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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 28-11-2018

Bertolucci, unas notas en el acorden

Higinio Polo
Mundo obrero


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La muerte de Bernardo Bertolucci, en Roma, en su casa de Monteverde Vecchio, debajo del Gianicolo, a los setenta y siete aos, nos llega cuando creamos, en uno de los muchos espejismos que la vida nos depara, que el director italiano era mucho ms viejo, casi de una edad venerable, porque haca veinte aos que estaba enfermo, primero en una cama, y despus en una silla de ruedas, y, sobre todo, por la evidencia de que Novecento se estren hace ms de cuarenta aos, y los jvenes que la vieron entonces son hoy ya casi unos apacibles jubilados. En ese barrio donde se dio cuenta de que Roma e Italia haban cambiado hasta el punto de que no se reconocan a s mismas, Bertolucci document en sus ltimos aos la difcil vida que sus pintorescas callejuelas llenas de baches y de adoquines perdidos forzaban a una persona que deba moverse en silla de ruedas por el Trastevere, como si recordase las quejas de Rafael Alberti, sobre el mismo barrio romano. Bertolucci fue el nico director italiano que consigui un Oscar en esa tramposa fiesta del cine norteamericano, y an rod una ltima pelcula en 2012, T y yo, antes de mirar el sombro escenario en que se ha convertido Italia, contemplando los fantasmas que la Italia roja crey un da que nunca volvera a ver: la sucia xenofobia, el nacionalismo miserable, la degradacin de Roma, la nueva derecha y el viejo fascismo que se asoman en tantas insinuaciones al odio y en los llamamientos a la furia y al egosmo, como si la fraternidad fuera un engao absurdo del pasado, en un pas que se reconstruy con el antifascismo y la justicia.

Naci durante la Segunda Guerra Mundial, en Parma, como Verdi; hijo del poeta Attilio Bertolucci, y empez a trabajar con Pasolini, tambin emiliano, y que, como l, se estrenaba en el cine, a quien siempre consider uno de los mayores directores y dedic su Novecento para responder, segn sus palabras, al pesimismo antropolgico del poeta. Bertolucci tena apenas veintitrs aos cuando rod Prima della rivoluzione, donde recogi el sueo libertario de la militancia obrera, y treinta aos cuando rod El ltimo tango en Pars, que muchos aos despus dara lugar a una desagradable polmica por la infame e imperdonable escena de la violacin, donde Marlon Brando forzaba a Maria Schneider, una joven actriz a quien Bertolucci enga, dejando una mancha imborrable en su trayectoria vital, una sucia cicatriz que no puede olvidarse.

Tuvo en gran estima al cine francs de Godard, y a Kurosawa, y siempre estuvo preocupado por el pasado fascista de Italia, sus orgenes, el rastro viscoso, corrupto y sangriento que haba dejado en la piel del pas, como se muestra en La estrategia de la araa o en El conformista, pelculas que rod el mismo ao, 1970, cuando las redes fascistas seguan actuando en Italia, al amparo de los servicios secretos italianos (SISMI), del Gladio de la OTAN, y de la Logia masnica de Licio Gelli, todos empeados en cerrar el paso al Partido Comunista italiano con la siniestra estrategia de la tensin, que culmin en esos aos con el feroz atentado de Bolonia, donde los fascistas causaron una matanza que acab con la vida de ochenta y cinco personas colocando una bomba en la sala de espera de la estacin de ferrocarril.

Novecento, tal vez su obra ms recordada, la rod con treinta y cinco aos, ilustrando la dignidad y la alegra, el sufrimiento y el coraje con que generaciones de trabajadores y campesinos italianos lucharon contra el fascismo, por la libertad, por el socialismo. No hizo nunca la tercera parte, que debera haber narrado las luchas obreras entre 1945 y el fin de siglo, entre la derrota del fascismo y la intil operacin de Achille Occhetto que disolvi el Partido Comunista y abri paso a la desarmada, grasienta y desconsolada Italia que se vera forzada a soportar al grotesco empresario amigo de mafiosos, Silvio Berlusconi.

De la mano de Stefania Sandrelli, Dominique Sanda, Liv Tyler o Eva Green, Bertolucci nos hizo temblar ante la belleza, y nos llev a los aos de Pu Yi, para descubrir la Ciudad Prohibida de Pekn y mostrarnos la vida de quien haba sido primero emperador y despus jardinero en la nueva China socialista. All pudo rodar escenas donde miles de personas actuaban a sus rdenes. La historia de Italia est recogida en su Novecento, que pens en su casa del Trastevere romano, una pelcula que l quiso iniciar con la muerte de Verdi (ese aviso incrdulo, y al tiempo desolado, de Rigoletto: Verdi morto, Verdi e morto!, con que Bertolucci inaugura el siglo XX), y donde quiso mostrar que, gracias al socialismo, gracias al empeo de los campesinos emilianos y de los militantes comunistas, Italia iba a poder salvar su propia alma y su vieja cultura popular, ante el inquietante aviso que Pasolini haba hecho de la transformacin del capitalismo italiano, de la degradacin de las cloacas televisivas, y de la prdida de los rasgos de identidad de las periferias pobres que guardaban el alma de Italia.

Demasiadas banderas rojas, dijo el presidente de la Paramount norteamericana, cuando decidi sabotear la distribucin de Novecento. Esas banderas rojas que palpitaban en su adis a Enrico Berlinguer, donde Bertolucci recogi una de las mayores manifestaciones de duelo que se recuerdan en Italia: centenares de miles de personas dejando su ltimo homenaje al dirigente comunista que haba muerto hablando en la tribuna de una nueva Italia y del socialismo posible. Ahora, en su despedida, es forzoso recordar esas palabras finales de El cielo protector (o Il t nel deserto, donde se inspir en el nufrago y escritor perdido en Tnger, Paul Bowles, a quien hizo aparecer fugazmente en la pelcula), cuando Debra Winger se acerca al viejo Bowles, mientras escuchamos la voz de Enrico Maria Salerno, preguntndose por el espejismo de creer que la vida es un pozo inagotable, cuntas veces recordars cierta tarde de tu infancia sin la cual ni siquiera seras capaz de concebir tu vida, cuntas mirars salir la luna, y, sin embargo, todo parece no tener lmite. Es inevitable, tambin, recordar esa escena de Novecento, cuando el tren parte con las telas saludando a la gran huelga agraria, mientras las banderas rojas se agitan en las ventanillas, entre el humo y el gritero de quienes se asoman, y las mujeres abren paso al hombre de blusa blanca y gorra bolchevique que toca la Internacional con su acorden, caminando hacia adelante.


Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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