Portada :: Opinin
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 29-09-2018

La ruptura como clave para las transformaciones verdaderas

Martn Mosquera y Facundo Nahuel Martn
Revista Intersecciones


Porvenires largos y pasados recientes

Presentacin

Ya es un lugar comn constatar un eclipse de la discusin estratgica en la izquierda a partir de los aos 80. Los ltimos debates fundamentales se produjeron en torno al gobierno de Allende y las experiencias guerrilleras en Amrica Latina, o a la revolucin portuguesa de los claveles y las discusiones sobre el eurocomunismo. Desde entonces, los grandes temas estratgicos (partido, Estado, alianzas, poder) parecen haber pasado a segundo plano, en beneficio de un cierto "resistencialismo" social sin perspectiva estratgica.

Como es obvio, este eclipse estratgico tiene una razn histrica precisa: la gran derrota de fines del siglo XX apart por dcadas la "cuestin del poder" y los problemas de la transicin al socialismo del horizonte de la izquierda radical.

Ante la ausencia de nuevas experiencias fundacionales que animaran el debate estratgico como fueron los triunfos revolucionarios de Rusia, China, Vietnam, Cuba o Nicaragua- la izquierda se polariz en variantes clsicas: bien en una modelizacin del insurreccionalismo bolchevique, o por una va socialdemcrata reformista (o su variante populista en la especificidad latinoamericana).

Pese a la derrota histrica de fin de siglo, a fines de los aos noventa se desarrollaron movilizaciones de importancia en oposicin a la ofensiva neoliberal que iniciaron, bajo un signo defensivo, una fase de recomposicin de las luchas sociales. Las experiencias de los Foros sociales, el movimiento alter-mundialista europeo, la emergencia del zapatismo mexicano, el 2001 argentino, fueron episodios clave de esta reconstruccin social, que no lleg nunca a plantearse la cuestin del poder del Estado.

Sin embargo, llegados a cierto punto, la combinacin del declive de las concepciones neo-libertarias (Holloway, Negri) junto a que la lucha social empez a traducirse en victorias electorales en una cierta cantidad de pases (Venezuela y Bolivia paradigmticamente, pero tambin en experiencias frustradas como el PT en Brasil o la participacin de Rifondazione Comunista en el gobierno Prodi) impusieron lo que Daniel Bensad identific como un retorno de la cuestin poltica, un relanzamiento, todava balbuceante, de los debates estratgicos.

En las nuevas generaciones militantes que emergieron en esta fase, hurfanas de referentes tericos o identidades generacionales fuertes, sobrevino un cambio tal vez previsible: un desplazamiento desde una inicial ilusin social neo-libertaria hacia una simtrica ilusin poltico-electoral estatalista , al calor del ciclo progresista latinoamericano o de experiencias como la de Podemos en el Estado espaol.

En los aos que transcurrieron desde el retorno de la cuestin poltica asistimos a un cmulo de experiencias iniciales de las que pueden extraerse lecciones que enriquezcan el debate estratgico actual.

Si bien no contamos con acontecimientos de la riqueza de un triunfo revolucionario, es posible afrontar con rigurosidad los eventos fundamentales de la lucha de clases actual: los gobiernos radicales de Venezuela y Bolivia, el ciclo progresista latinoamericano, la capitulacin atroz del gobierno de Tsipras en Grecia, la experiencia de los partidos amplios anti-liberales en Europa (Podemos, Syriza, el laborismo de Corbyn, el alemn Die Linke, entre otros).

Con el contexto de arriba en mente, intentaremos aportar algunos balances y sntesis de aprendizajes sobre los tanteos estratgicos de los ltimos aos. Para esto, vamos a recorrer tres momentos. Primero, volveremos sobre la estrategia socialista en un momento histrico que se presenta en trminos de dispersin y fragmentacin.

Segundo, trataremos de balancear algunos procesos recientes donde la estrategia socialista parece condensarse en torno a la disputa de las instituciones estatales mediante las elecciones.

Vamos a sostener que, si la pelea electoral es parte necesaria de la estrategia socialista hoy, sin embargo tambin es importante mantener la necesidad de la ruptura radical y sin contemplaciones con el capitalismo y las clases dominantes.

Finalmente, volveremos sobre el problema de la organizacin poltica o del partido poltico como operador estratgico clave de la lucha anticapitalista.

Pluralidad de sujetos y lucha hegemnica

Desde la izquierda, hemos tenido tradicionalmente algunas dificultades para dar cuenta de modo adecuado de la pluralidad de sujetos que pugnan por transformaciones sociales progresistas y que son parte necesaria del proyecto emancipatorio.

Al menos desde fines de los aos 60, las disputas feministas, decoloniales y del colectivo LGBT se han vuelto centrales para la izquierda, tanto como la organizacin del movimiento obrero.

Asimismo, la creciente desocupacin y la flexibilizacin laboral han puesto en crisis las identidades obreras tradicionales, fragmentando a la clase en una multiplicidad de segmentos (empleados, subempleados, desempleados), atravesados por intersecciones ligadas a la colonialidad, la racializacin y el gnero.

Lo anterior nos lleva a redefinir un poco las tareas del partido o de la organizacin poltica. Lenin, a quien debemos la principal elaboracin poltica sobre la necesidad del partido como actor estratgico, nos dice que la actividad espontnea de la clase trabajadora tiene dificultades para cuestionar polticamente al capitalismo como tal.

El mero sindicalismo obrero aparece limitado por miradas economicistas o tradeunionistas, esto es: se dedica a asegurar la posicin de [email protected] [email protected] en el seno de la sociedad capitalista, en lugar de movilizar sus fuerzas contra esta sociedad como tal.

El pasaje al nivel estrictamente poltico de la lucha, esto es, al nivel donde proyectos globales y antagnicos de sociedad se disputan entre s el poder, requiere de una herramienta organizativa especfica y separada para conducir al conjunto. A esa herramienta la llamamos partido poltico u organizacin poltica. El partido tiene por tarea algo ms que la lucha corporativa por los intereses constituidos de la clase obrera en el seno del capitalismo.

Hoy nos parece que la tarea del partido o la organizacin poltica (o mejor los partidos, porque nunca hay una nica representacin legtima de [email protected] [email protected]) es ms compleja y diversificada de lo que pensaba Lenin. Ya no queremos slo de superar el economicismo sindical obrero, sino tambin aglutinar a sujetos que no tienen una experiencia social concreta y una unidad espontnea.

Es preciso reunir a [email protected] [email protected] con salarios altos, a [email protected], a [email protected] cr[email protected] y a una mirada de movimientos sociales que, expresando fracciones de la clase trabajadora, se organizan a partir de otros ejes de disputa como el gnero, la decolonizacin, la raza, el cuidado de la naturaleza y el medio ambiente.

Si la poltica es siempre el arte de crear lo que no preexiste en lo social, produciendo articulaciones y rupturas nuevas que no estaban simplemente dadas en el mundo, hoy la poltica socialista aparece forzosamente como hegemnica.

Esto es: la creacin en el plano de la representacin de unidades que no estn preestablecidas en la espontaneidad de la existencia social o de las luchas sociales organizadas. La operacin hegemnica consiste precisamente en reunir lo diverso (diversos intereses y demandas) en una unidad artificial, inventada, que logra que identidades diferentes, y hasta divergentes , se aglutinen en torno a un proyecto (y una direccin) comn.

Sin embargo, la articulacin de una pluralidad de [email protected] en un proyecto hegemnico de ninguna manera implica un abandono de la perspectiva de clase. El clasismo se reformula mediante la articulacin de los planteos feministas, antirracistas, decoloniales y de las disidencias sexuales, pero esto no significa que lo abandonemos.

Por el contrario, pugnamos por un clasismo mestizo, hbrido y contaminado de lo mejor de las tradiciones populares y subjetividades libertarias que pugnan contra toda forma de opresin. Entendemos la pluralidad de sujetos desde una perspectiva de clase que implica la lucha por la autonoma ideolgica y organizativa del conjunto de [email protected] [email protected] por el capital.

Lucha institucional y estrategia socialista

Un segundo aspecto del trabajo de redefinicin estratgica que nos gustara destacar se refiere a la relacin con las instituciones polticas representativas surgidas en el capitalismo o, para ser ms especficos, al lugar de la disputa electoral e institucional en el marco de una estrategia de ruptura revolucionaria.

Contra lo que sostiene cierto lugar comn, la cuestin electoral en la estrategia socialista no es una novedad del actual periodo histrico. Estuvo presente en los debates estratgicos del movimiento obrero a medida que se fue consolidando el sufragio universal y las formas de Estado correspondientes. En los debates en la Internacional Comunista se lo identific como la peculiaridad de una estrategia en Occidente, que contaba con formas de Estado ms complejas y ramificadas en la sociedad civil, diferentes a las de la autocracia rusa.

Marx y Engels ya haban evaluado, despus de la Comuna de 1871, la posibilidad de una conquista electoral del Gobierno en aquellos pases donde se haba generalizado tempranamente la democracia poltica (Reino Unido, Holanda). Pero ninguno de los dos alberg nunca ilusiones respecto a que la lucha parlamentaria volviera superflua la ruptura revolucionaria con el Estado capitalista, como s defendieron los principales tericos de la II Internacional.

Para Marx y Engels, la lucha electoral puede complementar y no reemplazar a los inevitables choques insurreccionales. Explicaba Engels: al menos en Europa, Inglaterra es el nico pas en el cual la inevitable revolucin social podra producirse, ntegramente, por medios pacficos y legales.

Pero Marx ciertamente nunca olvid agregar que difcilmente esperaba que las clases dominantes inglesas se sometieran a esta revolucin pacfica y legal sin una rebelin pro-esclavista(1). Marx y Engels hacen referencia al levantamiento de los Estados Confederados del Sur de EEUU (en la metfora de la nueva rebelin pro-esclavista), para sealar la inevitable aparicin de la violencia contrarrevolucionaria destinada a derrocar a un gobierno radical que accede al poder por la va electoral.

Salvando las distancias, nos parece que esto permite explicar lo que vimos en Espaa en 1936, Chile en 1973 o Venezuela en 2002. El choque insurreccional contra las clases dominantes sigue siendo considerado ineludible, por la simple y obvia razn de que ninguna clase dominante entrega pacficamente sus privilegios.

Pero, en estos casos, la organizacin estratgica de los tiempos y el uso de la violencia podra alterarse: ya no se tratara necesariamente de atentar insurreccionalmente contra el orden legal, sino de aprovecharlo para conquistar posiciones y prepararse para defender esas conquistas del ataque violento de la burguesa.

Si bien el carcter autocrtico del rgimen poltico ruso relegara estas cuestiones estratgicas de la reflexin bolchevique, que enlazara ms directamente con la experiencia y la problemtica insurreccional de la Comuna de 1871, la dinmica revolucionaria en Europa occidental volvera a colocar esta problemtica en el centro muy pronto. Ya antes del reflujo del ciclo revolucionario 1917-1923 se plantean algunos de estos problemas en la ltima tentativa revolucionaria en Alemania (en octubre de 1923).

Los ricos debates estratgicos que se desarrollan en la Internacional Comunista dan cuenta de un reexamen en tiempo real que excede la cuestin del sufragio universal, y supone una reevaluacin global fundada en la percepcin de las condiciones peculiares del Occidente europeo: un peso mayor de las tradiciones reformistas en el movimiento obrero, un contexto de legalidad para la lucha poltica, una crisis ms lenta del Estado, una hegemona ms slida de las clases dominantes.

De all surgen las reflexiones en torno al frente nico obrero, las consignas transitorias, la tctica transicional del "gobierno obrero" en el seno de las instituciones capitalistas. Gramsci continuara, en la soledad de la crcel, esta reflexin estratgica, con conceptos como los de hegemona y guerra de posiciones.

Ms recientemente, en el marco del debate eurocomunista de los 70, Nicos Poulantzas postul que el Estado es un campo estratgico de disputa e intent formular una va alternativa tanto a la socialdemocracia reformista tradicional como al insurreccionalismo leninista, basada en la combinacin de un acceso electoral al gobierno junto al desarrollo de movimientos de masas autnomos que presionen a un gobierno de izquierda a superar sus limitaciones y con capacidad de responder a cualquier contraofensiva reaccionaria. Estas son las referencias clave que heredan nuestros debates estratgicos actuales.

Lecciones del nuevo periodo

Hoy, creemos, es posible profundizar el trabajo de rearme terico y estratgico ms all de las experiencias crticas del siglo XX. Nos parece que es el momento de afrontar los nuevos procesos de lucha poltica y social para realizar algunos balances. Podemos ubicarlo, simblicamente, entre las victorias electorales de Chvez en 1999 y de Lula en 2002 con el comienzo de la declinacin paulatina de la ilusin social y una nueva emergencia de la pregunta por el Estado en el seno de la izquierda a nivel internacional.

Desde entonces acumulamos un conjunto de experiencias que es necesario balancear para contribuir al debate estratgico. Desde el proceso bolivariano en Venezuela hasta Podemos en el Estado espaol, pasando por las ms deslucidas experiencias de Syriza en Grecia o las ms vagas como la de Sanders en EEUU, distintas configuraciones polticas parecieron por un momento volver a plantear el problema del poder para la izquierda.

Estas experiencias son muy diversas internamente y han tenido derroteros varios, abarcando desde expresiones de disputa atractivas pero incapaces de desplazar a los gobiernos neoliberales (Podemos, etc.) hasta derrotas atroces (Syriza), pasando por situaciones de continuidad poltica en medio de crisis y dificultades serias (chavismo).

Un anlisis exhaustivo de estos procesos excede con creces las posibilidades de este texto. Sin embargo, nos atrevemos a hacer algunos sealamientos. Ninguna de estas nuevas experiencias puede considerarse como un modelo, no slo porque la lucha por el poder y la hegemona se da cada vez en condiciones especficas e irrepetibles, sino porque todas ellas presentan dificultades internas serias.

Se trata de experiencias que sintetizan las condiciones en las que es posible plantear el problema del poder hoy, lo que no implica resolverlo. Entendemos que, en el contexto del nuevo siglo, es plausible sostener la hiptesis estratgica de que la ruptura con el Estado capitalista comience por un acceso electoral al gobierno que inicie un proceso de radicalizacin poltica e intensificacin de la lucha de clases.

A su vez, es posible, si consideramos las actuales correlaciones de fuerza entre las clases, que los triunfos electorales sean capitalizados por corrientes reformistas o nacionalistas de izquierda, que desplieguen su gobierno en un contexto de crisis de hegemona y presin de la movilizacin popular.

Sin embargo, las experiencias recientes permiten extraer lecciones que justifican la necesidad de delimitaciones y balances crticos. La capitulacin de Syriza, las limitaciones de la direccin de Podemos, la ausencia de una ruptura definitiva del gobierno bolivariano con la burguesa, la tendencia a la adaptacin que muestra la direccin del Frente Amplio chileno muestran que si bien no hay condiciones de desarrollo real para una izquierda radical que no interacte de manera constructiva e inteligente con experiencias polticas populares de orientacin ambigua, las limitaciones reformistas o, para utilizar la categora de Gramsci, la tendencia al transformismo (2)de las direcciones hegemnicas dan toda su importancia a la tarea de construir corrientes revolucionarias y anticapitalistas que acten al interior de estas experiencias con estricta independencia organizativa y programtica (lo cual no significa necesariamente un partido independiente).

Tememos que la ignorancia o subestimacin de estas limitaciones lleve a un nuevo reformismo radical que, amparndose en la caducidad del modelo bolchevique y en la centralidad de la va electoral subestime la importancia de la confrontacin con la clase dominante (produciendo un progresivo desplazamiento hacia el electoralismo) y se incline hacia la adaptacin a las direcciones hegemnicas en las clases populares.

El ciclo progresista latinoamericano, por su lado, impone conclusiones que alejan cualquier imagen cndida o ingenua de estas experiencias. La actual restauracin conservadora, bien entendida, pone en evidencia el papel de pasivizacin social que pueden cumplir gobiernos que realizan concesiones sociales si no se apoyan en y estimulan la movilizacin de masas para enfrentar a las clases dominantes.

Dice al respecto el filsofo gramsciano Massimo Modonesi:

Las fuerzas polticas instaladas en este peldao gubernamental promovieron, fomentaron o aprovecharon una desmovilizacin o pasivizacin ms o menos pronunciada de los movimientos populares y ejercieron un eficaz control social o, si se quiere, una hegemona sobre las clases subalternas que socav parcial pero significativamente- su frgil e incipiente autonoma y su capacidad antagonista, de hecho generando o no contrarrestando una re-subalternizacin funcional a la estabilidad de un nuevo equilibrio poltico. De all que el elemento pasivo se volvi caracterstico, sobresaliente, decisivo y comn a la configuracin, en el reflujo de una politizacin antagonista a una despolitizacin subalterna, de los diversos procesos latinoamericanos (3).

Estas formas de pasivizacin generaron un efecto contradictorio: horadaron progresivamente las relaciones de fuerza, relativamente favorables a las clases populares, que permitieron la emergencia de fenmenos gubernamentales progresistas y, por tanto, generaron las condiciones para la restauracin conservadora en curso.

Aqu es crucial la diferencia entre Venezuela y Bolivia y el resto de los gobiernos de la regin: mientras que estos gobiernos han convocado a la movilizacin popular autnoma, y esto les dio mayor sustentabilidad en el tiempo, sus pares argentino y brasilero trataron de reencauzar institucionalmente la poltica y reducir a los movimientos sociales a correas de transmisin de una poltica estatal de conciliacin de clases.

Asimismo, nuestra lectura de la crisis venezolana tambin nos lleva a pensar en la necesidad de ruptura definitiva con las clases dominantes. La actual crisis recuerda al ltimo periodo de Allende e incluso al breve lapso de confrontacin del gobierno de Syriza con la Troika y parece indicar los siguiente: si no se procede a una radicalizacin socialista y a una ruptura decisiva con la burguesa, el gobierno popular termina por generar condiciones para una desorganizacin generalizada de las relaciones sociales, producto no solo de la reaccin poltica de las fuerzas capitalistas sino tambin del propio metabolismo distorsionado de la acumulacin capitalista, que se expresa en huelga de inversiones, inflacin, guerra econmica.

El caso venezolano permite recuperar la vieja hiptesis que sostiene que las reivindicaciones democrticas y nacionales en la periferia deben proponerse superar el lmite de la propiedad privada y el Estado burgus para poder ser garantizadas de forma estable y sistemtica.

Probablemente, un gobierno que pretenda representar los intereses populares debe ir hasta el final en su ruptura con las clases dominantes si quiere evitar la tendencia al ahogo y la adaptacin institucional, la contraofensiva reaccionaria o la crisis general de las relaciones sociales que abre las puertas a una derrota decisiva del proceso.

Lo anterior refuerza la importancia de las organizaciones polticas estructuradas de manera programtica. Vivimos tiempos de convulsiones polticas difciles, delimitaciones cambiantes y ambigedades sistemticas. Las organizaciones anticapitalistas debemos ser capaces de cortar con precisin quirrgica a la hora de trabajar polticamente.

De una parte, la emergencia de experiencias de masas con direcciones reformistas capaces de propulsar la lucha debe exigirnos apertura, vocacin de unidad y falta de dogmatismos. De otra parte, las diversas circunstancias en que las direcciones reformistas tienden a pasivizar la lucha social o simplemente van a callejones sin salida, nos exige mantener la lucidez y la delimitacin, cultivando la autonoma ideolgica y organizativa de [email protected] [email protected]

El problema de la organizacin poltica

La principal vctima de las ilusiones neo-libertarias de fines de los noventa ha sido probablemente la forma-partido, todava hoy resistida en los mbitos militantes, aun ms que la cuestin de la lucha por el poder del Estado (ms rpidamente restituida al centro de los debates polticos).

Vemos nacer, morir y resurgir permanentemente infinidad de organizaciones (frentes, movimientos, organizaciones populares), que asumen sin complejos la centralidad de la cuestin de la disputa del poder, y sin embargo no hemos asistido a un debate serio sobre la cuestin del partido ni a un balance de la larga tradicin leninista que atraves todo el siglo XX.

Nos parece que las organizaciones polticas surgen de amplios procesos de reagrupamiento entre los sectores populares antes que del crecimiento lineal de alguna pequea organizacin marxista. Esta simple definicin supone una ruptura terica y prctica con toda una tradicin sectaria en el terreno de la construccin partidaria, lo que incluye abandonar una cultura poltica que considera a la propia organizacin como la nica verdaderamente revolucionaria y acusa permanentemente al resto con todo tipo de eptetos, explicando cualquier diferencia poltica en base a intereses sociales y posiciones de clase (pequeo burguesas).

Entendemos necesario pensar la construccin de organizaciones polticas en dos planos simultneos. Las organizaciones polticas surgen, creemos, de procesos de sntesis de corrientes y experiencias organizativas de diversos orgenes histricos e ideolgicos que comparten el compromiso de la estrategia revolucionaria contra el patriarcado, la heteronorma, el imperialismo y el capitalismo.

Este reagrupamiento debe ser capaz de dar marco poltico al activismo vinculado a los nuevos movimientos sociales, feministas, antirracistas, ambientales, juveniles, y a las generaciones militantes emergentes.

La unidad programtica que deseamos para los nuevos partidos del siglo XXI no es, creemos, algo a impostar desde arriba a partir de acuerdos grabados en mrmol. Esta unidad surgir de las clarificaciones aportadas por la experiencia (y su interpretacin, siempre debatible, siempre en disputa), en el marco de dinmicas histricas abiertas que no pueden prefigurarse en el laboratorio.

Restablecer la necesidad de una organizacin poltica delimitada estratgicamente no significa abandonar la vocacin de construir marcos unitarios amplios, que no necesariamente se limitan a las fuerzas revolucionarias o anticapitalistas. Por el contrario, contar con un instrumento poltico homogneo y centralizado es lo que permite con mayor dinamismo impulsar experiencias ms amplias, sin temor a que sus limitaciones o su heterogeneidad generen hipotecas polticas decisivas.

Quienes estamos [email protected] con la construccin de una nueva izquierda que rompa con el sectarismo ultraizquierdista, pero se mantenga independiente de las direcciones reformistas, debemos plantearnos seriamente la necesidad de avanzar hacia un partido-estratega, una experiencia unitaria y delimitada programticamente que eleve a un nivel superior nuestras experiencias organizativas, haga balances de las experiencias desarrolladas hasta el momento y produzca nuevas aportaciones de cara al futuro.

Como dijera el viejo Lenin: El perodo actual, pues nos parece crtico, porque el movimiento est superando ese carcter artesanal y esa dispersin y exige con urgencia el paso a una forma superior, ms unida, mejor y ms organizada, por la que nos consideramos obligados a trabajar.

Notas

1. Friedrich Engels, "Prefacio de 1886 a la primera edicin de El capital", en http://webs.ucm.es/info/bas/es/marx-eng/capital1/0.htm

2. Utilizamos la expresin de Gramsci transformismo para describir la capacidad de las clases dominantes para absorber a las direcciones de las clases subalternas al integrarlas a un proceso estatal que incluye cierto grado de compromiso de clase pasivizador basado en concesiones sociales otorgadas desde arriba.

3. Nos diferenciamos de Modonesi en cuanto no compartimos la homogeneizacin de todos los procesos latinoamericanos bajo la idea de pasivizacin de los sectores populares y en la utilizacin de la categora de revolucin pasiva proveniente de Gramsci para describir estos procesos. El debate de interpretacin sobre el concepto gramsciano ameritara otro espacio.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso de los autores mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



Envía esta noticia
Compartir esta noticia: delicious  digg  meneame twitter