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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 07-11-2018

La vida en trnsito

Colectivo La grieta
Rebelin


Desde los saqueados patios traseros de gringolandia se estn levantando multitudes de desdichados para emprender un largo camino hacia el norte, en busca de una suerte de mtica tierra prometida o Eldorado. En realidad, se dirigen hacia el mayor responsable de su miseria, lo que, por cierto, muchos de ellos saben perfectamente. Pero siguen adelante, pese a sentir el intenso desprecio y el odio del rimbombante caudillo cuando, borracho de xenofobia y racismo, los tilda de pistoleros y violadores. Un discurso que sirve de invocacin para que muchos civiles se disfracen y armen, deseosos de ensear a la chusma quien manda. Por supuesto, se buscar cualquier excusa para recibir a la caravana de migrantes con la cruda fuerza policial y militar que se espera de un imperio.

Conforme han ido superando los lmites de sus pases de origen, estos nmadas han dejado de ser hondureos, guatemaltecos o salvadoreos. A primera vista, pueden parecer vulnerables, abandonados y sin derechos. Pero, frente a la lgica del sentido comn, ellos continan poniendo un pie delante de otro, siempre hacia delante. Nadie crea que fuera posible el surgimiento de una columna as. El relato apocalptico postdarwinista propio del capitalismo se haba asentado en el imaginario colectivo con tal fuerza que era imposible anticipar una demostracin de voluntad semejante. Se esperaba de los pobres que pelearan entre ellos por las migajas del sistema, que se unieran a las maras, las mafias o los paramilitares, o que murieran humildemente, pero nunca que se unieran para hacer emerger un pueblo en movimiento.

Esta no es la primera vez que sucede, pero hasta ahora eran pueblos expulsados por la guerra que huan atemorizados. En semejante situacin de indigencia, a los refugiados se les supone cierta actitud de ruego y agradecimiento, incluso de sumisa humillacin, para poder ser tratados con condescendencia, en el mejor de los casos, o con directo desprecio, como estn haciendo los pases europeos en estos momentos. Hasta ahora los migrantes han sido sujetos sin derechos, cuyo periplo se converta en una experiencia despiadada: expuestos a la codicia y maltrato de las mafias que gestionan los viajes; sometidos a la arbitrariedad de policas y guardias fronterizos; con suerte atendidos con las sobras caritativas; seguramente explotados por las sanguijuelas; para, finalmente, como seres intercambiables sin verdadera entidad, ser expulsados por un sistema burocrtico que no muestra ni odio, ni empata.

En contraste, los migrantes americanos estn poniendo en prctica lo que pareca imposible. Esa caravana, que se mantiene en perpetuo estado de excepcin, mutando de manera constante, sumando y restando gente por el camino, va hacindose fuerte mientras resiste. Los nmadas americanos esperan, por una vez, no ser tratados como meras cosas de las que disponer o deshacerse. En respuesta, Trump usar las tcticas ms viles para reprimirles de manera violenta; ser una demostracin de fuerza ejemplar, porque detrs de esta caravana pueden venir muchas ms. Pero, igual que la lluvia desborda los ros y se traga los puentes, retoma cauces secos y se lleva por delante coches y edificios, los migrantes van arrasando, con la sola fuerza de sus cuerpos, las ideas de nacin, de fronteras, de derechos, de legalidad, de necesidad, preparando fatalmente ese momento en que la autodefensa del capitalismo revelar su verdadero rostro salvaje e inhumano.

El camino es todo, la meta nada... Pocas veces, esas palabras han tenido un sentido tan potente, tan dramtico. Una mujer con dos hijas adolescentes habla sonriente con los medias: por lo menos ser una gran e inolvidable experiencia humana para ellas. Otros toman fotos con sus mviles con el fin de documentar su odisea. Pero lo ms probable es que las caravanas nunca logren entrar en la fortaleza. O es posible que haya un despertar solidario y masivo de su explotada poblacin latina que fuerce las puertas? Por el momento, los caminantes parecen ajenos a esta preocupacin, porque viven un espacio que es un no-lugar en el que todo es posible (lo mejor y lo peor). A cada paso que dan como colectivo no slo caminan sobre un territorio, dejando atrs pueblos y ciudades, sino que habitan un mundo en trnsito que, evidentemente, ha de tener sus propios ritmos y regulaciones para solucionar problemas prcticos, como el descanso o la bsqueda de comida. Y luego las relaciones personales, los maravillosos encuentros imprevistos, las nuevas amistades. Entre ellos es imprescindible que se estn dando prcticas de generosidad, cuidado y solidaridad, aunque tambin habr desproteccin y egosmo. Al fin y al cabo, estn unidos por un vnculo efmero, que se sostiene en la medida en que se mantienen en movimiento.

Pero, mientras tanto marchan juntos, cruzando por mitad de pueblos donde les miran con asombro, les aplauden y les ayudan, para el resto de desposedos son una esperanza, no un sueo, porque estn marcando el paso de una humanidad que se ha cansado de esperar la condescendencia del capitalismo. Deberan ser el orgullo, la lucha y la fuerza de un internacionalismo obrero que se haba perdido en mitad de una crisis en la que el narcisismo y el cinismo son premiados. Los migrantes son olas vitales en movimiento y, por eso, producen un fuerte, aunque sordo contraste con el arraigado sedentarismo intrnseco de todo un mundo y de toda una cultura de rutinas bien en encajadas y engrasadas. Confortablemente acomodados en su letargo social, los obedientes occidentales contemplan desconcertados la emergencia de esta movilizacin. Posiblemente asustados por la llegada de un Gran Desconocido. Por eso, si no queremos que el miedo d lugar al odio y el desprecio, es imprescindible sostener y apoyar esta esperanza en devenir. Sealar su fuerza y valor como una muestra de solidaridad humana, frente a la crueldad de un capitalismo explotador y empobrecedor.

No han emprendido una huida, sino una lucha. Van a enfrentarse con la hostilidad del capitalismo sin armas, pero tambin sin cuartel (*). El capitalismo se ha sujetado a expensas de una permanente y terrible injusticia, ha llegado la hora de asumir sus consecuencias econmicas, medioambientales y sociales, en la que cada cual deber decidir si lo hace aplicando la solidaridad y la cooperacin o tomando el garrote para defender las sobras del banquete.


Igual que los centenares de migrantes que estn saltando las vallas que les separan de Europa o que estn navegando hasta las costas de Andaluca. El 1 de noviembre de 1988 se encontr en una playa de Tarifa el primer migrante fallecido tratando de llegar a Europa, a un mundo que sigue intentando ignorar las 6.714 muertes que se han producido desde entonces en las aguas del Estrecho.


La grieta, Movimiento surrealista Cdiz/Sevilla.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso de las autoras mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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