Portada :: Opinin
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 09-10-2018

En el bicentenario de Marx
Marx y Engels y el papel de la violencia y las guerras en la historia

Jaime Pastor
Viento Sur


No es fcil encontrar en las reflexiones de los fundadores del marxismo un cuerpo coherente de pensamiento sobre las guerras y su funcin en la historia, aunque de ellas se haya desprendido la idea central, un tanto simplificada, de que las consideraran parteras de la historia. Esa dificultad no era casual sino que se deba a que daban preeminencia en sus escritos al desarrollo de una crtica de la economa poltica y de una teora social emancipatoria que finalmente quedaron inacabadas. En cualquier caso, existen en sus escritos suficientes comentarios y aportaciones que permiten exponer cul fue su evolucin intelectual y poltica sobre esta materia.

1. Acumulacin originaria de capital, violencia y Estados

Sus consideraciones sobre la violencia son numerosas en sus obras. Ese trmino es usado, adems, muchas veces como sinnimo de fuerza  1/ y poder para as relacionarlo mejor con su teora general. En lneas generales, la violencia aparece como un medio en el que se apoya el desarrollo de las fuerzas productivas a lo largo de la historia para poder avanzar y superar las trabas de las sucesivas relaciones de produccin que se han ido estableciendo. No obstante, precisan esa visin reconociendo que no se trata de un medio ms sino que ha sido y puede ser un acelerador de ese proceso, por lo que no llegan a ubicarla bien dentro de su concepcin ms global. As, las guerras no seran ms que la manifestacin extrema de esa violencia en los conflictos que tanto entre los Estados como dentro sus territorios respectivos o en su expansin colonial han ido e irn surgiendo.

Un comentario que hace Marx en los Grundrisse (1857-1858) se remite incluso a los orgenes de la historia de la humanidad: La guerra fue desarrollada antes que la paz; modo como mediante la guerra y en los ejrcitos, etc., se desarrollan ciertas relaciones econmicas, como trabajo asalariado, maquinaria, etc., antes que en el interior de la sociedad civil. Tambin la relacin entre la fuerza productiva y las relaciones de trfico se presenta de forma particularmente visible en el ejrcito (Marx, 1978: 33). Una argumentacin similar aparece en una carta que Marx dirige a Engels en 1857, en la cual considera la historia de los ejrcitos como una ilustracin de su teora materialista del progreso precisamente porque es reflejo de la conexin entre las fuerzas productivas y las relaciones sociales. El Ejrcito es en general de gran importancia en el desarrollo econmico. El salario, por ejemplo, se desarroll por primera vez en el ejrcito de la Antigedad  2/ .

Pero es en El Capital donde encontramos una mayor claridad en la visin de la violencia como medio al servicio del desarrollo de las fuerzas productivas y, en concreto, del surgimiento del capitalismo. La necesidad de polemizar contra la economa poltica liberal y su visin pacfica del capitalismo obliga, adems, a poner el acento en aquel factor. As, en su famoso captulo sobre la llamada acumulacin originaria Marx sostiene: En la historia real el gran papel lo desempean, como es sabido, la conquista, el sojuzgamiento, el homicidio motivado por el robo: en una palabra, la violencia. En la economa poltica, tan apacible, desde tiempos inmemoriales ha imperado el idilio. El derecho y el trabajo fueron desde pocas pretritas los nicos medios de enriquecimiento, siempre a excepcin, naturalmente, de este ao. En realidad, los mtodos de la acumulacin originaria son cualquier cosa menos idlicos. Ms adelante aade: La expropiacin de los bienes eclesisticos, la enajenacin fraudulenta de las tierras fiscales, el robo de la propiedad comunal, la transformacin usurpatoria, practicada con el terrorismo ms despiadado, de la propiedad feudal y clnica en propiedad privada moderna, fueron otros tantos mtodos idlicos de la acumulacin originaria. Esos mtodos conquistaron el campo para la agricultura capitalista, incorporaron el suelo al capital y crearon para la industria urbana la necesaria oferta de un proletariado enteramente libre (Marx, 1998: 892 y 917-918).

La descripcin que Marx hace en ese mismo captulo del proceso derivado de la acumulacin originaria en las colonias viene a demostrar, desde su punto de vista, que los mtodos empleados por el capitalismo para abrirse paso en la historia se apoyan en la ms avasalladora de las fuerzas, con lo cual subraya la funcin de medio y acelerador de la historia que ejerce la violencia: Los diversos factores de la acumulacin originaria se distribuyen ahora, en una secuencia ms o menos cronolgica, principalmente entre Espaa, Portugal, Holanda, Francia e Inglaterra (...). Estos mtodos, como por ejemplo el sistema colonial, se fundan en parte sobre la violencia ms brutal. Pero todos ellos recurren al poder del Estado, a la violencia organizada y concentrada de la sociedad, para fomentar como en un invernadero el proceso de transformacin del modo de produccin feudal en modo de produccin capitalista y para abreviar las transiciones. La violencia es la partera de toda sociedad vieja preada de una nueva. Ella misma es una potencia econmica (subrayado por el autor) (Marx, 1998: 939-940).

Es precisamente en su anlisis del colonialismo donde la violencia que acompaa al desarrollo de las fuerzas productivas y a la expansin capitalista europea por el planeta es vista como un instrumento, en cierto modo inevitable, que contribuye decisivamente al progreso en esas nuevas tierras, si bien la condena de los mtodos empleados ir obligando a Marx, no sin contradicciones, a apoyar las revueltas anticoloniales que surgen en su tiempo.

Su conclusin no deja ya dudas: Si el dinero, como dice Augier, viene al mundo con manchas de sangre en una mejilla, el capital lo hace chorreando sangre y lodo, por todos los poros, desde la cabeza hasta los pies (Marx, 1998: 950).

Sin embargo, pese al esbozo de una relacin ms estrecha entre lo econmico y lo militar por parte de Marx, la obra Anti-Dhring, escrita por Engels en 1878, aparece como un intento de reafirmacin de la ortodoxia que pretende establecer su autor sobre esta materia frente a las tesis del profesor Dhring, firmemente convencido de que la formacin fundamental y las dependencias econmicas no son ms que un efecto o caso especial y, por tanto, siempre hechos de segundo orden. Engels, en cambio, sostiene que el poder, la violencia, no es ms que el medio, mientras que la ventaja econmica es el fin; y aade, para que no quepan dudas, que en la medida que el fin es ms fundamental que el medio aplicado para conseguirlo, en esa misma medida es en la historia ms fundamental el aspecto econmico de la situacin que el poltico (Engels, 1978: 152-153).

Esta respuesta de Engels se apoya en un recordatorio de la historia de la humanidad desde las comunidades primitivas hasta el advenimiento de la sociedad burguesa. Mediante ese recurso aspira a demostrar que siempre han sido el desarrollo de las fuerzas productivas y las necesidades econmicas de determinados grupos sociales los factores determinantes, mientras que el tipo de armamento y los ejrcitos han sido slo el resultado de esos procesos. Sin embargo, el mismo autor reconoce en la misma obra que la introduccin de la plvora y las armas de fuego en Europa a partir del siglo XIV tuvo efectos radicalmente transformadores no slo en el arte mismo de la guerra sino tambin en las relaciones polticas de dominio y vasallaje. Incluso, refirindose ya a su poca, observa: El ejrcito se ha convertido en finalidad principal del Estado, ha llegado a ser un fin en s mismo; los pueblos no existen ya ms que para suministrar y alimentar soldados. El militarismo domina y se traga a Europa (Engels, 1968: 163).

La idea de la violencia y, por tanto, de las guerras como medio recorre tambin muchas pginas de El origen de la familia, la propiedad privada y del Estado, escrita por Engels en 1884, especialmente cuando se refiere al trnsito de la barbarie a la civilizacin, llegando a hablar de aqullas incluso como una industria permanente, ya que contribuyen a aumentar la riqueza econmica de quienes se benefician de su uso.

Pero es en los Estados donde se concentra precisamente la funcin de la violencia, puesto que, recogiendo lo ya escrito en el Manifiesto del Partido Comunista, el poder poltico es la violencia organizada de una clase para la opresin de otra. Engels ofrece en la obra antes citada una visin ms sistemtica cuando sostiene: Como el Estado naci de la necesidad de refrenar los antagonismos de clase y, como al mismo tiempo, naci en medio del conflicto de esas clases, es por regla general el Estado de la clase ms poderosa, de la clase econmicamente dominante que, con ayuda de l, se convierte tambin en la clase econmicamente dominante, adquiriendo con ello nuevos medios para la represin y la explotacin de la clase oprimida; empero, matiza luego esta visin meramente instrumental cuando observa que por excepcin, hay perodos en que las clases en lucha estn tan equilibradas que el poder del Estado, como mediador aparente, adquiere cierta independencia momentnea respecto a una y otra (Marx y Engels, 1981: 346).

En ese mismo trabajo Engels va ms all y resalta cmo tras la experiencia de las revoluciones europeas de 1848-49, la guerra franco-prusiana de 1870-71 y la Comuna de Pars de 1871, la institucin de la fuerza pblica se refuerza tanto por los antagonismos de clase internos como conforme los Estados vecinos se van haciendo ms poderosos y ms poblados; y aade que esos dos factores han hecho que en la Europa de 1884 la fuerza pblica amenace con devorar a la sociedad entera y aun al Estado mismo (Marx y Engels, 1981: 345).

Pero, adems, esos Estados se han ido configurando como Estados nacionales a lo largo de una historia agitada y llena de conflictos internos y externos. Esta tesis es ampliamente desarrollada por Engels en El papel de la violencia en la historia, escrito en 1888: Desde fines de la Edad Media, la historia trabaja en el sentido de constituir en Europa grandes Estados nacionales. Slo estados de ese tipo forman la organizacin poltica normal de la burguesa europea en el poder y ofrecen, a la vez, la condicin indispensable para el establecimiento de la colaboracin armoniosa entre los pueblos, sin la cual es imposible el poder del proletariado. Para asegurar la paz internacional es preciso primero eliminar todos los roces nacionales evitables, es preciso que cada pueblo sea independiente y seor en su casa. Y, efectivamente, con el desarrollo del comercio, de la agricultura, de la industria y, a la vez, del podero social de la burguesa, el sentimiento nacional se haba elevado en todas partes y las naciones dispersas y oprimidas exigan unidad e independencia (Marx y Engels, 1981: 396-397).

Vemos, por tanto, que la configuracin de un sistema de Estados nacionales en Europa es vista como condicin para avanzar hacia la paz y como el marco ms adecuado para que la clase trabajadora pueda plantearse su aspiracin a tomar el poder. Sin embargo, las revoluciones de 1848 marcan un antes y un despus, lo cual le lleva a concluir que desde entonces En poltica no existen ms que dos fuerzas decisivas: la fuerza organizada del Estado, el ejrcito, y la fuerza no organizada, la fuerza elemental de las masas populares (Marx y Engels, 1998: 418). Esto no ha impedido, como observa el mismo Engels en el trabajo citado, que continen las tensiones entre los distintos Estados nacionales en Europa, especialmente entre Francia y Alemania en torno a Alsacia-Lorena, precisamente en funcin de su pretensin de llevar a cabo sus proyectos respectivos de nacionalizacin de las poblaciones y delimitacin de sus territorios fronterizos, como ejemplifica sobre todo la guerra franco-prusiana de 1870-1871.

2. Internacionalismo proletario y guerras justas

La teora materialista de la historia y su tesis de que la clase trabajadora constituye la nueva clase revolucionaria capaz de crear una sociedad sin clases constituyen el fundamento del nuevo internacionalismo que aspiran a impulsar Marx y Engels. En un primer momento esa concepcin tiene rasgos cosmopolitas pronunciados pero muy pronto tiene que diferenciarse tanto del antinacionalismo de los proudhonianos franceses como de formulaciones que van apareciendo en los programas de la socialdemocracia alemana.

Pero ese internacionalismo plantea un problema de coherencia con su interpretacin antes expuesta sobre la preferencia del marco de los grandes Estados nacionales como el ms adecuado para avanzar hacia la revolucin. Esa relativa tensin entre ambos ejes quedaba ya reflejada en prrafos del Manifiesto Comunista que han sido y siguen siendo polmicos, como es el caso del siguiente: Los obreros no tienen patria. No se les puede arrebatar lo que no tienen. Puesto que el proletariado debe en primer lugar conquistar el poder poltico, elevarse a la condicin de clase nacional, constituirse en nacin, todava es nacional, aunque de ninguna manera en el sentido burgus (...). En la misma medida en que sea abolida la explotacin de un individuo por otro, ser abolida la explotacin de una nacin por otra (Marx y Engels, 1997: 50)  3/ .

Ese internacionalismo se enfrenta, por tanto, al de la burguesa pero tiene en cuenta las ventajas que le ofrece el desarrollo de sta en los pases civilizados para allanar el camino hacia la desaparicin de los antagonismos nacionales, segn los autores de este histrico documento, escrito en vsperas de las revoluciones que recorren Europa durante 1848 y 1849.

La aspiracin a convertir al movimiento obrero en la sexta potencia es patente tras la crisis de la Santa Alianza a raz de la guerra de Crimea y se expresar con rotundidad en el Manifiesto Inaugural de la Asociacin Internacional de Trabajadores, publicado en 1864 y redactado por Marx. En l se proclama el deber de los trabajadores de iniciarse en los misterios de la poltica internacional, de vigilar la actividad diplomtica de sus gobiernos respectivos, de combatirla en caso necesario, por todos los medios de que dispongan; y cuando no se pueda impedir, unirse para lanzar una protesta comn y reivindicar que las sencillas leyes de la moral y de la justicia, que deben presidir las relaciones entre los individuos, sean las leyes supremas de las relaciones entre las naciones.

Sin embargo, en el perodo que transcurre desde 1848 hasta 1864 la visin que mantienen sobre los distintos Estados nacionales europeos no estar exenta de ambigedades y contradicciones. As, su distincin entre naciones civilizadas y brbaras, o con historia y sin historia, heredada de Hegel, les lleva a poner en primer plano la lucha contra el zarismo ruso, considerado el bastin de la reaccin europea: en cualquier conflicto en el que est comprometido este rgimen, la razn estar, segn ellos, en la parte adversaria. Esa misma divisin entre aquellas naciones que tienen derecho a constituirse en Estados y las que, como las eslavas (frente al paneslavismo democrtico que sostiene Mijail Bakunin), no lo tienen, les conduce a justificar las guerras de las grandes potencias contra las pequeas, con dos excepciones importantes: Irlanda y Polonia  4/ .

De esta forma se va sistematizando una teora marxista sobre las guerras justas. En primer lugar, lo seran aqullas a las cuales se obliga a un pueblo en virtud de la opresin interna y la invasin externa; en segundo lugar, las de las naciones revolucionarias frente a las contrarrevolucionarias, sobre todo si detrs de ellas se encuentra el zarismo ruso. A partir de ah, las guerras defensivas seran justificables pero no las ofensivas, ni siquiera cuando fueran emprendidas por un proletariado triunfante. En cualquier caso, introducen un criterio importante: la existencia de una causa justa en la guerra de una nacin civilizada no significa que el partido obrero deba identificarse con el gobierno de su propio pas y cerrar filas con l. Podemos verificar todo esto con algunos ejemplos.

En sus artculos de juventud en la Neue Rheinische Zeitung tanto Marx como Engels llegan a sostener la necesidad de una guerra popular alemana contra Rusia, al igual que el derecho a la dominacin de los alemanes y hngaros sobre los pueblos eslavos del sur. El mismo hilo conductor de civilizados contra brbaros sirve de argumento a Engels para su apoyo a la guerra de Alemania por la anexin de Schleswig frente a Dinamarca en 1848.

La conviccin fuertemente arraigada en ellos de que un Estado nacional consolidado tampoco debe entorpecer el proceso de formacin de otros similares civilizados les lleva, sin embargo, a mostrarse contrarios a una intervencin extranjera en casos como los de Espaa e Italia. En el primero Marx considera, sin embargo, que en ninguna parte como en ese pas se refleja con tal intensidad el fenmeno de la impronta de la regeneracin mezclada con la de la reaccin (Marx y Engels, 1970: 80), inherente a todas las guerras por la independencia contra Francia; mientras que en el segundo, con ocasin de la guerra de 1859, se muestra favorable a la colaboracin militar alemana con Italia frente a Francia por el temor a la hiptesis de una alianza de este pas con Rusia.

Irlanda y Polonia constituyen, en cambio, situaciones especiales, bien por relaciones de dependencia colonial, bien por estar bajo la ocupacin de otros pases. Por eso ambos casos son objeto constante de preocupacin y denuncia desde el ala marxista de la AIT. Respecto a la primera son muchos los escritos de ambos fundadores del marxismo, siempre guiados por su conviccin de que la transformacin de la unin forzosa (es decir, la esclavitud de Irlanda) en una confederacin libre e igualitaria, si ello es posible, o la obtencin por la fuerza de la separacin total, si es necesario, constituyen una condicin previa para la emancipacin de la clase obrera inglesa (los subrayados son de Marx) (Marx y Engels, 1979: 199). En cuanto a la segunda, el mantenimiento de su particin es visto precisamente el vnculo que siempre vuelve a juntar a la Santa Alianza, y por eso Polonia es clave para el futuro de la revolucin europea. Engels sostendr en 1882 que dos naciones de Europa no slo tienen el derecho, sino el deber de ser nacionales antes que internacionales: los irlandeses y los polacos. Justamente stos son internacionales al mximo cuando son bien nacionales. Los polacos lo comprendieron en todas las crisis y lo probaron en todos los campos de batalla revolucionarios (Marx y Engels, 1979: 344).

Vemos, por consiguiente, que hay una visin relativamente flexible de las guerras y los conflictos que van surgiendo, reveladora de que su internacionalismo no es indiferente a los problemas que se ventilan en cada uno de ellos y a su valoracin de cul de los actores principales contribuye a avanzar por el lado bueno de la historia; pero ese enfoque se halla condicionado por la distincin heredada de Hegel entre naciones con o sin historia, o revolucionarias y contrarrevolucionarias, que ira cada vez entrando en mayores contradicciones, como suceda con el caso irlands, ya que, como recuerda Rosdolsky (1981: 105), se trataba de un pueblo que durante la gran revolucin inglesa actu tan contrarrevolucionariamente como los galicos escoceses y, por consiguiente (segn la tesis engelsiana), habra debido de seguir siendo contrarrevolucionario hasta el fin de su vida....

Del mismo modo, la distincin entre naciones civilizadas y atrasadas, combinada con su anlisis de la expansin del capitalismo a otras zonas del planeta como un proceso contradictorio, lleno de violencia pero al mismo tiempo inevitable para crear las condiciones necesarias a la configuracin de una nueva estructura de clases, refleja que la gran contradiccin en el pensamiento de Marx respecto a los pases no europeos es la que opone su eurocentrismo bastante limitado en el plano cultural y su visin ecumnica en el plano estratgico (Schram y Carrre dEncausse, 1975: 17). Esto no impide su denuncia de las torturas en India o de la represin en China cometidas por el ejrcito britnico e incluso sus exageradas esperanzas en las revueltas que se producen en China a mediados del siglo XIX  5/ ; o su apoyo a las primeras protestas en Argelia contra la colonizacin francesa; en cambio, no tuvo reparos en apoyar la anexin de territorios mexicanos por Estados Unidos, cayendo adems en este caso en errores histricos graves  6/ . Con todo, a partir de 1856-1857 se ir comprobando la superacin de aquella distincin entre Occidente y el resto, especialmente en sus escritos sobre China, India y Rusia, para pasar a desarrollar una verdadera teora plurilineal de la historia (Anderson, 2012).

El desenlace de la Guerra de Secesin norteamericana, considerado por ellos como el nico acontecimiento grandioso de la historia contempornea, marca el anuncio de la era de la dominacin de la clase obrera y, por tanto, la tendencia al final de las guerras entre naciones civilizadas ante la amenaza comn del movimiento obrero. No es casual que la actitud mostrada por Marx ante las propuestas de la Liga por la Paz y la Libertad (como veremos en el siguiente apartado) sea muy hostil, ya que parte en realidad de que no es necesaria una lucha especfica por la paz que sea distinta de la que ha de llevar la clase obrera por la revolucin.

Sin embargo, la guerra franco-prusiana de 1870-71 vuelve a poner a prueba los criterios antes expuestos y su optimismo histrico. En un primer momento, Marx y Engels se ven obligados a aceptar la existencia de una causa justificada por parte de su pas, ya que ste se haba visto arrastrado por Napolen a una guerra en la que se ventilaba su existencia nacional. Ese punto de vista es asumido por la AIT en el Manifiesto del Consejo General de julio de 1870, redactado por el propio Marx. En l, pese a ello, se denuncia la corresponsabilidad que en su desencadenamiento tiene el canciller Bismarck y se manifiesta, una vez ms, el temor a que se aproveche de ese conflicto el zarismo ruso. Por eso, sostiene Marx, la tarea de la clase obrera alemana consiste en hacer todo lo posible para evitar que la guerra degenere en un conflicto contra el pueblo francs y en oponerse a cualquier alianza del canciller con el zarismo ruso. Aplican, por tanto, el criterio de apoyar una guerra que consideran defensiva pero al mismo tiempo propugnan la necesaria actividad internacionalista de la AIT que, efectivamente, llevan a cabo luego mediante un intercambio de mensajes de paz entre obreros franceses y alemanes; esta iniciativa revela, adems, a los ojos de Marx, que est surgiendo una sociedad nueva, cuyo principio de poltica internacional ser la paz porque el gobernante nacional ser el mismo en todos los pases: el trabajo (Marx y Engels, 1981: 205).

La proclamacin de la Repblica, primero, la Comuna de Pars despus y el intento alemn de anexionarse Alsacia y Lorena vienen a modificar radicalmente el sentido de esa guerra, llevndoles a apoyar al movimiento insurreccional francs y a cesar el apoyo crtico a Alemania. De las lecciones que extraen sobre la derrota de la Comuna y de la represin que se desencadena contra el movimiento obrero y la AIT deducen que se est confirmando el cambio de poca que, segn ellos, se est abriendo: La empresa ms heroica que an puede acometer la vieja sociedad es la guerra nacional. Y ahora viene a demostrarse que esto no es ms que una aagaza de los gobiernos destinada a aplazar la lucha de clases, y de la que se prescinde tan pronto como esta lucha estalle en forma de guerra civil. La dominacin de clase ya no se puede disfrazar bajo el uniforme nacional; todos los gobiernos son uno slo contra el proletariado (Marx y Engels, 1981: 254).

La visin de las guerras nacionales como mera aagaza de los gobiernos destinada a aplazar la lucha de clases, aun siendo una de las razones por las que actan stos, se mostrar no obstante insuficiente para entender los conflictos interimperialistas en los que irn entrando las grandes potencias y que estallarn en 1914. Pero s hay un aspecto que conviene subrayar ahora: el precedente de la actividad internacionalista de la AIT durante esa guerra les permite explicar los lmites que cabe establecer a las formas nacionales de la lucha obrera. La Crtica del programa de Gotha, escrita por Marx en 1875, viene precisamente a alertar a la socialdemocracia alemana ante la confusin existente en sus filas respecto a la actitud a mantener ante el Estado nacional. Segn Marx, no hay que olvidar cul es la situacin del Imperio alemn dentro del mercado mundial y del sistema de estados que se est conformando; todo ello obliga a definir mejor las funciones internacionales de la clase obrera alemana, completamente ausentes, en su opinin, del programa en cuestin: as, frente a la frmula que en l aparece de buscar la fraternizacin internacional de los pueblos, propone promover la fraternidad internacional de las clases obreras en su lucha comn contra las clases dominantes y sus gobiernos, queriendo as evitar toda ambigedad sobre la necesidad de la independencia poltica del movimiento obrero internacional.

Pero de nuevo la intensidad de la competencia econmica, poltica y militar en Europa obliga a acompaar esa aspiracin con la necesidad de hacer frente a las nuevas tendencias hacia la guerra absoluta que se anuncian. Junto al enorme gasto militar que esto supone, la instauracin del servicio militar obligatorio aparece dentro de ese clima, para Engels, como un instrumento esperanzador, tal como defiende en Anti-Dhring: La concurrencia de los diversos estados entre s les obliga a utilizar cada ao ms dinero para el ejrcito, la escuadra, la artillera, etc., es decir, a acelerar cada vez ms la catstrofe financiera; y, por otra parte, a realizar cada vez ms en serio el servicio militar obligatorio y, con ello, a familiarizar al pueblo entero con el uso de las armas, a capacitarlo para imponer en un determinado momento su voluntad contra el poder militar que l manda. Y ese momento se presenta en cuanto que la masa del pueblo trabajadores y campesinos de la ciudad y del campo- tengan una voluntad. En ese momento el ejrcito principesco se trasmuta en ejrcito popular; la mquina se niega a seguir sirviendo y el militarismo sucumbe por su propio desarrollo (Engels, 1968: 164). Un pronstico que, sin duda, subestimaba el papel que ira jugando el ejrcito en los aos posteriores como agente de socializacin de esos trabajadores y campesinos en torno a la necesidad de defender a la nacin respectiva por encima de sus intereses de clase y de su internacionalismo.

En la dcada de los 80 continuara esa guerra fra y Engels volvera a expresar en 1888 sus temores de que para Prusia-Alemania no hay posibilidad de hacer otra guerra que no sea la mundial. Y sera una guerra mundial de magnitud desconocida hasta ahora, de una potencia inusitada. De ocho a diez millones de soldados se aniquilaran mutuamente y, adems, se engullirn toda Europa, dejndola tan devastada como jams lo haban hecho las nubes de langosta (Engels, 1978: 286).

Esa especulacin sobre las hipotticas consecuencias de una guerra europea no modifica, sin embargo, la confianza en una pronta revolucin social que estallara fuera cual fuera el resultado de la misma. As, en el mismo escrito citado antes, dirigindose a los seores reyes y hombres de estado, les asegura: si desencadenis las fuerzas que no podris despus dominar, cualquiera que sea la forma que adopten los acontecimientos, al final de la tragedia quedaris convertidos en una ruina, y la victoria del proletariado ya habr sido conquistada o, de todos modos, ser inevitable.

Con la fundacin de la Segunda Internacional se heredan todas estas reflexiones. La guerra es vista como un producto fatal de las condiciones econmicas actuales que no desaparecer definitivamente ms que con la desaparicin misma del orden capitalista, con la emancipacin del trabajo y el triunfo internacional del socialismo. La confianza en que la historia seguir avanzando por el lado bueno se vera justificada tambin, en opinin de Engels, por los progresos que realiza el partido revolucionario ruso, como sostiene en 1890: Europa resbala con creciente velocidad como sobre un plano inclinado, de cara al abismo de una guerra mundial de extensin y violencia hasta ahora inauditas. Aqu slo puede dar la voz de alto una cosa: un cambio de sistema en Rusia. Que debe venir dentro de pocos aos, no puede caber duda alguna. Ojal que venga a tiempo, antes de que suceda lo, de otro modo, inevitable (Marx y Engels, 1980: 191).

En 1893 encontramos un nuevo acento pesimista en el continuador de la obra de Marx ante el refuerzo de las tendencias militaristas, lo que le lleva a sostener que el sistema de ejrcitos permanentes se ha desarrollado hasta tal punto en Europa que o bien arruinar la economa de los pueblos por culpa de los gastos militares, o bien degenerar en una guerra de aniquilamiento generalizada; todo ello agravado por una carrera de armamentos en la que cada estado grande trata de desbancar al otro en podero militar y belicosidad. Frente a ello, sus esperanzas en que el sufragio universal y el servicio militar obligatorio sean suficientes como medio de contencin se van debilitando y por primera vez introduce una serie de propuestas que van desde la reduccin generalizada por todos los gobiernos del servicio militar activo hasta iniciativas de desarme por parte de algn gobierno, en concreto, del alemn  7/ .

Pero ese temor a una guerra europea no cambia la conclusin que Engels haba extrado junto con Marx del resultado de la Guerra de Secesin norteamericana: frente a la amenaza del movimiento obrero y dejando aparte la utilidad econmica para el capitalismo de la carrera armamentista, no ve ya otro inters en ste y en los Estados que el de desviar a la clase obrera de su lucha.

3. La actitud ante el pacifismo

Despus de todo lo expuesto en los apartados anteriores, no es difcil adivinar cul es el comportamiento de Marx y Engels ante el pacifismo, con mayor razn si tenemos en cuenta que sus polmicas se desarrollan fundamentalmente con discursos que podemos incluir dentro de un liberalismo internacionalista.

En efecto, la Liga Internacional por la Paz y la Libertad es heredera de los ms antiguos proyectos de paz perpetua que han ido apareciendo a lo largo de la historia y que basan sus principales esperanzas en el logro de una federacin de los pueblos europeos. Aspira, adems, a agrupar en su seno a todas las corrientes de progreso que existen en Europa a mediados del siglo XIX. Por eso la AIT es invitada a participar en el Congreso que celebra la Liga en 1867.

La respuesta de Marx a esa iniciativa no se hace esperar y ste es un resumen del discurso que sobre esta cuestin pronuncia en el Consejo General de la AIT:

Durante el voto el ciudadano Marx llama la atencin sobre el Congreso por la Paz que ha de realizarse en Ginebra. Dice que sera deseable que el mayor nmero de delegados pueda asistir al Congreso a ttulo individual, pero que no sera aconsejable que participaran oficialmente en l como miembros de la Asociacin Internacional. El Congreso de la AIT es por s mismo un congreso por la paz, puesto que la unin de la clase obrera de los diferentes pases tiene que hacer finalmente imposibles las guerras entre naciones. Si los promotores del Congreso por la Paz en Ginebra hubieran comprendido el problema, habran debido afiliarse a la Asociacin Internacional.

El aumento actual de los grandes ejrcitos europeos ha sido provocado por la revolucin de 1848; los grandes ejrcitos permanentes son el resultado necesario de la situacin actual de la sociedad. No son mantenidos para hacer la guerra en el exterior sino para mantener sometida a la clase obrera. Pero, como no siempre hay barricadas que bombardear y trabajadores a los que ametrallar, es a veces posible fomentar querellas internacionales para mantener a los soldados en buena forma. Sin duda, el partido de la paz a cualquier precio se mostrar muy fuerte en el Congreso. Ese partido dejara gustosamente a Rusia sola en posesin de los medios para hacer la guerra al resto de Europa, cuando la existencia misma de una potencia como Rusia bastara para que todos los dems pases mantuvieran intactos sus ejrcitos  8/ .

En esa intervencin aparecen algunas de las ideas centrales comentadas antes. En primer lugar, la visin de los ejrcitos permanentes y de su crecimiento por razones casi exclusivamente internas (si dejamos aparte la amenaza rusa), as como la reduccin (en contraste con otros anlisis suyos) de la competencia entre los Estados a querellas internacionales para mantener a los soldados en buena forma. En segundo lugar, la reafirmacin del internacionalismo obrero y su revolucin social como nica solucin a las guerras, por lo que Marx considera innecesaria la construccin de organizaciones que se dediquen exclusivamente a la lucha por la paz. Por ltimo, la crtica a la incomprensin por parte de los pacifistas de la Liga de la funcin reaccionaria internacional que ejerce el zarismo ruso.

Esas son las razones que impiden una colaboracin con el pacifismo liberal, en opinin de Marx. Pero su posicin es minoritaria dentro de la AIT, la cual decide acudir a la reunin de la Liga a condicin de que sta se comprometa a asumir la voluntad de transformacin de la sociedad como garanta de paz. Sin embargo, ese intento de acercamiento no tiene xito, como tampoco lo logra Bakunin en el siguiente Congreso de la Liga cuando solicita a sta que acepte una declaracin que sostenga que sin la justicia, la libertad y la paz no son realizables.

Pero desde mediados del siglo XIX otro tipo de pacifismo, el que tiene un contenido social, se va abriendo camino dentro de la AIT y, ms tarde, en la Segunda Internacional. Los debates en el Congreso de 1868 son ya un buen ejemplo: la aprobacin de una resolucin que propone la convocatoria de una Huelga General en caso de guerra entre Estados europeos (recomienda sobre todo a los trabajadores que dejen todo trabajo cuando llegue a estallar una guerra en sus respectivos pases y asegura que cuenta mucho con el espritu de solidaridad que anima a los trabajadores de todos los pases para esperar que no faltar su apoyo en esta guerra de los pueblos contra la guerra) es una muestra de que un nuevo antimilitarismo est surgiendo en el movimiento obrero. Con esta corriente tambin Marx y Engels tienen fuertes polmicas: el problema de la determinacin de las causas de las guerras en el capitalismo, la confianza o no en la educacin y la objecin al servicio militar como medios para luchar contra las guerras, as como los debates sobre la conveniencia o no de la huelga general son cuestiones controvertidas sobre las que no llegan a ponerse de acuerdo.

Diferencias con una corriente antimilitarista similar se reproducen dentro de la Segunda Internacional, ya desde sus primeros Congresos. Esa organizacin, proclamada el verdadero y nico partido de la paz, adopta en su Congreso de Zurich en 1893 una resolucin en la que se pide a los parlamentarios de todos los partidos obreros que voten en contra de los gastos militares gubernamentales. Pero esta medida no parece suficiente a militantes como Ferdinand Domela Nieuwenhuis, antiguo pastor protestante influido por Tolstoi, quien insiste en denunciar la penetracin del nacionalismo y del militarismo dentro de la Internacional, reivindica la vigencia de la Resolucin de 1868 de la AIT y exige un pronunciamiento a favor de una huelga general, que debera extenderse adems a los reservistas y a las mujeres. La respuesta de Plejanov a su discurso expresa, sin embargo, la opinin mayoritaria de la Internacional: una huelga en tiempo de guerra es utpica porque hace falta fuerza, mucha fuerza, hace falta que los ejrcitos obedezcan a la voz de la democracia socialista; y, adems, la propuesta de poner en prctica esa medida sera reaccionaria, ya que no sera aplicable en Rusia y, por tanto, favorecera al zarismo (Pastor, 1991).

Se ira confirmando as la tendencia al predominio de un fatalismo optimista, representado principalmente por Kautsky, que no llegar a verse contrarrestado por las diferentes posiciones que en los siguientes Congresos de la Segunda Internacional irn defendiendo Karl Liebknecht y Rosa Luxemburg en Alemania, Jean Jaurs en Francia o Lenin y Trotsky en Rusia, todas ellas alertando sobre al carcter imperialista de la guerra que se acerca e insistiendo en la necesidad de una movilizacin para impedirla.

4. Violencia y revolucin social

La concepcin materialista de la historia y de la funcin de la violencia y de las guerras en ella conduce lgicamente a Marx y Engels a considerar que tambin stas pueden contribuir al advenimiento de una nueva sociedad convirtindose en un mal necesario. En este sentido la interpretacin del Estado que se ha expuesto sucintamente, a travs de distintos trabajos, en los anteriores apartados, implica la necesidad de concebir la revolucin como un acto de fuerza. La conclusin del Manifiesto Comunista es suficientemente rotunda: Los comunistas consideran indigno ocultar sus ideas e intenciones. Proclaman abiertamente que sus objetivos slo pueden ser alcanzados derrocando por la violencia todo el orden social existente. Las clases dominantes pueden temblar ante una revolucin comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella ms que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que ganar.

Esta tesis fue extrada con mayor fundamentacin tras la experiencia de la derrota de la Comuna de Pars en 1871 cuando Marx ve confirmado en La Guerra Civil en Francia su anlisis de la naturaleza de clase del Estado y defiende la necesidad, por tanto, de destruirlo para emprender el camino hacia una sociedad en clases en cuyo marco el nuevo Estado-Comuna fuera extinguindose. Engels sostiene tambin, en un escrito publicado dos aos despus, que una revolucin es, indudablemente, la cosa ms autoritaria que existe; es el acto por medio del cual una parte de la poblacin impone su voluntad a la otra parte por medio de fusiles, bayonetas y caones, medios autoritarios si los hay; y el partido victorioso, si no quiere haber luchado en vano, tiene que mantener este dominio por medio del terror que sus armas inspiran a los reaccionarios (Marx y Engels, 1977: 400). Y en 1878 insiste: El seor Dhring no sabe una palabra de que la violencia desempea tambin otro papel en la historia, un papel revolucionario; de que, segn la palabra de Marx, es la comadrona de toda vieja sociedad que anda grvida de otra nueva; de que es el instrumento con el cual el movimiento social se impone y rompe formas polticas enrigidecidas y muertas (Engels, 1968: 177).

La importancia que daba a la dimensin prctica militar llev incluso al propio Engels a dedicarse muy tempranamente a esos asuntos, movido por el convencimiento de que, como escribi a Marx en 1851, no puedo hacer nada mejor que proseguir mis estudios militares hasta que al menos uno de los civiles pueda estar a la cabeza de ellos (los militares) en la teora  9/ . Esto se reflejara en su estudio de los pensadores militares clsicos y de su tiempo, destacando entre ellos Clausewitz, en su implicacin personal en la revolucin alemana de 1848-1849 y hasta en su elaboracin a fines de 1870 de un plan para el pueblo parisino que le permitiera rechazar la invasin alemana  10/ ; no en vano sera apodado el general por sus amigos. Marx tampoco le fue a la zaga, siendo buena prueba de ello sus escritos sobre Espaa revolucionaria en 1854 y Revolucin en Espaa en 1856, en donde encontramos amplios comentarios sobre la cuestin militar y las distintas etapas de la guerrilla  11/ .

Sus tesis sobre la necesidad de la revolucin como un acto de fuerza ya que sta es la que puede decidir cuando se enfrentan derechos formalmente iguales- no les impedan valorar los avances que se estaban produciendo a medida que se iba extendiendo el sufragio universal, o reconocer las posibilidades que se abran con los nuevos regmenes parlamentarios, como manifestaran expresamente en relacin con Gran Bretaa o como comprobara especialmente Engels en el caso alemn ante el ascenso electoral de la socialdemocracia alemana. Precisamente ste escribira en 1895 un prlogo a la obra de Marx Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850 que sera especialmente controvertido. En esa introduccin observa cmo las instituciones estatales en las que se organizaba la dominacin de la burguesa ofrecan nuevas posibilidades a la clase obrera para luchar contra estas mismas instituciones y cmo los viejos mtodos de lucha callejera de 1848 haban entrado en crisis frente a los distintos cambios que se estaban dando en la configuracin de las ciudades y de los ejrcitos: La poca de los ataques por sorpresa, de las revoluciones hechas por pequeas minoras conscientes a la cabeza de las masas inconscientes ha pasado. All donde se trate de una transformacin completa de la organizacin social tienen que intervenir directamente las masas, tienen que haber comprendido ya por s mismas de qu se trata, por qu dan su sangre y su vida. Esto nos lo ha enseado la historia de los ltimos cincuenta aos. Y para que las masas comprendan lo que hay que hacer, hace falta una labor larga y perseverante. Esta labor es la que estamos haciendo ahora, y con un xito que sume en la desesperacin a sus adversarios. Tras poner ejemplos de ese xito en distintos pases precisa, sin embargo: Huelga decir que no por ello nuestros camaradas extranjeros renuncian, ni mucho menos, a su derecho a la revolucin. No en vano el derecho a la revolucin es el nico derecho realmente histrico, el nico derecho en que descansan todos los Estados modernos sin excepcin... (subrayado en el original) (Marx y Engels, 1977: 201-205).

La publicacin mutilada de ese prlogo en la prensa del partido socialdemcrata alemn por Wilhelm Liebknecht provoc ya el malestar de Engels: segn ste, el dirigente alemn ha cogido de mi introduccin a los artculos de Marx sobre Francia 1848-1850 todo lo que ha podido servirle para apoyar la tctica a toda costa pacfica y anti-violenta que le gusta predicar desde hace algn tiempo, sobre todo en este momento en que preparan leyes coercitivas en Berln  12/ . En realidad, como sostiene Bo Gustafson, no tena nada de especialmente significativo que Engels predicase en 1895 la necesidad de aprovechar el parlamentarismo: ste era ya entonces un instrumento muy eficaz para los esfuerzos de la Socialdemocracia. El mensaje de Engels hubiese sido reformista si en l hubiese aconsejado a la Socialdemocracia que pusiese toda su confianza en el sistema parlamentario establecido. Pero Engels no hizo tal cosa. En la introduccin se lea, ciertamente, que la clase obrera tena que dirigirse a la meta a travs de una spera guerra de posiciones. Pero con ello slo se pona de relieve que la victoria no se poda obtener de un solo gran golpe (Gustafsson, 1975: 85)  13/ . De cualquier forma, ese testamento del compaero y amigo de Marx se convertira en objeto de disputas dentro de la socialdemocracia alemana sobre la conveniencia o no de la revolucin, y de la violencia, para avanzar hacia el socialismo.

5. Algunos apuntes finales

Del estudio que hemos hecho a lo largo de las reflexiones y las sucesivas tomas de posicin de Marx y Engels sobre los principales problemas de su tiempo se puede encontrar un hilo conductor: el de la progresiva elaboracin de una concepcin materialista de la historia y de los Estados que recuerda los orgenes violentos del capitalismo y, a la vez, manifiesta su conviccin de la necesidad y la posibilidad- de la revolucin, a medida que el desarrollo de las fuerzas de produccin entre en contradiccin con las relaciones capitalistas de produccin, como nico camino para acabar con las guerras. En ese sentido, la violencia aparece como partera de la historia y como el medio con el cual el nuevo movimiento obrero tambin tiene que contar para sentar las bases de una nueva sociedad.

Pero su distincin de origen hegeliano entre naciones con historia y sin historia, entre civilizadas y brbaras y su visin progresista del proceso de construccin de grandes Estados nacionales civilizados como el marco ms adecuado para el avance de la clase trabajadora aparecen tambin como un criterio tctico fundamental a la hora de tomar posicin respecto a las guerras y conflictos que van surgiendo entre los distintos Estados y pueblos.

Sin embargo, en la medida que en esas guerras y conflictos emerja el movimiento obrero de forma autnoma, como se ve ya en 1848 y, sobre todo, en la Comuna de Pars de 1871, o irrumpan pueblos colonizados u ocupados, como Irlanda y Polonia primero y, luego, las revueltas en Asia o Africa, Marx y Engels -salvo excepciones como su actitud ya mencionada ante los conflictos entre Mxico y Estados Unidos de Amrica- irn superando lo que algunos han definido como eurocentrismo (que inclua, como hemos visto, rusofobia) y tratarn de aplicar consecuentemente, a raz sobre todo de la experiencia de la historia irlandesa y de sus efectos negativos en el proletariado ingls, la leccin de lo desastroso que es para una nacin el haber subyugado a otra nacin 14/ .

Su concepcin de la guerra justa aspira a ir articulando as lo nacional y lo internacional pero siempre aspirando a convertir al movimiento obrero en una nueva potencia independiente de los gobiernos y los Estados, como hemos podido ver en los debates suscitados dentro de la AIT y, luego, la Segunda Internacional. No obstante, para ellos la lucha por la paz tiene que ir dirigida contra el capitalismo como tal y, por tanto, estar subordinada a la lucha por la revolucin y el socialismo; por eso no ven, frente a lo que propone la Liga por la Paz y la Libertad, la necesidad de un movimiento especfico por la paz, entendida como mera ausencia de guerras sin denunciar que sus causas estn en el capitalismo. Esta posicin ser matizada posteriormente por Engels a medida que se van acelerando los preparativos para una guerra europea, pero siempre confiando en que la revolucin pueda llegar antes de que sta pueda producirse. Por eso tampoco l ve la necesidad, frente a posiciones como la de Domela Nieuwenhuis, de una lucha especfica contra la guerra mediante una huelga general; una postura que, sin embargo, se ver rectificada en el Congreso de Stuttgart de la Segunda Internacional en 1907  15/ .

Finalmente, su idea de la violencia como partera de la historia tambin es aplicable a la revolucin necesaria para la destruccin del Estado y la creacin de una sociedad sin clases. Esto les lleva incluso a preocuparse por las cuestiones militares y a estudiar de cerca las experiencias insurreccionales de su tiempo. Pero tampoco les impide reconocer las posibilidades que se abren al movimiento obrero mediante la extensin del sufragio universal e incluso la funcin contradictoria que puede tener el servicio militar obligatorio; sin renunciar, eso s, al derecho a la revolucin frente a la resistencia que puedan oponer la burguesa y su Estado.

Como conclusin de este recorrido, podemos coincidir con Paco Fernndez Buey (2000: 164) cuando resume el punto de vista clasista que se desprende del cuerpo terico fundamental marxista en los trminos siguientes:

Cuando se dice que la violencia es la comadrona de la historia conviene precisar: lo es en aquellas sociedades que estn preadas ya de lo nuevo, que llevan en su seno un nuevo mundo; si no hay preez, el discurso terico y la discusin sobre la violencia social salen sobrando. Y en todo caso, el reconocimiento del papel de la violencia en la historia no incluye, para esta concepcin, la justificacin de la violencia individual con fines polticos, ni lo que se puede llamar terrorismo individual, ni la justificacin de la pena de muerte, ni tampoco la justificacin en abstracto de las guerras.

Este texto ha sido presentado en el Congreso Pensar con Marx hoy, celebrado en Madrid del 2 al 6 de octubre de 2018, en el grupo de trabajo Marx, la geopoltica y el imperialismo. Es una nueva versin del captulo titulado Marx y Engels. La violencia, partera de la historia, publicado en el libro Paz para la paz. Prolegmenos a una filosofa contempornea sobre la guerra, de Fernando Quesada (coord.), Ed. Horsori, Barcelona, 2014.

Notas

1/ Recordemos su famosa sentencia: Entre derechos iguales decide la fuerza (Marx, 1984: 282). Vase tambin Bensad (2009) para su relacin con el debate contemporneo sobre la violencia.

2/ Carta de Marx a Engels de 25 de septiembre de 1857 (disponible en http://es.wikisource.org/wiki/Carta_de_Marx_a_Engels_(25_de_setiembre_de_1857 )

3/ Para un comentario de las distintas interpretaciones de frases como la citada: Rosdolsky (1992).

4/ Rosdolsky (1981) ofrece uno de los mejores estudios crticos de estas tesis. En relacin con este debate entre Marx y Engels, por un lado, y Bakunin, por otro, parece acertado el juicio de Francisco Fernndez Buey (1984: 114) cuando considera que se trataba de una polmica entre dos idearios revolucionarios nacientes que, en ambos casos, apuntaban hacia una concepcin internacionalista de la revolucin sin poder superar todava el peso de las propias tradiciones nacionales.

5/ Marx llega a afirmar en 1853, ante el eco de la rebelin china, que se puede augurar sin temor que la revolucin china echar la chispa en la mina, presta a estallar, del presente sistema industrial y desencadenar la crisis general que hace tiempo se vena acumulando, la cual, cuando se propague al extranjero, ser seguida inmediatamente de revoluciones polticas en el continente. Marx. K., Sobre el colonialismo. Pasado y Presente: Crdoba, 1973, 7-9.

6/ Como tambin recuerda Rosdolsky (1981: 139), los inmigrantes de los Estados Unidos que en 1836 se alzaron en Texas contra Mxico eran plantadores y propietarios de esclavos negros, y la principalsima razn de su alzamiento consisti en que en Mxico haba sido abolida la trata de esclavos en 1829. (Por la misma razn la anexin de Texas en 1845 pudo imponerse tambin en el Congreso norteamericano).

7/ Si esa iniciativa fuera tomada por Alemania, sta aparecera como impulsora de la paz sin ningn lugar a dudas. Se declarara a ir por delante en el camino del rearme, como corresponde por derecho al pas que dio la seal de salida de la carrera del rearme (traducido de Engels, F., Kann Europe abrsten?, Marx-Engels Werke. Dietz Verlag: Berln, 1977, Vol. 22, 371.

8/ Procs-Verbaux du Conseil Gnral , Le Conseil Gnral de la Premire Internationale. Progrs : Mosc, 1973, 125-126.

9/ Correspondance Karl Marx-Friedrich Engels. A. Costes: Pars, 1948, 123-124. Citado por Clemente Ancona (1979: 11).

10/ Gustav Mayer (1979: 560) recuerda que en sus papeles pstumos se encontr un borrador de dicho plan

11/ Existe una antologa ms completa de los trabajos de Marx y Engels en castellano en Escritos sobre Espaa (estudio preliminar de Pedro Ribas). Trotta: Madrid, 1998.

12/ Carta de Engels a Paul Lafargue, 3 de abril de 1895, Correspondance Engels-Paul et Laura Lafargue. Editions Sociales, Pars, 1959, Tomo III, 404.

13/

14/ Engels a Marx, 24 de octubre de 1869, en Marx y Engels, 1979:174.

15/ Desarroll un anlisis de los posteriores debates dentro de la Segunda y la Tercera Internacional sobre estas materias en el captulo IV de Guerra, paz y sistema de Estados, , Ediciones libertarias, 1990.


Bibliografa

Ancona, C. (1979): La influencia de De la Guerra de Clausewitz en el pensamiento marxista, en VV.AA., Clausewitz en el pensamiento marxista, Pasado y Presente, Mxico, 7-38.

Anderson, K. (2012): Marx en torno al nacionalismo, la etnicidad y las sociedades occidentales, Viento Sur, 25/07. Disponible en www.vientosur.info/spip.php?article6987 . Revisado el 20 de septiembre de 2017.

Bensad, D. (2009) Una violencia regulada estratgicamente, Viento Sur, 104, pp. 84-90.

Engels, F. (1968): Anti-Dhring, Grijalbo, Mxico.

Engels, F. (1978) Introduccin al folleto de Borkheim En memoria de los furibundos patriotas de 1806-1807, Temas militares, Akal, Madrid.

Engels, F. (1981) Introduccin para la edicin de 1895 a Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850, Obras escogidas, Tomo I, Progreso, Mosc.

Fernndez Buey, F. (1984) Evolucin de las opiniones de Karl Marx sobre Rusia (I), mientras tanto, 19, pp. 101-135.

Fernndez Buey, F. (2000): tica y Filosofa Poltica, Bellaterra, Barcelona.

Gallie, W.B. (1980): Marx y Engels: la revolucin y la guerra, cap. IV de W. B. Gallie, Filsofos de la paz y de la guerra, FCE, Mxico.

Gustafsson, Bo (1975): Marxismo y revisionismo, Grijalbo, Mxico.

Marx, K. (1978): Lneas fundamentales de la crtica de la economa poltica (Grundrisse), OME, Tomo 21, Grijalbo, Barcelona-Mxico.

Marx, K. (1984) El capital. Libro Primero, El proceso de produccin del capital, Tomo I, Vol. 1. Siglo XXI, Mxico-Madrid.

Marx, K. (1998): El capital. Libro Primero, El proceso de produccin del capital, Tomo I, Vol. 3, Siglo XXI, Mxico-Madrid.

Marx, K. y Engels, F. (1997): Manifiesto Comunista (Prlogo de F. Fernndez Buey), El viejo topo, Barcelona.

Marx K. y Engels, F. (1970): Revolucin en Espaa (Prlogo de M. Sacristn). Ariel, Barcelona.

Marx, K. y Engels, F. (1979): Imperio y colonia. Escritos sobre Irlanda, Pasado y Presente, Buenos Aires.

Marx, K. y Engels, F. (1980): Escritos sobre Rusia. I. Historia diplomtica secreta del siglo XVIII, Pasado y Presente, Buenos Aires.

Mayer, G. (1979) Friedrich Engels. Biografa, FCE, Mxico.

Pastor, J. (1991): El antimilitarismo en los orgenes del movimiento obrero. Domela Niewenhuis, Archipilago, 7, pp. 40-44.

Rosdolski, R. (1981): El problema de los pueblos sin historia, Fontamara, Barcelona.

Rosdolski, R. (1992) Trabajadores y patrias: una lectura del Manifiesto Comunista,

Viento Sur, 3, pp. 77-83.

Schram, S. y Carrre dEncausse, H. (1975): El marxismo y Asia, Siglo XXI, Buenos Aires.

Fuente: https://vientosur.info/spip.php?article14231

 



Envía esta noticia
Compartir esta noticia: delicious  digg  meneame twitter