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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 20-10-2018

La casa grande: Estamos derrotados?

Luis Carlos Muoz Sarmiento
Rebelin


Y as el Odio est condenado a la suerte lamentable de no poder dormirse jams bajo la mesa.

CHARLES BAUDELAIRE

Ninguna gran idea merece un cadver.

HCTOR ROJAS HERAZO

Si un poltico te da la mano, cuenta despus tus dedos.

ALEJANDRO JODOROWSKY


II Video-conferencia del Ciclo Literatura y Violencia en el Gimnasio Moderno, de Bogot (17/oct/2018) Diseo y elaboracin del afiche: Santiago Muoz Calvo

Al lado de Marea de ratas, de Arturo Echeverri, La casa grande (1962), del autor costeo lvaro Cepeda, constituye uno de los aciertos literarios, desde la sorpresa y la conmocin, en el camino a superar la esttica de la violencia visceral. Y a la vez a esclarecer las causas de esta que no poco tienen que ver con las arbitrariedades de la justicia: la que conden a sobrevivientes de la Masacre de las Bananeras, a penas de entre 2/25 y 51 aos de presidio. No olvidar que detrs de su obra est la que, tras El Quijote, se considera la ms importante en castellano: Cien aos de soledad, cuya primera versin se titulaba La casa de los Buenda. Adicionalmente, La casa contiene una lcida reflexin sobre el reverso del amor, el odio, el mismo que parece ser la Nmesis sempiterna y ancestral de los colombianos, hasta tanto sus gobernantes entiendan que la nica manera de superar el conflicto que nos mata es considerar a sus oponentes como iguales; que los muertos, un muerto, s son importantes y no, como dijo el historiador Gonzalo Snchez, que a estas alturas Ya no importa cuntos fueron los muertos en la Masacre de las Bananeras (1). No. Ni a estas alturas ni al nivel del mar: a cualquier altura los muertos son importantes Un asesinado no es un muerto, sino una vida que se ech a perder por negligencia, mala fe o error, un lamentable e irreparable error, que alguien debera explicar, no llanamente archivar en los macabros stanos de una fiscala ni menos en las fras/inhumanas estadsticas de un Estado arbitrario e irresponsable.

Estado para el cual los falsos positivos fueron, segn su santo ministro de defensa, un caso aislado: uno de los 2.500 casos aislados que invirtieron en las pirmides, dira Osuna (2); uno de los quince mil casos aislados de jvenes vctimas de engao, represin, ignominia, que se pueden contar en el pas, sin olvidar el genocidio de los paramilitares. El que por una de las torcidas y usuales jugadas del Mesas se pretendi disipar entre las brumas del narcotrfico, convirtiendo un hecho de lesa humanidad en un vulgar asunto econmico, con lo cual intenta negar sus vnculos con quienes lo ayudaron a subir en 2002 y limpiar una hoja de vida que tan bien recre en Ciertas yerbas del pantano un valiente periodista asesinado allende las fronteras (3). As, aunque Gonzalo Snchez diga que Garca Mrquez sac la Masacre de las Bananeras del mbito histrico y la puso, a travs de la literatura, en un universo simblico; que ya no importa si fueron 100, 200 o tres mil los muertos Simplemente fueron muchos y ninguna demostracin factual podr borrar esa imagen; y aunque diga: Queda claro que cuando la violencia sobrepasa ciertos umbrales la cuantificacin no importa, nadie podra ignorar que el nmero s es importante; y que ms que Garca Mrquez fue Cepeda Samudio quien mejor recre la Masacre desvirtuando lo desvirtuado: las historias de Henao y Arrubla y del Hno. Justo Ramn, en las cuales muchos jvenes pretendieron aprender (y aprendieron mal) la historia de un pas y en particular la de un caso no aislado que llev a la muerte a ms de tres mil personas y a la crcel a cientos de obreros, cuyo nico pecado, eso s, era trabajar para, eso s, una empresa fantasma: la United Fruit Company (UFC).

El escritor Roberto Montes, tambin costeo no se trata de un cachaco resentidorecuerda algo que va ms all de lo siguiente: La publicacin en francs en 1984 de La casa grande, traducida por Jacques Gilard con el ttulo de La matre de la Gabriele, situ a su autor, lvaro Cepeda, como padre del boom latinoamericano. Si esto fuera poco, sugiere que la obra del Nobel es hija de aquella otra menuda aunque portentosa: El crtico de L'Express, Patrick Thvenon, dijo en su artculo, Pap lvaro y sus hijos: Saba usted que la literatura latinoamericana tena un padre y que ste la engendr en 1962? (4) En franca parodia, sera lcito aqu modificar la pregunta: Saba usted, seor Garca M., que la novela Cien aos de soledad tiene un padre y que este la engendr en 1962? Saba que adicionalmente su obra cumbre tiene dos tos: Cosme (1927), la pera prima de Jos Flix Fuenmayor, y Respirando el verano (1962), novela seminal de Hctor Rojas Herazo?

La ficcin del primero, padre de Alfonso, es tan importante dentro de la tradicin costea que Cepeda al referirse a los miembros de La Cueva dijo una vez: Todos venimos del viejo Fuenmayor, como aparece en el prlogo a Cosme, precisamente (5). O, como asevera Germn Vargas: Todo giraba en torno al gran escritor cataln Ramn Vinyes, el sabio cataln de Cien aos de soledad (6) Ahora, segn el propio Gabo, fue el pintor, poeta y narrador Rojas Herazo, su profesor de dibujo en el Colegio de San Jos, de Barranquilla, quien por primera vez le habl, en mayo/48, sobre Germn Vargas, lvaro Cepeda y Alfonso Fuenmayor. stos, habitantes de una Cueva que por manes del rumor y de la necesidad humana de crear mitos, dieron sin querer nombre al Grupo de Barranquilla, el que para Gabo fue invento de comentaristas y crticos, que tienden a sistematizar las cosas para poder explicarlas. (7)

Para Garca Mrquez La casa grande constituye un ejemplo magnfico de cmo un escritor puede sortear honradamente la inmensa cantidad de basura retrica y demaggica que se interpone entre la indignacin y la nostalgia. La nouvelle, pues parece ms un relato largo que una novela, de Cepeda puede verse tambin como un fresco literario cuya dedicatoria reza Para Alejandro Obregn, a porcentajes iguales entre arte figurativo y abstracto. En efecto, desde el I cap., Los soldados, las imgenes que suscita en el lector a travs de aquellos seres, annimos, que se comunican en un lenguaje lacnico, aunque muy eficaz, son tan ntidas y aplastantes como los grabados y las composiciones histricas ms conocidos de Goya acerca de la invasin napolenica: los primeros pertenecientes a la serie Los desastres de la guerra (1810/14); las segundas, a la de Los fusilamientos del 3/may. Sin embargo, no es fcil enfrentarse a la alternancia entre las voces concretas de los soldados, y la abstracta y distante del narrador.

Tampoco debe olvidarse la relacin entre La casa grande y otros textos de los que sin duda ha partido o tomado como referencia: la tragedia de Edipo Rey, de Sfocles, el drama salpicado de humor Un tal Rock Wagram, de W. Saroyan, y ante todo El sonido y la furia, de W. Faulkner. La relacin con Edipo Rey no entraa una revelacin, ni mucho menos, puesto que La casa grande escenifica a su modo el trasfondo cruel y fatdico de la vida del hroe, para el caso El padre, en realidad un antihroe, ya que desde el II cap. (La hermana, 26-43) la narracin en segunda persona del singular de una de las hermanas de la hermana, (cuya voz no se somete al autoritarismo del padre, de prdica asimilable a la del Estado, y es el nico ser que osa desafiar el silencio impuesto y la verticalidad del discurso patriarcal) se refiere a l como al Maldito padre, maldito padre, cuya voz dura llena todas las habitaciones de la casa. Y ms adelante, para reconfirmar el fatum o destino fijado por los dioses, el padre adquiere el rostro prestado de Layo cuando la narradora se remite al hombre que ya desde el momento cuando no se pudo evitar que naciera, no porque no se intentara sino porque esa misma pequea y casual cantidad de sangre idntica lo haba afianzado en el vientre desprevenido, debi saber que estaba condenado a esa nica muerte. (p. 39)

Los nexos entre La casa grande y Un tal Rock Wagram se dan a nivel estructural, argumental y afectivo. La obra de aqul californiano de origen armenio, aunque solo consta de tres captulos, alude explcitamente a El padre, La madre y El hijo y la hija, en designacin no gratuita si se nota la estructura de La casa grande. Estructura en la que la madre es desplazada por un patriarcado excluyente que niega la armona de ese utpico ncleo llamado familia, patriarcado cerrado en s mismo y organizado alrededor del odio, el prejuicio y la duda frente al Otro. En cuanto a lo argumental y afectivo, aspectos que van unidos respecto a la novela de Saroyan en particular y a su obra en general (que en parte Cepeda tradujo y ayud a divulgar), se trata en ambos casos de narraciones que van de lo cotidiano a lo mtico y viceversa, en un intento por universalizar el deseo, la pasin, la libertad, el miedo, el fracaso, la muerte, dentro de los lmites de un relato cruzado por la soledad y la esperanza del amor, en la realidad del odio; s, el hombre es un ser familiar cuyo sentido lo encuentra en la familia, pero esta parece no pensar igual. S, de vez en cuando un perro muere como un hombre, pero ste muere a menudo como un perro: ms si es escaso de recursos, no pobre, y de espritu elevado. S, la vida tiene un sentido, secreto y pattico, si no fuese por las mentiras del arte, a las cuales el hombre debe estar agradecido, como bien sabe, porque lo acercan a la verdad.

Los vnculos de La casa con El sonido y la furia son tan directos que afectan la estructura de su relato, sin que implique copia de Faulkner ni plagio descarado de ciertos asuntos: odio intrafamiliar, deterioro de las cosas y los hombres, ruina, fracaso, derrota, muerte; temas tambin tratados por El Loco y con el mismo rigor, gravedad e idntica altura a la del creador de Yoknapatawpha, origen a su vez de Macondo, por va del microcosmos La casa Como hecho coincidencial, la accin de El sonido ocurre el mismo ao de las Bananeras: 1928. Ya a nivel estructural, al autor gringo le bastaron tres hermanos, Benjy, Quentin y Jason pues su hermana Caddy carece de monlogo y aun de derechos, y tres monlogos ambientados en el viacrucis de semana santa; y una cuarta mirada, omnisciente y sintomtica, que registra lo acaecido en un domingo de resurreccin. Al Cabezn le bastaron jueves, viernes y sbado (no tan) santos para levantar su edificio literario: all no hay cabida para la Resurreccin, ni opcin alguna de eludir la crisis, ni, mucho menos, camino a la salvacin.

La casa grande se inicia con un dilogo entre dos soldados de aquel contingente de 200 o 300 paisas que fueron enviados por el gobierno central a reprimir la huelga en La Zona, desde luego la Zona Bananera, los municipios de Aracataca, Puebloviejo y Cinaga, lugar donde, precisamente, naci Cepeda el 30/mar/1926 (as Germn Vargas dijera que en Barranquilla), esto es, dos aos antes de que el 11/nov/1928, 5.000 obreros de Santa Marta y La Zona, que tambin incluye a Sevilla, Riofro, Fundacin, Orihueca y Guacamayal, se presentaron ante el gobernador, Gral. Jos Mara Nez Roca, con banderas blancas y consignas pacifistas, e iniciaran la primera huelga de proporciones (aunque ya en 1918, 24 y 28 hubo tres paros precursores) conocida en el pas, contra la empresa gringa United Fruit Company (UFC) que apoyada por el gobierno rechaz todo entendimiento con sus ms de 30.000 trabajadores. La que, fundada en Boston en 1899, se estableci de hecho y no de derecho en Magdalena en 1901, pues no haba entonces legislacin que correspondiera a la organizacin de sociedades agrcolas de gran importancia, y que a partir del 9/oct/1912, siendo presidente Carlos E. Restrepo, se estableci legalmente en el pas, de conformidad con dos decretos legislativos de 1908, y las leyes 29/1907 y 6/1909: la primera le autorizaba por ocho aos la exportacin libre de gravmenes; y la segunda, por 20 aos, la exencin de impuestos para el banano enviado al exterior (8). En otras palabras, el gobierno del Gral. Rafael Reyes (1904/09) favoreci sin reservas a los productores de banano y en particular a la UFC, adems de darles un subsidio de 15 pesos por hectrea sembrada.

La represin contra los huelguistas, llevada a cabo el 6/dic/1928, produjo entre 47 y ms de 2.000 muertos, segn diversas fuentes consultadas a propsito de tan atroz suceso, publicitado, como nunca, por los peridicos de oposicin de la poca para darle jaque mate a la hegemona conservadora (1885-1930) y aprovechado, como siempre, por los polticos de turno para sacar dividendos personales: el 3/sept/1929, el representante liberal Jorge E. Gaitn inici un debate que dur 15 das consecutivos y que lo llev, primero, a la gloria y luego a la muerte el 9/abr/1948. Las nicas deudas que nunca se dejan de cobrar son las polticas. El 19/may/1929, El Espectador public una entrevista con el disidente cacique godo Pompilio Gutirrez, quien defini al responsable de la masacre, Corts Vargas, como una fiera, causante del genocidio de mil personas. El 9/feb/1930, el liberal Olaya, recogiendo los frutos polticos de la oposicin patrocinada por El Tiempo, derrotaba a un partido conservador desgastado, dividido y desmoralizado por casi medio siglo en el poder; vale recordar que cuando el Crack de 1929 caus deterioro en la industria del banano, por la baja de la produccin para exportar, en 1932, fue quien hizo recobrar a la UFC su sitio de preeminencia al recibir de ella 500.000 dlares en prstamo, dada la escasez de dinero de su administracin para afrontar la guerra con Per. El mismo ao 32, cuando el ferrocarril pas a la Nacin, Olaya se lo alquil a la UFC hasta 1947. (9) Medio siglo ms tarde, ya como Chiquita Brands, estableci nexos con paras por lo que en 2007 recibi una multa de 25 millones de dlares: en mar/2011, recibi dos nuevas demandas en un tribunal federal de Washington , relacionadas con asesinato y tortura de 931 personas en la zona de Urab (10).  

No obstante, la aparente divulgacin del hecho, la verdad oficial sobre la Masacre termin al filo del tiempo por imponerse: No hubo muertos, se dice en Cien aos de soledad, de ah que el suceso se haya olvidado tan deplorablemente rpido en su poca, como ignorado en la actual. O lo que al comienzo me pareci nocivo por hiperblico y hoy es el dato ms cercano a la verdad histrica: la cifra de 3.000 muertos que da Gabo y que en vez de ahuyentar la verdad, la captura, mxime si se tiene en cuenta un documento como el que se ver ahora, en el que se cita a dos testigos de la tragedia: solo entre ambos trasladaron ms de 500 cuerpos.

https://www.youtube.com/watch?v=AL_rQLOkzV4 Masacre de las Bananeras: 18:57

Lo que resulta cuestionable no es el uso que el autor hace de la historia en su novela sino el uso, acertado en este caso, de la obra como fuente histrica. Lo que, de paso, permite reflexionar, en el caso de La casa, sobre el carcter subversivo de la novela frente a la historia: la supuesta objetividad de esta ciencia es inalcanzable y a menudo la versin histrica de un hecho se revela ms ficticia que la de un suceso novelado. El crtico Robert L. Sims, sobre la de Cepeda, seala que la novela, por ser dominio de la diversidad de lenguajes (heteroglosia), diversidad de voces (heterofona), diversidad de discursos (heterologa), o sea, por su propia naturaleza, se presenta como un gnero subversivo frente a la historia. Y es que la novela trastorna sobre todo el cmo de los sucesos mediante un logos o discurso que establece en el acto la polifona textual. Aspecto notable en una como La casa, en el que el cmo de los hechos se somete a un cambio de direccin discursiva para que la masacre se focalice y se filtre a travs de mltiples voces y perspectivas: las de los soldados, miembros de la familia, del pueblo y las oficiales. La novela en general busca recuperar esas mltiples voces que la historia persiste en silenciar. Voces que en aquel trozo de la historia colombiana narrado por Cepeda son evocadas de manera tan intensa como pocas veces con otros episodios de la misma, salvo el de la violencia bi/inter/partidista en Marea de ratas. Y como en esta novela, el primer captulo de la de Cepeda (Los soldados, pp. 7-25; 2003: 7-41, El padre, 44-56; 79-102; y Los hijos, 86-92; 177-190), desarrolla de modo magistral algo ms bien precario, antes que poco frecuente, en la narrativa colombiana: el arte de dialogar.

Y la forma de lograrlo tiene que ver con la sencillez, la franqueza, la honestidad como en Marea de ratas de quien en su literatura no cohonesta injusticia, atropello ni corrupcin: de un autor que no intenta complacer a nadie y que lo logra sin caer en los peligrosos terrenos del libelo, o del ditirambo, al que se considera probable germen de la tragedia. Entonces, cuando en un ambiente lluvioso, propio de la zona descrita, aqullos dos soldados annimos hecho detrs del cual el autor haya querido ocultar la sinrazn de un conflicto del que se comienza a hacer parte, la ignorancia o la falta de conciencia partidista de dos seres que se preguntan por qu tienen que matar a sus hermanos, inermes, y que nada les han hecho y a los que no obstante terminarn por matar: Sera mejor no poder ir a los pueblos. Sera mejor no tener que matar a nadie. (p 13; 2003: 20); cuando comienzan a dialogar, un primer elemento que surge es el miedo a lo desconocido, al igual que la dificultad para entender por qu se encuentran all, qu pasa, qu desean los protagonistas de la huelga, todo ello en ambiente de rumor: Tienes miedo? El teniente dijo que tienen armas, pero yo no creo. He estado pensando por qu nos mandaron. No oste lo que dijo el teniente: no quieren trabajar, se fueron de las fincas y estn saqueando los pueblos. Es una huelga. S, pero no tienen derecho. Tambin quieren que les aumenten los jornales. Estn en huelga. Claro: y por eso nos mandaron: para acabar con la huelga. (pp. 7-8; 2003: 10)

Del presente activo del dilogo de los soldados, se pasa al punto de vista de un narrador en pasado para describir la marcha del cuartel al puerto una tarde, la larga espera en l, la lentitud en el embarque, el miedo durante la travesa del ro, el fuerte viento de diciembre, el asombro ante la ciudad iluminada a la que no haban visto nunca: Barranquilla no se olvide que los soldados son cachacos, como lo testimonia el relato del primer personaje, una mujer, que con nombre propio menciona la novela (p. 30; 2003: 52); otra es Isabel, empleada:

Carmen sigui contando que la estacin estaba llena de soldados: (llena de cachacos que haban llegado de Barranquilla en la madrugada y que iban para la zona a defender los intereses de la Ca [...] los trabajadores que haban ido a verlos decan que no pasara nada porque los huelguistas estaban esperndolos en Sevilla para presentarle al General el pliego de peticiones [...] el gobierno los haba mandado para que la Ca. no siguiera abusando de los jornaleros, y la verdad era que los soldados se parecan mucho en el modo de hablar a la mayora de los cortadores que la Ca. haba trado para el primer corte de La Gabriela [...] y decan que los cortadores hasta tenan conocidos entre los soldados porque tambin eran cachacos, pero haba una cosa y era que haban quitado las mesas de fritos de la estacin y haban cerrado las cantinas del otro lado de la lnea, y decan que haba orden de no volverlas a abrir hasta cuando se fueran los soldados, pero esta orden no saban si la haba dado el Alcalde o el General, porque el General no haba llegado todava aunque fue el primero que desembarc, pero ya lo estaba esperando un motor y haba salido inmediatamente para la Gerencia a hablar con los gringos [...] y los que fueron hasta el puerto dicen que todava vienen ms [...] y dicen que la misin como que es echar bala, [...] y las academias de este lado de la lnea tambin las haban cerrado, pero no saben por qu, y las acadmicas, con sus trajes largos, estn todas en la estacin hablando con los sargentos, dicen que son los sargentos porque son los que mandan a los soldados [...] como ellas son de ciudad y bien corridas deben saberlo, seguro que esta noche vuelven a abrir las academias). (pp. 30-31)

Y, s seor, las academias (burdeles, como en los inicios del tango) volvieron a abrir, como en todo pas/circo que se respete; y los soldados fueron a La Zona a defender intereses forneos, ajenos. Y el General desoy el pliego de peticiones (de nueve puntos exigidos por la directiva sindical de la poca, liderada por Ral E. Mahecha, solo se aprobaron cuatro), como en toda dictablanda que se haga respetar. Y la Compaa sigui abusando de los jornaleros hasta que buenamente, cuando le dio la gana, se fue del pas (en 1966, la Compaa Frutera de Sevilla, subsidiaria por razones estratgicas de la UFC, se retir de La Zona). Y el General corri solcito a la Gerencia a hablar primero que todo con los gringos: porque s, primero que todo se habla con el Patrn, como siempre. Como ahora. Y efectivamente la misin fue echar bala, como tiene que ser cada vez que haya un mnimo brote de anarquismo, subversin, comunismo (el documento original reza 6/dic., no 18):

"Magdalena, diciembre 18 de 1928. Decreto No 4. Por el cual se declara cuadrilla de malhechores a los revoltosos de la Zona Bananera. El Jefe Civil y Militar de la provincia de Santa Marta en uso de sus facultades legales y Considerando: Que se sabe que los huelguistas amotinados estn cometiendo toda clase de atropellos; incendiado varios edificios de nacionales y extranjeros, saqueado, cortado las comunicaciones telegrficas y telefnicas; destruido lneas frreas, atacado a mano armada a ciudadanos pacficos; cometido asesinatos, que por sus caractersticas demuestran un pavoroso estado de nimo, muy conforme con las doctrinas comunistas y anarquistas [...] que es un deber de la autoridad legtimamente constituida dar garantas a los ciudadanos, tanto nacionales como extranjeros, y restablecer el imperio del orden [o el orden del Imperio, igual da] adoptando todas las medidas que el derecho de gentes y la Ley marcial contemplan, Decreta: Artculo 1Declrase cuadrilla de malhechores a los revoltosos, incendiarios y asesinos que pululan en la actualidad en la zona bananera. Firmado, Carlos Corts Vargas, General; Mayor Enrique Garca Isaza, Secretario." (pp. 59-60)

Nunca se dijo que los revoltosos, incendiarios y asesinos estaban realmente del lado oficial... tampoco, que la UFC era una empresa singular: declaraba no tener trabajadores y stos dependan de contratistas. Los casi 30.000 obreros que limpiaban los terrenos de la Compaa como no sin irona la llama Cepeda, m. en NY, el 12/oct/1972, abran sus canales de riego, sembraban su banano, recogan su cosecha, empacaban su fruta cortada y la suban a sus vagones para transportarla hasta los vapores de su gran flota blanca, jams figuraron en la nmina de la sociedad creada por Minor Cooper Keith. La UFC se vala de ajusteros, contratistas que se obligaban para con aquella a cumplir por su propia cuenta y riesgo una actividad, para burlar la ley laboral: la que se supone haba, la que an se supone hay. Estos ajusteros se encargaban de enganchar a los jornaleros, pactar con ellos el tipo de labor que realizaran y el salario que les sera pagado cada 15 das. Eso s, en el contrato con cada ajustero apareca la clusula: Ni el contratista ni sus jornaleros son empleados de la UFC.

Tal vez no valga la pena repetir la historia oficial sobre el hecho, la del texto en el que los jvenes del pas intentaron sin lograrlo aprender historia durante ms de 70 aos, el de Henao y Arrubla, toda vez que en tan reaccionario documento fue que Cepeda bas aquel Considerando que habla de incendios, saqueos, incomunicacin, etc., cometidos por los huelguistas amotinados. Lo que s cabra citar del texto es su sesgada conclusin:

Las vas de hecho adoptadas, mediante el imperio de la ley marcial, hicieron renacer la tranquilidad y volver al rgimen legal. El orden pblico se restableci en la regin el 14 de marzo de 1929. (Historia de Colombia, Voluntad, Bogot, 1952, 7a edicin, p. 875).

Sin embargo, en defensa de lo que ya no puede defenderse aunque si recordar, hay que decir que el 12/nov/1928, los invisibles jornaleros de la UFC se declararon en huelga, tras solicitar desde octubre a la empresa negociar un pliego de peticiones. El gerente, Thomas Bradshaw, basaba su negativa a recibir a los negociadores con un argumento recurrente: no haba ningn vnculo jurdico entre la empresa y los empleados bananeros: el mismo da que estall la huelga, telegrafi al Pte. Abada, comunicndole que en la zona haba estallado una peligrosa revuelta planeada por cabecillas irresponsables... El gobierno, mediante orden redactada por el MinGuerra Ignacio Rengifo, dispuso que el general Corts V. se trasladara al Magdalena con tres batallones para dar amparo a los pacficos trabajadores hostilizados all por revoltosos. En una semana, gracias a su folletinesca imaginacin, descubri una conjura comunista para destruir las bananeras, y una grave amenaza de invasin y no es que pensara a futuro, hacia esta poca, ni ms faltaba por barcos de guerra gringos. Mientras procuraba romper la huelga con detenciones en masa y patrullajes intimidatorios, en sus cables a Bogot describa una situacin dantesca: segn l, en la zona afectada por el movimiento obrero ya operaba un soviet (consejo, para los bolcheviques) dispuesto a acabar con su tropa. Entonces, el gobierno dict estado de sitio para a su vez designar a Corts Jefe Civil y Militar del Magdalena. En la madrugada del 6/dic/1928, el general hizo marchar a sus hombres hasta la plaza de Cinaga y ocurri lo que segn el divino designio oficial tena que ocurrir.

Es en este punto donde Cepeda hace gala de su capacidad para sortear honradamente la inmensa cantidad de basura retrica y demaggica que se interpone entre la indignacin y la nostalgia. As, pese a la indignacin, evita la ruta del patetismo y opta por la del relato directo aunque compasivo, quizs no exento de crueldad (la crueldad emana de lo narrado no de quien narra) pero nunca kitsch o grotesco; o, en su defecto, por la metfora... (palabra equivalente a transporte o traslacin) como cuando habla de aquellos soldados antes de la masacre y para ello recurre a la metfora del fusil como smbolo de la muerte inevitable:

Todava no eran la muerte: pero llevaban ya la muerte en la yema de los dedos: marchaban con la muerte pegada a las piernas: la muerte les golpeaba una pierna a cada trance: les pesaba la muerte sobre la clavcula izquierda: una muerte de metal y madera que haban limpiado con dedicacin. (p. 22)

Y viene luego el relato desnudo de cada soldado a travs del cual Cepeda representa la orga de violacin y de sangre, sangre que termina por volverse mierda de verdad:

... Por qu los mataron: no tenan armas. T tenas razn: no tenan armas. No tuve necesidad de ir donde las mujeres. No le he visto bien la cara. Tampoco habl. [...] un rato despus, se puso a llorar, no gritando, sino despacio: casi no se oa que estaba llorando. Yo no entiendo nada. No la obligu. Ella [Isabel] se dej. Mrame los dedos, es como si me hubiera cortado. (pp. 23-24) Y luego: Con el can casi tocndole la barriga dispar. Qued colgando en el aire como una cometa. Se cay de pronto. O el disparo. Se desenganch de la punta del fusil y me cay sobre la cara, los hombros, mis botas. Y entonces comenz el olor. Ola a mierda. Y el olor me ha cubierto como una manta gruesa y pegajosa. He olido el can de mi fusil, las mangas y el pecho de la camisa, los pantalones y las botas: y no es sangre: no estoy cubierto de sangre sino de mierda. (p. 24)

Tras la masacre y ya convencidos de que: No tena que matarlo, no tena que matar a un hombre que no conoca y de que es por la costumbre: Dieron la orden y disparaste. T no tienes la culpa (24-25), los dos soldados llegan a la conclusin de que alguien tiene que ser responsable de toda esa violencia injustificada... entonces uno afirma: Alguien no: todos: la culpa es de todos. Y viene la maldicin reiterada y el consuelo y el olvido y la memoria, olvido y memoria que por una vuelta de tuerca juegan papeles inversos a los que deberan jugar: as, el olvido se vuelve til para el invasor y la memoria intil para el invadido: No te preocupes tanto. T crees que [ella, la muchacha violada] se acuerde de m? En este pueblo se acordarn de nosotros: [...] siempre, somos nosotros los que olvidaremos. S, es verdad, se acordarn. (p. 25) La verdad es que, aunque la memoria sea el nico tribunal incorruptible, en este territorio de la desmemoria, del olvido deliberado, de la insolidaridad, de la manipulacin meditica, del silencio impuesto... apenas J. E. Gaitn y se trata slo de reconocer su actitud aquella vez, en las sesiones del Congreso de sept./1929, sali a denunciar los atropellos perpetrados por las tropas de Corts Vargas:

Tena un vivo inters por asistir a aquella Cmara para continuar una campaa que haba iniciado en la revista Universidad de Germn Arciniegas, sobre los sucesos de la zona bananera. Es el caso que el asunto se haba presentado como una revuelta de los comunistas contra la UFC. Haba sido turbado el orden pblico, y, en esquivas y sintticas comunicaciones, se daba cuenta de algunos muertos y en otras ellas s abundantes se haca saber que los tribunales de guerra condenaban a diario y en pocas horas a obreros de ambos sexos, a 18/20 y 25 aos de presidio. Todo aquello en medio de la indiferencia de la opinin pblica, cuando no con la justificacin de los peridicos de todos los partidos. Mi reaccin la motiv lo nico que me era dable conocer, o sea el aspecto constitucional y legal, que lo encontraba arbitrario. Lo estudi y en dicha revista comenc la campaa, recriminando ante todo, segn ahora he podido refrescar en aquellos viejos papeles, la actitud de los dirigentes obreros que callaban como ostras... Una vez obtenida mi credencial y ya restablecido el orden en la zona bananera, me fui a aquel lugar para adelantar una investigacin personal, cuyos documentos y pruebas demostraron luego que lo sucedido all haba sido una gran hecatombe. El pas se estremeci, pues si bien ya haba pasado un ao de lo sucedido, slo hasta entonces vino a saberse lo que en realidad haba ocurrido. Pero yo llevaba una finalidad concreta. 30 o ms obreros estaban cumpliendo condenas de 10 a 25 aos de presidio. Present un proyecto de ley de amnista para todos los condenados... A pesar de que el Congreso era de mayora conservadora, la realidad de los hechos por m alegados y comprobados era tan grande, que el proyecto pas. Y aquellos hombres fueron puestos en libertad. (11).

Pese a que Gaitn demostr, ante la desidia e hipocresa de sus colegas, la criminal complicidad entre la UFC y los militares que all actuaron, jams se investig a uno solo de ellos. A los descarriados funcionarios oficiales se les castiga con premios: as, Rengifo fue nombrado embajador en Londres; Corts V., ahora director de la Polica Nal. se vio envuelto en nuevas acusaciones por la muerte del estudiante Gonzalo Bravo y seguramente sigui teniendo pesadillas sobre revoluciones comunistas y flotas invasoras: eso s, exentas de vnculo alguno con la Masacre: los militares no se permiten remordimientos y eso por asuntos de estructura/disciplina/seguridad; o de machismo dira J. Wayne u homosexualismo reprimido, dira Freud. En todo caso, nunca se supo a cuntas personas se asesin en Cinaga, ni cuntos inocentes fueron a la crcel; y sobre la represin en Sevilla, otro pueblo bananero, se dice otra vez el rumor, como en la novela que el ejrcito mat a 29 obreros. En el caso de Cinaga, Corts, tan conservador como militar, dijo que por efectos de los disparos slo hubo nueve muertos. Ral E. Mahecha elevaba a 1.004 el nmero de huelguistas asesinados y hablaba de 3.068 heridos, por lo cual tuvo que huir tras ser herido en una pierna con fusil Muser, no sin antes tener que quitarse el forro dorado de sus dientes para impedir su identificacin. Muy pocos, aun sabiendo que fue as, hablaron de centenares de vctimas.

La razn de haber incluido aquel Decreto No 4, por el cual se declara cuadrilla de malhechores a los revoltosos de la Zona Bananera, solo radica en la imperiosa necesidad de hablar del sometimiento ancestral de un pueblo, el que, desde luego, tiene que ver con el hecho de verse privado de la educacin, no poder acceder a ella, no prepararse. Hecho que en La casa grande se manifiesta en el cap. de El padre, a quien una de las hijas recrimina:

Entonces eras cruel: con una crueldad metdica y tremenda que nos haca ms dependientes de tu voluntad. Si hubiramos ido a un colegio tal vez habramos tenido una niez alegre. Pero cuando la madre insinu, no lo dijo, ni siquiera dej saber que lo deseaba, que deberamos ser enviadas a la escuela, el Padre baj un poco el peridico para que le pudiramos ver los ojos y dijo: Lo que tengan que aprender lo aprendern aqu. (p. 33)

Y aqu el Padre es el Estado, para el que la educacin cada da es ms un privilegio que un derecho: ese mismo Padre castrador, que niega de plano el acceso femenino a la educacin, es el que luego ser asesinado a punta de cavadores, no sin antes haber sentido juntos, el Estado y el Padre, la fruicin por la muerte de sus hijos. Y como sostiene La Muchacha, a quien Josefa le ha dicho en una especie de muerte anunciada que, en efecto, lo van a matar:

No es por la plata, a usted no lo odian por la plata: es por lo de la huelga. El Padre: La huelga? La Muchacha: Mataron muchos en la estacin: los soldados dispararon desde los vagones: no se bajaron: [...] los soldados no se bajaron pero mataron un montn. El Padre: Bien hecho. (p. 48)

Y as es como el Estado... perdn, El Padre, el terrateniente, firma su propia sentencia de muerte. La que cada da que pasa parece estar firmando el pas, un pas en el que cada uno de sus habitantes parece formar un mundo aparte, un pas desorientado que parece tenerle miedo a la libertad, que sigue siendo esclavo de la sangre derramada por hacer parte de un reto involuntario, como atestigua El Hermano (75-85) a propsito de la hermana que

Ha muerto sola. [] sin alternativas, liberada de la tarea de afirmar con su presencia la inutilidad del desafo; un desafo que ella no haba planteado, ni querido, sino que le fue impuesto (75) He regresado a su cuerpo muerto y a sus tres hijos vivos: he regresado a ella: he regresado a m. Estoy nuevamente en el comienzo. Entonces, toda la sangre seca y olvidada en la mejilla de la hermana, en los dedos de un solo soldado, en los andenes de las estaciones de los pueblos y sobre el barro salitroso, en una calle oscura y estrecha, debajo de los cascos de un caballo, toda esa sangre para qu? Va a ser necesario acaso recomenzar? (pp. 75-76)

O, seguiremos dentro de este mundo incomprensible de familiares y de rostros serios, palabras duras y llantos resignados que es el pas, formando cada uno un mundo aparte? Seguiremos culpndonos el resto de la vida, recreando en nosotros la de la gente que construy esta casa, este pueblo, que fueron destruidos por aferrarse al odio? Seguiremos siendo solo por imposicin del Padre/Estado parte de esta casa, esta sangre, este odio?

Como advierten Los Hijos (pp. 86-92) al final de La casa grande:

Es que si no hablamos ahora nos va a llenar el odio y entonces tambin estaremos derrotados. De todas maneras estamos derrotados. S, de todas maneras. (p. 92).

Seguiremos formando cada uno un mundo aparte, culpndonos el resto de la vida, siendo parte de este pueblo solo por imposicin? Ser imprescindible volver a empezar? Estamos derrotados? Como sera insensato decir que no, se dir que s. Pero, solo mientras la casa grande, el Estado, siga siendo el Padre irresponsable, corrupto y derrochador que hasta hoy ha sido: de ah la urgencia de un profundo cambio de estructuras. Solo as sus hijos podrn tener el pas que merecen y por el cual valdra, y vale, la pena seguir luchando.

A modo de eplogo: El dilogo y la paz solo se dan entre iguales

Siempre hay que repetir lo obvio: El dilogo y la paz nicamente se pueden dar entre iguales, deca el intelectual Edward Said; que en un pas donde slo se ha administrado el crimen como forma de justicia, se ha perdido la memoria de los muertos entre la amnesia de millares ms; que no hay casos aislados: nicamente la regla mortal, que su autor siempre niega, no porque quiera, qu ms le gustara que lanzar al viento las evidencias de su osada!, sino porque le conviene: as, las vctimas se hacen invisibles por incontables. Se sabe ms del execrable crimen de Yuliana Sambon, que de los miles de nios que a diario son violados/asesinados o mueren de hambre en el mundo; los medios remarcan que su victimario es un monstruo y por ello se le condena a 52 aos y la masa pasa a olvidar a los otros monstruos y al unsono aplaude como si se hubiera hecho justicia por los dems crmenes, los de paras y cmplices: a los primeros, se les envi a EE.UU para que fueran juzgados por narcotrfico y para que cambiaran penas por plata; a los segundos, se les condena a irrisoria reclusin, no crcel, al cabo de la cual salen para volver a sus andadas: en fin, sabemos ms por tinta de pasqun va intravenosa de los criminales de DMG, Carrusel de Contratacin, Foncolpuertos, Saludcoop, Interbolsa, Reficar, Isagn, pero nada de los gobiernos que durante 8 + 8 aos los toler, trat y cuando ya no les sirvieron ms, de ellos se deshizo, se qued con la plata y de paso con la de los ahorradores, primer caso, y en los otros seis cohonest y ayud, gracias a la dudosa gestin del Fiscal hijo de humorista, a tapar la olla podrida en asocio con los medios masivos y las autoridades (12).

Recurdese, si hay odio es el odio que produjo el odio, para recordar aqu a quien lo super al constatar, antes del genoma, que todos los hombres son iguales, aunque cada quien piense que hay unos ms iguales. Para que haya dilogo y paz, al adjetivo, iguales, hay que quitarle el adverbio ms para que podamos seguir siendo diferentes, sin que eso signifique seguir sealndonos, matndonos: una idea merece un cadver? La diferencia enriquece, la unanimidad empobrece, por la ruta del dilogo a la paz se llega tambin a la igualdad: lo que nunca ser posible por va de la poltica, mientras siga siendo lo que dice el Diccionario del diablo, de Bierce, el mago de la irona que se hizo humo luchando en las huestes de Pancho Villa: Poltica, sustantivo. Conflicto de intereses disfrazado de lucha de principios. Manejo de los intereses pblicos en provecho privado. Igualdad nunca posible mientras los polticos la sigan usando para engaar: as que, por favor, cuiden sus dedos al darles la mano y, no sobra recordar, revsenlos luego: es posible que, entretanto, alguno haya desaparecido.

A grandes rasgos esto permite extrapolar la lectura de La casa grande, tributaria de Marea y benefactora de Cien aos hecho no debidamente reconocido, menos por su autor, el ganador del nico Nobel legtimo que ha tenido el pas del caf, y de los reinados de la canela, la panela, el azcar. Ah, y del cartel de los sapos que contra lo que se piensa no es parte de la TV sino que estuvo entre la poblacin, como pieza del eufemismo seguridad democrtica, entre cuyos programas el ms triste fue familias en accin: en el que todo fue accin pura o impura, igual da, como se infiere del lema nazi: arbeit, trabajar, pero para robar y matar! Y ahora el circo paz, equidad y educacin al estilo del otro, falso, Nobel: sin que se note (13).

https://www.youtube.com/watch?v=7RTJKxzjres Discurso Salvador Allende ONU 1972 3:03

https://www.youtube.com/watch?v=15qUF8T4ONI Salvador Allende discurso 1972 ONU (Captulo 1) 15:00

A mis hijos, Santiago & Valentina, los seres que

principalmente me impiden aceptar la derrota.

Conferencia presentada en el VIII Encuentro de Escritores Lorica, Crdoba (10-12/ago/2017). Texto ampliado de la charla presentada en la XV FILBO (4/may/02), que mis hijos iban representando bajo la mesa, y en la U. N., auditorio Camilo Torres, Fac. de Derecho: Semana Agraria: Arte, Literatura y Esttica de lo rural (15/nov/02), charla a la que fui invitado por el siempre recordado amigo Alejandro Mantilla.

https://www.youtube.com/watch?v=_bC9mqsGeJQ La memoria (Len Gieco) 6:20

Notas:

(1) El Espectador, 30/nov/08: 17.

(2) El Espectador, 7/dic/08: 57.

(3) http://www.derechos.org/nizkor/colombia/doc/garavito4.html

(4) El Magazn de El EspectadorNo 479 (28.VI.92)

(5) De ficciones y realidades, Tercer Mundo, Bogot, 1989: 118.

(6) En la publicacin de Valencia Editores, 1983. Cosme es para Gustavo Bell Lemus, la primera novela urbana colombiana. Jos F. Fuenmayor es tambin autor de Una triste aventura de catorce sabios (1928), cuento fantstico considerado la primera obra de ciencia-ficcin colombiana.

(7) El Tiempo, 7.IV.02, p. 2-2. Lo de La Cueva, como exclusivo sitio de reunin del Grupo se puede desvirtuar muy rpidamente: Caf Colombia, El Japy (sic), Los Almendros, un extrao bar llamado El Tercer Hombre (por el filme de Carol Reed, 1949), el Amrica-Billares. Germn Vargas: Era ya lo que Prspero Morales Pradilla llam, desde El Tiempo, el Grupo de Barranquilla (1989: 118).

(8) El 6/abr/1914, siendo presidente Carlos E. Restrepo, se firm con EE.UU el Tratado Thomson-Urrutia que indemnizaba a Colombia por la prdida de Panam con 25 millones de dlares y libre paso por el Canal para sus naves. Restrepo se vio criticado por una escaramuza expansionista hacia el Per, el Conflicto de La Pedrera, con altos costos en vidas humanas y ningn beneficio para el pas. Su gobierno, presionado por el aumento de denuncias y el temor latente por la reciente separacin de Panam, envi el 27/ene/1911 una reducida tropa para hacer presencia en el margen derecho del ro Caquet. Al frente se envi a los generales Isaas Gamboa y Gabriel Valencia con otros 70 hombres. El gobierno republicano de Restrepo reacciona en forma aletargada e irresponsable. Aparentemente hay una resistencia a la defensa de la soberana nacional por parte del Estado cuyo vocero es el canciller Enrique Olaya H. La insistencia de los militares y la oposicin liderada por el Gral. Jos Mara Valencia hacen eco en el gobierno. Finalmente accediendo a las suplicas insistentes del Gral. Gamboa, el Ministro de Guerra, Mariano Ospina Vsquez lo despach con el Gral. Valencia y una reducida guarnicin a La Pedrera, debajo de Puerto Crdoba y cerca de la frontera con Brasil. Un grupo que sali bajo las ms inicuas fallas administrativas y logsticas, quedando prcticamente abandonado a su suerte.

(9) En sept/1932 el puerto de Leticia fue tomado por soldados peruanos; el general Alfredo Vsquez Cobo fue llamado para dirigir las operaciones armadas de Colombia. El pueblo colabor con dinero y joyas para financiar la guerra. Despus de varias batallas, la Guerra Colombo-Peruana finaliz con la firma del Protocolo de Ro de Janeiro en 1934; tambin, con la ratificacin del Tratado Salomn-Lozano de 1922. Dicho Tratado fue un acuerdo de lmites firmado el 24/mar/1922 que puso fin a un litigio territorial de casi un siglo entre Colombia y Per y fue obra del Plenipotenciario de Colombia, Fabio Lozano Torrijos, y del de Per, Alberto Salomn.

(10) http://www.semana.com/on-line/articulo/colombia-pedira-25-millones-dolares-multa-chiquita-destinen-victimas-paras/88300-3

(11) Gaitn ante s mismo..., parte de una entrevista de B. Moreno Torralbo publicada primero en El Siglo en 1943, luego en El Espectador, Bogot, Magazn Dominical, 7/abr/68, p 14, y, ms recientemente, en El saqueo de una ilusin, el 9 de abril: 50 aos despus, Nmero Ediciones, Bogot, 1997.

(12) http://www.elcolombiano.com/negocios/economia/los-cinco-escandalos-financieros-mas-polemicos-de-colombia-BA2839542http://www.elespectador.com/economia/los-llamados-responder-por-escandalo-de-reficar-articulo-684385

(13) http://www.rebelion.org/noticia.php?id=222754https://www.las2orillas.co/nobel-al-falso-positivo/

Otras notas:

http://panoramacultural.com.co/index.php?option=com_content&view=article&id=721:los-50-anos-de-la-novela-la-casa-grande&catid=1:literatura&Itemid=31

http://www.redalyc.org/pdf/1591/159123802010.pdf

Proyecto de adaptacin de La casa grande por Luis Alcoriza pdf 18 pp.

http://repositorio.utp.edu.co/dspace/bitstream/handle/11059/1621/8093B221.pdf;jsessionid=EA9286EF86FDAFA433989F126AA6CBF2?sequence=1 

La soledad de las mujeres en La casa grande Tesis de grado UTP por Bany Raquel Baol y Diana Milena Barriga, pdf 86 pp.

http://www.elcolombiano.com/opinion/columnistas/el-viejo-muelle-CD9036253 Juan Jos Hoyos y el origen de La casa grande.

Luis Carlos Muoz Sarmiento (Bogot, Colombia, 1957) Padre de Santiago & Valentina. Escritor, periodista, crtico literario, de cine y de jazz, catedrtico, conferencista, corrector de estilo, traductor y, por encima de todo, lector. Colaborador de El Magazn de EE. Mencin de Honor por su trabajo sobre MLK, en el XV Premio Internacional de Ensayo Pensar a Contracorriente, La Habana, Cuba (2018). Autor, traductor y coautor de ensayos para Rebelin y desde el 23/mar/2018, Columnista de EE.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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