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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 01-10-2018

El antifascismo y el miedo al poder de la izquierda

Maximillian Alvarez
The Baffler / CTX

Toda poltica antifascista tiene que ayudar a resistir las oleadas de extremismo de derechas mientras intenta desarrollar un apoyo popular que permita desmantelar las condiciones materiales y culturales que lo engendraron.


[Este artculo es una adaptacin de la conferencia que di en la Universidad Purdue el 18 de abril, y que organiz la delegacin Purdue de la Red Antifascista Universitaria (Campus Antifascist Network)].

Hoy en da, la gente en Estados Unidos suele mostrarse profundamente incmoda, cuando no se retuerce de asco, al escuchar la palabra antifascismo. En la mayor parte de los casos, parece como si se tratara de una palabrota. Solo eso debera ser prueba suficiente para demostrar la desesperada falta que hace.

En general, y entre otras cosas, me describo como un antifascista. En concreto, trabajo en los comits directivos locales y nacionales de una organizacin llamada Campus Antifascist Network (CAN), cuya misin es construir amplias coaliciones que aglutinen a las distintas comunidades que existen en los campus universitarios, con el objetivo de prevenir que se afiancen las fuerzas subrepticias del fascismo y para movilizarse en su contra cuando aparecen. En calidad de eso, regularmente colaboro y organizo eventos con personas de muy diversa ndole que no dudaran en describirse a s mismas como antifascistas (desde socialistas de la DSA hasta anarquistas o demcratas de base). De forma colectiva e individual, nuestros grupos realizan un gran trabajo que entra dentro de lo que se considera la ms amplia y polifactica causa antifascista; una causa que, en contra de lo que suele pensarse, no se limita nicamente a dar puetazos a nazis y a supremacistas blancos como Richard Spencer.

Sin embargo, he descubierto que quiz el mayor obstculo para el avance de esta causa y la consecucin de un mayor apoyo en su favor es el amplio estigma popular que se asocia con antifascismo en la poltica presente. Atenuar el tenaz control que ejerce este estigma sobre el pensamiento de nuestros conciudadanos, y ayudarles a ver que sus luchas diarias estn ms estrechamente relacionadas con la causa general del antifascismo de lo que podran pensar, es una tarea herclea, pero vital, que no tiene comparacin posible. No debera ser difcil ver que uno de los primeros indicios del desplazamiento del subconsciente estadounidense (e internacional) hacia una poltica y filiacin de tipo fascista es la denigracin generalizada que se hace de aquellos que ms se dedican a contrarrestar el fascismo.

Por el bien del futuro de la izquierda, debemos trabajar juntos para recuperar el rol del antifascismo (tanto en el mbito de base, como en el imaginario popular); debemos desligar al antifascismo y a su reputacin de los malentendidos que se vierten sobre l y del estigma radioactivo que contina hacindolo parecer ms desagradable que nunca, precisamente cuando ms se necesita; y quiz ms importante todava, debemos rescatar al antifascismo del vaco desalmado y falto de irona que se oculta detrs de la cara de idiota de Madeleine Albright.

Palos y piedras

Dnde est el origen de este estigma? Para ser justos, una parte proviene precisamente de las locuras y la desorganizacin de las actuales polticas antifascistas, incluido el fracaso de los antifascistas por combatir la mala prensa que reciben con una marca que conecte con un pblico ms amplio y consiga influenciarlo. Sin embargo, para ser ms justos todava, una gran parte de nuestra lucha cuesta arriba por disipar las numerosas fuentes de desinformacin que tienen al activismo antifascista como objetivo, est relacionada con el aumento de una industria domstica que se dedica a difamar al antifascismo y que est compuesta por una amplia gama de expertos y polticos, que va de la extrema derecha a la izquierda extremista.

Sin embargo, esto no quiere decir que todos los argumentos en contra del antifascismo sean iguales. De hecho, despus de recibir multitud de ataques verbales incendiarios, uno empieza a tener la sensacin de que, sin contar las caricaturas absurdas y el alarmismo cnico, la derecha comprende al ncleo radical del antifascismo mejor que muchas personas de la izquierda. La derecha entiende que lo que actualmente llamamos antifa no es ms que una parte de un movimiento ms amplio. Un movimiento (o un movimiento de movimientos) compuesto por diversos grupos de izquierda cuyo compromiso con el antifascismo es (o debera ser) completamente indisociable de su impulso colectivo por derrocar las existentes fuerzas sociales desiguales, dominantes, excluyentes y violentas, que los fascistas y los protofascistas querran aduearse y convertir en un arma que poder utilizar en su propio beneficio. Al mismo tiempo, muchos en la izquierda estn ocupados en distanciarse del antifascismo como tal y dejar aislados a los antifas como si fueran una secta aberrante con poca o ninguna conexin con la izquierda verdadera. (Estn, por decirlo claro, apualando por la espalda a los antifas, que son considerados por lo general un sinnimo de los anarquistas, y dejando a camaradas como los acusados del J20 en la estacada).

Podemos ver ante nuestros propios ojos cmo las habituales crticas desde dentro de la izquierda contra los antifa en particular, y contra los antifascistas en general, comienzan a afianzarse y convertirse en opiniones generalizadas sin discusin posible. De esta versin de consenso, afloran tres crticas principales sobre el antifascismo:

  • El antifascismo est, en su sentido ms literal, equivocado. El movimiento antifa, segn ese argumento, concentra exclusivamente su energa en pelearse con individuos despreciables y grupos de odio radicales como si fueran la mayor y ms urgente amenaza contra la sociedad, sin importar lo insignificantes y marginales que sean. Al hacerlo, los activistas antifascistas ignoran los horrores polticos y socioeconmicos del presente. Al fijar su mirada en un mal quimrico situado en un horizonte lejano, en lugar de ver las realidades materiales del presente, son incapaces de reconocer que es poco probable que se produzca un autntico resurgir fascista si tenemos en cuenta que las condiciones histricas objetivas de nuestro momento actual se parecen muy poco a las que engendraron el fascismo de verdad en Italia despus de la I Guerra Mundial o en Alemania y en Espaa poco tiempo despus.
  • El antifascismo es pueril. Esta acusacin se basa en que los antifascistas no siguen ninguna doctrina, que sus acciones las llevan a cabo en gran medida activistas desorganizados que convierten en realidad sus fantasas de machotes que luchan de forma literal contra nazis en las calles y que utilizan los puos para conseguir justicia y gloria. (Esta imagen por lo general va acompaada de una percepcin de los antifascistas como militantes con una mentalidad cerrada que no estn interesados en discutir y que tienen el gatillo fcil para tachar de fascista a cualquiera que no est de acuerdo con ellos). Su obsesin con la accin directa, e incluso violenta, que a menudo provoca comparaciones con la alt-right, demuestra su falta de madurez y su falta de habilidad para organizarse a largo plazo y a gran escala.
  • La tctica del antifascismo es corta de miras. Los crticos sostienen que, aunque puede que las tcticas ms fcilmente reconocibles contra las movilizaciones fascistas (sobre todo dar puetazos a los nazis y la negacin de plataforma (no-platforming)), cosechen beneficios en el mbito local y de forma inmediata, en el fondo no son ms que catrticas y antipolticas. Para ellos, los excesos exagerados y provocadores de las polticas antifascistas demuestran el peligroso menosprecio que siente nuestro movimiento por el poder de percepcin popular y por las estructuras de poder ms importantes que conforman la vida y la poltica estadounidense (unas estructuras de poder que a menudo utilizan las tcticas de los antifascistas como excusa para reprimir a la izquierda misma).

En pocas palabras y segn esta visin, la poltica antifascista es fcil. Es totalmente reactiva, y no est concienzudamente organizada; es emocional, y no est muy bien pensada; se centra nica y exclusivamente en combatir las amenazas inmediatas sin preocuparse mucho por la imagen o por los efectos a largo plazo; y se limita a enfrentarse frontalmente con individuos o pequeos grupos extremistas sin prestar atencin a la situacin histrica general que los engendr.

El espejo de Ockham

No obstante, esta no es la realidad del antifascismo. La idea de que las polticas antifascistas son simplistas y limitadas se basa, irnicamente, en una interpretacin limitada y simplista de lo que es el antifascismo. Esa interpretacin es lo que sucede cuando el sesgo negativo, los rumores y las caricaturas generalizadas se repiten tanto como para convertirse en una slida realidad. Es lo que sucede cuando una mala experiencia personal con gente que se llama a s misma antifascista se convierte en el modelo para juzgar las polticas antifascistas en su conjunto. Es lo que sucede cuando una visin miope de las cosas tal y como aparecen (o no aparecen) en internet se confunde con una cobertura completa del mundo en general. Igual que un proyector de vdeo, se proyecta a travs de los ojos una determinada visin sobre la vida, directamente sacada del ordenador, que sale por el gran orificio de la propia cabeza.

La imagen real es bastante diferente, y dice mucho ms sobre la izquierda actual, que cada vez haya ms segmentos que se apresuren a rechazar el antifascismo, como si este representara una especie de anttesis caricaturizada de nuestros objetivos principales. Porque el antifascismo no es una ideologa repetida, sino que, en el fondo, es una forma de hacer poltica (una postura poltica firme) con toda la finalidad y voluntad de un movimiento popular, que se aprovecha de la larga y transnacional infraestructura de la poltica socialista, comunista y anarquista para frenar en seco las movilizaciones fascistas, y al mismo tiempo, como describe el historiador Mark Bray, desarrollar el poder comunitario popular e inocular el fascismo en la sociedad mediante la promocin de una visin poltica de izquierdas. Se trata de una poltica concertada, basada en la coalicin, que percibe la violencia de la extrema derecha y los impulsos autoritarios populares como una continuidad histrica y como una probabilidad repetible en los convulsos extremos dialcticos del capitalismo y del nacionalismo.

Por ese motivo, los antifascistas entienden que es peligrosamente reductor asumir que el antifascismo es innecesario porque nuestras condiciones histricas son diferentes de las que dieron lugar al fascismo en el siglo XX. En palabras de Geoff Eley, un reputado historiador del nazismo: No tiene sentido trazar paralelos directos entre las polticas actuales de la extrema derecha y las polticas que se autodenominaban fascistas en aquel entonces. La verdadera pregunta es: qu tipo de condiciones materiales y qu crisis (inter)nacionales haran que polticas de corte fascista resultaran atractivas para las personas de hoy en da, personas cuya fe en las operaciones e instituciones de los gobiernos democrticos presentes est erosionndose rpidamente, tal y como sucedi en el pasado?

Al contrario de lo que sugieren quienes lo critican, el antifascismo no se basa en luchar contra la fantasa alarmista y temerosa del futuro de una distopa totalitarista, sin preocuparse por las heridas abiertas de este presente lo suficientemente distpico. Ms bien, el antifascismo es, si cabe, el que ms pendiente est del presente, porque adopta una postura sobria y verdaderamente materialista (en ausencia de una slida alternativa de izquierdas) en relacin con una inevitable deriva nacional hacia soluciones de estilo fascista para las crisis globales del siglo XXI: cambio climtico; intensificacin de guerras internacionales por los recursos naturales; crisis de refugiados y migrantes cada vez ms graves y, por ende, inquietud por las fronteras abiertas y la identidad nacional; la automatizacin del trabajo; grados cada vez ms notorios de desigualdad econmica y precariedad financiera; etc.

A medida que estas crisis se multiplican, aumenta la probabilidad de que Estados Unidos y otros pases se sientan atrados por los impulsos fascistas que cada vez ms caracterizan nuestro siglo. Mentalidades defensivas, conjuntos de polticas organizadas en base a la ansiedad, la cerrazn como paradigma social emergente, son los factores que motivan progresivamente las tendencias autoritarias y violentas de los gobiernos contemporneos. Si combinamos todo esto, escribe Eley, podr producirse el tipo de crisis que frage una poltica similar al fascismo. La persistencia de una situacin de crisis ha permitido, y seguir permitiendo, que prosperen las polticas de derechas al estilo de Trump. En vista de esa situacin, cualquier poltica de izquierdas que no sea conscientemente antifascista est condenada al fracaso.

Por tanto, el asunto no es reclamar que el fascismo reciba un tratamiento ms justo, hay cosas mucho ms importantes que eso. Adems, tampoco tengo motivos para reiterar aqu una explicacin ms completa y sofisticada de la historia y el funcionamiento prctico de las polticas antifascistas cuando otros ya han dedicado horas extraordinarias a hacer precisamente eso (vase Natasha Lennard, Mark Bray, Shane Burley, Alexander Reid Ross, etc.). El asunto es que, para poder reivindicar el antifascismo en nombre de una izquierda ecumnica que est a la altura de las necesidades de este siglo, nos vemos obligados a enfrentarnos a serias contradicciones ideolgicas y tcticas que se integran dentro de las principales crticas de izquierda a las polticas antifascistas actuales.

Tales contradicciones, sobre todo en lo que se refiere a establecer cmo deberamos abordar la cuestin del poder, estn directamente relacionadas con el futuro de cualquier poltica que se considere de izquierdas en Estados Unidos. Si no se aborda esta cuestin, no solo seguir entorpeciendo nuestra capacidad colectiva para luchar contra las movilizaciones fascistas cuando aparezcan, sino que tambin socavar la tarea ltima de elaborar una poltica de izquierdas que corrija las perversas condiciones materiales de las que surge y en las que se afianza el fascismo.

Prdidas netas

Ahora agrrense fuerte, porque vienen las alusiones al errtico y provocador Freddie DeBoer. Actualmente, es casi imposible mencionar a DeBoer durante una conversacin de izquierdas sin provocar una acalorada orga de ataques ad hominem en la que todos acaben frustrados e insatisfechos. Esto no es del todo sorprendente, ya que el sello distintivo de DeBoer en internet es sobre todo el de provocar, e incluso dividir, a los compaeros de izquierdas.

No obstante, quiero dejarlo claro: tengo exactamente cero inters en meterme en las polticas de culto online (positivo o negativo) a la personalidad. Simple y llanamente, son una autntica prdida de tiempo. Sin embargo, si tenemos en cuenta la presin que ejercen estos temas sobre la direccin que toma el discurso interno de la izquierda actual y si tenemos en cuenta cunto modulan nuestro propio pensamiento y nuestra receptividad hacia ideas opuestas, creo necesario ofrecer un descargo de responsabilidad.

Casi no conozco a Freddie, nunca nos hemos encontrado en persona, aunque nuestras limitadas interacciones han sido cordiales. Lo que s s es que no tengo ningn derecho a hablar de su carcter o sugerir cmo el mismo debera encajar la interpretacin que los dems hacen de su trabajo. Aunque pudiera, de qu servira? Y, de todos modos, esto no va sobre l, ni sobre cualquier otro individuo que se mencione aqu (esto trata de trabajar en las ideas, no de acusar o condenar a individuos). Sin embargo, en la medida en que los argumentos de DeBoer sobre las polticas y tcticas antifascistas se reutilizan extensamente y suponen una rama influyente y relativamente extendida del pensamiento progresista dominante, sera difcil, y al mismo tiempo ridculo, ignorarlos. (De hecho, en algn momento u otro, DeBoer ha empleado casi todas las caracterizaciones negativas que se enumeran ms arriba). Por eso me centrar en esos argumentos y en nada ms.

Poder roto

Uno no puede realmente comenzar a hablar de polticas antifascistas, o de cualquier otra poltica, en realidad, sin hablar primero de poder. Cunto poder tenemos actualmente? Cmo conseguimos ms? Cmo y dnde, en nuestros respectivos entornos, podemos aprovecharlo de manera eficaz y con qu objetivos? En qu consiste el poder legtimo en la actual economa poltica y cunto de lo que consideramos poder no es ms que frrago, comodidad o distraccin? Qu tipo de poder tienen nuestros enemigos sobre nosotros? Cmo determina su poder quines somos y cmo pensamos? Y, de qu medios disponemos, de manera individual o colectiva, para protegernos?

Estas preguntas bsicas suponen el necesario punto de partida para cualquier cometido de carcter escrito u organizativo que se considere poltico. Yo mismo soy un escritor y organizador, pero rara vez soy capaz de ofrecer respuestas satisfactorias a estas preguntas. Sin embargo, al menos intento mantener una visin lo ms amplia que puedo sobre ellas, porque si no pienso en el poder, lo ms probable es que est dejando que el poder piense por m.

Es muy sencillo: sin un clculo serio y estratgico sobre la cuestin del poder, no existe poltica de izquierdas. Y para cualquiera que lea, escriba u organice en la actual esfera poltica de izquierdas, la necesidad de realizar semejante clculo es particularmente aguda. Teniendo en cuenta que las fuerzas reaccionarias claramente tienen el control, cualquier fallo por nuestra parte en lo que se refiere a evaluar de manera sobria las opciones estratgicas de que disponemos en la actual estructura de poder podra fcilmente tener consecuencias desastrosas.

Sin duda, las polticas antifascistas contemporneas suelen funcionar como chivo expiatorio para los crticos, que las tildan de fracaso pragmtico, para explicar la realidad de cmo funciona el poder hoy en da. De hecho, para un contingente cada vez mayor de la izquierda, se ha convertido en una prctica habitual desdear las polticas antifascistas haciendo referencia, o postergando, al poder en s. Esto se hace especialmente patente cuando se trata de antifascismo dentro del movimiento estudiantil.

Esta lnea de pensamiento cuenta con diversas variaciones del mismo argumento, que han avanzado ya algunos de mis compaeros de izquierda, como por ejemplo Freddie DeBoer y Angela Nagle. Tanto DeBoer como Nagle sostienen que la izquierda se centra demasiado en cosas como construir marcas personales, realizar sensibilizaciones y predicar a nuestro coro habitual de internet. Tambin sostienen que, adems de cualquier otra forma perceptible de poder, la izquierda carece seriamente de la habilidad para lidiar con los fundamentos prcticos y tericos de sus propias convicciones sobre el poder, y que en su lugar optan por emplear visiones de consenso mal definidas, algo que no creo que est muy lejos de la realidad.

Sin embargo, en mi opinin, el problema es que el poder como tal est comenzando a rechazar cada vez ms las polticas antifascistas de gente como Nagle, DeBoer, etc., que cualquier otro principio terico de izquierdas. Para ilustrarlo, voy a emplear una larga cita de DeBoer, que proviene de un debate que tuvo lugar en el programa televisivo de Katie Halper, donde l y Nagle compartieron sus opiniones sobre los activistas universitarios que emplean la tctica antifascista de la negacin de plataforma:

Cuando hablamos de estos debates sobre la libertad de expresin, siempre nos situamos en este extrao universo terico en el que [la gente de izquierda] tiene poder poltico de verdad, y eso no es as. Histricamente sabemos que si se resume el discurso de alguien no es el de la derecha, que hoy en da es quien domina la poltica electoral estadounidense, sino el de la izquierda. Eso es MaCartismo; eso es acabar con el activismo palestino en los campus universitarios. Ha sido un esfuerzo coordinado extremadamente popular entre los directores conservadores de esas universidades y ha sido mucho ms eficaz que otros esfuerzos por acabar con el discurso de odio Quin creemos que va a sufrir el mayor castigo si se implementa una nueva serie de medidas para regular lo que la gente puede hacer o decir?...Si hay alguien que va a sufrir las consecuencias del intento por controlar el discurso, a causa de la divisin de poder en Estados Unidos, es la gente de color, son los gais, lesbianas y transgnero, son las mujeres. Eso es Estados Unidos. Ytenemos que pensar, no en trminos de ese mundo terico ideal en el que somos los censores, sino pensar en cmo se distribuye el poder en Estados Unidos y cmo es ms probable que seamos los censurados.

Nagle aade que el tipo de polticas de izquierda que esto describe es tambin defectuoso porque, como hemos odo en tantas ocasiones, hace que agitadores como Milo Yiannopoulos y Richard Spencer aparezcan como vctimas a ojos del pblico y as generen empata. Al mismo tiempo, la tctica de la negacin de plataforma hace que sea mucho ms fcil que la gente que mira las noticias crea que nosotros en la izquierda somos precisamente los grupos violentos e intolerantes que la derecha dice que somos. Despus, DeBoer va an ms lejos y sostiene que la estructura de poder que existe en Estados Unidos permite que los vengativos legisladores conservadores tengan la capacidad de contraatacar, y lo harn con toda seguridad, contra los censores polticamente correctos de los campus, y se servirn de las manifestaciones como justificacin para recortar an ms los fondos de las universidades pblicas.

La coalicin oculta

Ya sea por accidente o a propsito, al utilizar esa lgica apresurada se est metiendo en el mismo saco a diversos grupos y problemas, y algunas cosas importantes se estn quedando en el tintero.

Como demuestra la conversacin previa, en la actualidad, la tctica de negacin de plataforma se asocia casi exclusivamente con los foros de las universidades y se considera un exceso que utilizan (en el mejor de los casos) estudiantes de izquierda equivocados que lo aplican con demasiada facilidad. Lo que quiz es ms problemtico con el enfoque que los estudiantes dan a la negacin de plataforma hoy en da es su frecuente, y casi inherente, dependencia de una estructura de poder administrativo paternalista (una dependencia que es consecuencia de un modelo de educacin superior cada vez ms corporativizado que trata a los estudiantes como clientes y a los administradores como divisiones de recursos humanos de los que se espera que arbitren todas las demandas polticas).

Los intentos estudiantiles por denegar una plataforma en el campus a los oradores peligrosos pasan por pedir a la direccin que les retire la invitacin o que elabore nuevas polticas que regulen cosas como el discurso de odio (o lo que es lo mismo, equipar a las maquinarias directivas reaccionarias con mayores poderes censores). Sinceramente, esta postura infantil y dependiente de la jerarqua que se adopta en las universidades hacia la negacin de una plataforma es un blanco fcil para las crticas de DeBoer, Nagle y otros (hasta yo la he criticado, aunque por motivos diferentes).

Pero por eso tambin es importante destacar la postura marcadamente antifascista hacia lo que ahora llamamos negacin de plataforma, que tiene una larga historia que se remonta un siglo atrs y que de ningn modo se limita a los campus universitarios. DeBoer no les dice a los antifascistas algo que no sepan cuando hace alusin a los mayores y ms notorios esfuerzos de las autoridades institucionales y gubernamentales por negar una plataforma a los oradores y activistas de izquierda relacionados con grupos externos de protesta que estn estigmatizados, como por ejemplo el movimiento BDS. Como seala Mark Bray: Los antifascistas no estn de acuerdo con implementar prohibiciones estatales contra las polticas extremistas porque cuentan con polticas revolucionarias y antiestatales y porque esas prohibiciones se usan ms a menudo contra la izquierda que contra la derecha. En su lugar, los antifascistas prefieren el poder colectivo, autnomo y de base para desestabilizar, denunciar, bloquear y aplastar las reuniones fascistas. De ah el mayor xito y empoderamiento de los activistas independientes que se organizaron contra la aparicin de Richard Spencer en la Universidad Estatal de Michigan en marzo, o de las unidades antifascistas que denunciaron pblicamente a los nacionalistas blancos, o los miles que se presentaron para rodear pacficamente la reunin de extrema derecha que tuvo lugar en Boston a principios de 2017.

De hecho, uno de los desarrollos ms significativos que se ha producido ltimamente en los campus universitarios es el rechazo a las polticas descendentes de reparto y un acercamiento hacia el modelo antifascista ascendente, autosuficiente y basado en la coalicin. Adems, al no depender de la direccin, el cambio ha generado nuevos vnculos entre los activistas universitarios y las comunidades que les rodean, ha conseguido inspirar nuevas luchas que van ms all del mundo cerrado y privilegiado de las habituales preocupaciones universitarias y, al mismo tiempo, ha servido para oponerse a los esquemas de poder opresores y neoliberales de las universidades mismas.

Este emocionante desarrollo podra tener importantes consecuencias para las polticas universitarias y para la izquierda en general, pero difcilmente te enteraras si solo escuchas a muchos de los crticos internos de la izquierda, incluidos DeBoer y Nagle, porque las polticas antifascistas se pintan, ms o menos, como una rama infantil de las polticas universitarias tpicas, y las personalidades polticas universitarias como poco ms que un contraste molesto y caricaturizado de las polticas reales (y realistas).

La verdad ms asequible

Como parntesis corto pero necesario, solo quiero repetir algo que he escrito y comentado en numerosas ocasiones: el discurso importa. Los discursos empaquetados sobre el movimiento estudiantil poseen mucho ms poder de permanencia cultural y proporcionan un mayor arsenal que la compleja realidad del movimiento estudiantil sobre el terreno.

Todo lo que estamos haciendo para movilizar un frente de resistencia antifascista amplio, diverso y sostenible tanto dentro como fuera de la universidad ya est siendo obstaculizado por la omnipresencia del discurso de derechas sobre el movimiento estudiantil. Y de hecho, ese es el motivo de que la derecha haya dedicado tanta energa durante dcadas a elaborar y publicar caricaturas polticamente correctas sobre el activismo universitario. El discurso que se emplea es la manida historia de la correccin poltica sin lmite, a las rdenes de una clase insurgente de guerreros de la justicia social que imponen su voluntad, vigilan el discurso y las acciones de los dems y rechazan que participen opiniones que ellos consideran ofensivas.

Seamos claros: hay muchos aspectos del movimiento estudiantil que son, francamente, molestos, estpidos, agotadores, contraproducentes y totalmente de cara a la galera. Si alguien quiere defender que se elimine el movimiento estudiantil podra utilizar como ejemplo una multitud de casos que aparentemente prueban que se ha transformado de forma irreparable en un disfraz exagerado y pseudopoltico que rezuma privilegio, egosmo arrogante e intolerancia rutinaria. Sera una alarmante falta de sinceridad pretender que esos problemas no existen. Por eso es tan vital desarrollar nuevas formas de resolverlos o adaptarse a ellos (se podra empezar por destacar los movimientos estudiantiles que desafan ese modelo en lugar de obsesionarnos con los movimientos que lo utilizan).

Pero la gente de izquierdas no ayuda absolutamente a nadie cuando regurgita de forma perezosa y ciega el relato polticamente correcto de la derecha, que da por hecho de forma falsa y destructiva que esos problemas existen nicamente en los movimientos estudiantiles. (Como si los egos sobredimensionados, las discusiones sobre representacin y privilegio, las prioridades enfrentadas y el postureo moral no se dieran en ninguna otra rama de participacin ideolgica u organizacin popular).

Para qu sirve ese discurso exagerado de excepcionalismo universitario, adems de para justificar ms todava la creencia de la derecha en que las facultades y las universidades son el verdadero problema? Para qu sirve la mitologa polticamente correcta, adems de para debilitar la necesaria resistencia que debemos ofrecer frente a los reaccionarios y las virulentas campaas que lanzan contra la libertad acadmica con el objetivo de someter a los profesores y estudiantes de izquierdas? Qu uso tiene reprender a esos superficiales maniques vivientes que se exceden en su funcin de guerreros de la justicia social como si ellos solos fueran los ignorantes instigadores de la ofensiva y vengativa campaa de la derecha en contra de la educacin superior y del activismo estudiantil, cuyas races se remontan a la dcada de 1960?

Cree alguien realmente que los legisladores republicanos van a detener de forma repentina la falta de inversin pblica y la privatizacin de las facultades y universidades que se inici hace dcadas si los estudiantes frenan de repente sus protestas contra los oradores polmicos? Hace al menos 40 aos que utilizan a los movimientos estudiantiles como chivo expiatorio y lo seguirn haciendo mientras les funcione (si algn da necesitan otro chivo expiatorio, lo encontrarn). Porque no se trata de encontrar un equilibrio, sino de acaparar poder, de remodelar la educacin superior a imagen y semejanza de la clase dominante conservadora, con el objetivo perenne de establecer una oligarqua capitalista, racista, sexista, anti-intelectual y destructora del planeta. Aceptar sus trminos en la guerra por la educacin superior sin cuestionarlos y restringir nuestras polticas para darlos plena cabida es una verdadera estupidez.

Y aun as, la triste realidad es que en el actual ecosistema meditico de izquierdas sigue estando increblemente de moda arrastrar a las universidades como una forma fcil de legitimar el propio pensamiento dogmtico de izquierdas. Si quieres mejorar tu perfil como poltico realista con los pies en la tierra, siempre puedes sumar puntos acusando a los movimientos estudiantiles de obsesionarse con la vigilancia lingstica, las polticas identitarias y el postureo moral en estado de alerta, mientras ignoras las numerosas injusticias institucionales del propio sistema educativo superior y el tipo de problemas polticos y socioeconmicos concretos que importan a la gente normal.

Obviemos que este caudal de clichs acusadores ahoga los incontables esfuerzos polticos de la universidad y su entorno por abordar estos mismos asuntos haciendo precisamente lo que una poltica de izquierdas ms amplia debera estar haciendo: encontrar puntos de encuentro, construir coaliciones diversas y desarrollar estrategias que ejerzan influencia sobre el poder. Obviemos que, a pesar de lo que sugiere la gente que no ha hecho sus deberes, la Red Antifascista Universitaria es simplemente una de muchas organizaciones que vinculan de forma expresa un modelo antifascista de hacer poltica con una crtica sistemtica de las injusticias econmicas, polticas, raciales, etc. del neoliberalizado sistema de educacin superior y el lugar que ocupa en la destructiva poltica econmica neoliberal en su conjunto.

Fobia a la poltica

No obstante, si repites algo las suficientes veces, la gente comienza a aceptarlo como una verdad establecida. Si afirmas una y otra vez que tu enfoque poltico es el ms realista, eso basta para convencer a la mayora de la gente. Aun as, cualquiera remotamente familiar con la situacin sobre el terreno sabe que DeBoer y Nagle son solo dos personas de entre una multitud creciente de pensadores de izquierda que promueven su visin poltica como contrapeso prctico y realista frente al mundo abstracto, corto de miras y redundante del movimiento estudiantil, sus avatares antifascistas claramente relacionados y cualquier otra secta de izquierdas que supuestamente no preste atencin a la realidad del poder.

Ese realismo fetichista se disfraza de dosis de verdad ganada a pulso o de cubo de agua fra que aparentemente tantos de nosotros en la izquierda necesitamos si alguna vez queremos tomarnos en serio conseguir nuestros objetivos. Sin embargo, en la prctica, no sirve para mucho ms que para realizar un ejercicio de autoafirmacin, que se puede reutilizar eternamente para justificar lo que yo llamara una falsa poltica estacionaria. Este es un enfoque poltico que se autorrealiza, ya que asume que la izquierda debera mantenerse a la espera hasta que adquiera ms poder y, al actuar como si pudiera abrirse paso en la estructura real de poder existente sin provocarla para que muestre sus dientes, garantiza que nunca lo conseguir.

La sea de identidad de esta falsa poltica es fcil de identificar: el miedo. Miedo a una mayor represin; miedo a dotar a nuestros enemigos de armas ms sofisticadas que puedan utilizar en nuestra contra; miedo a fracasar en la tribuna de la opinin pblica; miedo al poder y a los caprichos reaccionarios de los poderosos. Y sobre todo, quiz, es el miedo aterrador a perder la pelea y terminar con menos de lo que tenemos ahora mismo. En pocas palabras, es el miedo a la poltica. En la prctica, todo ese miedo se traduce en una precaucin paralizante en nombre del pragmatismo y en aferrarse con nerviosismo al statu quo.

En una discusin aislada sobre las estrategias de los movimientos estudiantiles que terminan dotando de mayores poderes censores a los colosos directivos descendentes, puede que ese miedo est justificado. Pero esta no es una discusin aislada. Lo que queda claro es que ese caracterstico miedo al poder est intentando convertirse en un principio organizador de la poltica de izquierdas en general. Por ejemplo, ese miedo caracterstico funciona como una lnea de unin que conecta el argumento de izquierdas de DeBoer contra la negacin de plataforma y el argumento de izquierdas de DeBoer para, de entre todas las cosas posibles, salvar el SAT (un examen estandarizado para la admisin universitaria).

En el episodio ms reciente de su intento por emular el malvado profesional de Leftbook y Left Twitter, DeBoer public un artculo en la revista Jacobin titulado La razn progresista para defender el SAT, en el que no se muerde la lengua: Si crees en la igualdad, deberas defender el SAT.

Solo hay un pequeo, pero evidente problema con eso. Como te puede decir cualquier profesor de secundaria, el SAT es de todo menos una herramienta igualitaria para examinar y medir los logros estudiantiles. El desprecio de la izquierda por el SAT no est infundado y DeBoer lo reconoce: Los estudiantes negros e hispanos y los estudiantes pobres no sacan tan buenos resultados como sus homlogos blancos y ricos, pero esto es un sntoma de una desigualdad ms amplia, no de un examen prejuiciado Las desigualdades raciales y de clase del SAT son ciertamente preocupantes, pero solo porque demuestran la persistente desigualdad de nuestra sociedad.

En resumidas cuentas: las disparidades en materia de raza y clase de los resultados del SAT son una cosa real y preocupante, pero estas disparidades no son ms que un reflejo de las desigualdades raciales y de clase de la sociedad en general; no suponen ninguna prueba de que el examen en s sea implcitamente parcial o injusto. Adems, las principales alternativas para determinar los logros de los estudiantes, como por ejemplo las evaluaciones holsticas que se centran en los cursos avanzados y en las materias extracurriculares, solo serviran para inclinar la balanza todava ms a favor de los ricos y privilegiados. Por eso, en ausencia de mayores cambios en nuestra sociedad sumamente desigual, las personas de izquierdas solo empeoraran las cosas si se deshicieran del SAT y por eso deberan luchar para conservarlo.

Veamos, no hay nada intrnsecamente errneo con este argumento. En lo que a argumentos se refiere, es tremendamente lgico. Solo que no es un argumento de izquierdas. Si acaso, ms que nada, se trata de una mencin clintonesca que pretende conservar el statu quo y disfrazarlo de retrica igualitaria meramente formal. Es un argumento para no perder algo, para que las cosas sigan como estn, para permanecer estacionarios y hablar de una poltica de izquierdas factible dentro de la estructura real de poder existente. Es un argumento para dejar algo totalmente en paz por miedo a que algo malo pueda ir a peor.

En este clculo de avestruz sobre lo que es polticamente posible, la desigualdad se vuelve aceptable si tenemos en cuenta la amenaza de una desigualdad mayor. Sin embargo, no reside la nica justificacin para decir que un argumento es de izquierdas en una cierta fidelidad con la lucha central por combatir y erradicar esa desigualdad? Y si eso es as, qu uso tiene publicar un artculo en una revista de izquierdas y sostener que es progresista acatar la desigualdad? Para qu sirve? De forma implcita, parece ser que, tanto DeBoer como aquellos que piensan como l, creen que una postura de izquierdas conveniente pasa por amonestar a personas de izquierdas por ser de izquierdas, es decir, por perseguir una visin del mundo que sea mejor y ms justa que el actual statu quo.

Si aplicamos esta lgica, la izquierda no est jugando a ganar, por emplear un smil deportivo, sino que est jugando a no perder. Es ms, si tenemos en cuenta las abrumadoras pruebas de que estamos perdiendo por goleada, la lgica implcita es que hay que jugar lo ms a la defensiva posible para que no nos expulsen definitivamente del campo de juego. Absolutamente todo en esta visin es razonable, y est abocado a un desastre seguro.

Si observamos de manera sobria los actuales desequilibrios de poder poltico, econmico y de gobierno en Estados Unidos, como DeBoer nos incita a que hagamos, qu razones tenemos, si es que hay alguna, para pensar que sacaremos algn beneficio del desfase existente si nos quedamos quietos, luchando solo por el statu quo o simplemente avanzando a paso de tortuga para protegernos y retirndonos rpidamente cada vez que el poder amenace con represalias? En todo caso, la estructura real de poder existente es una prueba mayor de que presentar una dura batalla por la progresiva comunidad de valores que queremos, incluso aun a riesgo de fracasar, es mejor que el fracaso garantizado que supone recortar gradualmente nuestras luchas y amoldarlas a los espacios cada vez ms pequeos que nos deja el poder. Es la prueba de que quedarse quieto mientras el mundo sigue girando a lo loco es una condena de muerte. Es la prueba de que las fuerzas del expolio capitalista, el supremacismo blanco, la reaccin cultural y el militarismo estn siempre avanzando, aunque nosotros no lo estemos, en una guerra de posicionamiento sin fin; y, que no quepa ninguna duda, ellos estn jugando a ganar.

Esta vez habr fuego

Tratamos al poder como si fuera fuego. Lo queremos, soamos con l, pero ms que nada nos da miedo quemarnos, aunque nos cocine vivos a fuego lento. Esta postura no est totalmente injustificada: la izquierda estadounidense se ha pasado la mayor parte de su miserable vida quemndose. Aunque eso es casi, por definicin, lo que la convierte en izquierda. Nuestras polticas se han construido, o deberan haberlo hecho, a partir de las brasas y cenizas de la historia. Las polticas de izquierdas surgen del drama colectivo y calcinado de aquellos que la maquinaria del capital, la supremaca blanca, el patriarcado, el imperio y las interminables guerras han atrapado y consumido.

Y sin embargo, todava seguimos fingiendo que es reconfortante y necesariamente realista que la izquierda construya una poltica cautelosa basada en el miedo sobredimensionado a enemistarnos con las mismas fuerzas que trabajan para destruir lo que somos, y a nosotros tambin si es necesario. Fingimos que llegar un momento en que la izquierda podr avanzar sin miedo a que el centro la arroje a los leones y que la derecha reaccionaria no pelear al mximo por acabar con ella.

Fingimos que podemos luchar por el mundo que debera ser sin que el mundo que es nos queme en el intento. Pero, cundo fue eso as? La lucha por el poder es, por definicin, un riesgo de incendio. All donde hay poltica hay ardor. Cuntos de los logros decisivos de la izquierda que aportaron ms dignidad, igualdad, justicia y bienestar a la vida de las personas a lo largo de la historia no se consiguieron chamuscndose las manos por completo?

Esta es quiz la mayor y ms necesaria contribucin que la orientacin antifascista puede ofrecer a la izquierda hoy en da: una comprensin urgente de que la historia seguir avanzando con o sin nosotros. Ayudar a reconocer que permanecer estacionarios es una sentencia de muerte mientras los extremistas violentos siguen adoptando iniciativas ms osadas y los triviales poderes institucionales conspiran de forma descarada en nuestra contra en el cambiante terreno de nuestro momento cada vez ms extremo; ayudar a resistir oleadas de extremismo de derechas mientras seguimos intentando desarrollar un apoyo popular que nos permita desmantelar de forma progresiva las condiciones materiales y culturales que lo engendraron: ese es el ncleo de cualquier poltica antifascista que merezca ese nombre. Y as es como debera ser para cualquier poltica de izquierdas del presente.

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Maximillian lvarez es doctorando por partida doble y capacitador de estudiantes universitarios de los departamentos de Historia y Literatura Comparada de la Universidad de Michigan. Obtuvo su licenciatura y se gradu con honores en la Universidad de Chicago en 2009.

Este artculo se public en ingls en The Baffler

Traduccin de lvaro San Jos.

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