consagran a colgar la tierra, como las letras del alifato semita, de las astas de los antlopes.

Por un simple sonido, los vivos no hacen sacrificios a los muertos, ni los muertos interceden por los vivos. Pero las cananeas, seducidas por la camomila, sacaron a la tierra de las cavernas y la instalaron en casas con un ritmo de piedra /

Ante el mar fuimos testigos de las primeras manzanas exiliadas de un paraso a otro, soldados sin ms armas que unos tronchos de maz y la fuerza enorme del trigo.

Vimos que el sol de Jeric primero verdeca la sombra y luego la enrojeca, y que la fragilidad de nuestra clida paz la blanqueaba, una paz campesina que se formulaba ligersima entre nuestro fuego primordial y nuestras frases entrecortadas.

De un viento a otro /

nuestra paz, que se propagaba como el azul eterno sobre una tierra que cubre su herida femenina con hojas de higuera y lana de corderos que se encaminan sin esquilas al agua de los manantiales /

nuestra paz, que quedaba desenmascarada como el deshonroso olor a fruta madura de las noches de boda /

Baaos, oh cananeas, en agua, luz y albahaca. Que se colme el lugar de una feminidad que corre tras el rebao de cabras. Tambin como ubres de oveja los pimientos cuelgan en alegre bienvenida, y escuecen en los muslos salpicados de espesa savia de uva /

Bullid, oh cananeas, bullid en la caliente luminosidad. Que rebose el poema el legado del agua lmpida anterior a la usurpacin El poema de un poeta que no haya nacido con el xodo, sino con la eternidad, cuando Adn se encontr con Eva para pasar juntos una vida perpetua. De un poeta que no haya nacido, ni l ni sus antepasados, sino en esta tierra a la que vosotras disteis nombre y ensangrent la espina del rosal que plantasteis.

Nosotros no necesitbamos la mitologa ms que para explicar la relacin entre la luna y el ciclo menstrual, entre el sol y el paso de las estaciones, para llenar de magia las charlas de las largas noches de invierno o ensear a las bestias a obedecer a un canturreo.

Guarda bien en tu memoria esta noche de dolor. Puede que un da t seas el rapsoda, la rapsodia y el rapsodiado. No olvides este estrecho y sinuoso camino que te lleva y que t llevas hacia la turbulencia de lo desconocido, y que ha de arrojaros, a ti y a los tuyos, en manos del equvoco.

Preguntas: Qu significa refugiado?

Te dirn: Es aquel al que arrancan de la tierra de la patria.

Preguntas: Y qu significa patria?

Te dirn: Es la casa, la morera, el gallinero, las colmenas, el olor del pan, el primer cielo.
Y no te privas de preguntar: En una palabra tan corta caben tantas cosas y no cabemos nosotros?

Creciste aprisa bajo el efecto de las grandes palabras, en la linde entre un mundo que se derrumbaba tras de ti y un mundo an informe ante tus ojos un mundo semejante a un dado por tirar. Te preguntabas: Quin soy yo? Y no sabas definirte. Seguas siendo un cro ante una pregunta que confunda a los filsofos. Pero preguntarse arduamente por la identidad persuadi a la mariposa de que tena que volar.

Te aislaste en una roca apartada frente al mar libans. Llorabas como un pequeo prncipe destronado de su infancia antes de que le hubieran inculcado la ciencia del buen sentido y los conocimientos de geografa necesarios para distinguir el aqu del all.

Maaaar, maaaar! No conseguas articular bien tu grito. La letra a acostumbraba a la garganta al picor de la sal: Maaaar, maaaar! Llorabas un poco de sal se te haba metido en un ojo y hacia el final el grito se aclaraba: Maaaar, maaaar! Llvame all

Un pjaro blanco se te acerca, un ave marina, mgica, que suave desciende y pliega sus alas y te arropa como a una de sus cras y alza el vuelo, bajo, y ya no sabes si eres pjaro o qu. Sobrevolis la accidentada costa que oscila entre el azul y el verde, y sin dolor aterrizis en el patio de tu casa, erguida en lo alto de la colina como una madre. La ventana sigue abierta. El pjaro blanco abre suave las alas sobre tu cama, y te duermes ligero, como en una nube. Pero un vozarrn te despierta: Qu haces aqu, tontaina? Cmo es que te has quedado dormido en un roca, a la orilla del mar, en una noche como sta? Es que no tienes casa ni familia? Y caes en la cuenta de que has estado soando.

Es tu destino un sueo anterior a la poesa, radiante
y un grito anterior al ritmo, marino
como si esta noche
el creador se retirara a solas con lo creado:
S dueo de tus seas en adelante.
Hijo mo, tienes un sueo,
sualo con la noche que te ha tocado en suerte! S parte de l.
Suea y hallars el paraso en su sitio!

 

Bibliografa

Darwish, Mahmud y al-Qsim, Samih (1990). al-Rasil. Beirut: Dar al-Auda. 

Darwish, Mahmoud (2011). En presencia de la ausencia. Trad. Luz Gmez. Valencia: Pre-Textos.

Luz Gmez, Profesora Titular de Estudios rabes e Islmicos de la Universidad Autnoma de Madrid.

Fuente original: http://alzeytun.org/mahmoud-darwish-birwa-la-nakbah-no-cesa/



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