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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 26-11-2018

Amor a la vida

Jack London
El Viejo Topo


Nota de edicin: Tal da como hoy [22-XI] de 1916 mora a los 40 aos a causa de una uremia el escritor estadounidense Jack London. El esplndido y sobrecogedor cuento con el que lo recordamos es uno de los que ms gustaron a revolucionarios como Lenin y el Che Guevara.

***

Esto quedar, de entre todo:
Vivieron y se esforzaron;
ser ganancia esa porcin del juego,
aunque ya exista el oro de los dados.

Bajaron por la costa, cojeando, doloridos, y en una ocasin el primero de los hombres trastabill entre las rocas sembradas al azar. Estaban cansados y dbiles, y sus rostros tenan la expresin tensa de la paciencia que viene con las fatigas mucho tiempo soportadas. Iban cargados con fardos envueltos en mantas y amarrados con correas a los hombros. Otra correa les pasaba por la frente, y ayudaba a sostener los bultos. Cada hombre llevaba un rifle. Caminaban en postura encorvada, los hombros bien hacia adelante, la cabeza ms adelante aun, los ojos clavados en el suelo.

-Ojal tuviese dos de esos cartuchos que tenemos en nuestro escondrijo -dijo el segundo.

Su voz era total y fatigadamente inexpresiva. Hablaba sin entusiasmo; y el primer hombre, quien se introdujo, cojeando, en la lechosa corriente que espumeaba sobre las rocas, no ofreci respuesta.

El otro le pisaba los talones. No se quitaron los zapatos, aunque el agua estaba helada; tanto, que les dolieron los tobillos y se les entumecieron los pies. En algunos lugares, el agua se les precipitaba hasta las rodillas, y ambos hombres trastabillaban.

El segundo resbal en una piedra lisa, estuvo a punto de caer, pero se recuper con un violento esfuerzo, y al mismo tiempo lanz una exclamacin de dolor. Pareca aturdido y con vrtigos, y extendi la mano libre mientras se bamboleaba, como buscando

apoyo en el aire. Cuando recobr el equilibrio, se adelant, pero volvi a tambalearse, y casi cay. Luego permaneci inmvil y mir al otro hombre, quien no haba vuelto la cabeza.

Se qued quieto durante un minuto, como si discutiera consigo mismo. Luego exclam:

-Oye, Bill, me disloqu el tobillo.

Bill continu tambalendose a travs del agua lechosa. No mir en torno. El hombre lo vio alejarse, y si bien su rostro sigui tan inexpresivo como antes, sus ojos eran como los de un ciervo herido.

El otro hombre lleg cojeando hasta la orilla opuesta y prosigui en lnea recta, sin mirar hacia atrs. El hombre del arroyo lo observ. Los labios le temblaban un poco, de modo que la tosca maraa de pelo castao que los cubra se agit visiblemente. Inclusive asom la lengua para humedecerlos.

-Bill! -exclam.

Era el grito de splica de un hombre fuerte en apuros, pero la cabeza de Bill no se volvi. El hombre lo mir irse, cojeando en forma grotesca y tambalendose hacia adelante, con pasos vacilantes, y subir la suave cuesta hasta la blanda lnea del horizonte de la baja colina. Lo vio continuar hasta que lleg a la cima y desapareci al otro lado. Luego desvi la mirada y poco a poco recorri el crculo del mundo que le quedaba, ahora que Bill se haba ido.

Cerca del horizonte, el sol arda vagamente, casi oscurecido por informes brumas y vapores que daban una impresin de masa y densidad sin contornos o tangibilidad. El hombre extrajo el reloj, mientras apoyaba su peso sobre una pierna. Eran las cuatro, y como la estacin se acercaba a finales de julio o principios de agosto -no poda decir la fecha exacta, fuera de una aproximacin de una o dos semanas-, saba que el sol sealaba, ms o menos, el noroeste. Mir hacia el sur y supo que en algn lugar de esas yermas colinas se encontraba el lago Great Bear; tambin supo que en esa direccin el Crculo rtico se abra su temible paso

a travs de los eriales canadienses. El arroyo en que se encontraba era un tributario del ro Mina de Cobre, que a su vez flua hacia el norte y desembocaba en el golfo Coronacin y el ocano rtico. Nunca haba estado all, pero una vez lo vio en un mapa de la Compaa de la Baha de Hudson.

Su mirada volvi a completar el crculo del mundo que lo rodeaba. No era un espectculo alentador. Por todos lados, la blanda lnea del horizonte. Las colinas eran todas bajas. No se vean rboles, ni arbustos, ni hierbas nada ms que una tremenda y terrible desolacin, que hizo que el temor se le asomara con rapidez a los ojos.

-Bill! -susurr una vez, y otra-. Bill!

Se agach en medio del agua lechosa, como si la vastedad lo presionara con fuerza abrumadora, aplastndolo con su complaciente atrocidad. Comenz a temblar como de fiebre intermitente, hasta que el arma se le cay de la mano con un chapoteo. El sirvi para despertarlo. Luch contra su miedo y se recobr; tante en el agua y recogi el arma. Desplaz el bulto ms hacia el hombro izquierdo, de modo de eliminar una parte del peso que caa sobre el tobillo dislocado. Luego se encamin, con lentitud, dolorido, haciendo muecas, hacia la orilla.

No se detuvo. Con una desesperacin que era locura, sin prestar atencin al dolor, se apresur a subir la cuesta, hasta la cima de la colina por la cual haba desaparecido su compaero, ms grotesco y cmico, con mucho, que ese camarada que a su vez cojeaba y se tambaleaba a sacudones. Pero en la cima vio un valle somero, vaco de vida. Luch otra vez contra su temor, lo super, se acomod el bulto aun ms hacia la izquierda y descendi la cuesta balancendose con violencia.

El fondo del valle estaba cubierto de agua, que el denso musgo retena, como una esponja, cerca de la superficie. El agua brotaba a chorros a cada paso, bajo sus pies, y cada vez que levantaba un pie, la accin culminaba con un ruido de succin, cuando el musgo mojado lo soltaba a desgana. Continu caminando, saltando de muskeg en muskeg, y sigui las pisadas del otro hombre, a lo largo y a travs de los salientes rocosos que se asomaban como islotes en el mar de musgo.

Aunque solo, no estaba perdido. Saba que ms adelante llegara a un lugar en que abetos abedules muertos, muy pequeos y achaparrados, bordeaban la costa de una laguna, el titchinnchilie, en el idioma de la regin, la tierra de los palos pequeos. Y a ese lago aflua una reducida corriente cuyas aguas no eran lechosas. En dicha corriente haba juncos -eso lo recordaba bien-, pero no madera, y la seguira hasta que su principal reguero terminara en una divisoria. Cruzara sta hasta el primer reguero de otro arroyo que flua hacia el oeste, y al cual seguira hasta que se vaciara en el ro Dease, donde encontrara un escondrijo bajo una canoa volcada y cubierta por muchas piedras. Y en el escondrijo hallara municiones para su arma descargada, anzuelos y sedales todo lo necesario para matar y atrapar alimentos. Y tambin encontrara harina -no mucha-, un trozo de tocino y algunos frjoles.

Bill lo esperara all, y remaran hacia el sur, Dease abajo, hasta el lago Great Bear. Y seguiran al sur, a travs del lago, siempre hacia el sur, hasta llegar al Mackenzie. Y al sur, todava ms al sur, continuaran mientras el invierno los persegua en vano, y se formaba hielo en los remolinos, y los das se volvan helados y secos, al sur, hacia algn abrigado puesto de la Compaa de la Baha de Hudson, donde los rboles crecan altos y haba inacabables cantidades de alimentos.

Esos eran los pensamientos del hombre, mientras se esforzaba en continuar su marcha. Pero as como empujaba a su cuerpo, con la misma fuerza empujaba a su mente, y trataba de pensar que Bill no lo haba abandonado, que sin duda lo esperara en el escondrijo. Estaba obligado a pensar as, porque de lo contrario no habra tenido sentido esforzarse, y se habra echado en el suelo, a morir. Y cuando la borrosa bola del sol se hundi poco a poco en el noroeste, repas cada centmetro -y muchas veces- de la huida de Bill y l hacia el sur, por delante del invierno que llegaba. Y examin una y otra vez los alimentos del escondrijo y los del puesto de la Compaa de la Baha de Hudson. Haca dos das que no coma; y durante mucho ms tiempo no haba comido lo necesario. A menudo se detena y recoga plidas bayas de muskeg que se llevaba a la boca, mascaba y tragaba. Ese tipo de bayas son un trocito de semilla cubierto por un poco de agua. En la boca el agua desaparece, y la semilla, al mascarla, es amarga y punzante. El hombre saba que no contenan alimento, pero las masc con paciencia, con una paciencia mayor que la experiencia y el conocimiento.

A las nueve se golpe los dedos de los pies en un afloramiento rocoso, y de puro cansancio y fatiga se tambale y cay. Qued tendido durante un tiempo, sin movimiento, de costado. Luego se quit las correas del atado y se arrastr con torpeza hasta quedar sentado. An no haba oscurecido, y en el ocaso que se demoraba tante entre las rocas, en busca de mechones de musgo seco. Cuando reuni una cantidad, encendi un fuego -un fuego que arda sin llama, humeante- y se puso a hervir un jarro de hojalata con agua.

Desenvolvi su atado, y lo primero que hizo fue contar los fsforos. Tena sesenta y siete. Los cont tres veces, para estar seguro. Los dividi en varias porciones, los envolvi en papel encerado, guard una porcin en su tabaquera vaca, otra en la cinta interior de su maltrecho sombrero, una tercera bajo la camisa, en el pecho. Hecho eso, se apoder de l el pnico, y los desenvolvi todos y los cont de nuevo. Seguan siendo sesenta y siete.

Sec junto al fuego su calzado mojado. Los mocasines eran jirones empapados. Los calcetines de tela de manta estaban rados en varios lugares, y tena los pies en carne viva y sangrantes. El tobillo le lata, y lo examin. Se le haba hinchado hasta alcanzar el tamao de la rodilla. Rasg una larga tira de una de las dos mantas y con ella ci fuertemente el tobillo. Rasg otras tiras y se envolvi los pies, para que le sirvieran a la vez como mocasines y calcetines. Luego bebi el jarro de agua, muy caliente, dio cuerda al reloj y se introdujo entre las mantas.

Durmi como un muerto. Lleg y se fue la breve oscuridad de la medianoche. El sol se elev en el nordeste por lo menos el da amaneca en ese sector, pues nubes grises tapaban el sol.

Despert a las seis, echado de espaldas. Mir al cielo gris y supo que estaba hambriento. Cuando rod para apoyarse en el codo lo sobresalt un fuerte bufido, y vio un carib macho que lo miraba con despierta curiosidad. El animal se hallaba a no ms de cinco metros de distancia, y en el cerebro del hombre surgi en el acto la visin y el sabor de carne de carib chirriando y frindose sobre el fuego. Tendi maquinalmente la mano hacia el rifle descargado, apunt y apret el disparador. El macho buf y se alej de un salto; sus cascos repiqueteaban y tamborileaban al huir por sobre los afloramientos de rocas.

El hombre maldijo y arroj el arma. Gimi en voz alta cuando comenz a intentar ponerse de pie. Tena las articulaciones como goznes herrumbrados. Se movan con aspereza, con mucha friccin, y cada flexin se lograba slo mediante un puro esfuerzo de voluntad. Cuando por fin logr levantarse, consumi un poco ms de un minuto en enderezarse, de modo de mantenerse erguido, como debe estarlo un hombre.

Trep a un pequeo otero y examin el paisaje. No haba rboles, ni arbustos, nada, salvo un mar gris, de musgo, apenas diversificado en rocas grises, lagunitas grises y arroyuelos grises. El cielo era gris. No haba sol, ni atisbos de l. No tena idea de hacia dnde quedaba el norte, y haba olvidado el camino por el cual lleg al lugar la noche anterior. Pero no estaba perdido. Eso lo saba. Pronto llegara a la tierra de los palos pequeos. Sinti que se encontraba en algn lugar, a la izquierda, no lejos. . . tal vez al otro lado de la prxima loma.

Volvi a dar forma a su atado para el viaje. Se asegur de la existencia de sus tres porciones separadas de fsforos, aunque no se detuvo a contarlos. Pero se demor para meditar acerca de un chato saco de cuero de alce. No era grande. Poda ocultarlo bajo las dos manos. Saba que pesaba siete kilos tanto como el resto de la carga-, y le preocupaba. Por ltimo lo dej a un lado y se dedic a enrollar el bulto. Se interrumpi para contemplar el chato saco de cuero. Lo tom de prisa, con una mirada desafiante en derredor, como si la desolacin tratase de despojarlo de l, y cuando se puso de pie para internarse tambaleando en el da, estaba incluido en el atado.

Se orient hacia la izquierda, y de vez en cuando se detena para comer bayas de muskeg. El tobillo se le haba envarado, su cojera era ms pronunciada, pero el dolor no era nada en comparacin con el que senta en el estmago. Los mordiscos del hambre eran intensos. Roan y roan, hasta que no pudo mantener los pensamientos fijos en el rumbo que deba seguir para llegar a la tierra de los palos pequeos. Las bayas de muskeg no mitigaban esas dentelladas, en tanto que le llagaban la lengua y el paladar con su irritante aspereza.

Lleg a un valle en que lagpodos de las rocas se elevaron, con crepitantes aleteos, de los salientes y muskegs. Quer quer quer, gritaban. Les arroj piedras, pero no le acert a ninguno. Dej su bulto en el suelo y los acech como un gato acecha a un gorrin. Las agudas rocas le atravesaron las perneras de los pantalones, hasta que las rodillas dejaron un rastro de sangre; pero la herida se perdi en la laceracin del hambre. Se arrastr, retorcindose, sobre el musgo hmedo, se satur las ropas y se hel el cuerpo; pero no tena conciencia de ello, tan grande era su fiebre de alimentos. Y siempre los lagpodos se elevaban, chirriando, ante l, hasta que su quer quer quer se convirti en una burla contra l, y los maldijo y les grit con el mismo grito de ellos.

En un momento dado se arrastr hacia uno que deba de estar dormido. No lo vio hasta que se precipit hacia arriba, delante de su cara, saliendo de

su escondite entre las rocas. Estir un brazo tan sobresaltado como el aleteo del lagpodo, y en su mano quedaron tres plumas de la cola. Mientras observaba el vuelo del ave, la odi como si le hubiese hecho algn dao terrible. Luego volvi y carg con el atado.

A medida que pasaba el da, llegaba a valles o terrenos pantanosos, donde la caza abundaba ms. Pas un grupo de caribs, de veinte y tantos animales, atormentadoramente cerca del alcance del rifle. Experiment un loco deseo de correr tras ellos, la certidumbre de que podra alcanzarlos. Un zorro negro se dirigi hacia l, llevando un lagpodo en la boca. El hombre grit. Fue un grito temible, pero el zorro, que se alej de un salto, asustado, no solt el lagpodo.

Entrada la tarde, sigui un arroyo, lechoso de cal, que corra entre ralos apiamientos de juncos. Tom varios de stos con firmeza, cerca de la raz, arranc lo que pareca un joven brote de cebolla, no ms largo que un clavo abismal. Era tierno, y sus dientes se hundieron en l con un crujido que prometa un delicioso alimento. Pero las fibras eran duras. Estaba compuesto de filamentos resistentes, saturados de agua, como las bayas, y carentes de sustancias nutritivas. Se descarg del bulto y se lanz hacia los juncos, de manos y rodillas, y mordi y masc, como una criatura bovina.

Estaba muy fatigado, y a menudo deseaba descansar, acostarse y dormir. Pero a cada instante se vea impulsado hacia adelante, no tanto por su deseo de llegar a la tierra de los palos pequeos, como por el hambre. Inspeccion diminutos estanques en busca de ranas, y cav la tierra con las uas en procura de gusanos, aunque saba que tan al norte no hallara ranas ni gusanos.

Registr en vano todos los charcos, hasta que, cuando llegaba el prolongado ocaso, encontr un nico pez, del tamao de un foxino, en uno de esos estanques. Hundi el brazo hasta el hombro, pero se le escap Introdujo las dos manos y removi el fango lechoso del fondo. En su excitacin, cay adentro, mojndose hasta la cintura. Despus el agua qued demasiado fangosa para permitirle ver el pez, y se vio obligado a esperar hasta que el agua se sedimentara.

La persecucin se reanud, y slo se interrumpi cuando el agua volvi a enfangarse. Desprendi del bulto el cubo de hojalata y se puso a vaciar el estanque. Al comienzo trabaj como un enloquecido, salpicndose y arrojando el agua tan cerca, que volva a correr hacia el charco. Puso ms cuidado, se esforz por mantenerse sereno, aunque el corazn le lata contra el pecho y le temblaban las manos. Al cabo de media hora el estanque se encontraba casi seco. Apenas quedaba una taza de agua. Y no se vea pez alguno. Hall una grieta oculta entre las piedras, por la cual haba escapado al estanque adyacente, ms grande, que no podra vaciar en una noche y un da. Si hubiera conocido la existencia de la grieta, la habra tapado con una piedra al principio, y el pez hubiese sido suyo.

As pens, y se derrumb y cay sobre la tierra mojada. Al comienzo llor con suavidad, casi para s; luego el llanto se hizo ms fuerte, dirigido a la implacable desolacin que lo rodeaba; y despus, durante un largo rato, lo sacudieron grandes sollozos secos.

Encendi un fuego y se calent bebiendo medios litros de agua caliente, y acamp en un saliente rocoso, tal como lo haba hecho la noche anterior. Lo ltimo que hizo fue mirar si tena los fsforos secos y dar cuerda al reloj. Las mantas estaban hmedas y pegajosas. El tobillo le palpitaba de dolor. Pero slo saba que tena hambre, y durante su inquieto sueo so con festines y banquetes, y con comida servida y presentada en todas las formas imaginables.

Despert helado y enfermo. No haba sol. El gris de la tierra y el cielo se haba acentuado, era ms profundo. Soplaba un viento desapacible, y las primeras precipitaciones de nieve blanqueaban las cimas de las colinas. El aire se condens y se volvi blanco mientras encenda un fuego y herva ms agua. Era nieve hmeda, mitad lluvia, y los copos grandes y empapados. Al principio se fundan en cuanto entraban en contacto con la tierra, pero continuaron cayendo, cubriendo el suelo, apagando el fuego, arruinando su acopio de musgo combustible.

Esa fue la seal para cargar el atado y trastabillar hacia adelante, no, saba a dnde. No le importaba la tierra de los palos pequeos, ni Bill y el escondrijo debajo de la canoa volcada junto al ro Dease. Lo dominaba el verbo comer. Estaba loco de hambre. No prest atencin al rumbo que segua, siempre que lo llevase por tierras cenagosas. Camin a tientas, por entre la nieve hmeda, hacia las acuosas bayas de muskeg, y se orient por el tacto para arrancar los juncos de raz. Pero eran bocados inspidos, y no proporcionaban satisfaccin. Encontr unos hierbajos que tenan un sabor agrio, y comi todo lo que pudo hallar, que no era mucho, pues eran hierbas rastreras, que se ocultaban con facilidad debajo de varios centmetros de nieve.

Esa noche no tuvo fuego, ni agua caliente, y se introdujo debajo de las mantas a dormir el espasmdico sueo del hambre. La nevada se haba convertido en una lluvia fra. Despert muchas veces, y la sinti caer sobre el rostro vuelto hacia arriba. Lleg el da, un da gris y sin sol. Haba dejado de llover. Ya no experimentaba las punzadas del hambre. Se le haba agotado la sensibilidad, por lo menos en lo relativo a su ansia de alimentos. Tena en el estmago un dolor sordo, pesado, pero no le molestaba tanto. Estaba ms racional, y otra vez le interes en primer lugar la tierra de los palos pequeos y el escondrijo junto al ro Dease.

Rasg en tiras el resto de una de sus mantas, y se vend los pies sangrantes. Adems volvi a atarse el tobillo dislocado y se prepar para un da de marcha. Cuando lleg a su bulto, se detuvo largo rato ante el chato saco de cuero de alce, pero a la postre se lo llev consigo.

La nieve se haba fundido bajo la lluvia, y slo las cimas de las colinas aparecan blanqueadas. Sali el sol, y el hombre consigui ubicar los puntos de la brjula, aunque ya saba que estaba extraviado. Era posible que en sus das anteriores de vagabundeo se hubiese desviado demasiado hacia la izquierda. Se dirigi hacia la derecha, para contrarrestar la posible desviacin respecto de su rumbo.

Aunque las dentelladas del hambre no eran ya tan exquisitas, se dio cuenta de que estaba dbil. Se vio obligado a detenerse con frecuencia para descansar .y atacar las bayas de muskeg y los agrupamientos de juncos. Senta la lengua seca y grande, como cubierta de un fino vello, y le dejaba un sabor amargo en la boca. El corazn le daba muchos trastornos. Cuando caminaba unos pocos minutos, iniciaba unos implacables golpes sordos, y luego saltaba y pareca aletear en una dolorosa sucesin de palpitaciones que lo ahogaban y lo hacan sentirse dbil y con vrtigos.

En mitad del da encontr dos foxinos en un estanque grande. Era imposible vaciarlo, pero ahora estaba ms sereno y consigui atraparlos en su cubo. No eran mayores que su meique, pero no tena demasiada hambre. El dolor apagado del estmago se apagaba y atenuaba cada vez ms. Casi pareca como si el estmago dormitara. Comi los pescados crudos, masticando con minucioso cuidado, pues el comer era un acto de puro raciocinio. Si bien no tena deseos de comer, saba que deba hacerlo para vivir.

Al atardecer pesc otros tres foxinos, comi dos y se reserv el restante para el desayuno. El sol haba secado dispersos mechones de musgo, y pudo calentarse con el agua que hirvi. Ese da no haba recorrido ms de quince kilmetros; y al siguiente, caminando cuando el corazn se lo permita, hizo apenas ocho. Pero el estmago no le provocaba la menor inquietud. Se le haba dormido. Adems, se encontraba en una regin desconocida, y los caribs abundaban ms, y tambin los lobos. Muchas veces sus gaidos se desplazaban a travs de la desolacin, y en una ocasin vio a tres de ellos escurrindose ante su senda.

Otra noche; y por la maana, ya ms racional, desat la correa de cuero que cerraba el chato saco de cuero de alce. De la boca abierta del saco cay un chorro amarillo de tosco polvo y pepitas de oro. Dividi el oro, ms o menos, en dos partes; ocult una mitad debajo de un saliente, envuelta en un trozo de manta, e introdujo la otra mitad de nuevo en el saco. Tambin comenz a usar tiras de la manta restante para los pies. Continuaba aferrndose al rifle, pues haba cartuchos en el escondrijo del ro Dease.

Era un da de neblina, y ese da el hambre volvi a despertar en l. Estaba muy debilitado, y lo aquejaban vrtigos que a veces lo cegaban. Ahora no era nada extraordinario que tropezara y cayera; y en una ocasin, al tropezar, cay de lleno sobre un nido de lagpodos. Haba cuatro cras recin empolladas, el da anterior motitas de vida palpitante que apenas formaban un bocado; y se las comi con voracidad. Se las meti vivas en la boca y las tritur, como si fueran huevos, entre los dientes. La madre alete alrededor de l, con grandes gritos. El hombre us el arma como porra para derribarla, pero lo esquiv y se puso fuera de su alcance. Le arroj piedras, y por casualidad le quebr un ala. El ave se alej corriendo, arrastrando el ala, perseguida por l.

Los polluelos no hicieron ms que aguzarle el apetito. Brinc y coje con torpeza, con el tobillo dislocado, arrojando piedras, y en ocasiones gritando, ronco; otras veces brincaba y cojeaba en silencio, levantndose, hosco y paciente, cuando caa, o frotndose los ojos con la mano cuando el vrtigo amenazaba vencerlo.

La persecucin lo llev a travs de terrenos pantanosos del fondo del valle, y encontr huellas de pisadas en el musgo empapado. No eran las suyas, eso poda verlo. Deban de ser de Bill. Pero no poda detenerse, pues el lagpodo hembra segua corriendo. Primero la atrapara, para volver luego a investigar.

Agot a la hembra; pero l tambin se agot. El ave yaca jadeante, de costado. Y l yaca jadeante de costado, a cuatro metros, incapaz de arrastrarse hacia ella. Y cuando se recuper, tambin se recuper el lagpodo, y alete fuera de su alcance, cuando la mano hambrienta del hombre se extendi para tomarla. La caza se reanud. Cay la noche, y el ave escap. l se tambale de extenuacin y se precipit de bruces, cortndose la mejilla, el atado a la espalda. No se movi durante un tiempo; luego rod de costado, dio cuerda al reloj y permaneci all hasta 1a maana.

Otro da de niebla. La mitad de su ltima manta haba desaparecido en forma de vendas para los pies. No encontr la pista de Bill. No importaba. El hambre lo impulsaba con demasiada imperiosidad slo que slo que se pregunt si tambin Bill estara extraviado. Al medioda, la molestia del atado se volvi demasiado oprimente. Volvi a dividir el oro, pero esta vez no hizo ms que derramar la mitad en el suelo. Por la tarde arroj el resto, y ya slo le qued media manta, el cubo de hojalata y el rifle.

Empez a perturbarlo una alucinacin. Estaba seguro de que le quedaba un cartucho. Se encontraba en la recmara del rifle, y l no se haba acordado de eso. Por otro lado, saba, al mismo tiempo, que la recmara estaba vaca. Pero la alucinacin persista. Luch contra ella durante horas enteras, y luego abri el rifle y se enfrent al vaco de la recmara. La desilusin fue tan amarga como si en verdad hubiera esperado encontrar el cartucho.

Sigui arrastrando los pies durante media hora, y la alucinacin volvi a surgir. Otra vez luch contra ella, y sin embargo persisti, hasta que, nada ms que por el alivio que ello le dara, abri el rifle para disuadirse. En ocasiones sus pensamientos vagaban, y continu caminando trabajosamente, como un simple autmata, y extraas visiones y caprichos le roan el cerebro, como gusanos. Pero estas excursiones fuera de la realidad eran de breve duracin, porque siempre los tormentos del hambre lo llamaban de vuelta a ella. En un momento dado regres de esas excursiones, en forma brusca y con una sacudida, a causa de una visin que casi lo hizo desvanecerse. Se tambale y bambole, vacilante como un borracho que trata de no caerse. Ante l se vea un caballo. Un caballo! No pudo dar crdito a sus ojos. Haba en ellos una densa bruma, salpicada de chispeantes puntos de luz. Se frot los ojos con furia, para aclarar la visin, y vio, no un caballo, sino un gran oso pardo. El animal lo estudiaba con belicosa curiosidad.

El hombre tena el rifle a mitad de camino hacia el hombro antes de darse cuenta de lo que haca. Lo baj y extrajo su cuchillo de caza de la vaina adornada con cuentas que llevaba a la cintura. Tena ante s carne y vida. Pas el dedo por el filo del cuchillo. Cortaba. La punta era aguzada. Se lanzara sobre el oso y lo matara. Pero el corazn inici sus sordos latidos de advertencia. Luego sigui el loco aleteo hacia arriba, y el tamborileo, la presin, como de una tira de hierro, en torno de la frente.

Su desesperada valenta fue expulsada por una gran oleada de temor. En su debilidad,

qu sucedera si el animal atacaba? Se irgui hasta su estatura ms imponente, apret el mango del cuchillo y mir con intensidad al oso. ste avanz con torpeza un par de pasos, se irgui y emiti un gruido exploratorio. Si el hombre corra, correra tras l; pero el hombre no corri. Ahora lo animaba la valenta del miedo. Tambin l lanz un gruido terrible, salvaje, que exteriorizaba el miedo afn a la vida y que se encuentra enroscado en torno de las races ms profundas de la vida.

El oso se escurri hacia un costado, entre gruidos amenazadores, aterrorizado l mismo por la misteriosa criatura que se presentaba erguida e impvida. Pero el hombre no se movi. Permaneci como una estatua hasta que pas el peligro, y entonces se entreg a un acceso de temblores y se dej caer en el musgo mojado.

Se recuper y sigui su marcha, asustado ahora en una nueva forma. No era el temor a morir en forma pasiva, por falta de alimentos, sino el de ser destruido con violencia antes que el hambre hubiese agotado en l la ltima partcula de empeo que lo orientaba hacia la supervivencia. Estaban los lobos. Sus aullidos recorran la desolacin de un lado a otro, tejan en el aire mismo la trama de una amenaza tan tangible, que se sorprendi, los brazos en alto, presionndola hacia atrs, como habra podido hacerlo con las paredes de una tienda azotada por el viento.

Una y otra vez los lobos, en grupos de dos o tres, cruzaban su senda. Pero se apartaban de l. No se encontraban en nmero suficiente, y adems cazaban caribs, que no presentaban combate, en tanto que esa extraa criatura que caminaba erguida poda rasguar y morder.

Ya entrada la tarde se top con huesos dispersos, donde los lobos haban matado a su vctima. Los restos pertenecan a lo que media hora antes era un carib joven, que gritaba y corra, muy lleno de vida. Contempl los huesos, limpios y pulidos, rosados por la vida celular que an no haba muerto en ellos. Poda ser que l terminase del mismo modo, antes que hubiera concluido el da? As era la vida, eh? Una cosa vana y fugaz. Slo dola la vida. No exista dolor en la muerte. Morir era dormir. Representaba cesacin, descanso. Y entonces, por qu no se conformaba con morir?

Pero no moraliz durante mucho tiempo. Se hallaba arrodillado en el musgo, con un hueso en la boca, sorbiendo los fragmentos de vida que todava lo tean de un rosa plido. El dulce sabor de carne, tenue y esquivo, casi como un recuerdo, lo enfureci. Apret las mandbulas sobre el hueso y tritur. A veces se quebraba el hueso, a veces los dientes. Luego aplast los huesos entre piedras, los machac hasta convertirlos en pulpa, y los trag. Tambin se machac los dedos, en la prisa, y sin embargo encontr un momento para experimentar sorpresa ante el hecho de que los dedos no le dolieran tanto cuando quedaban atrapados bajo la piedra que descenda.

Llegaron das espantosos de nieve y lluvia. No saba cundo acampaba, cundo levantaba campamento. Viajaba de noche tanto como de da. Descansaba donde se caa, se arrastraba cuando la vida, moribunda en l, parpadeaba en breves chisporroteos y arda con un poco ms de vigor. Ya no se esforzaba como un hombre. Lo que lo empujaba era la vida que haba en l, nada dispuesta a morir. No sufra. Los nervios se le haban embotado, entumecido, en tanto que tena el cerebro repleto de fantsticas visiones y deliciosos sueos.

Pero continuaba succionando y mascando los huesos triturados del carib, cuyos menores restos haba recogido y llevado consigo. Ya no cruz ms colinas ni divisorias, sino que sigui mecnicamente una amplia corriente que flua a travs de un valle ancho y somero. No vio la corriente ni el valle. No vea otra cosa que visiones. El alma y el cuerpo caminaban y se arrastraban una al lado del otro, pero separados, tan delgado era el hilo que los una.

Despert en sus cabales, acostado, de espaldas, sobre un saliente rocoso. El sol derramaba luz y calor. A lo lejos escuch el grito de los caribs ms jvenes. Tuvo conciencia de vagos recuerdos de lluvia y viento y nieve, pero no saba si la tormenta lo haba castigado dos das o dos semanas atrs.

Durante un rato sigui echado sin moverse, con el sol derramndose sobre l y saturando con su calor su desdichado cuerpo. Un hermoso da, pens.

Quiz conseguira establecer su ubicacin. Con un doloroso esfuerzo, rod de costado. Debajo de l flua un ro ancho y perezoso. Lo intrig el hecho de que le resultara tan poco conocido. Lo sigui con los ojos, poco a poco, hasta donde serpenteaba en amplias curvas, entre las yermas colinas desnudas, ms yermas y desnudas y bajas que ninguna de las que haba encontrado hasta entonces. Poco a poco, en forma deliberada, sin excitacin ni mucho ms que el inters ms casual, sigui el curso de la extraa corriente hasta la lnea del horizonte, y la vio vaciarse en un mar brillante y luminoso. Continuaba sin emocionarse. Extraordinario, pens, una visin o un espejismo; ms bien una visin, una treta de su mente trastornada. As se lo confirm el espectculo de un barco anclado en medio del mar refulgente. Cerr los ojos un momento, y los abri de nuevo. Resultaba extrao que la visin persistiera! Y sin embargo no era extrao. Saba que no haba barcos ni mares en el corazn de las tierras eriales, tal como antes supo que el rifle no contena cartucho alguno.

Oy un husmeo detrs de l un jadeo o tos semiahogados. Muy despacio, debido a su enorme debilidad y envaramiento, rod hacia el otro costado. No consigui ver nada cerca, pero aguard con paciencia. Otra vez se escuch el husmeo y la tos, y delineada entre dos rocas dentadas, a no ms de cinco metros, distingui la cabeza gris de un lobo. Las agudas orejas no estaban tan levantadas como las haba visto en otros lobos; tena los ojos legaosos e inyectados en sangre; la cabeza pareca caer, floja y desamparada. El animal parpadeaba continuamente a la luz del sol. Daba la impresin de estar enfermo. Mientras lo miraba, volvi a husmear y toser.

Por lo menos esto es real, pens, y se volvi hacia el otro lado, para poder contemplar la realidad del mundo que se le haba ocultado antes de la visin.

Pero el mar continuaba brillando a la distancia, y el barco se discerna con claridad.

Entonces eran realidad, en resumidas cuentas? Cerr los ojos durante un largo rato y pens, y entonces se le ocurri. Haba caminado hacia el nordeste, alejndose de la divisoria del Dease, en direccin del valle Mina de Cobre. Ese ro amplio y perezoso era el Mina de Cobre. El mar brillante era el ocano rtico. El barco era un ballenero que se haba desviado al este, muy hacia el este, desde la boca del Mackenzie, y se hallaba anclado en el golfo Coronacin. Record el mapa de la Compaa de Hudson que vio mucho tiempo atrs, y todo le result claro y razonable.

Se sent y dedic su atencin a los asuntos inmediatos. Haba desgastado sus vendas de mantas, y sus pies eran informes trozos de carne al rojo vivo.

Ya no le quedaban mantas, ni el rifle, ni el cuchillo. En alguna parte haba perdido el sombrero, con el puado de fsforos en la cinta interior, pero los que llevaba contra el pecho estaban a salvo y secos, dentro de la tabaquera y el papel encerado. Mir su reloj. Marcaba las once y an funcionaba. Resultaba evidente que lo haba mantenido con cuerda.

Se senta calmo y reposado. Aunque dbil en extremo, no experimentaba sensaciones de dolor. No tena hambre. Ni siquiera le resultaba agradable pensar en comida, y todo lo que haca lo haca por imperio de la razn. Se rasg las perneras de los pantalones asta las rodillas y con las tiras se at los pies. Quien sabe cmo, haba logrado conservar el cubo. Bebera un poco de agua caliente antes de emprender lo que prevea que sera una terrible marcha hasta el barco.

Sus movimientos eran lentos. Temblaba como de fiebre. Cuando se puso a recoger musgo seco, descubri que no poda incorporarse. Lo intent una y otra vez, y luego se conform con arrastrarse a gatas. Una vez se arrastr cerca del lobo enfermo. El animal se sali a desgana fuera de su camino, lamindose los belfos con una lengua que apenas pareca tener fuerza suficiente para enroscarse. El hombre vio que la lengua no exhiba el acostumbrado y saludable color rojo. Era de un color pardo amarillento, y pareca cubierta de una mucosidad tosca y semiseca.

Despus de beber medio litro de agua caliente, el hombre descubri que poda ponerse en pie, e inclusive caminar como se supone que camina un moribundo. A cada minuto, ms o menos, se vea obligado a descansar. Sus pasos eran dbiles e inseguros, como los del lobo que lo segua; y esa noche, cuando el mar resplandeciente fue borrado por la oscuridad, supo que no se haba acercado a l en ms de seis kilmetros.

Durante la noche oy la tos del lobo enfermo, y de vez en cuando los gritos de los caribs mas jvenes. Haba vida en torno de l, pero era vida fuerte, muy viva, y saba que el lobo enfermo se pegaba a las huellas del hombre enfermo en la esperanza de que ste muriese primero. Por la maana, al abrir los ojos, lo vio observndolo con una mirada vida y hambrienta. Se encontraba acurrucado, con la cola entre las piernas, como un perro desdichado y angustiado. Temblaba con el fro viento matinal, y sonri con desaliento cuando el hombre le habl con una voz que apenas llegaba a ser un ronco susurro.

El sol se elev, brillante, y durante toda la maana el hombre se tambale y cay con rumbo al barco anclado en el mar radiante. El tiempo era perfecto. Era el breve veranillo de San Martn de las altas latitudes. Poda durar una semana. O desaparecer al da siguiente, o al otro.

Por la tarde el hombre hall una senda. Era de otro hombre, que no caminaba, sino que se arrastraba en cuatro patas. El hombre pens que tal vez fuese Bill, pero lo pens en forma vaga, desinteresada. Careca de curiosidad. En rigor, ya no existan en l sensaciones ni emociones. Ya no era susceptible al dolor. El estmago y los nervios se le haban dormido. Estaba agotado, pero se negaba a morir. Y porque se negaba a morir continuaba comiendo bayas de muskeg y foxinos, beba su agua caliente y mantena una mirada vigilante sobre el lobo enfermo.

Sigui las huellas del hombre que se arrastraba, y pronto lleg al final de ellas unos pocos huesos recin pelados, en un lugar en que el musgo empapado mostraba las pisadas de muchos lobos. Vio un chato saco de piel de alce, igual al suyo, desgarrado por dientes agudos. Lo recogi, aunque ello result casi superior a las posibilidades de sus dbiles dedos. Bill lo haba cargado hasta el final. Ja, ja! Todava llegara a rerse de Bill. Sobrevivira y lo llevara al barco del mar radiante. Su risa era ronca y horrenda, como el graznido de un cuervo, y el lobo enfermo lo imit, y lanz un aullido lgubre. El hombre se interrumpi de repente. Cmo podra rerse de Bill si eso era Bill; si esos huesos, tan blanquirrosados y limpios, eran Bill?

Se apart. Bien, Bill lo haba abandonado; pero l no tomara el oro, ni succionara los huesos de Bill. Si las cosas hubiesen sucedido al revs, Bill lo habra hecho, cavil mientras segua trastabillando. Lleg a un estanque. Inclinado sobre l, en busca de foxinos, ech la cabeza hacia atrs, como si algo lo hubiese punzado. Haba visto el reflejo de su cara. Tan horrible fue la visin, que la sensibilidad despert lo suficiente como para conmoverse. Haba foxinos en el estanque, demasiado grande para desagotarlo; y luego de varios intentos ineficaces para pescarlos en el cubo, desisti. Tema, debido a su enorme debilidad, caerse dentro y ahogarse. Por ese motivo no se lanz al ro, a caballo de los muchos troncos encallados en los bancos de arena.

Ese da disminuy en cinco kilmetros la distancia que mediaba entre l y el barco ; al da siguiente, en tres, porque ya se arrastraba como lo haba hecho Bill; y el final del quinto da encontr al barco todava a diez kilmetros, y a l incapaz de hacer siquiera un kilmetro y medio diario. El veranillo de San Martn se mantena, y l sigui arrastrndose y desvanecindose en forma alternada; y el lobo enfermo siempre tosa y estornudaba a su espalda. Las rodillas estaban en carne viva, como sus pies, y aunque las acolch con la camisa, dejaba tras de s una huella roja, sobre el musgo y las piedras. Una vez, al mirar hacia atrs, vio al lobo, hambriento, lamiendo sus rastros ensangrentados, y se dio cuenta con claridad de cul poda ser su final a menos a menos de que eliminase al lobo. Entonces comenz una tan torva tragedia de la existencia como jams se haya representado: un hombre enfermo que se arrastraba, un lobo enfermo que renqueaba, dos criaturas que empujaban su cuerpo agonizante a travs de la desolacin, y cada una de las dos ansiaba la vida de la otra.

Si hubiese sido un lobo sano, al hombre no le habra importado mucho; pero el pensamiento de alimentar las fauces de esa cosa repugnante y casi muerta le result aborrecible. Era puntilloso. Sus pensamientos volvieron a vagar y a ser acosados por alucinaciones, en tanto que sus intervalos lcidos se hacan cada vez ms breves y ms raros.

Una vez despert de un desvanecimiento debido a un jadeo muy cerca de su oreja. El lobo salt hacia atrs, cojeando, perdi pie y cay, en su debilidad. Result ridculo, pero a l no le divirti. Ni siquiera sinti miedo. Estaba demasiado extenuado para eso. Pero por el momento sus pensamientos eran claros, y continu acostado y pens. El barco se hallaba a no ms de seis kilmetros y medio. Lo vea con absoluta nitidez cuando se frotaba los ojos para quitarles la bruma, y poda ver la blanca vela de un botecillo que cortaba el agua del mar refulgente. Pero jams podra recorrer arrastrndose esos seis kilmetros. Lo saba, y acept el conocimiento del hecho con suma tranquilidad. Saba que no poda arrastrarse ni medio kilmetro. Y sin embargo quera vivir. Era irrazonable morir despus de todo lo que haba sufrido. El destino le peda demasiado. Y agonizante, se opona a morir. Quiz fuese demencia, pero en las garras mismas de la muerte la desafi, y se neg a desaparecer.

Cerr los ojos y se prepar con infinita precaucin. Se oblig a mantenerse por encima de la asfixiante languidez que lama, como una marea ascendente, todos los rincones de su ser. Se pareca mucho a una ola, esa mortfera languidez que creca y creca, y le ahogaba la conciencia poco a poco. En ocasiones quedaba casi sumergido. y nadaba a travs del olvido con brazadas vacilantes; y despus, por alguna extraa alquimia del alma, encontraba otro fragmento de voluntad y nadaba con mayor energa.

Continu echado de espaldas, sin moverse, y pudo or, acercndose despacio, cada vez ms, las inspiraciones y espiraciones jadeantes del lobo enfermo.

Se aproximaba a lo largo de la infinitud del tiempo, y l no se movi. Se hallaba junto a su oreja. La spera lengua seca le rasp la mejilla. Sus manos se dispararon o por lo menos les orden dispararse. Los dedos estaban curvados como garras, pero se cerraron sobre el aire. La velocidad y la precisin exigen energa, y el hombre no la posea.

La paciencia del lobo era terrible. La del hombre no lo era menos. Durante medio da yaci inmvil, luchando contra la inconsciencia y esperando a la cosa que deba alimentarlo y de la cual deseaba alimentarse. A veces la ola lnguida se elevaba por encima de l, y soaba largos sueos; pero siempre, a travs de todo aquello, del despertar y el soar, esperaba la respiracin acezante y la spera caricia de la lengua.

No escuch la respiracin, y se desliz, poco a poco, fuera de un sueo, al sentir la lengua en la mano. Esper. Los colmillos oprimieron con suavidad; la presin se acentu; el lobo dedicaba sus ltimas fuerzas a clavar los dientes en el alimento que tanto haba esperado. Pero el hombre tambin llevaba esperando mucho tiempo, y la mano lacerada se cerr sobre la mandbula. Lentamente, mientras el lobo luchaba con debilidad, la otra mano se desliz para aferrar. Cinco minutos ms tarde. todo el peso del cuerpo del hombre caa encima del lobo. Las manos no tenan vigor suficiente para estrangularlo, pero la cara del hombre se apretaba contra la garganta del animal, y la boca del hombre estaba llena de pelos. Al cabo de media hora el hombre tuvo conciencia de un clido chorro que le caa por la garganta. No era agradable. Pareca plomo fundido que le penetrase por la fuerza en el estmago, y slo su voluntad consigui retenerlo. Ms tarde el hombre rod hasta quedar de espaldas, y durmi.

En el ballenero Bedford viajaban algunos miembros de una expedicin cientfica. Desde la cubierta divisaron un objeto extrao en la playa. Se mova en sta, hacia el agua. No pudieron clasificarlo, y como eran hombres de ciencia, treparon al bote del costado y se dirigieron hacia la costa para investigar. Y vieron algo que estaba vivo, pero que apenas era posible llamar un hombre. Estaba ciego, inconsciente. Se retorca en el suelo como un monstruoso gusano. La mayora de sus esfuerzos eran ineficaces, pero se mostraba persistente, y se retorca y reptaba, y avanz unos cinco metros en una hora.

Tres semanas ms tarde el hombre yaca en un camastro del ballenero Bedford, y con las lgrimas corrindole por las mejillas macilentas relataba lo que haba padecido y quin era. Tambin balbuce, incoherente, acerca de su madre, del soleado sur de California, y de un hogar entre naranjales y flores.

No pasaron muchos das antes que se sentara a la mesa con los hombres de ciencia y los oficiales del barco. Se regocij ante el espectculo de tanta comida, y la observ con ansiedad mientras desapareca en la boca de los dems. Con la desaparicin de cada bocado se asomaba a sus ojos una expresin de profunda congoja. Estaba muy cuerdo, pero a la hora de las comidas odiaba a aquellos hombres. Lo persegua el temor de que la comida no alcanzara. Interrog al cocinero, al grumete, al capitn, acerca de las provisiones. Lo tranquilizaron en incontables oportunidades; pero no les crea, y espiaba con astucia en torno del paol de vveres, para ver con sus propios ojos.

Se advirti que el hombre empezaba a engordar. Se volva ms rollizo con cada da que pasaba. Los cientficos menearon la cabeza y teorizaron. Le limitaron las comidas, pero su cintura segua engrosando, y se hinchaba en forma prodigiosa por debajo de la camisa.

Los marineros sonrean. Ellos saban. Y cuando los cientficos se dedicaron a vigilarlo, tambin se enteraron. Lo vieron dirigirse a proa despus del desayuno, y como un mendicante, con la palma extendida, abordar a un marinero. ste le sonri y le pas un fragmento de galleta. El hombre la tom con codicia, la mir como un avaro contempla su oro, y se la guard debajo de la camisa. Las donaciones de otros marineros sonrientes eran similares.

Los hombres de ciencia se mostraron discretos. Lo dejaron en paz. Pero examinaron su camastro a hurtadillas. Estaba forrado de galleta; el colchn estaba relleno de galleta; cada rincn se hallaba repleto de galleta. Y sin embargo el hombre estaba cuerdo. Adoptaba precauciones en prevencin de otro posible perodo de hambre eso era todo. Ya se recuperara, dijeron los cientficos; y se recobr antes que el ancla del Bedford cayese con estrpito en la baha de San Francisco.

Fuente: http://www.elviejotopo.com/topoexpress/amor-a-la-vida/

 



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