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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 02-10-2018

Batalla cultural: y si nos subimos al tren equivocado?

Ariel Petruccelli
Hemisferio izquierdo


Desde hace poco ms de una dcada, en nuestros pases se ha popularizado bastante el trmino batalla cultural. Ha pasado a ser, de hecho, casi un trmino de sentido comn. Lo usan los sectores progresistas, pero tambin la derecha y no est ausente en la izquierda roja. Sin embargo, los dos trminos que forman la pareja son problemticos en s mismos; y es problemtica su relacin. Para hacer ms compleja la situacin, batalla cultural es una expresin demasiado ostensiblemente relacionada con otros tres conceptos como para que en algn momento debamos preguntarnos: por qu hablar de batalla cultural, y no batalla de ideas, de ideologa o de hegemona?

Lo primero que destaca cuando nos sumergimos en el uso habitual que se hace del trmino batalla cultural es el sentido restringido de la cultura que predomina. En muchos casos se emplea indistintamente batalla cultural y batalla de ideas. Pero ms all de esta eventual sinonimia, el concepto subyacente es el de la cultura en su dimensin simblica, antes que la cultura en su dimensin prctica o material. De tal cuenta, publicar en las redes sociales un texto o una imagen en favor (o en contra) del aborto sera parte de la batalla cultural, pero ir a una marcha o a una asamblea sera llanamente una accin poltica. Ya en este punto se observa lo borrosas que resultan las lneas divisorias, en este caso entre cultura y poltica. Es perfectamente vlido, por supuesto, restringir el concepto de cultura a lo simblico, pero qu hacemos con lo que queda afuera? Cmo catalogamos a las prcticas, las instituciones y las organizaciones no especficamente econmicas ni exclusivamente polticas de la sociedad?

Entendida en un plano meramente simblico, la batalla cultural se restringe a combate de ideas y sensibilidades. Se torna, por consiguiente, algo semejante, si no idntico, a la ideologa, o a la lucha ideolgica. Por qu hablar de cultura, pues, y no de ideologa? Pueden ser meras formas de decir. Trminos intercambiables sin demasiadas consecuencias. Pero, habiendo declarado Fukuyma hace treinta aos al fin de las ideologas, la renuncia a emplear el trmino (cuando el objeto de referencia es bsicamente el mismo) puede ser un indicio de la hegemona conservadora en el plano intelectual.

Consolidado como nunca el poder econmico del capital, es siempre una tentacin buscar alternativas consoladoras. Si la economa es el reino casi exclusivo de las empresas y el empresariado, parece en cambio ms factible desafiarlos en el campo cultural. Sin embargo, los lmites entre economa y cultura se van tornando borrosos. La cultura misma tiende a convertirse cada vez ms en una industria, en un negocio.

Ms prosaicamente, cabe advertir un riesgo en el empleo actual de la nocin de batalla cultural: el riesgo de confundir o reducir la confrontacin cultural a eso que se puede llamar militancia de redes sociales. A veces el rtulo batalla cultural sirve como una tapadera para legitimar una militancia light: la ilusin que podemos militar perfectamente wi fi mediante, conectndonos unos minutos en los ratos libres, sin gran necesidad de tediosas reuniones, polmicas asambleas, agotadoras movilizaciones o peligrosos enfrentamientos con la polica. Es evidente la tentacin, dentro de los crculos intelectuales, de emplear la representacin batalla cultural como legitimacin de una prctica en la que se compromete el pensar, pero mucho menos el actuar. En la que poco se pone el cuerpo.

Ahora bien, qu sucede si ampliamos el sentido de cultura, si dejamos de restringirlo a lo simblico e incorporamos las prcticas y las instituciones? Veamos por ejemplo lo que era la cultura obrera socialdemcrata en la Alemania de principios del siglo XX:

Literalmente: a comienzos del siglo XX un miembro de la SPD poda asesorarse acerca de cualquier problema legal -no necesariamente laboral- en los gabinetes jurdicos del partido, aprender las primeras letras en una escuela socialdemcrata, aprender las segundas y hasta las terceras letras en una universidad popular socialdemcrata, formarse como cuadro poltico o sindical en una academia socialdemcrata, no leer otra cosa que diarios, revistas y libros salidos de las excelentes imprentas socialdemcratas, discutir esas lecturas comunes con compaeros de partido o sindicato en cualquiera de los locales socialdemcratas, comer comida puntualmente distribuida por una cooperativa socialdemcrata, hacer ejercicio fsico en los gimnasios o en las asociaciones ciclistas socialdemcratas, cantar en un coro socialdemcrata, tomar copas y jugar a cartas en una taberna socialdemcrata, cocinar segn las recetas regularmente recomendadas en la oportuna seccin hogarea de la revista socialdemcrata para mujeres de familias trabajadoras dirigida por Clara Zetkin. Y llegada la postrera hora, ser diligentemente enterrado gracias a los Servicios de la Sociedad Funeraria Socialdemcrata, con la msica de la Internacional convenientemente interpretada por alguna banda socialdemcrata. (Antoni Domenech, El eclipse de la fraternidad, Barcelona, Crtica, 2004, p. 149).

Sin duda se trata de un caso extremo, pero en modo alguno inusual. Sin ir ms lejos, en Argentina y Uruguay tambin el movimiento obrero socialista y anarquista de esa poca desarroll su propio entramado contra-cultural, con grupos de teatro, clubes sociales, picnics recreativos, cooperativas de consumidores, orquestas filarmnicas, mutuales, equipos de ftbol, bibliotecas populares, etc. Todo esto conformaba un entramado cultural que, sin estar tajantemente separado de la lucha econmica (encabezada sobre todo por los sindicatos) o de la lucha especficamente poltica (por ejemplo parlamentaria), evidentemente era irreductible a lo poltico o lo econmico y, por ende, bien podemos denominar cultural.

Pues bien, basta un simple contraste temporal para notar cmo el capital ha colonizado antiguos espacios de autonoma y creatividad populares. Cmo ha mercantilizado actividades antes no mercantilizadas. Cmo ha convertido a casi todo en un negocio real o potencial.

Desde luego, a comienzos del siglo XX la industria cultural estaba apenas naciendo, y la ciudadana era incluso en los pases con algn barniz democrtico mucho ms restringida que en la actualidad. Ello haca que las clases dominantes tuvieran por entonces menos necesidad de (y menos capacidad para) conquistar las corazones y las mentes en pos de mayoras electorales. La sorda compulsin de lo econmico bastaba normalmente para asegurar pasividad y obediencia, en tanto que la poltica era de hecho y de derecho privilegio de elites. Sin embargo, aunque la ampliacin de la democracia implica necesariamente la necesidad de llegar polticamente a sectores que, cuando no votaban, podan ser ignorados o considerados meramente desde una perspectiva policial, sera equivocado concebir la colonizacin cultural que desarrolla el capital como una simple estrategia poltica. Estrategia hay, desde luego. Pero opera tambin una causalidad ms profunda, que excede largamente a la voluntad poltica de individuos u organizaciones con una gran conciencia de clase empresarial. Se trata ni ms ni menos que de la dinmica puramente econmica que surge de las dispersas y moleculares acciones de los capitales individuales en bsqueda de ganancia. A medida que los viejos nichos de negocio se saturan, el capital busca nuevos mbitos de inversin. As, gradualmente, la cultura se va convirtiendo en negocio. Hace ya mucho tiempo que el ftbol, por poner un ejemplo, sin dejar de ser un deporte, es bsicamente un negocio. Y en el ftbol, cada vez ms, las necesidades de la ganancia se imponen a la lgica del juego. Las tendencias privatizadoras en la educacin de los ltimos lustros van en el mismo sentido: convertir en un nuevo espacio rentable un mbito, al menos en Argentina y Uruguay, tradicionalmente sustrado al mercado y que operaba con criterios diferentes que los de la lgica empresarial. Y as podramos seguir. El capital tiende a colonizar la cultura incluso sin proponrselo de manera expresa por razones polticas. Lo empuja a ello su propia naturaleza econmica.

Y aqu cobra especial relevancia la dimensin prctica, institucional incluso, de la cultura. Porque el capital ha expandido su dominio a reas en las que los trabajadores solan poseer cierta auto-organizacin y autonoma. Y, antese y subryese, lo ha hecho sin que casi nos diramos cuenta. Para muestra basta un botn: las familias ya no organizan colectivamente los cumpleaos infantiles; ahora le pagan a un pelotero. Pero si este ejemplo puede provocar una mueca irnica -como diciendo es verdad, pero no es tan grave- podemos traer a colacin ejemplos ms estimulantes. Pensemos por ejemplo en el mundo acadmico. No hay dudas de que est cada vez ms mercantilizado. Y la mercantilizacin, adems de convertir cuando menos algunas universidades en un nicho de inversiones en busca de ganancia, reproduce cada vez ms el patrn cultural (no slo la lgica econmica) del capital. Y para agravar el panorama hay que decir que incluso en las universidades pblicas se expanden los criterios mercantiles.

Ahora bien, no es infrecuente que se vea como una accin de batalla cultural el dictado de un seminario arancelado sobre alguna teora sumamente crtica de la sociedad contempornea en los marcos de nuestro meritocrtico sistema universitario. Y pocas veces nos hacemos la incmoda pregunta: en tales casos, qu pesa ms? El discurso crtico desarrollado? O la reproduccin de prcticas mercantiles y meritocrticas? El decir o el hacer?

Si ampliamos el sentido de cultura, la batalla cultural nos debe llevar a reflexionar no slo sobre las ideas, sino sobre las prcticas. Perfectamente podemos reproducir prcticas fundamentalmente capitalistas odiando al capitalismo. En un punto esto es inevitable: el trabajo asalariado es inherente al capitalismo y sera imposible, sin romper con l, que el conjunto de los obreros dejara de ser asalariado. Pero no todo es blanco o negro. Dentro de los marcos del capitalismo, por ejemplo, se puede practicar deportes como parte de un negocio privado, o bajo formas auto-gestivas por parte de los interesados e interesadas. En fin, y sobreabundando: cultura no tiene que ver slo con lo que pensamos, sino tambin con lo que hacemos. Si reducimos la batalla cultural a simple batalla de ideas, habremos perdido la mitad del campo sin siquiera haberlo disputado. Y desde esta perspectiva podemos ver cmo la mismsima expansin econmica del capital -al convertirnos a todos y todas en frenticos consumidores, en dciles vctimas de la publicidad, en ingenuos usuarios de cuanto nuevo producto se nos ofrezca- genera su propia cultura como forma de vida.

Resumiendo, una confrontacin real en el plano de la cultura implica disputar no slo en torno a representaciones y sensibilidades, sino tambin en torno a prcticas sociales, estilos de vida y formas de organizacin colectiva de diverso tipo. Si hemos de contraponer la solidaridad a la competencia, el dilogo a la descalificacin, lo colectivo a lo individual, lo comn a lo privado, la auto-realizacin al consumo, los fines en s mismos a los medios instrumentales, etc., deberemos tener presente que estas contraposiciones no son slo intelectuales, sin muy fuertemente prcticas.

...

Batalla cultural, se dice. Pero no es acaso la cultura un campo de batalla? Las culturas no son homogneas y siempre hay en ellas pujas y tensiones. Las sociedades contemporneas son cada vez ms multiculturales e incluso plurinacionales, lo reconozcan o no las autoridades de los estados nacionales empeadas, contra toda evidencia, en afirmar que en su territorio slo hay una nacin. Buscar la homogeneidad cultural es un anhelo reaccionario. La cultura es, sin dudas, un campo de tensiones y de conflictos. Pero, es un campo de batalla? Literalmente, no siempre lo es. Batalla cultural es un trmino metafrico. Pero es una buena metfora? No estoy del todo seguro. Como mnimo, habra que advertir sobre un peligro: concebir a la cultura como una guerra puede llevar a un uso puramente instrumental, en trminos polticos, de los bienes culturales y de sus productores y productoras. As por ejemplo, podramos rechazar una gran obra literaria porque no simpatizamos con las ideas polticas de su autor. O podramos tender a aplanar los conceptos para que sean ms eficientes en la puja poltica, en la que hay que decidir para actuar, y ello lleva a polarizar, a simplificar, a perder matiz. O podramos caer en la eterna tentacin se acallar crticas para no hacerle el juego al enemigo, olvidando que el mejor servicio intelectual que se puede brindar a una causa poltica revolucionaria o al menos democrtica (a diferencia de los proyectos autoritarios) es la autocrtica. La produccin intelectual o artstica suele perder potencia y originalidad cuando se auto-subordina a exigencias polticas. Y hay que tener en cuenta, como alguna ves recordara Perry Anderson, que a diferencia de lo que sucede en los campos poltico o militar -en los que siempre es recomendable golpear al adversario en sus flancos ms dbiles- en las controversias intelectuales slo se vence cuando se ha sometido al adversario en su punto ms fuerte.

La metfora blica, pues, tiene tanto de orientadora como de desorientadora. Con los recaudos del caso, con todo, podemos seguir pensando en trminos de batalla cultural.

Batalla cultural, pero, de qu sirve ganar una batalla si se ha perdido la guerra? Tanto en sentido literal como metafrico la batalla remite a una parcialidad; la guerra a la totalidad. Desde luego, para el posmodernismo que niega por principio la idea de totalidad la distincin ni siquiera tiene sentido. Pero, en este terreno al menos, la actitud posmodernista, si se me permite la metfora, se asemeja al avestruz que mete la cabeza bajo tierra ante un peligro. Querer enfrentar al sistema capitalista slo con innmeras, dispersas, discontinuas, diversas y descoordinadas batallas es, en el fondo, aceptar que no hay un ms all del capitalismo. Lo cual es una clara muestra de la hegemona del capital. Pero no estbamos hablando de cultura? Por supuesto. Pero as como las batallas son slo una parte de la guerra, la cultura es slo una parte de la hegemona (mal que les pese a algunos tericos contemporneos).

Ambivalencias al margen (que no viene al caso explorar aqu), Gramsci no siempre consideraba a la hegemona como el momento consensual, en oposicin al momento de la violencia. Al menos tan importante como la anterior es su concepcin de la hegemona como combinacin de fuerza y consentimiento. Como totalidad, la hegemona para Gramsci inclua cuatro componentes: poltico, cultural, econmico y militar. Esta visin amplia es lo que haca que Gramsci pensara la hegemona como una hegemona de clase. Reducido a su mnima expresin el anlisis era el siguiente: ms all de todas sus posibles variantes especficas, una moderna sociedad industrial slo puede organizarse por medio de empresas privadas capitalistas o por medio de formas colectivistas de propiedad. La primer forma corresponde a la burguesa, la segunda al proletariado. La pequea propiedad no puede ser el sustento principal del desarrollo econmico moderno: siempre ir a la saga de la gran produccin socializada. Por consiguiente, no encarna un modelo de organizacin social general, sino una situacin residual. Puede marchar junto con la propiedad capitalista o con la propiedad estatal o cooperativa, pero nunca dominar la economa. Siendo imposible la hegemona pequeoburguesa (entindase: la hegemona en su sentido total; no la hegemona en cuanto un partido pequeoburgus obtuviera una mayora electoral), slo el proletariado y la burguesa, el capitalismo y el socialismo, podan establecer hegemona. Desde esta ptica, sin el proyecto de superar al capitalismo es imposible constituir otra hegemona diferente a la capitalista. A lo sumo se puede socavarla profundizando una crisis social.

Ahora bien, una parte muy considerable de las teoras actuales de la hegemona la reducen a lo poltico y lo cultural. Las cuatro patas sobre las que se sostena el concepto de Gramsci se han reducido a slo dos. Pero, como sucede con las mesas, resulta difcil que tal concepto se sostenga con firmeza apoyado nicamente sobre dos pies.

Por esta va tambaleante, la aparicin de la expresin batalla cultural viene asociada muchas veces a concepciones reduccionistas de la hegemona (limitada a la poltica y la cultura), en el sobreentendido -implcito antes que explcito- que no resulta posible desafiar ni erradicar la economa capitalista, y que cuanto menos se hable del poder militar mejor. Reducciones de este tipo han proporcionado sustento intelectual a proyectos polticos con capacidad para constituir mayoras electorales progresistas. Pero la hegemona del capital no est amenazada.

Por otra parte, es obvio, desaparecidas las amenazas revolucionarias, la presin que siente la clase dominante para hacer concesiones a las clases explotadas y oprimidas se reduce. Mitologas al margen, el poder de clase del capital se ha acentuado enormemente en las ltimas dcadas, en desmedro tanto de trabajadores y pequeos productores, como tambin del Estado en tanto que agente econmico. Que hoy en da casi todos los estados del mundo posean deudas que superan el valor de sus activos nos habla a las claras de quines son los acreedores: no otros estados, sino individuos y grupos privados. En tanto al menos en el plano intelectual no se logre instalar una mirada condenatoria al capital como tal (antes que a sus formas ms salvajes en particular) y cierta expectativa en la posibilidad de una ordenacin social alternativa, la hegemona del capital est garantizada.

Quienes se lancen a la batalla cultural sin tener esto en cuenta corren el riesgo de marchar desarmados y desarmadas. O incluso peor: de combatir, sin darse cuenta, en el bando equivocado.

Ariel Petruccelli. Historiador, investigador y docente de la Universidad de Comahue, Neuqun, Argentina.


Fuente. https://www.hemisferioizquierdo.uy/single-post/2018/09/28/Batalla-cultural-y-si-nos-subimos-al-tren-equivocado

 



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