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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 28-11-2018

Patriarcado y cultura de la violacin

Federico Mare
Rebelin


Es una aberracin de la ley que si una pendeja de 16 aos con la concha caliente quiera coger con vos, vos no te las puedas coger. Si yo tengo algo bueno para darte, puedo desvirgarte como nadie en el mundo. Hay mujeres que necesitan ser violadas para tener sexo porque son histricas, y sienten culpa por no poder tener sexo libremente. Quieren jugar a eso. A m no me gusta jugar a eso, pero hay gente a la que s. Somos muy complejos los seres humanos. A m, lo discursivo no me dice nada. Qu son los derechos de la mujer? A m, hblame de cmo te sents, y te entiendo. Pero si me habls de derechos, no te escucho porque no creo en las leyes de los hombres; s en las de la naturaleza.

Estas declaraciones machistas y misginas verdadera apologa de la violacin sexual pertenecen, como es vox populi por el escndalo que suscitaron, al msico de rock argentino Gustavo Cordera. Fueron hechas en agosto de 2016, en una conferencia con estudiantes de periodismo, luego de que una joven le pidiera una opinin acerca de las denuncias por abuso sexual contra Cristian Aldana y Jos Miguel del Ppolo, otros dos rockeros conspicuos de Buenos Aires.

Pero Cordera dista mucho de ser una excepcin, un caso aislado. La sociedad est llena de varones que piensan como l, y que se expresan en trminos parecidos, sean o no celebridades, tengan o no un micrfono delante. La idea de este ensayo no es quedarse en el repudio moral de exabruptos como este, sino trascenderlos mediante el anlisis y la reflexin, dilucidarlos a travs del pensamiento crtico. La propuesta es, en definitiva, ir ms all de la lgica noticiosa del periodismo hegemnico, de la ancdota sensacionalista; e indagar el contexto social, el trasfondo cultural, que explican por qu Cordera y tantos otros hombres razonan y opinan como lo hacen.

Penetrar, en el imaginario masculino patriarcal (aun en su variante menos misgina o ms corts), es someter y humillar. Es practicar el coito como relacin de poder, como instancia decisiva de la cotidianeidad donde se renueva y confirma e incluso se legitima el dominio real o ilusorio sobre la mujer, en cuyo cuerpo se necesita ver, imperiosamente, una res privata, una cosa propia.

Ese deseo de sujecin y posesin, esa fantasa ertica que experimenta el varn machista, puede ser, desde luego, ms o menos consciente, ms o menos inconsciente. Puede variar, adems, de forma e intensidad. Pero siempre late en dicha pulsin el afn de dominar, cosificar y deshonrar a la mujer, la aspiracin de mantenerla en un lugar de inferioridad y sumisin.

La sexualidad de los hombres, cuando es androcntrica, nunca deja de exhibir o esconder, en sus impulsos, la libido dominandi y el orden jerrquico inherentes al patriarcado. Aun en aquellos casos donde las idealizaciones romnticas consiguen sublimar tales impulsos, alejndolos del sadismo o del maltrato, el machismo jams pierde su esencia autoritaria, ni deja de ser una modalidad de violencia simblica que reproduce la desigualdad de gnero.

Cules son los emergentes culturales observables de la creencia masculina segn la cual la penetracin constituye un acto de sometimiento y humillacin? Muchos, sin duda, y mencionarlos todos no es dable aqu, por razones de espacio.

Pero hay uno que resulta particularmente revelador: el habla informal de todos los das. Las guarangadas, los insultos, las descalificaciones, los agravios, las cargadas, los chistes verdes, etc., estn saturados de un machismo visceral, y en no pocas ocasiones, tambin de misoginia.

En Argentina y muchos pases hispanoamericanos ms, el verbo coloquial coger, una y otra vez, es usado como sinnimo de someter y/o humillar. Para el varn machista, no hay ofensa peor, ultraje mayor, que la de ser rebajado a la condicin de mujer. Porque la mujer, en la concepcin androcntrica de la sexualidad, no penetra; es penetrada. Y la penetracin, al mismo tiempo que comporta poder y prestigio para quien la lleva a cabo, entraa sumisin y deshonra para quien la recibe. No es necesario explayarse con ejemplos que lo ilustren. Gran parte de los improperios y las groseras ms hirientes, como los que se escuchan en las rias callejeras y los estadios de ftbol, estn construidos directa o indirectamente sobre esa premisa ideolgica. Otro tanto sucede con las chanzas entre amigos o compaeros de trabajo.

En todos esos casos, lo que pone en jaque a la hombra en serio o en broma es la evocacin de una imagen mental que al varn patriarcal le causa profunda repulsin: verse por un instante, contra su deseo, como una mujer que est siendo cogida, penetrada. Con humor o sin l, la evocacin de esa imagen tan repugnante hace zozobrar el pundonor del hombre machista; pundonor que no es asumido como un derecho humano, como dignidad, sino como un privilegio de gnero que se debe resguardar en todo momento y a cualquier precio.

Los insultos y chistes homofbicos responden, en el fondo, a la misma lgica. Cuando un varn patriarcal, en medio de un altercado, monta en clera porque su interlocutor busca provocarlo o afrentarlo llamndolo puto, o cuando, en una francachela, se incomoda porque sus amigotes hacen bromas sobre su sexualidad, lo que tiene in mente y lo mortifica sobremanera no es al gay que asume el rol activo, sino al que asume el rol pasivo, ya se trate de coito anal o felacin. El agraviado sabe muy bien que el agraviante se refiere tcitamente a lo segundo, no a lo primero. Y siendo as las cosas, la indignacin que experimenta el hombre machista no podra ser mayor. Decirle o sugerirle que es un marica pasivo, viene a ser, en su universo simblico, ms o menos lo mismo que decirle o sugerirle que es una mujer penetrada, o sea, una mujer sometida y humillada. De ah su disgusto, de ah su rabia. Aunque muchos no sean conscientes de ello, ni quieran reconocerlo, la homofobia tiene un altsimo componente misgino.

Todo lo dicho hasta aqu nos permite comprender por qu hablar de una cultura de la violacin, como proponen tantas y tantos cientistas sociales de diversas disciplinas (psicologa, antropologa, sociologa, etc.), no tiene nada de exageracin tremendista ni de fabulacin paranoide. El fenmeno existe, y negarlo es tan necio como querer tapar el sol con las manos.

La cultura de la violacin no se reduce, por cierto, a los casos de abuso, sometimiento y agresin sexuales tipificados en el derecho penal. No se restringe a los hechos criminales ms morbosos o sensacionales que la prensa hegemnica de masas considera noticias policiales. Tales casos y hechos apenas son la punta del iceberg. Debajo de ellos, detrs de todos esos episodios espectaculares de violencia fsica que han salido a la luz gracias a su paroxismo de barbarie psicoptica o socioptica, hay una inmensa masa de creencias, valores, normas no escritas, prejuicios, estereotipos, actitudes, tradiciones y prcticas que los naturalizan, legitiman, fomentan y perpetan. Esa mole sumergida en las oscuras aguas de la sociedad patriarcal y la ideologa machista, all donde el sentido comn nunca bucea, es la cultura de la violacin.

Esa cultura es la que ensea y acostumbra a los varones, desde muy jvenes, a cosificar a las mujeres, a desearlas y tratarlas como objetos; la que los habita a negar o minimizar la violencia de gnero, o a trivializar una violacin como sexo duro; la que les hace pensar que no es tan terrible sacarse las ganas cuando el consentimiento femenino pretextan no fue tan claro; la que los induce a imaginar que la culpa nunca es del violador, y siempre de la vctima, por andar provocando (sonrer, mirar a los ojos, vestir sin recato, coquetear, flirtear, ir sola por la calle, emborracharse, decir no para histeriquear, etc.). Esa cultura es la que, tambin, los vuelve propensos a autovictimizarse como damnificados de la maledicencia misndrica (lase: crtica feminista); y la que tiende a convencerlos, incluso, de la necesidad y el deber de penetrar a las mujeres (aunque ellas, por su histeria, crean que no lo desean cuando s lo desean) para poder ayudarlas a superar su presunta represin sexual (megalomana androcntrica de ribetes mesinicos sobre la cual Martn Kohan ha escrito palabras muy lcidas en su columna El machismo de Cordera). https://www.laizquierdadiario.com/El-machismo-de-Cordera

Mitos, mitos y ms mitos. Todas falacias pro domo de un sistema opresivo e inicuo que, en medio de la crisis de legitimidad que lo corroe y exaspera, busca perpetuarse en el tiempo. Por lo general, apelando a las mentiras ms rancias y toscas de la tradicin machista clsica. Pero tambin, cada vez ms sobre todo en las grandes urbes de los pases anglosajones, hacindose eco de la sofistera posmoderna del llamado masculinismo.

La cultura de la violacin resulta palpable en muchas cosas. Una de ellas, sin duda, es la industria de la pornografa, con toda su cohorte de obsesiones sicalpticas y clichs rocambolescos: el falocentrismo, la exaltacin del macho recio y prepotente, la mujer ninfmana, el culto primitivista al semental fogoso e insaciable, la dama que sabe y quiere ser una puta en la cama, el hard sex rayano en la violencia, la visin burdamente instrumental de la partenaire Las revistas y pelculas pornogrficas deben su xito masivo a la explotacin sistemtica de aquellas fantasas masculinas ms escabrosas ligadas al coito como violacin, y a la feminidad como sumisin, humillacin o prostitucin.

Otro caldo de cultivo para la cultura de la violacin son los medios de comunicacin y la publicidad, con su retahla de estereotipos de gnero al servicio del mercado capitalista: mujeres drsticamente reducidas a objetos apetecibles, a cuerpos semidesnudos, a tetas y culos, a fetiches, a mercancas; hombres incitados a comprar desodorantes, afeitadoras, prendas de vestir, autos, camionetas, bebidas alcohlicas y otros muchos productos en aras de conseguir o preservar la ansiada hombra (como si la hombra fuese algo de vida o muerte); mujeres impelidas a consumir compulsivamente artculos de cosmtica que obren el milagro de volverlas irresistibles a los ojos exigentes del varn; machos depredadores necesitados de sexo y hembras en celo eternamente disponibles, y un largo etctera. Identidades de gnero normativizadas, mercantilizadas, masificadas, empobrecidas, idiotizadas, domesticadas... En suma, feminidades y masculinidades hechas a medida del capitalismo patriarcal, funcionales a sus intereses.

En muchas partes del mundo (sobre todo en aquellas donde persiste la idea atvica de que la decencia familiar o clnica descansa esencialmente en la virginidad de las solteras y la castidad de las casadas), la cultura de la violacin se sigue manifestando con virulencia, adems, en su variante ms aterradora: soldados que violan o esclavizan sexualmente a las mujeres del bando contrario con el afn de poseerlas y deshonrarlas, de cosificarlas y hundirlas en la ignominia; pero tambin con el propsito de escarnecer y desmoralizar a los combatientes rivales, en una suerte de guerra sucia psicolgica. Vale decir, violan o esclavizan a las mujeres en tanto sexo dbil, pero tambin en tanto hijas, novias, esposas, madres o hermanas de sus enemigos, cuya reputacin u hombra quedara hecha aicos por no haber sido capaces de defenderlas.

La cultura de la violacin se expresa, asimismo, en altsimas tasas de violaciones conyugales y femicidios. Maridos que, asumindose como amos y seores de sus mujeres, como propietarios de sus cuerpos, las someten sexualmente cuando se les antoja, ya sea para saciar el apetito que no los dejara dormir (y que hay que comprender y disculpar porque la naturaleza varonil es ms fuerte que la civilidad de los derechos humanos), o bien, para castigarlas por algn atisbo de rebelda o independencia personal. Pero tambin, ex novios o ex maridos que, por despecho y rencor, deciden vengarse de sus antiguas parejas violndolas y/o asesinndolas. Las estadsticas de violaciones y femicidios en Argentina son aterradoras, y eximen de mayores comentarios.

Hay, pues, una cultura de la violacin. La hubo y la sigue habiendo, aunque algunos no quieran verla. Los dichos de Cordera tienen en esa cultura machista, androcntrica y misgina su origen y su explicacin, su sustrato y su causa. Y tambin, claro est, su apologtica. Esa apologtica, por fortuna, va perdiendo progresivamente, merced al activismo feminista (intelectual y prctico), la credibilidad social y eficacia ideolgica que alguna vez supo tener. La va perdiendo, bien digo, pues no la ha perdido del todo. Sigue emponzoando muchas conciencias, tanto de hombres como de mujeres.

Cada da es ms evidente que el patriarcado, lo mismo que el capitalismo y otros flagelos sociales, no se extinguir solo, por muerte natural. Ser imperioso, tarde o temprano, precipitar su cada redoblando esfuerzos en la lucha mancomunada. Lucha mancomunada de las mujeres, ante todo. Pero tambin, no lo olvidemos, de los propios varones.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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