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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 29-10-2018

Su imagen es el smbolo de la persistencia de la memoria y de la resistencia
La poderosa porfa de Ana Gonzlez

Ximena Po
Palabra Pblica


Durante la maana de este viernes falleci la histrica dirigenta por los derechos humanos Ana Gonzlez de Recabarren, a los 93 aos. La mujer se convirti en un smbolo de la lucha contra la ferocidad de la dictadura chilena y la impunidad, tras perder a su esposo, a sus dos hijos y a su nuera embarazada en manos de la polica secreta de Pinochet. Nunca dej de buscar verdad y justicia. Publicamos aqu un texto realizado poco das antes de su fallecimiento.


Su imagen es el smbolo de la persistencia de la memoria en nuestro pas. Su duelo, interminable e inabarcable, la bandera de lucha que ha encabezado, representando en su cuerpo la historia de las vctimas de los atropellos a los derechos humanos en dictadura. Ana Gonzlez de Recabarren recuerda su infancia tocopillana, su llegada a Santiago, las juventudes comunistas, las primeras imgenes de su amor, Manuel. Un testimonio que est tambin contenido en las pginas de su autobiografa, que acaba de terminar. La fuerza de su rostro en un mural recin inaugurado, el mismo en cada marcha por la justicia, la verdad y la memoria. Mujer insurrecta, mujer de una guerrilla especial que ella ni siquiera imagin, cuando el siglo XX no llegaba ni a su primera mitad, all, en Tocopilla, en el norte de Chile. Ana Gonzlez (1925-2018), histrica dirigenta de la Agrupacin de Familiares de Detenidos Desaparecidos y comunista desde su adolescencia, observa los rostros de los suyos, los mos, mientras revisa los anillos en sus manos delgadas, con uas rojas, impecables. Lo hace para comenzar a recordar, mucho antes de ese da nefasto, cuando la infamia quebr a un Chile que no ha logrado volver a su densidad democrtica, republicana; un Chile que no ha logrado recuperar sus vidas.

Manuel Guillermo (22), casado, dos hijos, gsfiter; Luis Emilio (29), tcnico grfico, ex dirigente sindical, y su esposa, Nalvia Rosa Mena (20), embarazada de tres meses, duea de casa, y el hijo de ambos, de dos aos y medio, Luis Emilio Recabarren Mena, Puntito, fueron secuestrados por la Direccin Nacional de Inteligencia (Dina) en un operativo que los agentes montaron cerca de su casa familiar, en calle Sebastopol con Santa Rosa. Los hermanos Recabarren Gonzlez tenan una imprenta en Nataniel 47. Seguan el oficio de su padre, Manuel Segundo Recabarren Rojas, quien sali a buscarlos muy temprano al da siguiente. Tampoco volvi. Dicen que lo vieron en Villa Grimaldi. Su rastro se pierde en agosto de ese ao. Puntito, el nieto que los agentes del Estado dejaron a merced de la calle perseguida, fue el nico que sobrevivi.

Se los llevaron a todos.

La casa de los Recabarren Gonzlez, en San Joaqun, es parte de ese pas perdido. La reja se cerr a los pocos das de no volver jams Manuel, quien fue dirigente gremial de los grficos, presidente de los sindicatos de la Editorial Universitaria y Editorial Nascimento, y presidente de las Juntas de Abastecimiento y Control de Precios (JAP) de San Miguel. Todos, incluida Ana, nunca dejaron de ser militantes del Partido Comunista. Ana, dirigenta de base, presidenta de la junta de vecinos, vivi para organizar y buscar la forma de derribar las desigualdades sociales.

Despus de ese 30 de abril no qued nada ms que el silencio de afuera, de la calle sin confianza, delante de esa reja que permanece clausurada con una gran cadena. Se cerr as porque el sonido del picaporte haca temblar a Ana a diario con un ruido falso, el mismo ruido que eterniz a la dictadura.

Una puerta que slo se abrir cuando regresen.

Un mar de Tocopilla a Santiago

Su casa en San Joaqun es bajita y flanqueada por un rbol invernal cubierto de flores de plstico, pequeas, como en el sur. Es una casa abierta de par en par en su interior, porque su hija Patricia decidi regresar desde Argentina para abrirla a quienes quieran escuchar sobre la tragedia y sobre esa nobleza altiva que significa luchar con alegra.

Sting, Joan Manuel Serrat, Gladys Marn, la Tencha, Jos Miguel Varas (salamos a almorzar con l y su seora, Iris Largo; yo lo quera mucho) y tantos ms se ubican en las paredes como imgenes sin tiempo, aferrados a esta casa que se niega a ser pasado. Se niega porque negarlo es negar a Chile. Se niega porque hay un libro que espera ser publicado. Las memorias de Ana Gonzlez ya no desvelan ms a su autora. Estn ah, listas para ser publicadas, urdidas una tras otras; poticas, desgarradas, firmes como hilos recobrados del siglo XX y el XXI. Aqu transcurre la historia de un pas de trizaduras y tronaduras, y tambin se dibuja como quien sigue los puntos de un croquis- un pas de ternuras infinitas que hoy a veces cuesta imaginar.

Yo nac en el norte, en Toco, y luego mis paps vendieron ah y compraron dos casas en Tocopilla; y creo que compraron en la mejor calle porque a un lado de la cuadra era toda gente de familia, como se llama, y al frente puras prostitutas. As que yo crec jugando con sus hijos. Adems, cuando mis hermanos tenan unos 18 aos, y como tena negocio mi mam, atravesaban para llevarles el vino o la cerveza, y yo, sin que mi mam supiera, iba detrasito; nunca, nunca vi un mal ejemplo, recuerda y se re mientras reconoce que esos aos de inocencia estaban llenos de juegos, carios, cruces de clases sociales, dialogantes; aos duros tambin. Aos de pocas fotografas y ella es de quienes tiene algunas, con sus padres.

Hace muchos aos que dej el cigarro. Un da dije si yo quiero vivir y seguir luchando por los mos y seguir en este pas, tengo que dejar el cigarro y de la noche a la maana lo dej y nunca ms volv a fumar. Sabes cundo me dan ganas? Cuando voy a una asamblea de derechos humanos y la gente sale a fumar, yo salgo y les pido uno para dar una chupadita; y eso es lo que hago, nada ms, dice ella, retratada mil veces con su pelo tomado y su cigarro en la mano, sorteando la ansiedad cubierta por dcadas de espera. Cuando hay una manifestacin o actividad relacionada con derechos humanos y el tiempo est bueno, Ana sale de su casa y Patricia la lleva. Septiembre de este ao fue pesado, fro y en espiral: con un ministro que no dur ni una semana, una masiva revuelta por la memoria viva y la indignacin generalizada frente al negacionismo. Ana sali poco durante septiembre, pero ley, escuch y vio mucho. Su lucha, que es de tantos y tantas, lo amerita.

Hoy se re de reojo cuando recorre su infancia nortina: Con mi hermana Olga hacamos todas las maldades; jugbamos a las bolitas, al caballito de bronce; fue una poca muy linda. Y a mi mam le gustaba izar la bandera tocando la vitrola, esas de mueble, con el himno. A medida de que el himno avanzaba ella iba izando la bandera junto a todos los jvenes del barrio. Por esos aos, una ta que viva en Santiago por el lado de mi padre, la familia es de Rancagua; incluso sus hermanos socialistas fueron regidor y alcalde- fue al norte a conocernos. Yo estaba en sexto de preparatoria, entonces a mi ta se le ocurre hablar con mi mam para que me dejara ir con ella a Santiago y pudiera seguir las humanidades; en ese entonces no haba en el norte. Y me vine en barco con ella, recuerda.

Ese viaje en barco marc esa poca. Como si mirara por sobre un mascarn antiguo, cierra los ojos y dice que hasta siente cmo avanza lentamente, como si su cama navegara desde Tocopilla, donde su padre, como miles de hombres de a comienzos del siglo pasado, buscaba oro era palanquero- y encontr a la madre de Ana, viuda con seis hijos (eran los Vargas). Tuvieron dos ms y una vida de trabajo arduo y tardes al sol. Los das ms lindos eran aquellos en que todos jugbamos a la chaya; nos tirbamos agua y decamos chayaaa!. La calle era el patio y sacaban hasta las artesas; la gente adulta, todos, jugbamos. Se suban a los techos y desde ah se escuchaba chayaaa! y tiraban el agua mientras se almorzaba; en la noche se segua en la plaza. Es como si la viera. Ese juego se ha perdido, incluso la chaya de papel de volantn se ve poco. Eran tiempos de casas y calles abiertas, cuadra tras cuadra.

Ana, ya en Santiago, estudiaba en el liceo y ayudaba a su ta Ana Gonzlez de Pealoza. Era una mujer maravillosa; no he visto otra igual. Cosa los pantalones de medida; un trabajo que luego enviaba a las sastreras del centro. Tena cinco mquinas de coser y las operarias que encandelillaban; todo en su casa. Jugando, a los trece aos ya saba hacer el pantaln. Prendan el bracero para tener carbn para las planchas. Ah comenz su vida en la capital.

Manuel

Yo tena como 16 aos, y en la poblacin Bulnes donde viva con mis tos, camino a Valparaso- haba una sede del Partido Comunista. Yo qu iba a saber de poltica en ese tiempo, pero ah en esa sede bien modesta se hacan bailes todos los sbados; iba harta gente, nunca haba un escndalo nada. Ah mi ta me daba permiso para ir. Yo no haca nada para no pasar a llevar los consejos que me daba mi ta. En ese tiempo en mi casa haba una ventana grande que daba a la calle. Por ah pasaba un joven que se vea tan correcto. Ese era Manuel, Manuel Recabarren. En ese tiempo l haba llegado hasta el pato del silabario, pero era tan inteligente, tan empeoso. De grande aprendi a leer. Un da, mientras se anunciaba reservado con pasteles! y el baile continuaba, Ana y Manuel se encontraron. En esos bailes aprend a conocer a los jvenes comunistas, eran perfectos, y ah estaba Manuel, el muchacho que yo vea pasar todos los das desde mi ventana cuando l vena del trabajo. Era muy bueno, con 16 aos dominaba toda la poltica de Chile y la del extranjero, habiendo sido de una familia sin recursos. Con ocho aos, l ya iba al ro a sacar piedras para la construccin. Viva a la altura de Renca, a la orilla del ro; tambin lustraba. Pero Manuel, con el tiempo, lleg a trabajar en imprentas. Yo se lo recomendaba a mis amigas. Pero l no les haca caso. Ah dije es fiel, fiel al cario que l me tena; una sabe cuando un joven se enamora de una. Nunca habamos conversado, pero yo lo admiraba. Ah ingreso a las JJCC y luego yo invito a Manuel a la Jota para que fuera a las reuniones, ya que saba tanto; as era ms fcil conversar con la polola que l quera y yo lo admiraba, recuerda Ana. La primera vez que me invitaron a la Jota haba como quince jvenes y a m me llam la atencin ver cmo estaban organizados. Elegan presidenta, secretara, alguien de finanzas. Eran muy distintos a los jvenes que una conoca. Eran muy respetuosos. Manuel me conquist por su hermosa actitud. Yo pololi slo con Manuel.

A Ana la cautiv su inteligencia y tesn. Me fui enamorando de l, porque lo vea muy serio, demasiado serio. Tenamos un taller con mi ta, en Santo Domingo 1240. En esa casa colonial, de tres patios, tambin un pintor tena un taller, y al medio se reunan los dirigentes sindicales de bares, fuentes de soda y restaurantes. Se llenaba el da de las reuniones, recuerda sobre esos primeros das viviendo juntos en esa especie de comunidad, en una pieza de casona antigua. Mi ta nos dej vivir juntos; era muy humana.

l trabaj en El Siglo ms adelante. Lleg hasta segundo ao en la escuela, pero despus daba conferencias en las universidades; fue riguroso con su formacin, tena una responsabilidad ante el partido. Tenamos una lnea: organizar gente, dar charlas, salir a pintar a las calles para las elecciones, en brigadas; hacamos el engrudo en tarros parafineros para pegar propaganda. En esos tiempos, la juventud sala a hacer propaganda, ahora no; hoy son otros tiempos, otras formas. Fue un bonito tiempo se, de mucha unin y alegra. Con Manuel tuvimos seis hijos Me emociono cuando hablo de Manuel.

Para la gente del pueblo

Los capitalistas no ponen el capital al servicio de los jvenes, para que los jvenes se superen. Slo los explotan ms para pagarles menos, dice Ana con la conviccin que la caracteriza. La misma que la hizo votar siempre por Salvador Allende, a quien conoci en el matrimonio de Francia Palestro, en una casa grande, de patios amplios. Fuimos invitados por mis vecinos, militantes socialistas, con los que siempre nos llevbamos bien, pese a que haba una discordia entre los partidos. A ese casamiento lleg Allende. Imagina lo que era eso. Organizamos una fila para saludar al presidente recin asumido. En eso estbamos cuando me doy cuenta de que Allende saluda y saluda, pero quizs porque tena tantos dirigentes detrs que le hablaban, ya no miraba a quien tena al frente. Bueno, en eso llega mi turno y l me estrecha la mano, pero miraba para atrs, pero yo no le doy la ma. Entonces, siente que no le dan la mano y se da vuelta y ah me mir. Es ah cuando lo miro y le digo sabe, seor presidente, cuando me dan la mano me gusta que me miren a los ojos. Y as fue, recuerda.

Luego vino el golpe de Estado, ese da en que todo se vino abajo, porque l no tuvo apoyo cuando fue presidente; qued muy solo, slo los comunistas le

respondieron. Fue muy duro ese da y los que siguieron. Ana nunca quiso irse de Chile, no quisieron. Horas antes de que estallara su propia tragedia, el 29 de abril de 1976, Ana haca un volante para repartir el primero de mayo. Pucha que escribes bonito, me dijo Manuel, recuerda ahora sobre una de las ltimas frases que a veces destellan en los recuerdos de terror en aquellos aos, antes de dar paso al vaco y la lucha, sin Manuel, sin dos de sus hijos, sin una de sus nueras y sin el nieto que esperaba. Un da entr al puerto de los recuerdos, abr el polvoriento y viejo bal, entre maravillada y asombrada, cual garugas en el cielo, vi cmo volaban pginas y pginas (). As par este libro que ms o menos es la vida misma, lee Ana al repasar fragmentos de las cientos de pginas que a mano escribi durante aos.

Dice que le queda hilo para rato, mientras observa el retrato de Manuel frente a su cama, el de sus hijos desaparecidos. Yo envejec, mi viejo no; los mos no envejecieron, slo yo envejec.

El libro, subraya, es para la gente del pueblo, porque porfiadamente sigo viviendo; soy una mujer cautiva por el amor por su pueblo y lo seguir siendo mientras busque un Chile ms humano y encuentre a los suyos, porque hay que buscar para no perder la esperanza, aunque sea entre nosotros, entre encuentros sencillos como aquellos de los tiempos de la chaya.

Veo hoy advierte- que los partidos populares han perdido, pero siempre habr gente comprometida y con nuevas maneras de lucha, aunando gente; no hay que olvidar que los partidos de la burguesa nunca van a ser de izquierda. Por eso creo que Allende fue muy adelantado; faltaba tiempo.

El 28 de enero de 2004, Ana escribi Carta de Ana Gonzlez a Juan Emilio Cheyre, a quien le deca: Yo sufro por los mgicos y soadores 21 aos de mi nuera Nalvia, embarazada de tres meses, por mis hijos Luis Emilio y Maungo, y por mi esposo Manuel. Todos ellos fueron detenidos y ocultados en el fondo de la tierra. Pero yo no sufro slo por mi dolor de ausencia, muero un poco cada da al pensar lo que mis amados sufrieron, en la ms completa indefensin (). Apelo a su honor militar, a su conciencia, a su amor por la institucin. Los porfiados hechos lo llevan a un nico camino: la impunidad no puede ser el eplogo de esta tragedia nacional. Slo entonces, slo entonces, habr un nunca ms, como usted y yo lo deseamos.

Ana espera buenos vientos para octubre mientras mira una imagen del mural que Coas Chile le acaba de dedicar, a pocos das de que la Corte Suprema otorgara libertad condicional a reos de Punta Peuco. Y Ana, quien no abrir esa reja hasta el da que se sepa la verdad y la justicia alcance, no espera sola.

www.uchile.cl/portal/noticias/125033/palabra-publica



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