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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 05-12-2018

1978-2018, la razn rupturista

Floren Aoiz Monreal
Rebelin


La apuesta rupturista ante el postfranquismo, un acierto estratgico

El Reino de Espaa cumple cuarenta aos de constitucin postfranquista. Siempre hay que tener mucho cuidado con la brocha gorda en el anlisis poltico, pero esta vez toca afirmar con rotundidad que las fuerzas que en 1978 luchamos por la ruptura democrtica hicimos la apuesta correcta. Apuesta correcta, claro est, desde el punto de vista del compromiso con la lucha antifranquista en particular, antifascista y emancipadora en general. Apuesta correcta, se entiende, desde la perspectiva de las luchas populares orientadas hacia un horizonte alternativo al capitalismo. Apuesta correcta, finalmente, desde la razn de los pueblos activos y movilizados en la defensa de su derecho de autodeterminacin.

Sobra decir que desde otras perspectivas la lectura ser muy divergente de esta. A fin de cuentas, toda valoracin se hace desde una posicin concreta, por ms que a veces se intente ocultarlo, y esta cuestin de la bifurcacin postfranquista sigue siendo muy incmoda para quienes all por finales de los aos 70 del siglo XX ofrecieron un lamentable espectculo de dejacin y oportunismo. En aquel cruce de caminos haba que elegir entre reforma y ruptura, entre lo que nos impusieron y lo que pudo haber sido y no fue. Se perdi una oportunidad histrica para cortar amarras con la dictadura mediante una ruptura, que, no lo olvidemos, era reivindicada por muchos agentes que luego se sumaron con mayor o menor entusiasmo a la transicin realmente existente. No es extrao que la memoria de aquel momento histrico levante ampollas todava hoy.

En cualquier caso, los agentes y las personas comprometidas con la emancipacin debemos sistematizar nuestras apuestas estratgicas para destacar nuestros aciertos y nuestros errores y aprender de unos y otros. En este empeo sito la necesidad de repensar hoy el concepto de ruptura democrtica, para lo cual resulta de todo punto necesario situarlo en su dimensin histrica. No se trata de apuntarse tantos -ese vicio al que tanta adiccin tenemos en la izquierda y que de tan poco nos sirve-, sino de sealar un acierto polticamente productivo en la medida en que ha hecho posible la persistencia no slo de frmulas de resistencia sino tambin de construccin de sujetos y prcticas transformadoras y que encierra en s potencialidades para nuevos pasos. Se trata, en definitiva, de acometer la actualizacin de la apuesta por la ruptura democrtica aqu, ahora y con la vista puesta en los prximos aos.

En estas coordenadas cabe y corresponde afirmar que la apuesta rupturista era la histricamente correcta, aunque no furamos capaces de materializarla. Dicho de otro modo, no era una buena idea aceptar que los franquistas reconvertidos milagrosamente en demcratas lideraran una transicin mutilada y mutiladora encaminada a evitar cualquier tipo de desborde popular, entendido esto en relacin tanto a los sectores populares como a los pueblos, especialmente el vasco y el cataln.

La pesada herencia del franquismo en el postfranquismo: atado y bien atado

No era una buena idea legitimar la reforma postfranquista porque pasados cuarenta aos, la agenda de avances sociales y democratizacin radical del estado espaol sigue pendiente. No se ha acometido la transformacin de sus estructuras econmicas, ni la depuracin de sus aparatos de estado, ni la superacin de su nacionalismo asimilacionista negador de la realidad plurinacional.

Nadie, ni una sola persona ni una sola entidad, ni siquiera grupos que reclaman la herencia del Movimiento Nacional, ha asumido responsabilidad penal, ni poltica ni econmica por los crmenes desatados tras julio de 1936, pero el Reino de Espaa es en 2018 ms punitivo-represivo que en 1978, como demuestran los casos de Altsasu, las personas encarceladas por su posicin independentista en Catalunya o la persecucin a cantantes y en general cualquier expresin u opinin discordante. La Espaa postfranquista se conform contra la rebelin democrtica vasca y el rupturismo, no contra el franquismo. Y en los ltimos tiempos ha cambiado de enemigo prioritario para autojustificarse contra la rebelin soberanista catalana, el movimiento socio-poltico que ha puesto al rgimen del 78 al borde del precipicio.

Franco se despidi fusilando, hace aos que no hay prctica armada contra el Estado y ETA ya no existe, pero el entramado de excepcin que del franquismo pas al postfranquismo mediante el plan ZEN y la normativizacin de la legislacin de excepcin, desde la incomunicacin (con su reguero de torturas) hasta la Ley de Partidos pasando por la dispersin carcelaria, lejos de desaparecer, se ha extendido de Euskal Herria a toda forma de protesta. Por otra parte, el Reino de Espaa ha respondido al cambio de ciclo poltico vasco, marcado por el fin de la actividad armada de ETA pero imposible de reducir a este hecho, con cerrazn e intransigencia, aferrndose a un relato de demcratas vencedores frente a violentos derrotados que nada tiene que ver con la realidad de mutacin del conflicto hacia unos parmetros mucho menos favorables a la posicin de negacin del derecho de la sociedad vasca a decidir libremente su futuro.

El balance del rgimen simbolizado en la Constitucin de 1978 es desgarrador para los sectores populares y el mundo del trabajo en particular. La reforma se vendi en pack con la entrada en la CEE (ms tarde Unin Europea), una especie de vuelta de Espaa al concurso de las naciones occidentales civilizadas y desarrolladas, pero en realidad supuso un duro paquete de ajustes para acomodar la economa a las exigencias de quienes agarraban la sartn por el mango, que tenan muy claro qu lugar deba ocupar el Reino de Espaa en la economa europea y mundial. Algunos quisieron advertir reflejos de aquel imperio en el que nunca se pona el sol, dando por finiquitado el secular atraso, pero la dura realidad del papel perifrico en el entramado europeo iba a tener resultados catastrficos en la siderurgia y en general en todos los sectores industriales, la agricultura, la ganadera y la pesca, pero eso s, el turismo y el negocio de la construccin y la especulacin inmobiliaria tendran las puertas abiertas y el impulso de una financiacin supuestamente ventajosa. Con los aos, mientras la economa real se atascaba primero y se despeaba despus, dando origen a una burbuja vendida como milagro econmico espaol.

En cuanto al modelo de estado, ya en 1981 se pusieron los lmites de la descentralizacin y la democratizacin. El autogolpe y la consiguiente LOAPA marcaron el camino, seguido ms tarde con los GAL, el bloqueo de los traspasos de competencias y la imposicin de un discurso que jusitificaba el bloqueo democrtico en nombre de la lucha antiterro rista. De modo que el Reino de Espaa result pionero en la precarizacin de las libertades democrticas propia del neoliberalismo.

Prietas las filas, casi nadie se atrevi a salirse del guin, se tratara de la estrategia de aislamiento de la izquierda independentista vasca, la impunidad policial, los desmanes de la Casa Real, la corrupcin o el gran timo europeo. Conviene recordar, acerca de este ltimo, que slo Herri Batasuna (que hizo una excepcin en su prctica de no participar en las Cortes Espaolas) vot contra el Tratado de Maastricht 1 . Desde los Pactos de la Moncloa a la desmovilizacin cuando no complicidad ante los ltimos desmanes de la agenda neoliberal va un hilo de rendiciones y retrocesos encubiertos con todo tipo de excusas, desde el compromiso para evitar otra guerra civil o un golpe militar a la aceptacin de la lgica antiterrorista, la gran coartada, nunca lo repetiremos suficientemente, de la involucin conservadora en el estado espaol. Coartada reconvertida en antiseparatismo en la medida en que el descontento de amplias capas de la sociedad catalana tomaba forma de rebelin soberanista.

40 aos de rgimen del 78 han posibilitado la banalizacin del alzamiento fascista de 1936 y la dictadura franquista. Asistimos, en la ola de las tendencias generales, al fortalecimiento de la derecha autoritaria en sus diferentes expresiones, algo sumamente inquietante a tenor de los resultados de las elecciones autonmicas andaluzas. Se trata, bien lo sabemos, de un fenmeno global, pero imposible de entender en sus manifestaciones concretas sin reparar en la evolucin histrica de cada entorno concreto y en este sentido es obvio que la transicin y el rgimen al que dio lugar, lejos de derrotar a la derecha autoritaria, la han normalizado y homologado, hasta el punto de crear el ambiente favorable al desarrollo de sus formas ms destructivas.

No hace falta imaginar una ucrona para reconocer que las cosas pudieron ocurrir de otro modo

Este trgico balance de la opcin reforma se debe a razones estructurales, porque el marco se dise para llevar adelante esa agenda. No es que las cosas, tras 1978, vinieran as, sino que el proceso de reforma se hizo como se hizo para que esas cosas ocurrieran.

Por otra parte, la coyuntura internacional siempre marc el proceso y no es casualidad que la transicin y el asentamiento del nuevo rgimen del 78 coincidieran con la ofensiva neoliberal y sus vectores de precarizacin socioeconmica, desdemocratizacin y despliegue de una racionalidad individualizadora que traslada la lgica del mercado a todas las esferas de la vida. El neoliberalismo se fue imponiendo as en un estado espaol que no conoci una liberalizacin poltica digna de tal nombre, la desdemocratizacin avanz en un estado nunca realmente democratizado y se produjo a marchas forzadas la destruccin del estado de bienestar en un territorio en el que nunca lleg a desarrollarse.

A fin de cuentas, en aquella bifurcacin se opt por el camino que haban venido marcando los franquistas aos antes. Franco lo expres con claridad sincera al afirmar su voluntad de dejar todo atado y bien atado al nombrar a dedo a Juan Carlos Borbn como sucesor. Tan claro como el futuro rey de Espaa al responder apelando a la legitimidad del 18 de julio. De la ley a la ley se hizo la transicin, lo dice hasta la versin oficial, y de aquellos polvos estos lodos, por supuesto: qu poda salir mal en una transicin democrtica liderada por alguien que se vanagloriaba de la continuidad con el 18 de julio?

La opcin reforma no era una buena idea y tampoco era la nica opcin posible. Hay quien (sin que, sorprendentemente, haya mediado autocrtica alguna) esgrime ahora la bandera que simboliza una Repblica a la que renunci en 1978 y nos pretende hacer creer que la correlacin de fuerzas no daba para ms o que la propia Constitucin era un gran avance cuyas potencialidades lamentablemente no han sido desarrolladas. En realidad, aquella claudicacin histrica fue un proceso vertical, en el que las direcciones impusieron a las bases, en nombre del pragmatismo y la reconciliacin, la dejacin de la apuesta por una ruptura democrtica y la defensa del derecho de autodeterminacin de los pueblos. Es decir, se foment la desmovilizacin, se gener desorientacin y frustracin y eso configur un escenario de debilitamiento provocado, al que se alude para justificar una eleccin estratgica que en realidad vena cocinndose desde mucho antes.

No sirve plantear la cuestin como un ejercicio de realismo ante una opcin, la de la revolucin, para la que no haba condiciones en ningn caso, mucho menos despus de que todas las alarmas hubieran saltado en Portugal. No sirve porque la ruptura no era la toma del Palacio de Invierno ni una especie de insurreccin espartaquista, sino un proceso de transformacin para establecer cortes cualitativos con la dictadura y generar nuevos escenarios. Por eso, por ejemplo, para la izquierda abertzale tomaba la forma de la alternativa KAS, un programa de mnimos que no consista en la independencia ni en el socialismo.

La propuesta rupturista era inaceptable porque marcaba una direccin diferente y cuestionaba el guin establecido, no porque supusiera crear una especie de repblica sovitica entre los Pirineos y Gibraltar. Conviene recordarlo porque todava hoy en da se alude al supuesto utopismo de la posicin rupturista para justificar el apoyo al rgimen del 78.

Si, por ejemplo, hubieran encontrado un frente slido de rechazo a pactar con los dirigentes franquistas y entrar en su juego, si se hubiera formulado y defendido en la calle una propuesta firme para desbordar la agenda de reforma monitorizada desde arriba, la posicin de la dirigencia franquista habra tenido que modelarse. No sabemos cmo habran gestionado la situacin, pero lo que no estaba sobre la mesa era la posibilidad de prolongar la forma dictadura, pues el franquismo llevaba aos preparndose para una mutacin necesaria para homologarse plenamente en el escenario capitalista euro-atlntico. Las cosas pudieron ocurrir de otro modo, pero no fue as porque se impuso el entramado de fuerzas reformistas a las rupturistas. Y de esto tambin deben extraerse conclusiones polticas en 2018.

Por eso resultan tan inquietantes los cambios de discurso y posicin con respecto al rgimen de 1978 en el mbito de eso que se ha dado en llamar la nueva poltica. Considero muy preocupantes esos intentos de blanqueo, esos esfuerzos por entender la complejidad de la poca, cuando no llamadas a valorar el esfuerzo pragmtico realizado o incluso recuperar el conocido como espritu de la transicin. Ojal me equivocara, pero creo que estamos ante maniobras de aterrizaje para repetir el abandono de la apuesta rupturista y sumarse a una especie de nueva reforma de la reforma.

A cerca de la razn rupturista y sus posibles articulaciones populistas

Frente a esas tentaciones de soltar lastre, creo que la apuesta rupturista constituye un capital poltico indispensable. Pese a sus notables diferencias, tanto la transformacin del soberanismo vasco como la rebelin catalana y el 15M (entendido no en sentido literal sino como smbolo de un ciclo de subjetivizacin y movilizacin poltica de escala estatal), constituyen fenmenos de reaccin frente a la desdemocratizacin de nuestras sociedades y la precarizacin de nuestras vidas, movimientos que recuperan y recrean elementos de la tradicin rupturista. La puerta de la ruptura democrtica como horizonte regulador nunca se haba cerrado del todo y haba persistido un discurso crtico que impugnaba el rgimen desde su genealoga hasta sus expresiones ms dispares.

All donde se cruzan la tradicin autoritaria de las elites espaolas y el giro a la derecha a nivel mundial en esta fase autoritaria del neoliberalismo, han surgido nuevas formas de protesta y nuevos horizontes de transformacin social, algunos de ellos ms novedosos que otros. En el caso vasco hay una dialctica de continuidad e innovacin que resulta compleja, pero que a la vez permite reciclar estratgicamente la prctica constituyente de sujetos transformadores llevada adelante durante dcadas contra viento y marea. Ms complicado me resulta diagnosticar qu queda a nivel estatal del 15M y sus diferentes expresiones y apropiaciones, pero creo que al igual que la rebelin catalana, no pueden entenderse sin la existencia de una crtica radical de la transicin postfranquista y un horizonte rupturista, en algunos momentos puede que poco ms que simblicos, pero disponibles finalmente para quien quisiera impugnar el desarrollo del rgimen del 78.

Esta apuesta rupturista podra haber devenido una retrotopa, esto es, una nostalgia poltica que nos llevara a modo de bucle a volver a colocarnos en 1978 y sus bifurcaciones. Esta cuestin de la ruptura no es ajena al riesgo de fetichizacin, por otra parte, ni escapa a la posibilidad de alentar interpretaciones perniciosas del concepto, como ocurre con el discurso de la fractura catalana, que pretende anclar el concepto-proyecto de ruptura en el del enfrentamiento civil, situado en el imaginario colectivo de la guerra civil entre hermanos, que tanto ha marcado los imaginarios colectivos en el estado espaol durante dcadas.

Una apuesta por resituar el concepto de ruptura pasa por afrontar ambos riesgos y por ello debemos preguntarnos cul es la mejor manera de articular las alternativas rupturistas. El aspecto de denuncia-protesta debe complementarse con una vertiente propositiva cada vez ms potente: el reto es ms materializar la ruptura que hablar constantemente de ella y slo se producir en forma de construccin progresiva de un nuevo orden poltico. Si la forma rupturista (de la estrategia emancipadora) se convierte en un objetivo en s mismo, podemos encontrarnos con el debilitamiento de los objetivos y la estrategia, que quedan supeditados a la lealtad a la forma, que sustituye as al acontecimiento. Resulta ms importante as la experiencia rupturista en el sentido de relato o de accin estticamente rupturista que la estrategia realmente rupturista, esto es, que rompe y/o prestigia la ruptura.

Ms all de estos peligros, la ruptura democrtica aparece como una propuesta plenamente vigente en el escenario de 2018. Es ms, la privatizacin y destruccin de la democracia, incluso de su versin liberal-burguesa ms formal, sitan en el centro de la poltica el antagonismo entre democratizacin y desdemocratizacin. Y es ah donde adquiere toda su fuerza la idea de una razn rupturista en el sentido de radicalizacin de la democracia y exigencia de transformaciones socioeconmicas profundas, afrontando las tareas pendientes desde 1978.

Efectivamente, la eleccin del ttulo de este texto es una provocacin en el sentido literal. Invocar el conocido libro de Ernesto Laclau La razn populista 2 , podra sugerir una impugnacin de su propuesta, pero ms bien pretende provocar o alentar el debate sobre la posibilidad de lo que podramos llamar una razn populista-rupturista desde una lgica que recupere el sentido de la apuesta rupturista en 1978 trasladndola al escenario actual en articulacin con la perspectiva populista de articulacin de luchas y agentes en un proceso de construccin de pueblo.

No se trata, por tanto, de asumir acrticamente las interpretaciones y las propuestas de Ernesto Laclau, asumiendo mecnicamente su teorizacin sobre el populismo, sino de preguntarnos por la fecundidad poltica de la articulacin populista. Una lgica que, por cierto y sin conocer a Laclau ni denominarla as, con mayor o menor fortuna llevamos dcadas practicando en Euskal Herria.

Es interesante en este sentido la reflexin de Enzo Traverso sobre la utilizacin de populismo como descalificacin, que, a su juicio, define ms a quienes lo hacen que a aquellos a quienes se refiere: el uso recurrente de este trmino para designar a los adversarios polticos revela sobre todo el desprecio por el pueblo que sienten quienes lo utilizan 3 . En la misma direccin Nancy Fraser opina que la izquierda no debiera caer en esa trampa de rechazo liberal del populismo. En este sentido, mi concepcin de una articulacin que podramos -sin sacralizar el trmino- llamar populista ira en la direccin de esta propuesta de la propia Fraser: Slo aunando una slida pol tica de distribuci n igualitaria con una poltica de reconocimiento sensible a las clases y sustantivamente inclusiva podemos construir un bloque contrahegemnico que nos lleve de la crisis actual hacia un mundo mejor 4 .

Cada cual tiene su Laclau, esto es, su lectura de las inspiraciones de este pensador. En la ma, me interesa destacar que Laclau construa una contraposicin entre institucionalismo y populismo, aunque matizaba que ambas tendencias rara vez se encuentran en estado puro. Para Laclau el fetichismo institucionalista no es privativo de los sectores conservadores en la medida en que en efecto, hay una izquierda liberal que habla casi en los mismos trminos. Frente a ello afirmaba lo siguiente:

() se supone que ser de izquierda es dar prioridad a un proyecto de cambio social radical. Pero si de lo nico de que se habla es de la defensa de las instituciones existentes, en qu queda ese proyecto5?

Creo que las reflexiones de Laclau acerca de los lmites y los retos de la accin poltica y la poltica institucional son muy productivas:

Las instituciones no son arreglos formales neutrales, sino la cristalizacin de las relaciones de fuerza entre los grupos. A cada formacin hegemnica entendiendo por tal la que se impone por todo un perodo histrico habr de corresponder una cierta organizacin institucional. Hay, por tanto, que preguntarse por las relaciones de poder existentes en la sociedad si se quiere develar el sentido de las instituciones. Por esto, cuando nuevas fuerzas sociales irrumpen en la arena histrica, habrn necesariamente de chocar con el orden institucional vigente que, ms pronto o ms tarde, deber ser drsticamente transformado. Esta transformacin es inherente a todo proyecto de cambio profundo de la sociedad.

Es el propio Laclau quien llama la atencin sobre la incapacidad de las reformas concretas para alterar las reglas del juego: el que hace poltica no es el que juega dentro de las reglas de un sistema, sino bien el que patea el tablero6. Exactamente a eso me refiero al hablar de razn rupturista, ir ms all de jugar dentro de las reglas de juego del sistema, en este caso, de una expresin concreta, histrica, que es lo que llamamos rgimen del 78. Ah es donde veo una posible articulacin entre esa razn rupturista y la articulacin populista.

Cmo superar el rgimen del 78? Dicho de otro modo: cmo patear el tablero?

Esa es la gran pregunta. Y en el esfuerzo por responderla chocamos con una tensin inherente a las fuerzas rupturistas antagnicas a este rgimen, que es la de las escalas de accin estratgica. Tenemos fuerzas estatales y fuerzas de mbito vasco, cataln, gallego en una tensin a veces polticamente productiva (cambio en Navarra, por ejemplo) pero en la mayor parte de los casos, de efectos nefastos.

Se quiera reconocer o no, en estas tensiones opera una dimensin estructural de desigualdad de posiciones, una dialctica de poder en la que todo vector estatal juega con ventaja y, a menudo, con el deje de superioridad propio del nacionalismo banal que se presenta como cosmopolitismo.

A nadie se le ocurre formular el debate estratgico sobre Europa en trminos de lucha identitaria o cuestin territorial. Es obvio que lo que est en juego es un proyecto geopoltico concreto, inserto en la lgica de la globalizacin neoliberal. Lo que se debate es la articulacin de poder, econmico, social, poltico Sin embargo en el debate sobre el futuro del reino de Espaa s se habla de posiciones identitarias o problemas territoriales, cuando, como en relacin a Europa, no se trata de sentimientos ante banderas u otros smbolos, sino de la cristalizacin de relaciones de poder entre agentes, de escalas diferenciadas y antagonismos histricos.

La cuestin no es si te mola ms la ikurria que la rojigualda o la tricolor, sino la posicin que cada cual, persona o agente colectivo, adopta ante un estado construido desde el privilegio de un modelo identitario nacional espaol asimilacionista, que en sus versiones menos bruscas puede llegar a tolerar al diferente, pero no a considerar esa diferencia en trminos de constitucin de sujetos diferenciados con sus propios derechos. Optar por una u otra escala no equivale a elegir en la estantera del super ofertas identitarias diferentes (vasco, vasco-espaol, vasco-navarro, espaol), sino tomar una posicin concreta ante unas desigualdades estructurales consolidadas desde relaciones de poder muy determinadas. Y esto no es una eleccin identitaria, sino una toma de posicin estructural y estratgica.

40 aos despus de 1978, la izquierda independentista vasca reafirma su apuesta rupturista. La materializacin de la soberana popular es la superficie de despegue de esa ruptura, que tiene como destino la creacin de nuestras propias estructuras estatales. Nuestra ruta es soberanista y se encamina a la independencia, por tanto, marcando as un horizonte compartido que articula luchas y agentes en un proyecto comn de democratizacin y transformacin social. Pero eso no es incompatible con frmulas de colaboracin con otras estrategias.

En el rechazo a las relaciones de poder injustas est la clave de la complicidad entre diferentes rupturismos, sin que ello implique que nadie deba renunciar a su proyecto sea de construccin de un estado cataln, vasco, gallego o una repblica democrtica espaola. En esto la referencia reguladora es cuestionar unas reglas del juego injustas y patear el tablero para hacer posible la conformacin de otras. Y ah hay espacio para las complicidades, si hay voluntad, claro.

La experiencia histrica no es muy alentadora en la perspectiva de que las fuerzas de mbito estatal renuncien a esos privilegios, pero unos y otras debiramos ser capaces de comprender que la complicidad entre agentes rupturistas puede resultar no slo polticamente productiva sino necesaria para soltar nudos (atado y bien atado, no lo olvidemos). El reto sera imaginar (y materializar) frmulas de complicidad y articulacin estratgica de luchas rupturistas en el estado espaol ahora que todo parece indicar que la derivacin electoral-institucional-populista del 15M ha abandonado ese horizonte de ruptura.

Un eventual eje soberanista cataln-vasco sera una de las posibilidades, pero imaginemos, siquiera por un momento, complicidades ms amplias y diversas. Pensemos expresiones innovadoras de esa razn rupturista que, sin poner en cuestin los objetivos estratgicos y los ritmos propios de cada escala, permitan articulaciones productivas. Un mero ejercicio intelectual? Puede que s, pero tambin puede que esta imaginacin d sus frutos y, en todo caso, la formulacin de un escenario nos sirve para ensanchar los horizontes e interrogarnos sobre nuestras lecturas y nuestras prcticas.

Ni hace 40 aos la opcin rupturista era un delirio alejado de la realidad ni lo es ahora. Otra cosa es que nos exija grandes esfuerzos y una audacia estratgica incompatible con la permanencia en nuestras zonas de confort. El empuje de las tendencias autoritarias en un mundo que gira hacia la derecha debe ser tenido muy en cuenta, sobre todo all donde, como en el Reino de Espaa, las condiciones estructurales para el avance de la desdemocratizacin y la precarizacin se han establecido slidamente. A estas alturas ya no se trata de la continuidad del rgimen del 78 frente a la posibilidad de una ruptura democrtica, sino de la evolucin hacia la derecha y un mayor autoritarismo. Ms nos vale comprender lo que est en juego.

En la izquierda abertzale nos hemos equivocado mucho y muchas veces. Uno de nuestros errores ha sido no ser capaces de gestionar adecuadamente esa razn rupturista y convertirla en base de una alternativa que fuera percibida como viable. Lo sabemos y por ello hemos asumido ante nuestro pueblo nuestra responsabilidades, nuestras contradicciones ticas, nuestros errores polticos y, lo que es mucho ms importante que cualquier declaracin o proclama, nos hemos puesto las pilas y hemos afrontado una readecuacin radical de nuestra estrategia, nuestro discurso y nuestro modelo organizativo. Reformular las estrategias para hacerlas ms eficaces es posible, es difcil y tiene costes, pero es posible. Por qu no hacerlo a otros niveles?

Notas:

1 'S' abrumador a Maastricht en el Congreso de los Diputados, El Pas, 30 de octubre de 1992, disponible en https://elpais.com/diario/1992/10/30/portada/720399603_850215.html

2 Laclau, Ernesto; La razn populista, FCE, Buenos Aires, 2011.

3 Traverso, Enzo; Las nuevas caras de la derecha, Siglo XXI, Buenos Aires, 2018, pgina 27.

4 Podemos entender el populismo sin llamarlo fascista? Entrevista de Shray Mehta a Nancy Fraser: http://www.sinpermiso.info/textos/podemos-entender-el-populismo-sin-llamarlo-fascista-entrevista

5 Laclau, Ernesto; Institucionalismo y populismo: http://lalineadefuego.info/2012/09/07/institucionalismo-y-populismo-por-ernesto-laclau/

6 Entrevista de Juan Pablo Palladino a Ernesto Laclau: http://www.revistateina.es/teina/web/teina5/dos7.htm

Floren Aoiz Monreal, escritor, director de la Fundacin Iratzar

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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