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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 13-11-2018

Un fax para La Habana

Higinio Polo
Mundo Obrero


En mayo de 2003, bajo el titular Nunca nos sentimos solos, apareci en el peridico Juventud Rebelde, de La Habana, una entrevista con Ernesto Gmez Abascal, el ltimo embajador cubano en Iraq antes de que estallase la infame guerra lanzada por Estados Unidos. El diario publicaba algunas fotografas: poda verse la entrada del refugio que haban construido los cubanos en el terreno de la embajada, excavado en la tierra, con una puerta angosta en el cemento. Poda verse, tambin, al propio embajador, un hombre con el bigote canoso, de mirada limpia, fotografiado ante un dibujo que representaba al Che Guevara.

Los representantes cubanos, cinco personas, se protegieron de los brutales bombardeos norteamericanos que llenaron de cadveres Bagdad en ese refugio: tena ocho metros cuadrados, era apenas una celda. El embajador explicaba cmo la pequea embajada cubana fue un centro de referencia para todas las personas que visitaban Bagdad, movidos por la solidaridad con el pueblo iraqu, para intentar detener la guerra. All se acercaron los brigadistas espaoles que estaban en Iraq como escudos humanos, en medio del horror y la vergenza, para encontrar aliento. Un detalle de la entrevista llamaba la atencin: el embajador recordaba que el perro de un iraqu vecino enloqueca ladrando antes de que empezasen los bombardeos: los presenta. Como hacan los perros en los das de la guerra civil espaola, en el Madrid sitiado por el fascismo, en la Barcelona bombardeada por Mussolini.

El 20 de marzo de 2003, comenz la invasin: slo quedaban en Bagdad los jefes de las misiones del Vaticano, de Rusia y de Cuba. Los soldados norteamericanos atacaron la caravana diplomtica rusa durante la guerra, en un incidente que tuvo gran repercusin internacional, y que, sin duda, respondi a una provocacin calculada del Pentgono y la Casa Blanca. Cuando los feroces marines estadounidenses entraron en Bagdad, slo permanecan ya Cuba y el Vaticano. Un fax enviado por el embajador hasta la lejana ciudad de La Habana, el ltimo de las comunicaciones diarias, lo explicaba todo: "A las seis de la maana, los cinco cubanos que estamos en Bagdad, cantamos el himno nacional en la azotea de la embajada y procedimos a arriar la bandera cubana antes de salir de Bagdad, ocupada por las tropas estadounidenses, y partir hacia la frontera jordana".

En la entrevista, Ernesto Gmez recordaba: No debi haber llamado la atencin que cinco hombres subieran a la azotea de un edificio diplomtico del barrio residencial de Jadriya el viernes 18 de abril de 2003, en un Bagdad catico, adolorido por sus muertos, que sufre las mutilaciones hechas por misiles cruceros y miles de bombas en los cuerpos de sus vecinos y en sus construcciones, saqueado e incendiado en sus riquezas mayores la cultura y la Historia, ultrajado por un ejrcito de ocupacin; sin luz, agua, ni medicinas para sus hijos, entre ellos los ms preciados, sus nios. En los cinco, deben confundirse ms de un sentimiento contradictorio: la pena y la tristeza, con el orgullo. Agradeca el embajador los gestos de solidaridad, el fraternal abrazo de los vecinos iraques que se turnaban para proteger la embajada cubana durante los saqueos, permitidos por los militares norteamericanos. Hablaba, adems, del poder tecnolgico del ejrcito norteamericano, y de la debilidad moral de sus soldados.

El embajador cubano, presente en Bagdad hasta el final, envi un fax a La Habana mientras los perros ladraban, enloquecidos por la amenaza de las bombas, como en los das tristes de la guerra civil espaola, como en el trgico Yemen de nuestros das. Hoy, cuando leemos esas lneas sobre Bagdad, es inevitable pensar tambin en la martirizada Siria, en la Libia de los mercados de esclavos, en el mismo Iraq que sigue soportando la guerra, en el devastado Yemen donde decenas de miles de nios corren el riesgo de morir, aplastados por la mquina de guerra de Estados Unidos y sus aliados.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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