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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 27-09-2018

Keynes, la tecnologa y la prisin de la rentabilidad

Telmo Olascoaga Michel
El Salto

Al contrario de lo que el economista John Maynard Keynes predijo, la explosin de la riqueza no se ha traducido en un festival de ocio popular. Por qu?


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El ao en el que se desat el Crash de 1929, John Maynard Keynes se encontraba dando los ltimos retoques a un pequeo pero ambicioso ensayo titulado Las posibilidades econmicas de nuestros nietos . En l, el clebre economista dibujaba lo que en su opinin sera nuestro mundo en el horizonte de un siglo. Para 2030, predijo, las economas progresistas (occidentales) habrn alcanzado tal grado de desarrollo que la angustia de tener que encontrar una fuente de renta para satisfacer nuestras necesidades de consumo habr efectivamente desaparecido. Los avances tcnicos habrn multiplicado el agregado econmico por siete y nuestras sociedades operarn con un grado de productividad suficiente como para implementar cmodas jornadas de 15 horas semanales. Segn Keynes, llegados a este punto, la humanidad se enfrentar por primera vez a las consecuencias sociales -y nerviosas- de la eliminacin de su objetivo tradicional, la resolucin definitiva del problema econmico. Poco o nada le importar al autor que, en el momento de su publicacin, el mundo acumulativo y comercial que conoca se hubiera derrumbado. "Errores cometidos [...] que nos impiden ver la tendencia de las cosas" sentenciar.

En ese sentido, Keynes tendra razn. Desde entonces, el PIB per cpita del mundo desarrollado se ha multiplicado por seis. Pero ningn cronista de nuestro tiempo se atrever a apostar por la existencia del idlico escenario keynesiano para finales de la prxima dcada. La jornada laboral estndar no se ha movido del compromiso de las 40 horas semanales alcanzado tras la Segunda Guerra Mundial y el nico factor que ha sido capaz de alterar el cmputo semanal medio ha sido el trabajo fraccionado precario y el desempleo. Adems, la lnea divisoria entre el ocio y el trabajo se ha difuminado y la comodificacin del tiempo ha desplazado a gran parte de nuestra existencia a la geografa de la lgica del coste de oportunidad. Al contrario de lo que Keynes predijo, la explosin de la riqueza no se ha traducido en un festival de ocio popular. Por qu?

Con motivo de la aproximacin temporal a la profeca keynesiana, los economistas de nuestro tiempo se reunieron hace unos aos para intentar averiguar las razones que se esconden detrs de un desastre predictivo de tal magnitud. Sus conclusiones fueron, en cierta manera, sorprendentes. Nos dijeron que es posible que el ser humano simplemente disfrute del hecho social de trabajar. Nos explicaron que Keynes pudo confundir la psicologa de la sociedad en su conjunto con la de la alta burguesa britnica y teorizaron sobre cmo una desigualdad creciente puede ser el motor detrs de una competicin consumista que, lgicamente, nos hace trabajar ms. Salvando la cara de la profesin, al menos Skidelsky, bigrafo de Keynes, tuvo el valor de insinuar una razn anclada en la arquitectura del sistema.

Lo cierto es que tanto Keynes como la gran mayora de los gurs econmicos de nuestro tiempo obviaron deliberadamente la que probablemente sea la regla ms importante de la disciplina econmica: los resultados econmicos son derivadas distribucionales de una relacin de poder, no el reflejo material de una supuesta voluntad social unitaria. Una regla que deviene sangrantemente visible en el contexto de un marco de clases bien definido por una estructura de propiedad. Comprender esto es la autopista terica para poder acceder a la lgica reproductiva del sistema y desvelar la verdadera vectorialidad de sus componentes. En nuestro caso, las implicaciones sistmicas de la productividad.

Los resultados econmicos son derivadas distribucionales de una relacin de poder, no el reflejo material de una supuesta voluntad social unitaria

Para exponer esta realidad podemos retrotraernos al punto histrico en el que nuestras sociedades rompieron con el marco maltusiano y se adentraron en la dimensin econmica de la alta productividad. El ser humano no alcanz el marco socio-econmico que hizo posible la Revolucin Industrial porque este quisiera consumir ms o trabajar menos. No hizo que su jornada laboral y la de sus hijos se extendiera para desplazarse en ferrocarril o para disponer de luz elctrica en el hogar. Dicho desarrollo deriv de la institucionalizacin forzosa de una relacin de produccin en la que una geografa obrera desposeda convivir funcionalmente con una realidad acumulativa gestionada en torno al motivo beneficio.

La formacin de capital bajo el esquema de la competicin capitalista dispar la densidad material de nuestras sociedades, pero ello no tuvo nada que ver con una arquitectura socio-econmica diseada para servir altruistamente a la sociedad. La produccin de bienes de consumo es solo el medio para alcanzar un fin, la consecucin de un ratio de acumulacin del plusvalor con el que poder competir en el mercado. El propio Keynes alcanz la fama por ser quien introdujera en el imaginario colectivo de los operadores del sistema la gestin activa de la demanda. Por ser quien entendi que la reproduccin del capital necesita de una realizacin del plusvalor anclada en la espacialidad de las necesidades humanas que sea sostenible en el tiempo.

Bajo este paradigma, la productividad deviene un instrumento cuya centralidad lgica est en el beneficio empresarial. El medio por el cual el capitalista no solo es capaz de acrecentar la masa de plusvalor extrada del trabajo, sino tambin desplazar a su rivales mediante la explotacin de las ventajas escalares de la economa en el plano de la realizacin. La maximizacin de la produccin rentable en un plano socio-econmico en el cual, a la larga, la productividad solo puede servir al polo propietario. Un marco conceptual que nadie puede afirmar que sea especialmente nuevo .

En base a este esquema terico, resulta relativamente sencillo explicar aquello que Keynes no quiso considerar al escribir Las posibilidades econmicas de nuestros nietos. El economista supo ver que, en un contexto de necesidades actualizables pero finitas, el capital termina por desplazar al factor trabajo en la produccin . Pero habiendo renegado del prisma interpretativo de clase, Keynes fue incapaz de predecir las consecuencias distribucionales de dicho efecto.

En una arquitectura social diseada para crear una dependencia funcional entre las necesidades reproductivas del capital y el acceso a los medios para vivir de quien nicamente posee su fuerza de trabajo para negociar en el mercado, la vectorialidad de los efectos de la productividad es clara. Bajo el sistema capitalista, el trabajo est condenado a dar vida a su propio verdugo distribucional. La formacin de capital derivada de la acumulacin del plusvalor expuls al factor trabajo de la agricultura y recientemente ha hecho lo propio con la realidad manufacturera fordista . En consecuencia, el componente humano es hoy condenado a engrosar las filas de una geografa terciaria gig en la que su capacidad para reclamar compensacin distribucional decrece al ritmo de la digitalizacin y centralizacin acumulativa. De manera agregada, el resultado no es todava- una epidemia de desempleo, sino una enquistada crisis de subempleo y una fuerte cada de la participacin del trabajo en la renta nacional .

El resultado no es todava- desempleo, sino una enquistada crisis de subempleo y cada de la participacin del trabajo en la renta nacional

Si al efecto del progreso tcnico le unimos que la maduracin y el estancamiento de los mercados contribuye a la centralizacin de la realizacin y ello a su vez al abuso monopsnico y de mercado del trabajador y del consumidor respectivamente, el impacto se magnifica. Por ello, para una mayora cada vez ms numerosa, el sostenimiento del nivel de consumo pasado solo puede reproducirse hoy con un esfuerzo laboral cada vez mayor . Esto, en una economa terciaria cuya rentabilidad depende de una explotacin hper-extensiva del trabajo , equivale necesariamente a una jornada laboral ms larga. Actualmente, el trabajo est distribucionalmente vinculado a una estructura productiva que, frente a la opcin automatizada, solo puede obtener rentabilidad de este si el trabajador est dispuesto a volver a las condiciones de la poca victoriana.

En ese sentido, la lgica econmica del modo de produccin capitalista es doblemente irracional desde el punto de vista del propio Keynes. Los aumentos de productividad no solo crean un contexto en el que un creciente volumen de trabajadores tiene que mercantilizarse cada vez ms para mantener su nivel de consumo, la formacin de capital es tambin daina para la reproduccin misma del sistema. A medida que la espacialidad de la cobertura rentable de necesidades se agota y el coste de explotarlas crece, la inversin empresarial se detiene. El coste de invertir en capital fijo para explotar rentablemente dichos mercados es simplemente demasiado alto. En consecuencia, la tendencia de las cosas de la que hablaba Keynes deja de ser una tendencia. El crecimiento de la productividad entra en barrena , la formacin de capital se vuelve plana y nuestra capacidad de crear riqueza se ralentiza . El plateau tcnico de la economa se estabiliza y la represin compensatoria del trabajo emerge como la nica va para reflotar la rentabilidad. Consecuentemente, nos volvemos adictos a la explotacin extensiva del trabajo, no a su liberacin.

Frente a esta realidad, contrariamente a lo que el flanco mainstream quiere o pretende creer, el trabajo carece de la agencialidad sistmica para gestionar a voluntad la nueva geografa distribucional. Keynes, quien no era precisamente un ferviente defensor de la socializacin de los medios de produccin, hizo su prediccin asumiendo un supuesto imposible dentro del marco de produccin capitalista. Dentro de este, el trabajo no puede hacer uso de su propia creacin -el capital- para retirarse de la esfera de la produccin, expandir su esfera de ocio y disfrutar de los dividendos de una creciente prosperidad. Esta es una realidad completamente ilusoria.

Como esquema de explotacin del trabajo, el capitalismo utiliza el monopolio de la organizacin de la produccin y su dominio total sobre la distribucin de la legitimidad monetaria para con la cosas -el salario- como instrumentos de control. La clase trabajadora no puede determinar la duracin de su jornada laboral, no tiene legitimidad para con la riqueza que crea fuera de la relacin salarial y desde luego no dispone de poder de decisin sobre la determinacin de su propio dividendo sobre la productividad. Ocurra esto dentro o fuera de un esquema salarial.

Keynes cometi el crtico error de obviar tericamente el marco institucional que prioriza el inters reproductivo del capitalista sobre cualquier otra legitimidad poltica

Al intentar predecir nuestro futuro socio-econmico, Keynes cometi el crtico error de obviar tericamente el marco institucional que prioriza el inters reproductivo del capitalista sobre cualquier otra legitimidad poltica. Obvi la prisin de la rentabilidad. El marco institucional bajo el cual la lgica del valor de cambio el beneficio- impide que exista un valor de uso gestionado por el trabajo gracias al cual una sociedad pueda modular sus necesidades de ocio en base a un grado de prosperidad objetivo. El esquema socio-econmico que provoca que el trabajo sea el rehn distribucional de su propia creacin productiva y la fuerza que hoy en da reprime la formacin de capital evitando que nuestra especie alcance un plateau de riqueza an ms alto. La razn por la que, a pesar de la explosin de la prosperidad global, el trabajador sigue condenado a permanecer en su puesto de trabajo contra toda lgica biolgica y civilizacional. Preso de un sistema que no solo le niega el acceso a lo que l mismo ha generado, sino tambin el tiempo para disfrutarlo. Sentenciado, en ltimo trmino, por no pertenecer al extremo propietario.

Irnicamente, al escribir Las posibilidades econmicas de nuestros nietos, Keynes advirti al pesimismo de los revolucionarios de que el tiempo les demostrara equivocados. De que la tendencia de las cosas les pondra en su lugar. Lo que el economista no supo prever tampoco es que su lugar se correspondera con la bancada de los que finalmente tendran razn.

Fuente: https://www.elsaltodiario.com/economia/keynes-tecnologia--prision-rentabilidad



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