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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 30-10-2018

Estampas de la cultura negra y proletaria del sureste de Puerto Rico
Carioca y el ro Guaman

Rafael Rodrguez Cruz
Rebelin


Para mediados del siglo XX, la basura se acopiaba en Guayama en camiones tipo tumba, los cuales eran operados por dos recogedores y un conductor. Como los vehculos no tenan un sistema hidrulico de aplastamiento, uno de los obreros iba trepado en la caja posterior acumulando los desperdicios con la ayuda de un rastrillo en forma de tenedor gigante. Se necesitaba mucha destreza para acomodar bien la basura, pues la indeseada carga, como tal, iba al descubierto y expuesta al viento y los derrames. Al final, los desechos de la ciudad se vaciaban en el basurero municipal. All eran expurgados all por perros satos, ardillas y aves de todas clases. Mi abuelo, Juan Cruz Collazo, trabaj por mucho tiempo de chofer del camin de la basura. Para m, era un gran asunto ese de que l tuviera un trabajo con el municipio de Guayama, aunque fuera recogiendo desechos. No perda oportunidad vociferarlo. Ni idea tena yo de que, para alguna gente, el dato no era precisamente una gran distincin.

No era extrao que los viernes, despus del largo recorrido por la ruta asignada, pap Juan llegara al barrio Carioca, de Guayama, en el camin de recoger basura, y se quedara con l todo el fin de semana. Los que trabajaban los zafacones y rastrillos, as como mi abuelo, eran residentes de ese poblado o sea, trabajadores negros y pobres. All vivamos, en la calle Meditacin, juntos y medio revueltos, a fines de la dcada de los 50 del siglo pasado.

No tengo la menor idea de cmo ni cundo se fund el barrio Carioca. Pudo haber sido el resultado de una invasin de terrenos que estaban sin cultivar. Pero igual, pudo haber surgido bajo los auspicios de la Comisin de Hogares Seguros de la Municipalidad de Guayama, durante los aos 1920-1924; cuatrienio en que los simpatizantes del viejo Partido Socialista, fundado por Santiago Iglesias Pantn, controlaron la administracin municipal en el pueblo brujo. El historiador y compueblano Alexis Tirado, en su libro Historia de una Ciudad: Guayama, 1898-1930, nos habla de una poca breve, pero gloriosa, en la cual los trabajadores de la caa no solo dominaron las elecciones municipales, sino que promovieron desde el gobierno local medidas radicales a favor de la clase obrera. La creacin de viviendas y barriadas enteras para familias proletarias pobres fue una de ellas. Otra medida fue la creacin de un sistema pblico de lavaderos de ropa en los barrios negros y proletarios. Adems, agilizaron la construccin de las facilidades de mi alma mater, la antigua Escuela Superior Rafael Lpez Landrn. Para financiar estas reformas, impusieron contribuciones sobre los intereses monopolistas y extranjeros que elaboraban azcar en Guayama.

Lo cierto es que entre 1920 y 1924, o sea durante los aos de la gran crisis azucarera de postguerra, el sureste entero, desde Salinas hasta Arroyo, vivi uno de los momentos ms significativos de la lucha de clases en Puerto Rico. En respuesta a la cada sbita del empleo y la centralizacin vertiginosa de capitales, los trabajadores de la caa en todo el litoral no solo se lanzaron a la huelga, sino que contemplaron el uso del poder poltico como vehculo para adelantar sus intereses comunitarios ms elementales. Y lo tuvieron que hacer a contrapelo de sus lderes socialistas a escala nacional, quienes no tardaron en traicionarlos. Fue, como dira Marx, un intento de tomar el cielo por asalto. Aunque crearon su propia organizacin poltica, conocida como el Partido Obrero Guayams, fueron derrotados por la represin y las acciones infames y violentas de los ricos del pueblo. Antes que ceder a los reclamos justos de la clase obrera, la burguesa local se fusion con el gran capital extranjero de la Central Aguirre. De un lado, la vivienda, salud y educacin pblica; del otro, la avaricia y mezquindad de los blanquitos de Guayama.

En muchos sentidos, claro est, la calle Meditacin y sus alrededores parecan versos sacados del poema Topografa, de Luis Pals Matos. Se trataba de terrenos conformados por pedregales secos, de poco valor para la siembra, en particular de la caa de azcar. La exigua humedad que haba en el barrio, aparte de las plumas pblicas de agua potable, la daban los canales de curso de las escorrentas provenientes del centro de la ciudad. S, los ricos de mi pueblo permitieron a regaadientes la imprudencia socialista de crear barriadas proletarias adyacentes a la ciudad; pero, las cosieron con canales de desperdicios de lluvia.

Tampoco llegaba mucho el progreso a la comunidad proletaria y negra de Carioca. La nica calle pavimentada era la que quedaba detrs de las canchas de tenis del Colegio San Antonio; pero, las familias que all vivan no se consideraban parte del barrio. Esa era la zona fronteriza. De ah, para llegar a la Meditacin, haba que transitar caminos de tierra polvorienta y llena de pedruscos. La misma polica entraba en un vehculo tipo Jeep, que funcionaba como la perrera todoterreno de aquellos tiempos. Mi abuelo, un conductor experimentado, aprendi bien temprano a esquivar los peones ms grandes; pues hasta el camin de basura hamaqueaba con fuerza su caja trasera, antes de llegar a la calle Meditacin.

S recuerdo, hablando ahora como los locos, que en Carioca haba una fbrica de donas. No eran como las de ahora, las donas esas Krispy Kreme, glaseadas y con ms de cincuenta qumicos malos como las cenizas de Pozuelo. No, las de la fbrica de Carioca eran rojas por fuera, duras por dentro y cubiertas de azcar negra granulada. Eran tan secas como las calles del barrio. Por suerte se ablandaban con el mav. La combinacin era irresistible, en parte porque el mav bien fermentado es tan o ms embriagante que la cerveza. Con l, lo mismo baja bien una dona o un rgido matahambre. Hay que suponer que la produccin diaria de donas sala integra de Carioca en un camin; aunque, a decir verdad, al dueo de la fbrica le daba tanta pena la hambruna de los estudiantes de la Escuela Elemental Corderito, que nos regalaba donas en la hora de recreo.

Sea como sea, all estbamos en la calle Meditacin, de Carioca, un sbado por la tarde. El barrio entero pareca un circo sin carpa. No solo estaba Amrico Valds paseando con alegra su cocodrilo en medio de la calle; acicalado el reptil, como siempre, con un lazo rosado y grande en la cabeza. Tambin estaban todos los nios y nias del barrio entretenindose en una veintena de juegos infantiles. Por aquel lado estaba el juego de esconder; por ac, el de bolas de corote; ms all, la cuica no paraba de dar vueltas; en el medio, por supuesto, los trompos y la pelegrina. Las nias se comunicaban en un lenguaje que enfadaba a los nios: Chi-tu, chi-e, chi-res, chi-un, chi-san, chi-ga, chi-no. Las ms amigables nos invitaban a jugar: Pase-mis, pase-mis, por la puerta de Alcal, los de alante corren mucho, los de atrs se quedarn. El juego ms intenso y competitivo era el de jumping-jacks: Dos y dos son cuatro, cuatro y dos son seis, seis y dos son ocho; y ocho, son diecisis; el ms riesgoso, el de saltar: Brinca la tablita, que yo la brinqu; brncala t ahora, que yo me cans.

De vez en cuando sala doa Conrada de su casita hecha de madera recubierta de latas de galletas por soda. El barrio entero poda escucharla peleando a gritos con su hijo, Ral, quien otra vez no le haba trado el carbn para la plancha de hierro colado. Los perros, desentendidos del buen gusto, se olan los fondillos y hasta se ponan a hacer sus intimidades. Eso s, en cunto los satos se arqueaban para hacer sus necesidades, todo el mundo amarraba los dedos pulgares para ponerlos a pujar. Los pobrecitos animales ni se enteraban del poder mental que tenamos para estreirlos. Qu celebracin si el animal dejaba el asunto inconcluso, despus de un afanoso esfuerzo!

El tiempo corra con prisa, como todos los sbados por la tarde en que nos ponamos a jugar. Doa Genara, la que lea las cartas en Carioca, apenas escogi tres barajas del paquete, cuando not que una nube negra se acercaba desde los caaverales. Hoy va a nevar y el ro Guaman va a cantar, pronunci, antes de recoger todo en apuros. No lo dijo como una premonicin fatal, pero mi prima Cuca, supersticiosa como pocas personas, aadi enseguida: Ah, es por eso por lo que los gatos de doa Conrada se pasaron toda la noche llamando a Ral. Y as sigui un buen rato, imitando la voz, a veces humana, de los gatos: Rauuul, Rauuul. Los perros se pusieron a mirarla curioseando y como si no tuvieran otra cosa que hacer. Parece que la tcnica absurda de los dedos cruzados haba dado resultado.

Efectivamente, no haban pasado ni diez minutos cuando una nevisca de cenizas negras comenz a caer del cielo. Era la paja de la caa quemada a kilmetros de distancia y trada por el viento. Todos los nios y nias volvimos a la calle, pero ahora a competir a ver quin agarraba la broza ms grande y bonita. Se les vea caer con lentitud, como si fueran hojarascas de un rbol seco, columpindose en el aire. Eso s, a pesar de toda la gritera y tumulto, haba que tocarlas con gentileza para que no se deshicieran en las manos. Hubo quien las pudo agarrar de dos o tres pulgadas. La chiquillada excitada abra las manos al aire para que la paja de la caa se posara a su gusto, como si fueran mariposas descansando de un largo revoloteo.

Mi abuelo, quien esa tarde ya estaba sofocado por el calor, las cenizas y, sobre todo, por el bullicio, se levant de un banco de hierro que haba en el balcn, e hizo un llamado que pudo haberle costado el trabajo: Nos vamos el barrio entero para el ro Guaman. No bien acab de decir nos vamos, cuando ya medio mundo estaba trepado en la parte de atrs del camin de tumba. Como si hubieran presagiado la invitacin, la gente ya tena calderos repletos de comida, tanto de arroz con salchichas como de berenjenas con bacalao y guingamb. Donde nico mi abuelo tir la raya fue en el empeo que tenan algunos de que Amrico Valds trajera su cocodrilo al ro. En realidad, con tanta gente en el camin, no haba cabida para el pobrecito reptil.

As, nos fuimos en la tumba o caja trasera del camin. Los nicos que no venan, adems del reptil, eran los rastrillos y las palas de amontonar basura. El tambaleo saliendo de Carioca hizo que todo el mundo se agarrara de quien pudiera, pues las paredes de la parte trasera del vehculo eran completamente lisas. No s si era la pobreza de entonces o la dieta ms natural o el embulle de la trilla, pero nadie, que yo me acuerde, mencion el hedor. Subimos a escondidas por las calles de atrs de Guayama, hasta llegar a la cuesta de la escuela Cautio, en la que, al bajar de sopetn, qued toda la gente en la parte frontal de la caja. Paco Ketty, el estadista de la gasolinera a la salida del pueblo, vio pasar el camin de carga municipal lleno de gente. Nos observ con la misma templanza con que, cada cuatro aos, vea pasar las elecciones para siempre perderlas frente al candidato popular a la alcalda. Ni pesta!

Al rato llegamos a un paraje del ro, un poco ms abajo de la compuerta de salida de la hidroelctrica de Guaman, oficialmente conocida como Carite III. En su camino desde las montaas hasta la ciudad, el ro discurra primero al lado oriental de la carretera 179, de Guayama a Carite. Que yo me acuerde, entre la entrada al barrio Culebras y la hidroelctrica III, el Guaman era un cuerpo de agua caudaloso, de pozas hondas; y estaba salpicado, aqu y all, de piedrotas de laja grandes, como las de monte arriba, all en las Cuevas y en Culebras. Su cauce era raudo y violento, sin momentos mayores de descanso. Pero, al llegar casi a la planta hidroelctrica, el ro pasaba por debajo de un puente medio atravesado y zigzagueado, que lo dejaba del otro lado de la carretera. Si uno vena del pueblo, camino a Guaman, lo tena a la izquierda; y al cruzar el puente, a la derecha. La mstica del puente se intensific, aos despus, cuando vinieron desde Hollywood a descarrilar un carro para la serie de televisin The Mob Squad.

Era imposible evitar entonces la impresin de que ms abajito de la planta hidroelctrica estaba la frontera entre el clima tropical hmedo de los campos de Guayama y el clima semirido de sus llanos y valles. El verde de ms arriba del puente fue siempre ms intenso, ms lleno de vida, que el de Rincasina o el barrio Olimpo. Y en Guaman, incluso no muy adentro en los montes, llova todos los das, hasta dos y tres veces. Esto explica, quizs, el contraste entre la poesa criollista y la de contenido negrista, en la lrica de Pals.

El punto es que ms abajito del puente haba una veguita de terreno en la que el ro Guaman se extenda a plenitud. All, su cauce febril se tornaba de repente ms sereno y manso. Tan era as, que en algunas partes la gente lo cruzaba con sus carros, o se estacionaba en el mismo medio de la corriente para lavar los vehculos o reposar. Claro, no bien lleg mi abuelo, la gente de Carioca se tir del camin y se fue para la salida del agua de la hidroelctrica. Ral, el de doa Conrada, que era el ms aventurero, se coloc de espaldas en la boca misma de la tubera de escape, conteniendo as con su cuerpo el golpe del agua que, a presin forzada, sala de la planta hidroelctrica. Tras l, se fueron los nios y nias de Carioca, vestidos con las ms variadas prendas; pues traje de bao, lo que se dice traje bao, nadie tena. El reto era mantener el grupo junto; es decir, que nadie se cayera con la fuerza del chorro de la tubera de escape. Las piernas y el cuerpo entero de Ral temblaban sin parar, mientras que el agua que se escapaba a su alrededor formaba una ducha descontrolada que empapaba a todo el mundo. Dems est decir, la osada era alocada en extremo, pues los golpes de agua a elevada presin podan llegar en cualquier momento y sin mucho aviso.

Entre la toda muchachera presente, yo era el de mayor timidez. Por eso, en lugar de acercarme a la tubera de escape de la hidroelctrica, me arrim a la orilla opuesta. Creo que fue all donde por primera vez vi una mata de camndulas, con sus semillas grises, violetas y carmes. Aos despus, descubr que no era tanto la planta hidroelctrica, como el sistema de Riego de la Costa Sur, lo que haca que el Guaman se tornara menos caudaloso en el lugar. El agua de la planta de electricidad llegaba, en realidad, por medio de un tubo de presin desde los montes bien arriba, pues se nutra del nacimiento del ro La Plata. Por eso la fuerza del chorro de escape. Pero, all mismo, casi a metros de la planta Carite III, estaba la toma de agua para el sistema de riego del sureste-oriental, que irrigaba los terrenos de caa desde Guayama hasta Arroyo. Esa agua, en particular, era del ro Guaman.

Sea como sea, en la orilla opuesta a la planta hidroelctrica, las aguas del ro Guaman eran poco profundas y corran, con agilidad infantil, por encima de un manto parcialmente sumergido de rocas de lajas. Aqu y all, las piedras asomaban sus cabezas y formaban pequeas pozas. Lo principal, al menos para m, era la amplitud de un cuerpo de agua siguiendo un cauce juguetn entre obstculos desiguales. El ro apenas suba de mis pantorrillas. Algunos rayos de sol descendan con timidez de las ramas de los rboles, y se quedaban un rato rebotando en las olas y remolinos que formaba la corriente al chocar con las piedras. Semejaban los rizos y bucles de una hermosa cabellera expuesta al viento.

Cerr entonces mis ojos, como solo puede hacerlo un nio, y me puse a jugar al esconder con el ro. Y all estaba, tras la nada de mis ojos, el regalo hermoso de la voz del Guaman, su musicalidad al atravesar la alfombra extendida de pequeas rocas volcnicas. Genara lo haba anunciado con sus cartas: Ese sbado, el ro Guaman habra de cantar. Y yo pude escuchar su voz. Pens en los jarrones de mi ta abuela Lila, siempre llenos de piedras de laja para mantener ambientada el agua; en contraste con el calor sofocante y la sequedad absoluta de las parcelas del barrio Corazn, otra comunidad de proletarios pobres y negros al oriente de Guayama. A ratos, la voz del Guaman se me antojaba idntica a la del agua del jarro de ta Lila, cuando ella la serva en las latas recicladas como vajilla para tomar. Y es que ese sbado, lo recuerdo muy bien, el Guaman era un jolgorio de jarrones de agua y remolinos traviesos.

El encendido del camin fue el anuncio chirriante de que ya era hora de partir. El barrio Carioca entero se haba desparramado ese da en el ro Guaman y sus alrededores. Irse no era fcil, pero mi abuelo era como el tiempo: no gustaba de esperar por nadie. Ya montada toda la gente en la caja posterior del vehculo, comenz a llover. Habra dado lo mismo quedarse que irse, al menos para quienes no iban al frente en la cabina del chofer. Las gotas taconeaban al caer sobre la superficie del camin y sobre la carretera. Toda la vegetacin se uni al concierto, creando la impresin de que no haba ms universo que el sentir y escuchar la lluvia. Muy poco, sin embargo, nos import enchumbarnos. Que se sepa, nadie en Carioca, haba vivido hasta entonces la aventura mgica de viajar, bajo un aguacero torrencial, en la parte trasera del camin de basura que conduca mi abuelo Juan: Que llueva, que llueva, la virgen de la cueva, los pajaritos cantan, la luna se levanta; que s, que no!, que caiga un chaparrn; que s, que no!, le canta el labrador.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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