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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 04-12-2018

Carta a Joseph Weydemeyer

Jenny von Westphalen
El Viejo Topo


Nota de edicin: El 2 de diciembre de 1881 mora en Londres Jenny von Westphalen. Esposa de Karl Marx, comparti con l vida e ideas, y le dio la fuerza para su trabajo en medio de las penosas circunstancias en las que les toc vivir, como relata en esta carta.

 

Londres, 20 de mayo de 1850.

Querido seor Weydemeyer:

Ha transcurrido casi un ao desde que hall, por parte de usted y de su querida esposa, una acogida tan amistosa y cordial, desde que me sent tan bien y tan a mis anchas en su casa, y en todo ese prolongado lapso no he dado seal de vida alguna; call cuando su esposa me escribi una carta tan amable, y permanec muda cuando recibimos la noticia del nacimiento de su nio. Esa mudez a menudo ha llegado a oprimirme, pero la mayor parte de las veces era incapaz de escribir, y an hoy me resulta difcil, muy difcil.

Pero la situacin me obliga a tomar pluma en mano; le ruego que nos enve lo ms pronto posible el dinero ingresado o por ingresar de la Revue. Lo necesitamos mucho, muchsimo. Seguramente nadie podr reprocharnos que jams hayamos dado mucha importancia a cunto hemos sacrificado y padecido desde hace aos; al pblico se le ha molestado poco o casi nunca con nuestras cuestiones personales, ya que mi marido es sumamente sensible en estos asuntos, y prefiere sacrificar lo ltimo antes de entregarse a la mendicidad democrtica, como los grandes hombres oficiales. Pero lo que s poda esperar de sus amigos, en especial de los de Colonia, era una actividad diligente y enrgica a favor de la Revue. Poda esperar dicha actividad, sobre todo siendo conocidos sus sacrificios por el Rh. Ztg [Rheinische Zeitung]. Pero en cambio, el negocio result arruinado en virtud de un manejo descuidado y desordenado, y no se sabe si lo que ms dao caus fue la demora del librero o la de los gerentes conocidos en Colonia, o bien toda la conducta de la democracia en general.

Mi marido casi fue aplastado aqu por las ms mezquinas preocupaciones de la vida cotidiana, y ello en una forma tan indignante que fueron necesarias toda la energa, toda la seguridad calma, clara y silenciosa en s mismo de que es capaz, para mantener en pie en estas luchas de todos los das y todas las horas. Usted sabe, querido seor Weydemeyer, qu sacrificios realiz mi marido en esa poca; invirti miles de efectivo, se hizo cargo de la propiedad del peridico, persuadido por los honestos demcratas, quienes de otro modo hubiesen debido responder personalmente por las deudas, en una poca en la cual quedaban ya pocas probabilidades de llevar la tarea a cabo. A fin de salvar el honor poltico del peridico, el honor civil de los conocidos de Colonia, dej que cayesen sobre sus hombros todas las cargas, entreg su mquina, entreg todos los ingresos, y hasta al partir prest 300 tleros, para abonar el alquiler del local recin arrendado, los honorarios atrasados de redactores, etc y se le expuls violentamente.

Usted sabe que no nos hemos quedado con nada de todo ello; viaj a Francfort para empear mi platera, lo ltimo que nos quedaba; en Colonia hice vender mis muebles, porque corra peligro de ver embargada la ropa y todo lo dems. Al iniciarse la infausta poca de la contrarrevolucin, mi marido viaj a Pars, y yo le segu con mis tres hijos. Apenas aclimatado en Pars, fue expulsado, y a mi misma y a mis hijos se nos neg una permanencia ms prolongada. Volv a seguirle allende el mar. Un mes ms tarde naci nuestro cuarto hijo. Usted debera conocer Londres y las condiciones en que se vive aqu, para saber qu significa tener tres hijos y el nacimiento de un cuarto. Solamente, en concepto de alquiler, debamos pagar 42 tleros mensuales. Estbamos en condiciones de solucionar todo ello con nuestro propio peculio. Pero nuestros pequeos recursos se agotaron cuando apareci la Revue. A pesar de lo convenido, el dinero no llegaba, y cuando lo hizo fueron slo pequeas sumas aisladas, de modo que caamos aqu en las situaciones ms terribles.

Le relatar solamente un da de esta vida, tal como fue, y usted ver que acaso pocos refugiados hayan pasado por situaciones similares. Puesto que las amas de leche son prohibitivas aqu, decid, a pesar de constantes y terribles dolores de pecho y espalda, alimentar yo misma a mi hijo. Pero el pobre angelito mamaba de mi tantas preocupaciones y disgustos silenciosos, que se hallaba constantemente enfermo, padeciendo dolores da y noche. Desde que ha llegado a este mundo, jams ha dormido an toda una noche, a lo sumo de dos a tres horas. ltimamente se sumaron an a ello violentos espasmos, de modo que el nio fluctuaba constantemente entre la muerte y una vida msera. Presa de esos dolores, mamaba con tal fuerza que mi pecho qued lastimado y agrietado; a menudo la sangre manaba dentro de su trmula boquita. As me hallaba yo sentada un da cuando entr de repente nuestra casera -a quien en el curso del invierno habamos pagado ms de 250 tleros y con quien habamos convenido por contrato que el dinero de fecha posterior le ser abonado no a ella, sino a su propietario, quien le haba trabado embargo con anterioridad-, neg el contrato, exigi las 5 libras que an le adeudbamos, y puesto que no disponamos de las mismas en el acto (la carta de Naut lleg demasiado tarde), entraron dos embargadores en la casa, trabaron embargo sobre todas mis pequeas pertenencias, las camas, la ropa, los vestidos, todo, hasta las cuna de mi pobre nio, los mejores juguetes de las nias, quienes se hallaban arrasadas en ardientes lgrimas. Amenazaron con llevrselo todo en un plazo de dos horas; yo yaca en el suelo, con mis hijos ateridos de fro y mi pecho dolorido. Schram, nuestro amigo, acudi de prisa a la ciudad para procurarnos auxilio. Ascendi a un cabriol, cuyos caballos se desbocaron; l salto del coche, y nos lo trajeron sangrante a nuestra casa, donde yo gema con mis pobres nios temblorosos.

Al da siguiente debimos abandonar la casa; el da era fro, lluvioso y encapotado, mi marido buscaba una casa para nosotros, pero nadie quera aceptarnos cuando hablaba de los 4 nios. Finalmente nos ayud un amigo; pagamos, y yo vend rpidamente todas mis camas para pagar el boticario, el panadero, al carnicero y al lechero, quienes haban comenzado a temer a causa del escndalo del embargo, y que sbitamente se abalanzaron sobre mi con sus cuentas. Las camas vendidas fueron llevadas ante la puerta y cargadas en un carro, y qu sucedi entonces? Ya haba pasado mucho tiempo despus de la cada del sol, y la ley inglesa prohbe eso: apareci el casero con agentes de polica, afirmando que tambin podran haber objetos suyos entre ellos, y que nosotros querramos fugarnos a algn pas extranjero. En menos de cinco minutos haba ms de dos o tres centenares de personas observando atentamente frente a nuestra puerta, toda la chusma de Chelsea. Las camas volvieron, y se nos dijo que slo a la maana siguiente, despus de la salida del sol, podran serles entregadas al comprador; cuando de este modo, mediante la venta de todas nuestras pertenencias, estuvimos en condiciones de pagar hasta el ltimo cntimo, me mud con mis pequeos amores a nuestras actuales pequeas dos habitaciones del Hotel Alemn, 1 Leicester Street, Leicester Square, donde, por 5,5 libras semanales, hallamos una acogida humanitaria.

Perdneme usted, querido amigo, el que le haya descrito con tanta amplitud y detalle tan slo un da de nuestra vida aqu; es inmodesto, lo s, pero esta noche mi corazn flua en torrentes hacia mis trmulas manos, y alguna vez deba desnudar mi corazn ante uno de nuestros amigos ms antiguos, mejores y ms fieles. No crea usted que estas mezquinas penurias me han doblegado; demasiado bien s que nuestra lucha no es una lucha aislada, y que an pertenezco, en lo esencial, a los seres escogidos que han sido favorecidos por la fortuna, puesto que mi querido esposo, apoyo de mi vida, an se halla a mi lado. Pero lo que realmente me aniquila hasta en lo ms intimo, lo que hace sangrar mi corazn, es que mi marido tenga que pasar por tantas mezquindades, que hubiese podido ayudrsele con tan poco, y que l, que de buena gana y con alegra ayud a tantos, haya estado aqu sin que se le prestase ayuda. Pero, como ya le he dicho, no crea usted, querido seor Weydemeyer, que le reclamamos nada a nadie, y si recibimos adelantos de alguien, mi marido an se halla en condiciones de reembolsarlos con su fortuna. Lo nico que poda reclamarle mi marido a quienes haban recibido de l ms de un pensamiento, ms de un enaltecimiento, ms de un sustento, era que desplegasen mayor energa de afirmar y mayor actividad en su Revue. Tengo el orgullo y la audacia de afirmar que se le deba ese poco. Tampoco s si mi marido no ha ganado con toda justicia 10 Sgr. [grischen de plata] con sus trabajos. Creo que con ello no se enga a nadie. Eso me duele. Pero mi marido piensa de otro modo. Jams, ni siquiera en los momentos ms terribles, ha perdido la seguridad en el futuro, ni siquiera el ms alegre humor, y estaba totalmente satisfecho cuando me vea alegre y cuando nuestros encantadores nios rodeaban, sonrientes, a su querida mamata. l no sabe, querido seor Weydemeyer, que yo le he escrito a usted con tanta amplitud acerca de nuestra situacin, y por ello no haga usted uso de estas lneas. El slo sabe que yo le he pedido, en su nombre, que acelere en lo posible la distribucin y envo del dinero. S que usted slo dar a estas lneas el uso que le inspirar a usted su amistad, discreta y plena de tacto, por nosotros.

Adis, querido amigo. Trasmtale a su esposa mis saludos ms cordiales, y bese usted a sus angelitos de parte de una madre que ha vertido ms de una lgrima sobre su beb. Si su mujer estuviera dando el pecho, no le comunique usted nada acerca de esta carta. S hasta qu punto afectan todos los disgustos, y causan dao a la pequea criatura. Nuestros tres nios mayores crecen magnficos, a pesar de todo. Las nias son bonitas, florecientes, alegres y de buen humor, y nuestro gordito es un dechado de humor cmico y de las ocurrencias ms graciosas. E l duendecillo canta todo el da canciones cmicas con descomunal pathos y una voz de gigante, y cuando hace retumbar, con voz tremenda, las palabras de la Marsellesa de Freiligrath,

Oh, junio, ven y treme acciones,

que nuevas acciones ansa nuestro corazn

resuena toda la casa. Acaso sea el destino histrico de este mes, como el de sus dos desdichados predecesores, el de inaugurar esa lucha titnica en la cual todos habremos de volver a estrecharnos las manos.

Que la vaya a usted bien.

Jenny Marx

 

Publicada por primera vez en Die Neue Zeit, Bd. 2, No 27, 1906-07. Marxists Internet Archive

Fuente: http://www.elviejotopo.com/topoexpress/carta-a-joseph-weydemeyer/

 



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